Todo para mi

El otro día cometí un crimen. Volví del trabajo y pasé a conseguir las provisiones para mi día conmigo misma. Fue extraño. Me sentí como la mujer de un documental que vi sobre la anorexia-bulimia, llenando la lista de alimentos exacta que requería para su atracón seguido de una reclusión autoimpuesta, sufrida, flagelante. Era una enfermedad, pero era también un ritual: la compra, los insumos, el balde para el vómito, los jabones, las toallas, el perfume. Todo estaba planeado.

Pero en mi caso, bueno, no tengo anorexia. Fui por una lista de alimentos, y dos que tres placeres propios. Chocolates. Galletas. Combustible para la escritura y la autocomplacencia. Esto en mi no es normal. Me sentí como una impostora, una ladrona (aunque pagué por todo) alguien malvado. Caminé con las bolsas del mandado como tratando de esconderme de una yo que me veía desde arriba. Túuuu … malhechora.. ¡¡buscas placer!! mal, MUY MAL. <- eso me decía desde arriba.

Entré a casa, solté la carga del súper, descansé un poco. Quieta y tensa, de pie junto a la mesa de la cocina, miré a mi alrededor. Moví los ojos como si sospechara que hubieran testigos para mi crimen. Nadie alrededor. Podía proseguir y arreglar la escena del crimen. El escenario de lo horroroso. Limpié frenética (siempre limpio frenética, no sé qué le pasó a la yo desastre) hasta que quedó todo sacudido, barrido, ordenado. Limpio. Santo, para ser mancillado. Sagrado: mi espacio sagrado, aquí no soy hija, esposa, hermana, amiga, empleada, directora de nadie. Aquí sólo quepo yo.

No hice nada, estaba demasiado cansada, me acosté y me dormí. Pero dejé el terreno limpio para poder ser-me al otro día. Marido en viaje de trabajo, lapso de fin de semana, pendientes internos qué resolver con mis proyectos: este espacio es sagrado. Antes no estaba tan consciente de lo necesarios que eran estos espacios. Todavía, creo, mi soledad y el placer que ella me da, me producen algo de culpa. Pero entiendo mejor que nunca cuánto los necesito, sin ellos enloquezco. Dejo de ser funcional. Me quedo hueca y tiesa ante la vida.

Me preparé para pasar un día (o muchos) conmigo misma, como si me preparara para un viaje.

Un día conmigo misma, es, un día que no comparto con esposo, amigos, familia. No me comparto. Necesito estar sola, estar en silencio, hacer o no hacer lo que sea. Ahora que mis hormonas están silenciadas no tengo el reloj que cada mes me hace sonar la alarma para recluirme en casa y cerrar la cortina de mis ojos. Antes así era, me incapacitaba con el dolor fatídico de la menstruación (era endometriosis, no estaba loca) y me encerraba en mi habitación-estudio. Antes sentía que estaba mal. Que no estaba participando en y del mundo externo. Que estaba despreciando su oferta de experiencias. Que me estaba perdiendo todo.

Ahora tengo 32 años y entiendo mejor lo que me pasaba. Además de la endometriosis he sido siempre demasiado sensible. Esto antes parecía un invento para justiciar ser antisocial,”ser hipersensible”. Ahora, con más estudios e investigaciones, se ha descubierto que simplemente habemos personas “muy sensibles”, aunque todavía me cuesta creerlo y me suena a justificación del resultado de vivir en ciudades altamente estresantes.

Nunca me gustaron los conciertos, “demasiado ruido”, los salones de baile, demasiada gente, demasiadas luces, demasiado todo, me recuerdo saliendo en llanto de antros porque me resultaba avasallador tener a tantas personas cerca. Aglutinación de gente en la calle: en eventos, eso lo he evitado siempre. Salones de clase atiborrados de estudiantes. También. Cláxones de autos, calles muy amplias, tránsito de automóviles: no puedo explicar lo que me agobian. Fiestas muy largas, alcohol, drogas, viajar y moverme demasiado, es demasiado cansado. Necesito tiempo para digerir la realidad.

Era eso.  Hoy que entiendo lo que necesito, ya no tengo miedo de pedirlo, ni de dármelo. Aunque se siente algo de culpa, supongo que por el recuerdo de tantas personas a mi alrededor diciendo que soy antisocial, que no soy simpática, que no soy divertida, que no me integro bla bla bla. No soy antisocial. He construido colectivos de proyectos, empresas, talleres, campamentos, actividades, socializo, sí. Socializo a veces demasiado. Pero diseño mi manera de hacerlo. Me comunico, no por teléfono, pero con el mundo, con las personas, con los animales, a mi manera. Todo el tiempo. En internet, dirijo cerca de 5 redes sociales que juntas suman más de dos millones de seguidores. No exagero. He producido blogs, páginas, escrito en medios, y hablo hasta por los codos. Mis amigos no me caben en los dedos de las manos y los pies. Organizo cosas todo el tiempo. Me comunico, socializo, me divierto, pero yo pongo las reglas, y solamente así puedo asistir a la convivencia.

Ahora creo que crecer es poder entender que quienes me juzgaron por ser “antisocial”, simplemente no me entendieron porque no tenían recursos para hacerlo. Y yo tampoco los tenía, aunque por supervivencia he tenido que defender mi espacio sagrado de observación y calma.

Crecí siendo la niña extraña y seria del salón. Mi mundo interior era más interesante que el de afuera. Crecí pensando que había un problema conmigo. Y no lo había, o sí. No era mejor, ni peor. Sólo era yo. He tenido que defender eso, y he podido hacerlo, pero no deja de producir culpa, algunas veces, habitar mi mundo bajo mis reglas.

En el trabajo puedo conocer distintas realidades de tajo, en un día. Veo pobreza, miseria, hambre de crecer de muchas personas, veo a otras que no están mal, pero que igual tienen deseos de hacer cosas buenas. Hablo con ellas y no puedo no ser empática. La misma hipersensibilidad que me impide permanecer expuesta a muchos estímulos me ayuda a conectar con las personas. Es así, lo que con unos lentes parece debilidad, con otros es fortaleza. Pero en el caso de mirar de cerca la realidad me cuesta conservar la calma. No romperme en la noche que le cuento a Z las cosas que vi. En algún punto lo que sé que sienten los otros se siente casi igual debajo de mi piel. No conozco el hambre, pero conozco la pobreza. La sensación de desamparo, de estar solos, de no tener casa o medios para crecer. A veces, aunque sé que hablo desde el privilegio, quisiera no ver de cerca muchas cosas. Dejaría de pensar todo el tiempo en cómo resolverlo todo. Y entonces no sé bien en qué pensaría. Mis cuentos habitan el colapso civilizatorio, mi novela muchos tipos de colapsos, mis escritos, mi balbuceo en facebook son el lamento de un testigo que ve caerse un mundo.

Creo que si no sintiera que hace tanta falta ayudar al otro, o “sembrar otra realidad” me dedicaría al arte. A bailar, por ejemplo, o a pintar. Que aunque sé que el arte reconstruye el sentido del mundo siento que pararme sólo en ese sitio es privilegio, lujo, no le veo sentido. ¿En qué mundo voy a poner este arte, si se nos está cayendo? No dejo de pensarlo si bailo.

Y al escribir esto pienso en la temperatura y su incremento, calentamiento.

Creo que escribo porque es mi forma de soñar el sobreestímulo del mundo. Dicen eso del sueño. Acomoda la información que sobra, la desecha, la vuelve surrealismos, absurdos. Yo hago listas de cosas en mi mente, listas de temas, me escribo frases en el brazo si estoy en un pesero y no hay papel para anotarme la idea del momento. Llegar a casa y escribir es mío. Meo mi territorio verbal cada día, aquí pertenezco. Afuera el calor, mi bochorno, mirar por la ventana, limpiarme el sudor de los labios. El caos de una ciudad donde crecí y me hice fuerte pero que me hace ponerme cada día un traje de miedo debajo de la piel. Afuera es el sol y sus radiaciones, la canícula inesperada. La sobrepoblación, el agobio de la conciencia de los costos ambientales de acciones y omisiones, micro y macro. El dolor nocturno cuando recuento las caras que vi cerca de mi. Todo ese costo, el desarrollo que no sirve, mar de vacuidades, ruido, polvo. Afuera eso. También la luz, las compañías, la risa, el amor, el sexo, mi cuerpo, la comida, el placer de ser en calma, los ojos que me miran del otro lado de la almohada, todo eso, lo dulce, la miel limítrofe, las plantas rudas misteriosas.

Siento en la tensión de mi mandíbula que nada de lo que haga es importante, pero tampoco es suficiente. Nunca es suficiente. Ahora vivo en un tren veloz al que me he subido y desde aquí el mundo y su velocidad parecen relativos. No parece tan rápido, pero si me bajara, se vería fugaz y destructivo, como los ciclones. Eso es el desarrollo. Todo eso, todo el evento humano, su huella, estragos, muertes, los dolores, pasan por mi cabeza, y los atrapo dos segundos aquí, escribiendo. Como la luz y lo lento. La vida que nos queda entre los dedos. Todo eso, todo, mío, escrito, dicho, todo para mi.

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