Trabajar para la vida, después del sismo

Hace dos años escribí sobre lo que pasa cuando dejas un trabajo que no te gusta para trabajar por tus sueños. Escribí sobre el desasosiego que genera estar en una oficina en donde no nos sentimos útiles y absorbidas por una rutina asfixiante, y la libertad y sensación de logro que se obtiene cuando saltamos al vacío.

Después de tomar esa decisión mi vida tuvo un giro de 180°.

Estaba cansada de escribir tonterías bien redactadas con un sueldo “decente”, y sentía que habiendo tanto por hacer en el mundo, estaba desperdiciando mi existencia. No estudié ninguna carrera, no tengo una especialidad en algo, pero sé hacer un montón de cosas porque trabajo desde los 16 años, y siempre, siempre, aunque me cueste todo, he buscado actuar en consecuencia con mis ideas y mis principios. Así que cuando lo “perdí todo”, en realidad me di cuenta de que las certezas que buscamos con tanta fiereza desde la adolescencia en realidad no son nada.

Seguir leyendo “Trabajar para la vida, después del sismo”

Anuncios

Día 7, 19S Noticias del derrumbe

fotoLunaYedra1
Foto de Luna Yedra

La imagen de las hormigas. Antes, la imagen de los autos abiertos en la calle, con la radio sonando muy alto. Personas reunidas entorno a las noticias. Las noticias sólo suenan en los autos porque el barrio se ha quedado sin luz.

Llegué a casa sola. La casa sola. Me trajo un amigo en su moticicleta. Los primeros minutos después del temblor supe que todos estábamos bien. Los nosotros =el núcleo. La alarma desató un ambiente que sólo conocía en mi imaginación escribiendo del fin del mundo. Las calles de Insurgentes estaban saturadas de gente. Me gusta cuando están así, con la cotidianidad rota porque ahí de su abertura sale otra cosa desconocida. Un algo que nos posee.

Avanzamos en la motocicleta como pudimos. Unas personas pedían aventones. Unas personas prestaban sus coches para que los parados pudieran irse. Las líneas de teléfono estaban caídas.

Martes 2:00 pm ¿Se habrán caído edificios? una mujer dijo que supo por su hija que vivía en el centro que muchos se habían caído. Era 19 de septiembre. Demasiado crudo y absurdo para ser una broma. ¿Otra vez?. Yo nunca viví esto. Nosotros no. Pero los padres sí, los mayores. Quedaba como una memoria que se nos compartía a los niños en las escuelas al hacer los simulacros, y los padres y tíos confirmaban la gravedad de lo que había pasado. Pero eso se sentía como información que venía de fotos, y se instalaba en las neuronas con la sensación de una foto. Plana. Blanco y negro. Sepia.

Ahora esas imágenes se repetían. Tu dosis de terremoto. -Ahora tienes una tuya. Sociedad civil organizada. Palabras. Organización. Palabras. El PRI del DF se derrumbó cuando se derrumbaron los edificios de la ciudad. -Escucho eso en mi cabeza.

Horas en casa esperando a que alguien llegue. Esposo en oficina. Familia en casa. Me puse a leer a Dostoievsky, el libro gordo que compré hace poco. Pero no me concentraba. Escribí en mi libreta. Abracé al gato. Salí a dar la vuelta. De nuevo los coches abiertos, el barrio sin luz. La gente comprando agua. Velas. Baterías para los radios. Qué desnudos estamos sin el internet.

Me senté junto a una pickup negra y escuché junto a unos extranjeros. Demasiados daños, decenas de muertos. Una escuela. A lo lejos mi familia con el perro. Alivio. Dormimos todos deseando bien para los 29 millones de esta ciudad. El martes en la noche sé que siento tristeza en algún punto muy abajo. Pero no lloro. Estoy atenta.

Al día siguiente las noticias. La TV: melodramas producidos a mano. Las calles se abarrotaron de gente. Hoy, siete días después sabemos que éramos demasiados, y que en algunos casos la intención de ayuda masiva entorpeció las cosas. Rescates, remoción de escombros. Flashes de escenas, frases. Ruido.

En las redes se ve desde la noche del 19 una reacción de los amigos. Están saliendo. Son las 11:00 pm y no podemos salir. Pero quiero. Llega el golpe de realidad: en el 85 la sociedad salió a la calle a falta de respuestas del gobierno. En 2017, no sabemos si el gobierno está respondiendo, pero somos 29 millones de personas. Algo debe poder hacerse. En mi cuadra la gente está saliendo. En la calle también. Otra vez la escena se parece a lo que escribo sobre el futuro, sobre el DERRUMBE. Es como si en mi cabeza hubiera producido un juego de palabras cuya combinación ahora es la realidad tal cual. Noticias del derrumbe. La novela. Las calles. La reacción de la gente. Es como si nos hubieran dado una patada hacia el futuro.

Mientras organizamos un grupo para salir a ayudar, pienso en el futuro. Hay empatía, solidaridad. Me alegro de que al menos eso tengamos aún. Aunque haya que cimbrarnos tan fuertemente para reaccionar.

Las cosas que he pensado antes: poner un centro comunitario para quitar de la jugada el hambre, la depresión, la falta de oportunidades, el aislamiento, y la ceguera ante un esquema de ciudad que produce muerte.

Porque esta ciudad produce muerte. La estamos construyendo y reinventando con esquemas nocivos. Con venas cuya velocidad daña al corazón del sistema. Demasiada velocidad. Sistema Cutzamala sucio. Vías rápidas sólo para coches. La valoración del coche. La arquitectura que sirve para negar la realidad del otro. No nos hagamos. Pagamos por belleza, por cubrir con muros la miseria. No nos importa el otro. No importa porque vamos en el auto y no vemos el cansancio, sufrimiento, violencia, explotación del otro. Muchos problemas más. El final del impulso que se siente cuando se despierta a esta realidad es cuestionar el sistema de desarrollo urbano. Y el sistema económico. Pero los economist@s no dejan de repetir como zombies los mismos conceptos en el mismo orden que las escuelas colonialistas produjeron para justificar la explotación del 70% del resto del mundo hace 100 años. Locura.

Somos locos quienes decimos esto desde hace mucho. Los rascacielos son monumentos a la muerte. Al nivel de consumo. Aceptar el estilo de vida que nos meten con un palo por los ojos y los sentidos. Locura. Inercia. Locura sostenida en la inercia.

Esa inercia se nos rompió. Es el tipo de roturas que pueden marcar parteaguas. Me lo he preguntado una y mil veces: si somos millones de manos, de energías, de fuerzas. ¿Qué hacemos con eso? ¿Qué hacemos con lo que somos? Pensamos tantas cosas absurdas. ¿Por qué no lo usamos para hacer de esta una ciudad de ensueño. Si quisiéramos podríamos, ahora lo sé.

Junto a nosotros, en el metro, en la oficina, hay un otr@ que siente cosas, tan profundamente como nosotr@s. Llevo años pensándolo. Todos estamos tan absortos en la rutina que no lo escuchamos. Ni siquiera nos escuchamos a nosotros mismos.

FotoLunaYedra2
Cadena humana de ayuda. @LunaYedra

Hormigas

Estoy en una hilera de personas. Unas 100 personas. Mujeres, ancianos, jóvenes. Me pongo un casco, me pongo un chaleco, guantes, cruzo una línea de plástico que marca desastre. Una tira amarilla que levanto para entrar. Todos los días levantamos una tira de plástico invisible que dice ATENCIÓN al cruzar la puerta para salir a la vida en la mañana. La ciudad siempre es zona de desastre. Pero no llevamos casco.

Me asignan un lugar en la fila. He visto ya, varias veces cuando levantan manos para pedir silencio porque sospechan que hay vida bajo los escombros. Yo lloro por dentro. Un poco lo que he sentido todos estos años es que es difícil que como sociedad, como colectividad nos escuchemos unos a otrxs. Hubiera querido que alguien levantara el puño para que hiciéramos silencio y pudieramos oírnos a nosotros mismos. Si levantamos el puño y nos callamos podemos entendernos mejor. Todo lo que nos divide es absurdo y pueril. Nombres, etiquetas, identidades, separación. La misma que Kant dijo que ussamos para definir quiénes somos.

Veo hombres morenos, vestidos de verde. Son soldados. Veo mujeres de jeans y casco. Tienen músculos, gritan. Son fuertes. Los dos. Los dos están exahustos, pero la providencia trae comida siempre, a menos de dos metros. Escucho a lo lejos el aplauso: encontraron a alguien vivo. Muchos tenemos lágrimas. ¿Qué fuene común las produce?

Lo que sacamos de los escombros no son sólo las personas. No lloramos porque la vida sea sagrada y porque qué bueno que alguien está vivo.

Sino porque estamos rescatando de abajo del cemento la esperanza o la certeza, de que podemos estar juntxs. Y porque al paso del tiempo, de los días, cuando recordamos estos momentos nos damos cuenta de lo lejos que estamos en lo cotidiano. Siempre, desde niña, pensé que un mundo en el que debemos hacernos fuertes para no quebrarnos al ver el sufrimiento del mendigo, también nos hace insensibles. Para sobrevivir hay que ponerse la coraza. La coraza acaba impidiendo que pase la ternura. El sismo nos sacó de esa “normalidad”. Hizo extraordinario cada esfuerzo. Ninguno quisimos luego, volver a la vida cotidiana. Porque aceptémoslo: no somos felices. Hoy, como hace cinco años, como hace diez. El sentido de lo que hacemos como sociedad está perdido.

-No queremos volver a la normalidad. ¿Para qué?

Hormigas, todas cargando cubetas con cascajo. ¡Fierros! ¡cemento! ¡cuidado vidrios! dice siempre el de la izquierda. ¿Por qué hacemos esto? ¿Esto sienten las hormigas? pienso. Ahí no había una Isa, ahí habían unos brazos y unas manos. De pronto tengo una alucinación. Mi piel se oscurece. Me salen antenas. Mis extremidades se multiplican, tengo vellos sensibles en el cuerpo. No pienso, y no siento. Percibo vibraciones. Somos millones. Después vuelvo a mi cuerpo humano y miro todas las cosas que me sobran.

Muertes. Niños. Personas hoy sin casa. Amigos en casa comiendo tacos de canasta. Velocidad. Entregar víveres. De cierta forma sabemos que lo que hacemos no necesariamente es urgente. Aunque lo parece. Pero queremos salvar otra cosa. No cargar con una culpa. En realidad todos los días, las personas a nuestro al rededor sufren. Pero no sabemos cómo ayudar. La limosna ha sido siempre indigna para ambas partes, así que ayudamos cuando se puede.

Cuando ocurre un 43, un 132, un 19S, sé que salimos a la calle algunxs, diciendo hacia dentro: hoy sí puedo hacer catarsis, porque en la vida diaria nadie me acompaña. Hacer catarsis solxs, sin cómplices, es imposible. Los posibles cómplices estarán absortos en sus rutinas, llegar tarde o temprano al trabajo. Sobrevivir. Sobrevivir al estrés. ¿En qué momento de la normalidad alguien pide un par de manos en una esquina y llegan cien?

Responsabilidades

Conforme pasan los días salen a flote algunas mañas humanas. Vicios televisivos. Corrupción inmobiliaria. Estoy segura de que si se resolviera el tema de la corrupción inmobiliaria, y tuvieramos la lucidez de buscar y atacar las verdaderas raíces de los problemas, no sólo veríamos por la corrupción y el enriquecimiento. Acabaríamos siendo responsables por omisión de no impedir que las ciudades sigan creciendo con los estragos ambientales y sociales que producen. Veríamos por el origen de lo que consumimos, y su huella de carbono. Cuidaríamos la energía gris de lo que nos rodea. Ayduaríamos a aquellxs que con esfuerzos mantienen sistemas de sostén de la vida que son posibles ambientalmente. Dedicaríamos tiempo a lo que sostiene la vida de forma ciudadosa. Y pues, voltearíamos a ver al que está junto a una misma.

Pasa la adrenalina, pasa el contexto de emergencia en que tenemos permiso de llorar, o conmovernos. Conforme pasen los días será menos bien visto derrumbarse. Dudaremos de si lo que podemos dar es necesario. Sentiremos pereza porque estar en los escombros no saldrá en la televisión. Los héroes no serán los anónimos.Volveremos a desear un suéter. Y aquí es donde pongo mi conclusión de todo, a una semana del movimiento.

Los cambios, los movimientos, el encontrarse se alimentan de la emoción, del corazón. Hay empatía- hay movilización. Cuando se acabe la emotividad, se acabará la movilización. Todos los puntos de quiebre de la historia tienen como motor la necesidad, y la piel sensible. Cuando se acaben las noticias, necesitaremos haber elaborado una memoria. Colectiva, sensorial. Vinculante. Porque de ella van a depender los motores que aprovechen esta sacudida, estas más de 300 vidas que necesitábamos para salir a la calle y vernos en el rostro del otro.

Pasarán los días, llegarán otra vez las diferencias políticas, sociales, ideológicas. Y aunque vuelvan a separarnos debe quedar al menos la memoria de que la vida importa. Y su dignidad recuperada está allá afuera.

No quiero la normalidad que había. Todavía tengo fe en lo extraordinario.

 

 

 

 

 

 

Todo para mi

El otro día cometí un crimen. Volví del trabajo y pasé a conseguir las provisiones para mi día conmigo misma. Fue extraño. Me sentí como la mujer de un documental que vi sobre la anorexia-bulimia, llenando la lista de alimentos exacta que requería para su atracón seguido de una reclusión autoimpuesta, sufrida, flagelante. Era una enfermedad, pero era también un ritual: la compra, los insumos, el balde para el vómito, los jabones, las toallas, el perfume. Todo estaba planeado.

Pero en mi caso, bueno, no tengo anorexia. Fui por una lista de alimentos, y dos que tres placeres propios. Chocolates. Galletas. Combustible para la escritura y la autocomplacencia. Esto en mi no es normal. Me sentí como una impostora, una ladrona (aunque pagué por todo) alguien malvado. Caminé con las bolsas del mandado como tratando de esconderme de una yo que me veía desde arriba. Túuuu … malhechora.. ¡¡buscas placer!! mal, MUY MAL. <- eso me decía desde arriba.

Entré a casa, solté la carga del súper, descansé un poco. Quieta y tensa, de pie junto a la mesa de la cocina, miré a mi alrededor. Moví los ojos como si sospechara que hubieran testigos para mi crimen. Nadie alrededor. Podía proseguir y arreglar la escena del crimen. El escenario de lo horroroso. Limpié frenética (siempre limpio frenética, no sé qué le pasó a la yo desastre) hasta que quedó todo sacudido, barrido, ordenado. Limpio. Santo, para ser mancillado. Sagrado: mi espacio sagrado, aquí no soy hija, esposa, hermana, amiga, empleada, directora de nadie. Aquí sólo quepo yo.

No hice nada, estaba demasiado cansada, me acosté y me dormí. Pero dejé el terreno limpio para poder ser-me al otro día. Marido en viaje de trabajo, lapso de fin de semana, pendientes internos qué resolver con mis proyectos: este espacio es sagrado. Antes no estaba tan consciente de lo necesarios que eran estos espacios. Todavía, creo, mi soledad y el placer que ella me da, me producen algo de culpa. Pero entiendo mejor que nunca cuánto los necesito, sin ellos enloquezco. Dejo de ser funcional. Me quedo hueca y tiesa ante la vida.

Me preparé para pasar un día (o muchos) conmigo misma, como si me preparara para un viaje.

Un día conmigo misma, es, un día que no comparto con esposo, amigos, familia. No me comparto. Necesito estar sola, estar en silencio, hacer o no hacer lo que sea. Ahora que mis hormonas están silenciadas no tengo el reloj que cada mes me hace sonar la alarma para recluirme en casa y cerrar la cortina de mis ojos. Antes así era, me incapacitaba con el dolor fatídico de la menstruación (era endometriosis, no estaba loca) y me encerraba en mi habitación-estudio. Antes sentía que estaba mal. Que no estaba participando en y del mundo externo. Que estaba despreciando su oferta de experiencias. Que me estaba perdiendo todo.

Ahora tengo 32 años y entiendo mejor lo que me pasaba. Además de la endometriosis he sido siempre demasiado sensible. Esto antes parecía un invento para justiciar ser antisocial,”ser hipersensible”. Ahora, con más estudios e investigaciones, se ha descubierto que simplemente habemos personas “muy sensibles”, aunque todavía me cuesta creerlo y me suena a justificación del resultado de vivir en ciudades altamente estresantes.

Nunca me gustaron los conciertos, “demasiado ruido”, los salones de baile, demasiada gente, demasiadas luces, demasiado todo, me recuerdo saliendo en llanto de antros porque me resultaba avasallador tener a tantas personas cerca. Aglutinación de gente en la calle: en eventos, eso lo he evitado siempre. Salones de clase atiborrados de estudiantes. También. Cláxones de autos, calles muy amplias, tránsito de automóviles: no puedo explicar lo que me agobian. Fiestas muy largas, alcohol, drogas, viajar y moverme demasiado, es demasiado cansado. Necesito tiempo para digerir la realidad.

Era eso.  Hoy que entiendo lo que necesito, ya no tengo miedo de pedirlo, ni de dármelo. Aunque se siente algo de culpa, supongo que por el recuerdo de tantas personas a mi alrededor diciendo que soy antisocial, que no soy simpática, que no soy divertida, que no me integro bla bla bla. No soy antisocial. He construido colectivos de proyectos, empresas, talleres, campamentos, actividades, socializo, sí. Socializo a veces demasiado. Pero diseño mi manera de hacerlo. Me comunico, no por teléfono, pero con el mundo, con las personas, con los animales, a mi manera. Todo el tiempo. En internet, dirijo cerca de 5 redes sociales que juntas suman más de dos millones de seguidores. No exagero. He producido blogs, páginas, escrito en medios, y hablo hasta por los codos. Mis amigos no me caben en los dedos de las manos y los pies. Organizo cosas todo el tiempo. Me comunico, socializo, me divierto, pero yo pongo las reglas, y solamente así puedo asistir a la convivencia.

Ahora creo que crecer es poder entender que quienes me juzgaron por ser “antisocial”, simplemente no me entendieron porque no tenían recursos para hacerlo. Y yo tampoco los tenía, aunque por supervivencia he tenido que defender mi espacio sagrado de observación y calma.

Crecí siendo la niña extraña y seria del salón. Mi mundo interior era más interesante que el de afuera. Crecí pensando que había un problema conmigo. Y no lo había, o sí. No era mejor, ni peor. Sólo era yo. He tenido que defender eso, y he podido hacerlo, pero no deja de producir culpa, algunas veces, habitar mi mundo bajo mis reglas.

En el trabajo puedo conocer distintas realidades de tajo, en un día. Veo pobreza, miseria, hambre de crecer de muchas personas, veo a otras que no están mal, pero que igual tienen deseos de hacer cosas buenas. Hablo con ellas y no puedo no ser empática. La misma hipersensibilidad que me impide permanecer expuesta a muchos estímulos me ayuda a conectar con las personas. Es así, lo que con unos lentes parece debilidad, con otros es fortaleza. Pero en el caso de mirar de cerca la realidad me cuesta conservar la calma. No romperme en la noche que le cuento a Z las cosas que vi. En algún punto lo que sé que sienten los otros se siente casi igual debajo de mi piel. No conozco el hambre, pero conozco la pobreza. La sensación de desamparo, de estar solos, de no tener casa o medios para crecer. A veces, aunque sé que hablo desde el privilegio, quisiera no ver de cerca muchas cosas. Dejaría de pensar todo el tiempo en cómo resolverlo todo. Y entonces no sé bien en qué pensaría. Mis cuentos habitan el colapso civilizatorio, mi novela muchos tipos de colapsos, mis escritos, mi balbuceo en facebook son el lamento de un testigo que ve caerse un mundo.

Creo que si no sintiera que hace tanta falta ayudar al otro, o “sembrar otra realidad” me dedicaría al arte. A bailar, por ejemplo, o a pintar. Que aunque sé que el arte reconstruye el sentido del mundo siento que pararme sólo en ese sitio es privilegio, lujo, no le veo sentido. ¿En qué mundo voy a poner este arte, si se nos está cayendo? No dejo de pensarlo si bailo.

Y al escribir esto pienso en la temperatura y su incremento, calentamiento.

Creo que escribo porque es mi forma de soñar el sobreestímulo del mundo. Dicen eso del sueño. Acomoda la información que sobra, la desecha, la vuelve surrealismos, absurdos. Yo hago listas de cosas en mi mente, listas de temas, me escribo frases en el brazo si estoy en un pesero y no hay papel para anotarme la idea del momento. Llegar a casa y escribir es mío. Meo mi territorio verbal cada día, aquí pertenezco. Afuera el calor, mi bochorno, mirar por la ventana, limpiarme el sudor de los labios. El caos de una ciudad donde crecí y me hice fuerte pero que me hace ponerme cada día un traje de miedo debajo de la piel. Afuera es el sol y sus radiaciones, la canícula inesperada. La sobrepoblación, el agobio de la conciencia de los costos ambientales de acciones y omisiones, micro y macro. El dolor nocturno cuando recuento las caras que vi cerca de mi. Todo ese costo, el desarrollo que no sirve, mar de vacuidades, ruido, polvo. Afuera eso. También la luz, las compañías, la risa, el amor, el sexo, mi cuerpo, la comida, el placer de ser en calma, los ojos que me miran del otro lado de la almohada, todo eso, lo dulce, la miel limítrofe, las plantas rudas misteriosas.

Siento en la tensión de mi mandíbula que nada de lo que haga es importante, pero tampoco es suficiente. Nunca es suficiente. Ahora vivo en un tren veloz al que me he subido y desde aquí el mundo y su velocidad parecen relativos. No parece tan rápido, pero si me bajara, se vería fugaz y destructivo, como los ciclones. Eso es el desarrollo. Todo eso, todo el evento humano, su huella, estragos, muertes, los dolores, pasan por mi cabeza, y los atrapo dos segundos aquí, escribiendo. Como la luz y lo lento. La vida que nos queda entre los dedos. Todo eso, todo, mío, escrito, dicho, todo para mi.

Menopausia a los 32: gracias endometriosis

7:00 am. Me levanté temprano para poder escribir. Resultado. ¡Heme aquí!

Sé que el título del post parece negativo, pero no lo es. Ni se asusten, si tienen endometriosis, sí, sí tengo una menopausia, ha sido tremenda, pero es pasajera. Es sintética. ¿Pueden creerlo?

Después de mi cirugía laparotómica accedí a un tratamiento de supresión hormonal que detendría el crecimiento del tejido endometrial extranjero en mi cuerpo. Digo extranjero porque crece donde no se supone que debería crecer. Con un par de inyecciones, una gotita de aceite paró la comunicación entre mi cabeza y mi vientre. Para muchas visiones, incluida la mía, esto puede ser fatal, muy mal, lo peor.

15683263_10154792894643058_1776662302_n

Pero me ha dado el respiro más grande de mi vida. Llevo varios meses sin sentir dolor menstrual.

No tienen idea de lo que es esto para mi. Sé que suena a cliché decirlo, pero soy otra. No me siento dramática a cada rato, por todo. (O sí, pero sin explosiones) Puedo concentrarme. Esto es lo más fuerte de todo. Puedo, finalmente, poner mi atención en lo que quiero durante períodos largos de tiempo. Ha pasado mucho por mi mente desde que noté esto. “Y si los médicos me hubieran hecho caso, y atendido cuando estudiaba”, ¿habría podido estudiar? -ya saben que soy casi del todo autodidacta desde hace más de diez años.

He releído mis diarios y están llenos de cansancio. Cansancio que ya no tengo. No tengo cansancio permanente. “Tu es flematique, trop de la flemme” me decían mis compañeros franceses del hotel en 2010. Estaba demasiado cansada para las fiestas, para las conversaciones. No sé cómo pude remarla para construirme mis proyectos, mis nichos, mis textos. Estuve cansada 20 de mis 30 años.

Cansada de que me doliera el cuerpo, que se me partiera el vientre cada mes y que tuviera que hacer como que todo era normal. Como que estaba bien. Nadie debía notarlo. Hice de la menstruación mi TEMA una época. Algo debía tener adentro la sangre, ¿por qué duele? ¿por qué soy así? ¿por qué? ¿POR QUÉ?

No estaba tan loca como pensaba-mos. Sí había algo mal. Cuando me abrieron el vientre para asomarse y constatar la hermosa mosntruosidad, sentí un dolor paralizante. Pero era el mismo dolor que sentía al menstruar. Le dije a las enfermeras. Sí, duele. Me veían con caras asombradas, ¿estás bien? -te abrieron y removieron todas tus vísceras. Dolía como la puta madre, en todo el esplendor de culpabilización feminizada heteropatriarcal. Dolía como una parálisis en la garganta, un arqueo profundo, una estaca en la tráquea, un hierro ardiendo en las entrañas, un gancho que jalaba mis tripas hacia abajo, una explosión de castigo en mi útero. Me refiero a la menstruación, y no miento, la sensación post cirugía, también dolía así.

No sé si podrán creerlo, pero debo decirlo. Viví así varios años. Con un dolor inmovilizante similar al que habría sentido de haberme abierto las entrañas y hurgado en ellas. Así una semana al mes. Los últimos años aprendí a mitigarlo para poder andar viviendo mi vida. Paracetamol con naproxeno, ibuprofeno, ketorolaco, tomaba cada día cerca de 8 pastillas de 1 gramo. Doctores, ¿por qué permiten esto?

Cuántos gramos de paracetamol dañino para su funcionamiento se tragó mi hígado, sólo Diosa sabe. Una se vuelve toda una artífice de la analgesia. Antes de la punzada, leer las señales: pechos que duelen días antes, humor a punto de estallar, cansancio, pesadez, llanto al borde del largimal listo para usarse. Viene una otra y otra pastilla, se apaga el cerebro. En serio: se apaga algo.

09fbabefde7bcd23564f96ceafe735be

Tantos analgésicos me dejaban soñolienta y fastidiada. Con un sabor en la lengua desagradable. Pero así había que acarrear fuerzas de donde fuera para avanzar, salir de casa, poner atención a la vida. Yo estaba tan adentro y tan silenciada que me dejaba salir sólo en la escritura. Y en la propia escritura me decía: estoy harta, cansada, fastidiada, ¿de dónde saco ganas de vivir? todo me daba hueva, por eso me he enfocado en hacer de la inspiración un ejercicio para la vida.

El músculo de la sorpresa y la maravilla se ejercita. Con cansancio en mis extremidades y dolor crónico pude hacer un montón de cosas. Colectivos, cooperativas, eventos, protestas, escritos, pinturas, teatro, danza, política, una AC, una empresa, talleres, redes, periodismo, y qué sé yo. Con todo y mi cansancio miro atrás y repito, no sé de dónde saqué fuerza.

El periodo post cirugía fue sorpresivo. También ha sido una de las etapas más felices de mi vida. Atravesando por una menopausia temprana, bochornos, piernas inquietas, insomnios, mal humor, hinchazón, y más síntomas extraños, me casé. Me casé descalza y feliz, en un sitio maravilloso, en un evento que siento que la vida me dio como un recordatorio de que la vida se celebra y se comparte y se reproduce en miles de formas y es una promesa de renovación y fuerza. Me casé con el cuerpo hinchado dos tallas.

Un drama para mi bailarina interna anoréxica heteronormada: la hinchazón. Pero con ella, la oportunidad de meterme en mi carne hinchada y amar desde ahí, y escribir la belleza en mis ojos, antes que en el mundo, para reconstruirla. ¿Por qué soy hermosa, para mi? ¿qué cosa es bella en mi cuerpecito? En realidad, mirar mi pasado, la fortaleza que no sabía que tenía, mi capacidad de amar, de dar cariño, pongo cara de duda aún, al pensarlo, aunque sé que es eso mismo. Mi cuerpo sostiene mi conciencia. Mi cuerpo con sus células que se mueren a cada rato y replican información, con sus errores y sus miles de millones de aciertos, me tienen aquí, respirando.

Con la endometriosis, podría decirse que mi cuerpo no funciona bien. Pero yo pienso lo contrario. A pesar de ella he sido, osea, me ha hecho fuerte. Incluso agradezco haber pasado por todo esto porque me ha dado, me ha obligado a mirarme, a pensarme, a escribir desde otros lugares. Empecé, (aunque siempre lo intentaba hacer) a cuidar mi alimentación con más atención. De acá han surgido montones de reflexiones sobre la sociedad y lo que nos decimos y creemos que es el amor propio. Y tocar el apoyo de mi marido, familia (y de las mujeres que me han rodeado y alimentado con su fuerza) me ha vuelto más sensible a otras cosas que antes no veía. (Siento cariño en el aire, y hago un gesto como para sentir su textura, y sí, se siente cariño en el aire).

¿Qué se siente con la menopausia? Como la mía es sintética, no se ha ganado el título sagrado de una menopausia natural que llega cuando debe habiendo dejado con sus movimientos de hormonas lo que tenía que haber dejado en mi psique y en mi cuerpo. Pero se sintieron bochornos desde el primer día del tratamiento.

Los bochornos son como una bocanada de aire caliente que sube desde el vientre hasta el cuello. Cuando ya llegó al cuello parece que nubla la garganta, da algo de ansiedad, para ser honesta. Dan ganas de quitarme la ropa, arrancarme la piel refrescarme con lo que sea. No me dan ganas de hablar, siento como si me volviera algo viscoso y caliente, feo, y me cierro en mi misma. Se pasa en unos tres minutos, que parecen veinte. Y no deja dormir, porque da tanto calor que una se destapa a media noche, al menos unas cinco veces, con sus respectivas vueltas a las cobijas, lo cual es muy cansado y bueno, molesto, pero ya se pasará.

He subido de talla inexplicablemente, no es que coma dos veces más. Pero el cuerpo de ha hinchado, por todos lados, como si fuera un globo, y la ropa ya no entra, molesta, estorba. Es una sensación, con los bochornos y la talla, como de cuerpo desconocido. Este no es mi cuerpo… hace cosas que no se explican. Muero de calor aunque afuera haga muchísimo frío. Esta menopausia habita mi cuerpo hoy y le quedan aún algunas semanas antes de volver a mi “normalidad”. Entonces hablaré desde otra configuración física y emocional. No sé qué vendrá, pero hoy me siento plena. Así, con lo que vivo, como está.

Pero creo que estaba tan cansada, que estos cambios repentinos no se sienten tan mal. No recomendaría este camino a otra mujer, definitivamente. Sí recomiendo cuidados de todo tipo, y opciones para elegir. Información. Lo mejor es comer bien, revisar la vida, no estresarnos tanto. O nada.

No podemos nunca, juzgar a una mujer por la decisión que toma con respecto a qué hacer con su cuerpo. Veo incluso peligroso recetar cosas cuando no hay un diagnóstico y estudios amplios de por medio. Lo que funciona para una no funciona para otra. Algunas veces algo funciona para todas, pero no todas nuestras condiciones son aún del todo conocidas. Así que algo que parece un quiste puede ser cáncer, y viceversa. Y algunas veces recetar para un quiste, sin tener toda la información y la capacidad para establecer un tratamiento puede costarle la vida a la otra, aún cuando nuestras intenciones sean las mejores.

Me gustaría decir que con cosas naturales conseguí este estado sin dolor. Pero no fue así. Si me preguntan cómo tratarse, diría siempre: estudios hormonales, marcadores tumorales, ultrasonidos, perfil tiroideo… y revisar dieta, sensibilidad al gluten, y otras cuestiones. La flora intestinal DEBE estar saludable si queremos tener equilibrio hormonal. Así que la alimentación es HIPER importante. Creo que si desde jóvenes aprendemos a observarnos y mimarnos, podemos evitar pasar por esto que yo pasé. La salud no es algo que “resuelve” situaciones de emergencia, sino un modo de vida permanente, claro, las ciudades nos exprimen, y no es fácil, pero cuidarnos es algo que debemos hacer si queremos vivir bien. Cuidarnos y amarnos siempre, cada día, es mi consejo.

Les cuento esto para que se cuiden, como advirtiendo que esta es una opción entre muchas, a lado del río de posibilidades, les digo: coman bien! y espero que no pasen por donde yo he pasado! que avancen por un camino más suave, amoroso, natural.

Este tema es muy interesante, son ya las 8:00 y debo saltar a la vida, allá al asfalto. Creo que terminaré este post más tarde.   Tengo que contarles de un libro maravilloso que estoy leyendo, y que en parte, ha abierto la llave de las palabras que cuentan la historia de este cuerpo!

Aquí una pista visual:

DSC09973

 

Por la ventana del autobús, allá lejos

 

sábado

Trato de escribir esto y no puedo. Borro líneas, una, otra. Otra vez. Quiero escribir desde mi, pero se siente extraño, y salto a ella. Ella puede decir más cosas, pero entonces no soy yo quien las siente.

Imagen 1 de la semana pasada: yo sentada en el transporte público. Leo un libro que me encanta, me atrapa completamente, me pasa poco. Leo de pie, y leo sentada. Llevo conmigo mi utilidad, majo el brazo, el teclado, los chips, los cablecitos que me dejan decirme. Algunos papeles. Un tupper que me convierte en eso que siempre he intentado no ser. Leo. Escribo en mi libreta, molesto a la chica junto a mi, remuevo mi bolso mayor para encontrar la pluma. Leo de ida, y leo de vuelta. A la vuelta intento no pensar en la contingencia ambiental, pero somos más en el transporte, más que en la mañana.

Tengo calor. Esta sigue siendo la imagen uno, porque va del calor. El calor en mi nuca. En mis brazos, siento lentamente el bochorno (la condición actual de mi sistema endócrino de la que aún no escribo) que me mira desde mis piernas, me toca el pecho, los pechos, ya viene, el rostro, como un sol que se me asoma en toda la parte superior del cuerpo. Y ahora el sudor que empiezo a sentir en la frente, y luego en la nariz, el bigote, me quedo quieta, miro por la ventana del autobús, los veo a todos hartos y acalorados, una señora en la miseria también mira por la ventana, pero frente a mi. Pienso si las dos estamos pensando lo mismo. Veo el espacio entre los árboles del camellón de la avenida. Los imagino frescos, porque tengo calor. Ardo. Y esta ciudad y este asfalto.

Me refugio en la lectura. Me canso de considerar las implicaciones ambientales. Imagino un PIB pero distinto, distintos indicadores, Producto Integral del Bienestar, sacar al dinero de la escuación. Al fin que vale muy poco. Lo que estamos consumiendo es la vida. This is life, sir. This is life. Sir. Escucho con acento inglés, a una mujer diciendo “This is LIFE, Sir”, en mi cabeza. ¿A quién le digo esto? Al asfalto.

El asfalto es un señor. Me regaño porque podría desarrollar mis ideas sobre otras unidades de medida, sobre otros valores, para plantear programas sociales, pero las dejo en quejas mentales que ocurren en el transporte público.

La gente, y yo, gastamos esta ciudad, y al mundo con ella como vehículo. Me regaño cada día. Podría proponer más cosas. Debería esto, debería lo otro. Debería darme tiempo de disfrutar la vida. Al final, no todas las mujeres hemos tenido este derecho. Soy privilegiada, puedo elegir cosas. Elegir ser madre. Pinto para no serlo, amo demasiado mi espacio, mi soledad, mi escritura, mi pintura, mis ideas, el tiempo para observar el mundo. Espectadora, me descubro ojos del universo que se mira a sí mismo.

La ciudad nos enloquece. Nos rehusamos a comprar un automóvil. No, no se necesita. Se necesita hacer política para mejorar las condiciones de vida de todas las regiones, para que la gente no tenga que moverse tanto cada día. Y que puedan por la noche cuidar a sus hijos y abrazarlos, y descansar en un parque en donde leen un libro, donde hay un personaje, una mujer, que vive en otro mundo y tiene mucho calor y observa a través de la ventana soñando con un día más fresco, con menos automóviles entorno suyo, con más sonrisas cursis en su mismo vehículo colectivo transportador de miseria humanas que no son, la señora pobre que mira en la ventana al espacio en las ramas de un árbol en donde quizá no haga tanto calor como adentro.

Como adentro de mi cuerpo. Adentro de mi cuerpo una inyección que adormece las hormonas me dejó en una menopausia temporal. Era la única forma, me dijeron, de controlar la cantidad exagerada de estrógenos que mi cuerpo produce.

No sé por qué los produzco. Demasiada femineidad. ¿Sabes? Demasiada noche, agua, oscuridad, luna, magia, mundo interno. Nunca había vivido sin dolor. Soy otra persona, me dicen mis amigos. No recuerdo, desde que vivo en el descanso del martirio menstrual, cuándo viví algún drama. No recuerdo si quiera, los rencores con los que alimentaba mis justificaciones, mi neurosis que visitaba tantos lugares de tortura adentro de mi cabeza. He escrito de esto, pero se ha hecho largo como una masa de pan que conforme se amasa se llena de aire, se esponja, se hace elástica. ¿quién va a querer leer todo mi cuerpo?

“Mi voz tiene dentro cuerdas corporales.”

-Escribí en mi diario.

Imagen 2: Miro al gato que descansa, más gordo, bajo mis pies. Su gordura me alegra, ronronea, me toca, se gira. La vida me mira desde su ojo, el único con el que puede ver. Tengo calor. El gato perdió uno de sus ojos, pero cada mañana antes de que salga al caos, me mira, maúlla, y me despide en la puerta. Siempre cariñoso.

Cinco días de contingencia. No quiero se me muera la voz que tengo adentro, y las ganas de hacer otra ciudad con este asfalto donde pensamos que podemos darle a la vida algún futuro.

 

Y no olvidar comprar el pan de vuelta a casa

Lunes, 7:00 am.

Ponerme los zapatos que nunca me pongo. Acomodar papeles, los testigos de lo andado. Levantarme con el olor a café que Z esparce en toda la casita. Pensar en escribir. Y no poder.

El otro día volvía a casa, de nuevo el metrobús cortó su tránsito, había que caminar, una joda. Caminar cinco estaciones, cruzar CU a pie. Cansancio. Caos porque el conductor del pesero se pelea a golpes con un usuario molesto. Coches pitando. Agobio. Olvidé llevar más dinero y me quedé atrapada en el metro. Todo se resuelve, me dije. Pero me angustiaban unos hombres en una parada del microbus. Después, por teléfono, Z me confirma: son las feministas, la marcha por Lesvy en CU derivó en el cierre del metrobus.

Mi cansancio se transformó en alivio. No se compara mi cansancio, mi molestia breve, con la muerte de una mujer. Como no se comparaba mi cansancio hace años, cuando cerraron el metrobus una mañana en una protesta por los 43.

Lo que sea necesario, pienso. Lo que se necesite.

Nos rompen la rutina. Los transeúntes, se dicen mucho, no tienen la culpa de. Pero yo pienso a mis adentros, que sí somos responsables. Sólo que no es siempre suficiente, marchar. No siempre. A veces sí.

Pensamos en irnos. Vivo con la violencia latente de la ciudad en la garganta. uno siente culpa, más miedo, y si todo empeora, culpa social: no estaré ayudando.

Pero mi ansiedad adentro me empuja a buscar calma. Calma para hacer nido. Para  vivir y ya, un tiempo.

Me miro al espejo, las 8:00 am. Pongo música. Suena esto. Me maquillo. Y si no tuviera miedo de verme bonita, ¿cómo saldría a la calle? parece poca cosa. Pero no.

Ya no quiero vivir con miedo. En mi trabajo veo la injusticia más cerca, todos los días. Lo social parece así. Veo lo vulnerable, donde duele. El hambre de crecer, agudizada por la pobreza, por la violencia. Sólo me queda ser amable, pienso, y no sé si sea suficiente,porque nada es su fi cie te.

Me alisto para salir, un poco de asfalto. Un poco de luz de sol, radiación. Mi novela a medio escribir, el futuro, me separaron el cuerpo y la conciencia en dos. No puedo esperar a volver a ser coherente. Ya les contaré de eso. Mientras la calle. Pero no saldré con prisa. No caeré en la neurosis. Pensaré en mis libros.

Debo mantener calma, y observar profundo. Escribir más. Ser eficiente, sin estresarme. Mantener calma. Jugar al ritmo caótico, nadar en la ciudad. Escribir, y no olvidar comprar el pan cuando vuelva a casa.

DSC06233

Hablar con una misma, sobre ciudades y una boda

La fantasía más recurrente de mi repertorio consiste en que cada día que vivimos produce una versión distinta de nosotros. Y cada versión entonces adquiere su propia identidad, y su propio cuerpo y su propia vida infinita que se repite en el eco inacabable de lo que somos cada instante.

DSC05845

Entonces, hay una versión mía que habita un nicho específico en el pasado. Puedo entonces hablar con esas versiones, y decirles y decirme cosas. Este ha sido desde hace algunos años, un ejercicio que repito cuando me estoy moviendo hacia alguna parte. Como el asiento de un autobús: me gustan los autobuses, más que los aviones, pero menos que las bicicletas, porque de todos los transportes la bicicleta es la que menos dosis de estrés puede proveerme. Cuando me desplazo hablo conmigo en el pasado.

Hablo conmigo misma cuando camino en las calles. Sobre todo cuando estoy en aquellas que ya me han visto y donde ya he estado. Me miro en los reflejos de las ventanas, y soy otra, siempre. Ahí se producen imágenes desdobladas de 24 horas de vida que tendrán cosas qué decir a todas las demás.

Estos meses de cambios suaves y sinuosos, me encuentro en calles donde alguna vez viví y para ser honestos y breves, diré que fui infeliz. Ya saben. Cascarones hermosos, silencios, fantasmas. Todo eso habitaron mis pasadas versiones en una zona del sur de la ciudad. Las zonas que por una u otra razón visito constantemente se vuelven parte y personaje de las cosas que hago. Ahora es Tlalpan, alguna vez fue Mixcoac, otras la Roma, otras Coyoacán. Otras bahías y selvas.

Pero ahora es Tlalpan. Me veo en un vehículo visitando sus barrios y sus seres humanos. Como su comida, trabajo con sus productores, vuelvo al mundo de las cooperativas desde programas públicos. Recuerdo cuando caminaba por sus calles temerosa de los asaltos, con los pies adoloridos, el estrés dañando mis ovarios, mi neurosis haciendo un ruido persistente en mi cabeza, y la idea central de que este modelo de ciudad no me gusta. ¿Qué derecho tengo yo a decir si me gusta o no? La vida no es una fiesta a la que decidí venir, o sí. Pero en cada momento, todas las versiones de mi misma, se han, nos hemos, he sentido que puedo, quiero, debo decir si me gusta o no, y entonces, ¿cómo la quiero? ¿cómo diseño OTRA ciudad, otro andar, otro decir? Y una vez que lo he intentado, me pregunto si no es una necedad inútil tratar de sembrar utopías por todas partes. Lo que hago ahora responde a un modelo utópico. Pero opera, funciona, tiene presupuestos públicos. Es un sueño.

Debo decir que hubo un momento en el que pude renunciar a mi derecho de vivir la vida como una loca, buscando la utopía, y no lo hice. Me abracé a mi misma. Pude mantener una vida seca, aburrida, con ese dejo cada día en la boca de que “esto no es”, para esto no vine. No sé de dónde vine, pero para esto no. Eso lo he sabido siempre. Aquí sí, aquí no. Así no quiero. Cuesta decir la vida así, pero tiene sus recompensas. La principal es la dignidad, la honestidad con una misma. Y cuesta, sí. Hay que elegir. Pude dejar de querer pisar y poder decirme desde la utopía, pero no lo hice.

Entonces andar por la calle del Calvario, en el sur de esta ciudad, y sentarme en la plaza central que me vio desayunar y saturar las tripas siempre con ese dejo de vacíos, y mirarme en las ventanas, es decirme cosas. Cosas como, “nunca sabemos a dónde nos lleva la vida”. Todos los vacíos se llenaron, nada más tenía que abrir los diques.

De un tiempo a esta parte pienso que llego a sitios donde había imaginado que estaría. En todos, sí, elijo cómo estar. Y hay otros en donde no quiero volver a perderme: las jaulas de oro que nos vuelven insensibles, taciturnos, secos. No las quiero. Eso lo sé.

Me miro en los reflejos y pienso que puedo hacer exactamente lo que he querido hacer.

Ahora un gato que ha llegado a casa me mira desde la puerta, y maúlla. Me pregunto si me dirá algo. Debo llevarlo al veterinario, en cuanto se deje atrapar.

El otro día llegué a casa y había comprado unos sopes para comer. Amo el maíz. Y amo todo lo que viene cerca del maíz y sus presentaciones multiformes. Lo saqué de su bolsa, lo puse en un plato, puse mis manos como mi cómplice de huertos me enseñó a hacer, sin decirme, para dar gracias. Y pensé: “que todos los seres tengan alimento, gracias”, y entonces oí al gato maullar, y tenía hambre.

Le di atún. Durmió toda la tarde.

Hace un par de días caminaba por una calle por la que anduve cuando era adolescente. Cuando en lugar de ir a la escuela vagaba y escribía en los cafés y perdía el tiempo enamorándome de cualquier cosa que me pasara por enfrente, teatro, danza, circos. Y hombres, o niños. Salí de una consulta médica, el sol se asomaba por entre las ramas de los árboles. Y pensaba en la riqueza y en cómo esta ocurre entre los árboles. Habría que re escribir nuestra manera de entender la riqueza. La entendemos mal, hacemos todo mal. Hay que crear una especie de índice de la vida. Cuánto sembramos de bien, cuántos árboles dejamos ser y cuántos dejamos sembrados cerca. A cuántos podemos respetarles la vida, los haceres, saberes, crecimiento. Un nuevo índice de vida permanente.

Al salir del consultorio compré un helado. Un año después de un diagnóstico mortífero, estoy bien. Y lo escucho y aprendo en silencio, para mi misma.

De pronto los espacios para mi sola se han vuelto nutritivos y plenos. Tengo que admitir que hipócritamente he dicho muchos años que me amo a mi misma, pero siempre sentía al mismo tiempo mi mentira, mi necesidad de un otro, de reconocimientos, de que me miraran. No me estaba mirando yo. Eso pasaba, pero no lo sabía. Y estar sola era una condición accidental, no buscada. Lo que crecía ahí, en los espacios de soledad, eran segundas opciones. Mejor era compartir, me decía, pero si no había con quien entonces: y en ese espacio estaba yo.

Cambió eso, este año. Amerita que escriba otro post, pero mi diario sobre la endometriosis se está volviendo libro. Es un secreto. A partir de mis ovarios y mi útero, lo que me dijeron, mi estar en el mundo cambió. Ahora me gusta estar sola y lo celebro. Tengo tanto que decirme a mi misma. Me descubro diciéndome cosas, con mi voz como la máxima autoridad de esta casa de vida. Y si pienso en mi vida entera, quizá esta sea la mejor cosa que me haya pasado nunca.

Poder decir no sólo, quiero que este mundo sea así o asado. Sino que quiero que mi estancia sea esto. Y quiero respirar así. Y ahora quiero comprarme un helado, y sentarme en el parque. Y es tan lindo estar conmigo. Me gusto. Me gusta mi forma de ver el mundo leyendo encima de las superficies y mezclando historias. Me gusta mi amabilidad. Mi consideración hacia otros, mi escritura. Mi malicia también. La sombra, oscura, dolorosa, destructiva, me gusta, creo. No siempre, pero sí, la veo y me gusto, con ella.

Le digo a mis antiguas versiones, a las adolescentes, cuando camino por las calles que me vieron crecer con tantos miedos e incertidumbres, que todo ha estado bien. En realidad esta fantasía de espejos múltiples internos nació allí. Cuando me pregunté, en el 2001, si había alguien aquí, en mi 2017. Todo este año de sanar, ha sido decirme una y otra vez a mi misma, aquí estoy. Estamos aquí todas.

Yo puedo decirle a mi versión depresiva que la depresión, aunque no lo parezca tiene un fin. Que la soledad no existe. Siempre hay en el mañana la posibilidad de un sol y un cielo azul, y vino.

A las versiones que temían no ser amadas les digo que hay suficiente amor del propio corazón para explotar antes de buscarlo afuera. El amor es un recurso renovable. Pero sin usar las fuentes primigenias no se pueden hallan las celdas solares del cariño.

No creo tener un grado de autosuficiencia emocional aceptable aún. Creo que sí crecemos pensando que debemos “merecer ser amadas” y confirmarlo con un anillo, una foto de amor una boda. Y sin confirmaciones sufrimos mucho. Pero esta semana lo tuve claro. Me caso en pocos días, y esta boda significa cosas nuevas para mis creencias heredadas, aprendidas y creadas. No quiero casarme y pensar que mi vida y mi felicidad dependen de otro. Nunca ser en segundo plano, ni existir para otros. No servir antes a otro antes que a mi misma. No traicionarme, serme fiel, como hasta ahora, aunque duela y provoque tormentas la búsqueda de la autenticidad.

Casarme sin la idea romántica, claro, es poco romántico en el sentido tradicional. Entiendo por qué necesitamos deshacernos de la idea del amor eterno y la realización a partir de un matrimonio. Sí, es bello el amor. Estoy enamorada, como adolescente, me tiemblan las piernas, me derrito de amor cuando Z llega por la tarde y la vida es compartida con todas sus facetas.

Pero mi mayor logro no es casarme. Ni siquiera pienso que sea un logro. Aunque lo vi así muchos años. Cuando pienso en la vida de esposa-madre, reconozco el enorme trabajo que hemos hecho las mujeres al criar una humanidad, pero no me gusta el peso que se le da, enjaulante, idealizado. Pensé que nunca escaparía de esta idea, que me causó tanto sufrimiento. Y creo que por segunda vez, el feminismo me ha ayudado a afirmarme a mi misma y a cuestionarme por qué hay tantos aplausos entorno a una boda, y no los mismos entorno a un logro profesional.

La sensación de logro de sentirme al final bien, en paz, tranquila, conmigo misma, es distinta de la del amor romántico. Es una sensación de reconocer que somos seres vivas. Con ojos muy nuevos, muy jóvenes en el universo, hay todo, todo un mundo enfrente, y adentro. La posibilidad de esa vida propia, plena, libre de la necesidad de ser con, en función de, gracias a, otro, se siente como un respiro lleno de aire, luego de mucho tiempo en las profundidades del mar.

A mis antepasadas, el amor romántico, les costó la vida. Pienso mucho en que si a las niñas nos enseñaran a amarnos y a construir nuestro amor propio como una tarea vital, tan importante como la impronta social de tener que ir a la escuela, el mundo sería distinto. No permiritíamos abusos de otros, ni los más pequeños. No reproduciríamos esquemas en los que el amor propio parece egocentrismo. Las niñas usaríamos nuestro tiempo descubriendo el mundo, haciéndonos más fuertes e inteligentes, siendo felices sin sentir que siempre nos falta algo. Algo que estamos siempre buscando, y que cuando no está nos destroza el alma.

A mis versiones con el corazón roto, les diría que esta sensación de amor propio es más hermosa que cualquier otro amor externo que no vino de fuera, o que estuvo y se fue. El amor no era enamorarse. Como se construye y se diseña por una misma, o con quien se comparta, no tiene reglas ni garantías ni formas aceptables. Cuando lo perdí y sufrí, lo que perdía no era el amor, sino otras cosas.

Una es finalmente, una creación de algo. Nos crea la biología, la sociedad, las ideas, el tipo de cultura al que somos sensibles. Pero hay que dar el salto y descubrir y ser capaces de crearnos a nosotras mismas. Creo que a falta de figuras que me moldearan, tuve que aferrarme a esta posibilidad de construirme, con muchos esfuerzos y tropiezos. Pero esto me ha dado libertad. Soy la construcción de mis propias múltiples voces.

Entre más leo, y escucho, y me hago preguntas me doy cuenta de lo fuerte que es el papel que tenemos en el mundo, las mujeres. Me pruebo el vestido de novia y veo la enorme herencia que me pongo, que decido ponerme. Me pongo el oficio de mi abuela y de mi madre. El deseo introyectado de ser felices a partir de un rol que muchos entienden como secundario. Algo de vanidad. Un vestido de novia es como una promesa social. Un cumplimiento y una promesa, al mismo tiempo. Me pongo la tradición, pero también, elijo ponérmelo pudiendo no hacerlo. Y quiero usarlo siendo consciente de que si es blanco, es un lienzo en donde toca escribir la propia historia. Quiero pensar la tradición no como pauta, sino como raíces y no dejar nunca, nunca, nunca de escribir.

La ciudad con su espíritu caótico me espera afuera y yo me alisto para caminar con la versión de hoy, atravesando a todas las pasadas. El gato me mira desde la puerta de cristal. Y yo me pregunto si la llegada de un gato en la vida de una bruja significa algo.

Esto me pasa por hablar de mis ovarios

dsc05307
Hola esta soy yo

Hace poco más de seis meses que escribí esto, la historia de por qué un diagnóstico tardío, común, de endometriosis, me había atravesado por completo la vida. Contarlo tuvo dos tipos de consecuencias, ya saben, las positivas, y las negativas. Y aunque las positivas se llevan la historia por completo, las negativas estuvieron y me enseñaron mucho también.

Lo que he vivido en este tiempo ha sido una especie de extraña bienvenida al sistema social al que las mujeres tenemos que enfrentarnos: lidiar con los esfuerzos por mantener una buena salud reproductiva es casi un deporte donde pueden violarse nuestros derechos humanos, y donde podemos ser blanco de múltiples violencias directas e indirectas. Y de bienvenida al secreto mundo de las solidaridades, las redes, los acompañamientos de mujeres que eligen construirse otra forma de estar alterna a la “común”, en comunidad.

Si alguna vez has estado enferma o enfermo de algo seguramente te ha pasado que muchas personas te dicen lo que les ha funcionado para curarse, o lo que no hay qué hacer. En el caso de los padecimientos femeninos, bueno, qué les puedo decir. Está muy cabrón cómo el mundo piensa que las mujeres tenemos que escuchar sus juicios sobre nuestros cuerpos, y que nosotras no atendamos más a fondo nuestras propias necesidades por pensar que es tema sólo del doctor.

Algunos de ellos te dicen cosas como: “es que tienes problemas de quistes y demás porque no te has embarazado”, o, “si te embarazas puedes curarte”, o, “¿cuántas parejas sexuales has tenido?” mientras te miran desde atrás de su collar de crucifijo. También pueden preguntarte si has tenido abortos, si estás casada, y cuánto tiempo llevas con tu pareja, si la tienes.

Luego de ese escáner psicosocial, pueden revisarte, y entonces decirte su posible diagnóstico. O mandarte estudios x y y, y con eso darte su posible diagnóstico. (Porque certeros faltan muchos)

En muchos casos de quistes o miomas, verán dos opciones: pastillas anticonceptivas o cirugía. Una, si acaba de llegar al mundo ginecológico, pensará que en efecto hay sólo esas opciones. Sí, ambas tienen efectos secundarios, y las cirugías tienen recurrencia de síntomas, al menos con la endometriosis y los quistes. Osea sus tratamientos no son efectivos del todo.

Cuando la doctora del mal me dijo que debía operarme y yo no podía hacer absolutamente nada al respecto le pregunté: ¿no puedo hacer en serio nada yo? cambiar mi alimentación, hacer tal o cual cosa… -NO, niña, cállese y haga lo que le digo.

Lo cual, una vez que investigué, vi que era falso, y además, encontré muchos indicios de que primero, las mujeres sí podemos hacer cosas para sanarnos, y segundo, el mal tratamiento que el sistema ginecológico nos da desde muy jóvenes es causa de problemas en edades más adultas, y provoca peores condiciones como endometriosis o infertilidad  (que el sistema aprovecha para vendernos sus “soluciones” carísimas). ¿En serio no pueden prevenirse estas cosas, en serio?

Mientras investigaba fui encontrando muchas pistas para mi caso.

Siempre había tenido cólicos fuertes, y los doctores me decían que era normal y que por genética y suerte me “tocaba” vivirlos. ¿Soluciones, curas? Tomar pastillas anticonceptivas, y analgésicos cada vez más fuertes. Nunca quise tomar la píldora anteriormente porque me ha parecido que es como la cirugía láser de los ojos. De pronto empezaron a aplicarla y aún no sabemos qué ocurre 30 años después. Con la píldora lo mismo, y recientes estudios han hecho evidente que fuimos un mercado conejillo de Indias al que no le preguntaron cómo se sentía ni lo tomaron en cuenta.

Pero volvamos un poquito atrás y consideremos que los problemas como los miomas, quistes, etc, están relacionados con desajustes hormonales (sistema endócrino). Y la endometriosis, con el sistema inmunológico, que es considerada una condición con tres raíces: respuesta inflamatoria, sistema inmunológico débil, y desbalance hormonal.

Entonces, si una tiene uno de estos problemas, los médicos deberían revisar esos ámbitos en edades tempranas. ¿Y acaso lo hacen? ¿Acaso nos advierten de ciertos hábitos alimenticios que empeoran ciertas condiciones, como la ingesta de gluten, harinas blancas, café industrial,  azúcares refinadas, o productos cárnicos con hormonas? NOP

¿Acaso revisan el sistema endócrino? NOP, ¿acaso antes de preguntarnos con cuántas personas compartimos el cuerpo, nos preguntan qué comemos? JAJA NOOO Acaso se toman la molestia de decirnos que intentemos vivir menos estresadas ya que el cortisol que produce el estrés en nuestro cuerpo empeora todo tipo de problema del sistema inmune? Obvio no. Al contrario, de lo que se trata es de no cuestionar el estilo de vida veloz y voraz que nos hace producir, hacer, salir, conseguir más y más sin que nuestros ciclos interfieran con ello.

14632835_10154637539123703_5743987267110771868_n
Campaña estúpida de Kotex

Nos dicen: tomen estos analgésicos, (que dañan el hígado, un órgano fundamental para protegernos de elementos tóxicos y que ayuda a mantener un equilibrio hormonal) o, nos recomiendan pastillas anticonceptivas tiro por viaje. ¿Estudian muchos años, en serio para recetar eso SIEMPRE?

En serio. Y las tomamos como si fueran chicles, cuando tienen tremendos efectos secundarios, no son una solución de raíz ni a largo plazo, porque no pueden tomarse más de pocos años, ya que causan infertilidad (recordemo$ lo que el $i$tema gana con e$to).

Tampoco pueden hacer diagnósticos certeros, en mi caso, como en casi todos los casos de endometriosis, se tardaron más de 10 años en encontrarla. Yo supe de ella investigando a los 20, (tengo 30) y siempre la propuse como posible causa de mis tremendos dolores menstruales, pero los doctores no me veían tirada en el piso gritando, así que no aceptaban mi sugerencia. (Cuando me vieron muy mal, entonces sí).

¿Por qué no piden un análisis de CA125 (un marcador tumoral que indica problemas en ovarios, que aparece alto en casos de endometriosis, y que cuesta 300 pesos hacerlo) -cuando una chica dice que tiene dolores menstruales? Y entonces recomiendan evitar ciertos alimentos, y cuidar la flora, y evitar a toda cosa el estrés (factores que pueden empeorar estas cosas) para NO TENER que recetar analgésicos ni anticonceptivos? PORQUÉEEEEE ¿Qué les cuesta?

¿Se evitarían padecimientos varios que en el futuro constituirán sus próximas visitas, consultas, trabajo, dinero?

Mi experiencia es: los ginecólogos no están haciendo bien su trabajo. Sorry. Y las pacientes, tampoco, nosotras no atendemos, ni escuchamos, ni confiamos en nuestro cuerpo. Creernos la narrativa social de que el amor duele, parir duele, ser madre duele, no ser madre duele, y menstruar duele, es muy fuerte. No tocamos nuestra sangre, queremos que huela rico, que no se note, que no “interrumpa” nuestra vida. Soltamos las riendas de nuestra reproducción, y de nuestros órganos, y de nuestra experiencia vital. Y además, pensamos que llevar una mala alimentación alta en sales, azúcares, alimentos procesados, y demás, no tendrá un efecto en nuestra salud. ¿Por qué era importante la agricultura agroecológica? Ah, sí, también por esto.

No está bien visto hacer demasiadas preguntas. Cuando yo investigaba, llamaba a doctores y preguntaba, la gente me veía como si fuera una monstruo. ¿Estás cuestionando al ______________?<- ponga lo que sea que quiera aquí

¿Cómo puedes cuestionar a un médico que bla bla bla? Pues, aprendí a hablar con artículos científicos de por medio para quien los necesitara.

-En los hipervínculos que ven en el texto pueden encontrar artículos priodísticos y científicos que sustentan lo que estoy diciendo-

En muchos casos, las ginecólogas no estaban al tanto de los últimos avances de hace cinco años en ciertos temas, ni de la importancia de la alimentación de las pacientes. Sí, ya sé que queremos arrancarnos el pelo de lo imposible de creer que es esto. ¿Cómo pueden recetarnos anticonceptivos a tantas mujeres para resolver desórdenes hormonales sin conocer más a fondo nuestro historial clínico, nuestros hábitos, actividades, y tantos otros factores determinantes?

 

Entonces digamos que llega una a una consulta y se topa con la ignorancia del médico  y luego se topa con la realidad de haber creído las historias del mundo sobre el propio cuerpo, y pasa por la sarta de prejuicios que se hacen respecto de lo que tengamos. Luego están muchas visiones de personas que no son médicos (dirán, quién te entiende Isadora, te molestan los médicos con su autoridad, y los que no lo son también) pues sí. Pero me molesta en especial un tipo de posturas al repecto, que son las que se creen con el derecho de decirte 1.- lo que haces mal, 2.- lo que debes hacer (sin saber nada de tu historial ni nada) 3.-cuánto tienes que pagarles por aconsejarte cosas sin fundamento.

Cuando publiqué las historias de lo que me estaba ocurriendo muchas personas me escribieron recomendando a los especialistas que las habían atendido de lo mismo y las habían ayudado. Y con ellas estaré muy agradecida. Pero también me escribieron criticándome porque hablaba demasiado de cosas personales. O que me decían: “Ve y enamórate y te curas, estás muy amargada”, <-señores viejos que batée alguna vez. O tipos salidos de la nada que se llamaban naturópatas y que me decían que toda mi actitud cuestionadora del sistema y de todo era la causa de mi problema. O gente que quería que contratara sus servicios y que si no lo hacía me decían que merecía estar enferma. O los que recomiendan que todo se cura con meditación, con yoga y les encanta hablar de remedios fáciles e inmediatos como si un quiste fuera igual que la caspa.

Sí, de todo eso hay en la viña del señor. Sobre todo eran hombres los que se ponían muy sabios y enjuiciadores. Claro que los ignoré, (y elegí yo misma mi tratamiento y opté por cosas naturales) pero luego noté que esas voces cuestionadoras de lo que las mujeres hacemos o vivimos están en todos lados. El mundo se cree con el derecho de decirnos lo que piensa de nuestro cuerpo, cómo se ve, por qué enfermamos y cómo debemos curarnos, si estamos criando mal a un hijo, si no decidimos criar ninguno, si pospusimos la maternidad, si no es nuestra meta en la vida, si tomamos esto o aquello o si no cumplimos con las expectativas de los otros.

No todo fue así, no exagero si digo que decenas de mujeres, amigas que ya conocía, y nuevas cómplices, me han acompañado en este viaje de formas increíblemente sanadoras y que si no fuera por ellas no sé dónde estaría. (También mi pareja ha sido el hombre más maravilloso y comprensivo).

huile sur toile, 100 x 50 cm, 2012
Óleo de Francoise de Felice

Los días en los que iba descubriendo qué visiones tenía el sistema sobre mi condición (días que por cierto fueron los peores porque amenazaban con quitarme órganos enteros), pude contar con mi amiga Ileana, que es acompañadora de menstruación, con su proyecto La Lunita en mi.  Y ella, al igual que una poeta que me dijo “Isa, ocupa tu cuerpo“, me dieron mucha fuerza. Muchas amigas estuvieron cerca y de ellas aprendí que luego de años de escuchar lo que otros opinan, o creen que saben sobre nuestro ser, así entero, no digo sólo “nuestro cuerpo”, llega un momento en que necesitamos escucharnos a nosotras mismas.

No digo que para curarnos de lo que sea tengamos solamente que escucharnos y ya, cruzarnos de brazos, no. Pero sí hay que hacer de lado todo el ruido de allá afuera, y hacernos preguntas sobre lo que queremos y cómo lo queremos. Merecemos ser tratadas gentilmente, con respeto, con confianza, y que se nos vea como pacientes capaces y responsables. Para esto, claro, tenemos que elegir antes si queremos responsabilizarnos de sanar. Mi proceso fue moviéndose del profundo enojo con lo de afuera, hacia el enojo conmigo misma, hasta ver cuánto me he abandonado y cuánto le he creído sus cuentos a la sociedad machista. Cómo he pospuesto mis sueños, me he subido a trenes de causas y movimientos en donde mi propia voz dejó de escucharse.

Ufff, si pudiera contarles todo lo que ha pasado en estos meses en mi se me salen las lagrimitas. Primero porque entendí cosas que las mujeres hemos venido aceptando como normales pero que son agresivas, groseras, violentas. (Los silencios y las malas atenciones, de forma sistemática son formas de violencia) Y entiendo que no se note que somos seres fuertes, y que resistimos y seguimos dando amor, luz, nutrición, aunque el mundo, porque vuelve tabúes nuestras cosas, no lo nota, y no lo reconoce, ni nos valora por ello. Además nosotras reproducimos esa misma desatención.

Entendí por ejemplo que una mano que ofrecemos o un consejo “terapéutico” que damos no siempre es la ayuda que quisiéramos, si pensamos que sabemos más que una mujer sobre ella misma. Creo que cuando alguna de nosotras tiene un quiste, o dolores, o cualquier enfermedad, lo primero que se necesita para sanar es fuerza y confianza en nosotras mismas. Nop, el sistema ginecológico “profesional” no es suficiente. Lo he visto en mi, y en muchas pacientes con quienes he compartido muchas horas en el hospital. Ese sistema médico no es suficiente, pero tampoco es del todo prescindible. Nos da diagnósticos si lo presionamos y si podemos tener la agudeza para entenderlo y poner de nuestra parte. No digo que mis ex-ginecólogos hayan sido malvados, sólo pertenecen a un sistema humano con fallas, y la visión que hace de un médico un ser excepcional está lejos de la realidad. Son humanos, imperfectos. Y la vida de las ciudades y los efectos que tiene en los miles de millones de cuerpos que las habitamos no pueden ser sostenidas por medicamentos, ni por sistemas médicos.

Estamos sobresaturando la sanidad, y mucho de lo que la satura puede evitarse a veces con decisiones personales, a veces con correctas políticas públicas (y sobre todo erradicando la profunda desigualdad que cada día crece más). Por eso no puedo pedirle al sistema médico que sea perfecto, porque la sociedad profundamente enferma que está tratando de curar sobrepasa sus capacidades. También es un sistema elitista que le pone narices nuevas y tetas a quienes pueden pagarlo y no quiere salvar de infecciones a niños pobres. En fin.

Pero para no desviarme de la parte más linda de todo, seguiré con la compañía de las mujeres.

Durante estos meses muchas de ellas me han ayudado sólo escuchándome, o contándome sus casos, o compartiendo recetas de remedios, y abriendo su corazón. Por eso siento que una parte del mundo se abrió para mi recientemente, en ella nosotras somos más resistentes de lo que imaginaba y estamos también mucho más vulnerables de lo que creía.

Las muchas conversaciones que ocurrieron en chats, reuniones, cafés, me han dado la posibilidad de comparar información, y de no sentirme sola. Hay muchas redes de apoyo, de acompañamiento hombro con hombro, redes de whatsapp de mujeres dispuestas a acudir si otra necesita sanar, abortar de forma segura, o apoyo emocional en un momento difícil. Estas redes no se notan, pero creo que han existido siempre en el mundo. Creo que gracias a ellas hemos sobrevivido a inquisiciones, gobiernos católicos, e imaginarios patriarcales. Sí, todo eso resistimos juntas. Y es una parte de este camino de endometriosis que agradezco junto con la reflexión de qué tipo de vida quiero crearme en este mundo. Al final el dolor que tenía (porque ha disminuido en estos meses un 70-80%) sí tenía que ver con las brujas, como intuía en mis años 20 cuando pensaba que la sangre y el encasillamiento de la mujer en roles oscuros y clandestinos estaba relacionada con que me doliera tanto menstruar.

77cab6cbbeef12292b7626d2860ce9c9
ilustración de Daria Pertilli

No sé aún si mis autocuidados y el tratamiento de hormonas dará los resultados que espero, en algunas semanas podré contarles cómo me va en una cirugía programada para que podamos ver adentro de mis entrañas. Yo no quiero dejar nunca más la atención a la comida, a mi forma de tratarme, y de estar en el mundo. Pero el dolor seguro se ha transmutado en unos nuevos ojos y nuevas manos para construir. Un corazón más abierto y sensible a lo que vivimos las mujeres. Todavía no hago mucho en concreto, pero voy sintiendo distinto el habitar mi cuerpo. Y eso es invaluable.

🙂

Nunca dejes que nadie te diga que no puedes con algo. Lo puedes todo, sólo necesitas volver a confiar en tu fuerza. 

 

Les recomiendo estas páginas que tienen muy buena info:

http://www.larabriden.com/ 

http://www.sexyfoodtherapy.com/

https://www.facebook.com/dramiriamginecologia/?fref=ts 

http://miriamginecologia.com/blog-mujer-al-dia/ 

https://www.evamuerdelamanzana.com/quieres-desconectar-tus-hormonas-toma-la-pildora/

 

 

Un vistazo al verano, el flashback de las bicis en España

dsc06266

Que hace rato está mi corazón latiendo por tí, latiendo por tí…

Una tienda de “Todo a 1 euro”, Z y yo buscando contenedores para shampoo, el sonido de la puerta automática, el aire acondicionado que nos envuelve. Adentro suena la canción de Shakira de la Bicicleta, estoy buscando entre los pasillos algo que no sé cómo se llama porque en España muchas cosas tienen nombres distintos que en México.

Estamos en la costa del Mediterráneo, preparando un viaje hacia el norte en las Islas Cíes. Necesitamos para el viaje provisiones, aditamentos de camping, confirmar viajes de BlaBlacar. Encontramos los frascos herméticos, nos paramos en la fila. Unos chinos atienden a varios españoles, yo hago bromas y bailo. Z y yo nos conocimos prácticamente gracias a las bicis, que nos gustan tanto. La canción de Shakira engulló varias experiencias del viaje a España este verano. Como Julieta Venegas en el verano del 2004 en el viaje al norte del país. Como la música de gimnasio en mi estancia en el Caribe. La playa mediterránea de Alicante sonaba a Shakira, a Sia, a Jennifer López. La playa nocturna de fuegos artificiales era un desfile de tiendas de moda readytowear. Lentes de sol. Anonimatos de verano. Bailar a ritmo de la industria de la radio.

Uno no llega a construirse de inmediato el olor y la sensación de las cosas vividas. Ahora, miles de kilómetros después en el auto, sobre el mar, en barcos, aviones, consigo apreciar los meses que pasamos con sandalias, comida increíblemente rica, los cuidados y cariños de mi nueva familia y los shorts más pequeños que nunca había usado. Mucho suena a la canción de la Bicicleta de Shakira, y aunque trato de ponerle otra música a mis diarios de verano, una más rebuscada, esta se pone encima y guarda dentro muchos días en Europa. Y todo era sol, y sonrisas.

Sí, sí, no me encontraba bien por el malestar del reciente uso de anticonceptivos, además del gluten que respiraba en cada momento. Pero en general estar en España, con mi  compañero de vida y de viaje fue un sueño hecho realidad. Sí, sí, el consumismo, el shock cultural, el “primer mundo”, sí sí, mis críticas.

Pero no sólo hubo de eso en el viaje. Hubo sencillamente felicidad, la simple. Compartirnos cosas. Pedalear en el malecón por las tardes hacia casa de amigos, comer pizzas, beber cervezas. Reír mucho. Jugar al “Código Secreto”. Mirar españoles por doquier, detrás de los aparadores, de los escritorios, humanos nacidos del otro lado del mundo que han llevado sus vidas allá que me parecen a la par, aliens y seres muy cercanos. Tengo grabada la sensación del medio día pegajoso en la piel y la urgencia de ponerme las gafas de sol al salir a la calle blanca que deslumbra. ¿Gafas? Antes los llamaba lentes.

Allá los autos no querían matarme mientras pedaleaba. Mucha gente andaba a pie, se vestía elegante para pasear por el centro. Como si fuese todo un acontecimiento salir por el pan, a los 70 años, que valía ponerse un bello sombrero, zapatos dorados, vestidos vaporosos y joyas relucientes. Me contaron que así es Alicante, joyas y brillos, imagen, apariencia. En sus atuendos orgullosos, los ancianos salían al estanco a por tabaco, por el boleto de lotería, el mechero.

Sin mis lentes de hormonas falsas, habría sentido probablemente lo que siento ahora al recordarlo. La comida. El sol de España. El sol de España es como diferente. Es más ardiente y abraza por igual todas las cosas que tiene bajo sí. O era el calentamiento global yo qué sé.

Madrid por ejemplo era como una enorme ciudad viva con su propia personalidad. No era como Salamanca o Toledo que tienen la Edad Media trazada y atravesada. Ni como el norte frío, extraño y misterioso. Madrid era más bien como institucional y alcohólico al mismo tiempo, veloz como mi lugar de nacimiento, con avenidas atestadas de autobuses y gente malhumorada que desentonaba con la fastuosidad de los monumentos y las rotondas. Un lugar de tapas y museos, que se parece a la ciudad de donde vengo, cosmopolita, histórica y mortal. Veloz, veloz. Era como Almodóvar y Cervantes, revueltos en un Guernica con papas.

dsc06254

Yo al esperar el semáforo para cruzar pensaba en la vieja yo, la de 18 años, que soñaba con ir a España y estudiar allá, y se pasaba las tardes oyendo a Ismael Serrano, escribiendo en cuadernos cómo sería todo estando lejos, lejos del ruido del DF. Hoy, o hace meses, era la misma yo, siempre melancólica, y buscando cosas para decir, huyendo del bullicio y soñando con banquetas soleadas del otro lado del mundo. Ahora ya estaba ahí, o aquí, en mi cuerpo de 31 años. Tuve la sensación de decirme bienvenida, esto había en la vida, y ahora está mi visión de hoy para acompañar a la versión melancólica.

Recuerdo un cuadro de Rubens, Las tres gracias, un olor a rosas en el Museo del Prado.  Muchachas alemanas tomando notas, cúmulos de visitantes rodeando los Velázquez. Mi antigua yo me hizo un guiño cuando reconocí los cuadros que crecí estudiando, primero de reojo, luego con curiosidad, luego por aburrimiento porque cuando era niña teníamos libros pero no videojuegos ni cosas “divertidas” de gente de nuestra edad, thanks god. Había cosas que sabía del Greco no por gusto, ni por interés sino porque había libros bonitos en casa que hablaban de su locura y sus desobediencias, y los personajes que más me marcaban, como Duncan, o Fitzgerald, eran todos desobedientes, también el Greco. Me parecía grosero, y burlón.

dsc06294

Recuerdo un atardecer en Madrid, también, de color rosa, y un hombre tocando el violín frente al palacio de la familia real. Un mercado de hierro color guinda. Atocha, un calor ardiente afuera del metro, se abría una puerta entre muros de cristal y un ardor como de horno entraba y golpeaba las piernas desnudas. Tanto calor que ardía. Gazpacho, y versiones de gazpacho. Libros, un pub, o picadero, lugares románticos llenos de camas y cojines, cortinas, y cervezas. Cervezas, risas. La vi ahí, a la patria madre, patria viejita, rancia, con sus reyes, y rajoyes, y partidos incompetentes, y realitys. Con las mismas fallas mexicanas, enormemente anciana. Vi sus genes en la arquitectura, y nuestra lengua.

Y sobre todo recuerdo un tramo de vida, puesta en la ensoñación de lo que puede ser un país, o pisarlo. Todas esas fantasías que la realidad supera, o que no siempre alcanza, pero que componen la experiencia total de algo. España no era solamente ese país viejo, histórico, ni su comida, eran mis años adolescentes, soñando enamorarme allí, crecer allí, despertar allí, leer allí. Ocurriendo uno encima de otro, devolviéndome un poco de la inocencia de los veinte años, y la risa de recordarme tanto así, ahí en lo cursi, lo magnífico de amar y vivir las cosas con lentes de color rosa. A pesar de las hormonas y a pesar de todo.

 

La verdad dentro de la sonrisa

Hace poco me di cuenta de que quizá hablo más de cosas positivas de mi vida en este blog que de las negativas.

Lo cual me hace recordar que hace tiempo que quiero escribir sobre la depresión que pasé hace algunos años, y sobre lo que me ayudó a sanar. Y de algunas cosas que me han ayudado a sobrellevar mi intensidad, la sombra que siento que siempre tengo despierta adentro y que me hace buscar como las flores de las plantas, la luz para respirar y mantenerme de este lado de la vida. El de los colores, y el aire respirable que -no es la depresión.

La depresión severa se siente como un velo de atole en los ojos. Se siente como unas vendas pegajosas que nos roban la energía, y nos dejan atados a la cama, o al sillón, o al feisbuc, o a lo que sea que volvamos nuestra nave para flotar en la brea negra que pensamos que es nuestro mundo. Se siente como un agujero negro, que arde en la mitad del pecho. Como una incapacidad para sonreír, y un recordatorio amargo de nuestra debilidad para sobreponernos, cada vez que las comisuras de los labios se oponen a que las estiremos. Es salir a la calle y que lastime el sonido de los coches, la presencia de los otros, que dejan de tener interiores e historias y se vuelven rostros huecos que no nos dicen nada. Nos pensamos inútiles, incapaces de dar algo valioso al mundo. Incapaces de compartirnos. Como si no estuviéramos en la lista de personas merecedoras de estar bien. “Esta fiesta no era para mi”, pensamos. Cuando la tristeza se vuelve patológica, hay un indicio fuerte qué observar para reaccionar. Es empezar a sentir que no hay mañana. No se puede imaginar, ni soñar con un futuro. No hay un mañana un poco menos triste. Ni un año próximo completamente sano, productivo, tranquilo, porque lo único que sentimos, durante días enteros es tristeza y cansancio, llegamos a creer que nunca se irá y que las heridas no se van a cerrar. Los pensamientos se vuelven oscuros, entramos en espirales que nos llevan al fondo, más al fondo, y pensamos cosas cada vez peores.

Yo recuerdo que a los 25 años estuve así casi un año. No podía levantarme, no me duchaba, no hacía mucho más que estar en mi cuarto estudio con mis libros y mis pinturas. Escribir fue mi refugio, aunque estuviera lleno de huellas dolorosas. Al menos hacía algo con todo lo que sentía. Hasta entonces nunca había escrito tanto, todos los días, y no por  un impulso estético sino uno de supervivencia.

12670083_10153877893823058_4731906321969935060_nAunque tuvo momentos terribles la tristeza me dejó muchos regalos. Uno de ellos, además del hábito de escribir, es poder ponerme en los zapatos de quienes enferman de lo mismo. He estado ahí, sé lo que se siente querer desaparecer y ya no sentir nada por el mundo más que melancolía. Otro es haber empezado a pintar, otro es la capacidad de mandar los juicios de los otros de viaje por el mundo. La depresión es fácilmente confundible con pereza, con apatía, con una decisión que es una actitud. Con ganas de justificarnos por lo que sea,  o ganas de provocar lástima. Esos juicios de quienes no conocen esta condición son profundamente hirientes, y muy poco útiles en un proceso curativo. cuando el cuerpo y el cerebro se cansan y se deprimen, no es cuestión de decisión estar bien o mal.

No quiero hacer una apología de la depresión, porque es terrible, y pienso que puede evitarse y sanarse. Pero a mi me dejó cosas que he podido aprovechar.

En estos meses que me he replanteado varias cosas he llegado a algunos puntos de quiebre desde donde el afuera y el adentro se ven distintos.

Por ejemplo la sombra. No somos sólo luz, ni felicidad, aunque queramos y pongamos los hashtags #BuenaVibra y #Love en las fotos. ¿Verdad? Yo, la verdad no me siento un ser luminoso, ni positivo. De hecho quienes me conocen de cerca saben que paso una buena parte del tiempo quejándome y me cuesta divertirme a veces, o ver el lado ligero de las cosas. Por no decir cómo me enojan tantas cosas que veo allá afuera, mi recalcitrante ecologismo hipster y demás corajitos. Y eso no es nada. Puedo llegar a ser bastante monstruosa, tan histriónicamente que mis anécdotas son una de mis principales fuentes de diversión. El onanismo del ego, del romanticismo pútrido. Oh, darkness, take me now.

yesyes

Y esa es la realidad. Pero creo que mucho de lo que hago, y lo que digo, son reacciones a mi verdadera naturaleza, la oscura, la insegura, la temerosa de la realidad y la que se sobrecoge cada vez que lee un periódico o las noticias. Muchas personas, muchas, han tenido conflictos conmigo. Y yo he sido parte de eso, poniendo mi energía en la fricción. En la disonancia. No me defiendo, yo me busco esas disonancias, no le tengo miedo al descuerdo o la crítica. Pongo mi fuerza en mirar y analizar lo que me quita el sueño, salgo a la calle siempre pensando en las fallas de la urbe, del mundo, de las personas. Es una locura estar aquí, adentro de mi cabeza. Siento demasiado a los otros. Una voz interna a veces no se calla, por eso tengo que escribir. Sólo aquí en las líneas de palabras puedo ordenarla. Este blog es eso. Es un recordatorio a mi misma de muchas cosas. Pero no es toda la realidad.

Los espacios que hacemos públicos son un crisol de significados. Para mi son puntos de coincidencia y reflejos de lo consciente y lo subconsciente. He conocido a personas increíbles, con quienes he podido establecer relaciones, colaboraciones, complicidades, gracias a que comparto acá mis ideas, mis proyectos, mis miedos, mis enfermedades. También he recibido críticas, consejos no pedidos, intromisiones, y cosas no muy positivas. Y estos días he pensado en esto de editarnos antes de mostrarnos. He confiado en que mostrar nuestros puntos vulnerables nos acerca a los otros, y hace que la luz que podamos irradiar, aunque sea pequeña, brille más fuerte. Pero me pregunté ¿con qué objetivo es que muestro cosas positivas acá?

Recuerdo que cuando estaba muy deprimida leía blogs de otras mujeres alrededor del mundo. Mujeres con granjas, con proyectos creativos, en colectivos, haciendo cosas, diciendo, escribiendo. Compartiendo sus hábitos alimenticios, sus aprendizajes. Eso en parte, además de la terapia, me salvó en cierto momento. Ver sus creaciones me ayudó a imaginar si yo también podría crear. En los momentos de crisis agudas, de no tener trabajo, confianza en mi misma, de tener el corazón roto, miro los mundos que han creado otras personas y eso me da fuerza. Creo que no conozco la envidia. La última vez que la sentí y lo recuerdo, tenía como siete u ocho años y era producto de que una vecina tuviera muchos más juguetes que yo. En mi cabeza la envidia es no querer estar a la altura de una misma.

Pero en este blog, no siempre sé si dejo huellas de anécdotas positivas para otros, o para mi misma. O para decirme a la hora negra de la madrugada que me arrebata el sueño: la luz que has tocado es real.

Creo que lo que quiero decir es algo parecido a: si te imaginas que mi vida es positiva, bella, “bonita”, no lo creas tanto. Siempre queremos mostrar lo mejor de nosotros. Siempre. Detrás de estas historias, de que busque construir para mi misma una historia consistente con sentido, hay desasosiego y los mismos issues que tenemos todos..

Del otro lado del blog están mis proyectos y mis miedos, mis inseguridades con respecto a mi propio quehacer escribiendo. Mi culpa por estar bien, mientras otros no. El no dejarme ser quien siempre he querido por pensar que por no tener dinero o estudios no tenía permiso. Esta cosa de no querer brillar por molestar a otros, por levantar críticas, envidias, y muchos malos entendidos de quienes piensan que nuestro quehacer en la red muestra realmente algo de quienes somos en esencia. Yo, bicho del internet, estoy convencida de que no. Esta pantallita no es real, y un ser humano no cabe en una red social.

En este blog no hablo tanto de los estragos que una relación abusiva y violenta dejó en mi hace dos años, del efecto negativo que produce mis desfachatez al opinar de todo, ni de cuando no tengo dinero, ni de mis problemas familiares. De las historias de mis antepasados que he heredado, de la depresión que he vivido. De las historias de mis antepasados que he heredado, de la violencia que he vivido. De mi trauma con mi incapacidad de entender las matemáticas, mi dislexia y lo que muchos llaman síndrome de atención dispersa. No sé si lo haré. Pero ha habido, como en todas las demás historias de todas las personas, cosas negativas. De esas que queremos meter bajo la alfombra cuando vienen a vernos. Las que dejo en borrador para siempre.

Las redes sociales han hecho un experimento interesante con nuestra construcciones autobiográficas. Hay un fragmento de “En busca del tiempo perdido” que dice:

“Pero ni siquiera desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida somos los hombres un todo materialmente constituido, idéntico para todos, y del que cualquiera puede enterarse como de un pliego de condiciones o de un testamento; no, nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás, y hasta ese acto tan sencillo que llamamos “ver a una persona conocida” es en gran medida un acto intelectual. Llenamos la apariencia física del ser que está ante nosotros con todas las nociones que respecto a él tenemos. “

Mostramos hermosas fotos en las redes, donde parecemos felices, tranquilos, haciendo cosas interesantes, aunque la vida no sea solamente eso. Tiene sentido, porque cuando compartimos lo más oscuro parece que nos estamos lamentando y buscamos ser abrazados, contenidos, recibimos críticas donde se nos dice que nos justificamos. Y quizá sea cierto algunas ocasiones. Pero la redes son sólo una fachada desde donde esperamos que el mundo venga a tocar a nuestra puerta para entrar.

Y los que entran se encuentran con lo real, no con las fotos, ni los “me gusta”. En mis textos que espero algún día sean algo, me gusta fantasear con un tiempo futuro donde lo virtual tiene un espacio fuerte en la realidad, y que sin embargo se ha vuelto una cárcel invisible desde donde es imposible capturar la experiencia de lo vital, lo de carne. Atesoraremos aquello que es tan grande que no cabe en facebook. Lo guardaremos en cajas de madera invisibles y será eso lo que constituya nuestra identidad. Y si esto se vuelve una trampa, nos significaremos a partir de la capacidad de escapar de una pantalla. Seremos así de fuertes.

He cumplido recientemente 32 años, rodeada de una vida sencilla. Donde el amor a las cosas pequeñas e íntimas empieza a tomar su espacio, o a recuperarlo. Tengo cada vez más retos ante mi, deudas que no he saldado con la Isa adolescente. La vida me ha dejado rodearme de personas que abren sus corazones y sus biografías de carne para mostrarme sus senderos. “Por aquí pasé, en este punto me caí. Zurcí mis desgarraduras con este hilo, me canté estas canciones”, no me dicen por dónde ir, porque los rebeldes no podemos lidiar con los atajos ni las señales del camino. Pero escuchar sus historias me ayudan a soñar con mi propio viaje. ¿Cómo quiero andar por este o aquel sendero? Eso ha sido un tesoro. Pensar la oscuridad, dejarla que entre a la casa, que me diga todo lo malo que hice y me contraste con mis creaciones buenas. Hay más sentido en esta complejidad recientemente vista. Siento libertad para mirarla y aceptarla. Hallar el espejo de los otros. Cualquier cosa que pueda hacer o crear, prefiero quizá que sea honesta y oscura con lo que sea que tenga adentro, a que siga siendo el ensayo de una versión que me esfuerzo tanto por crear.

Las historias más duras de mi vida no están aquí. Aquí parece haber una canción que intenta hacer ruido para que no suene la canción real, que no siempre me gusta ver.

Todos queremos ser amados. Tenemos miedo de que se nos juzgue, de hacer demasiado ruido, de molestar. Me gusta creer en la creatividad, y la creatividad me ha enseñado que cuando hacemos algo, decimos, nos mostramos, y las respuestas del infinito social siempre van a ser así: infinitas, de todas formas. Siempre habrá quienes envidien, esto o aquello, y si no sienten envidia por una, sentirán por otra. Y eso no es responsabilidad de quien crea, dice, hace, sino de quienes responden a ello con su propio miedo de construirse. Siento que a veces tenemos terror de mostrarnos como somos, y es normal, desde niñas se nos enseña que debemos ser buenas, bellas, bien portadas, y sobre todo buenas personas con los otros, antes mucho antes que con nosotras mismas. Yo creo que así se nos castra al arrebatarnos nuestro derecho a la oscuridad. Y con ello quizá reprimimos la disidencia natural a las dictaduras más chiquitas.

La vida no es perfecta, parece ser el leitmotif de los 30. Ahora noto que si lo fuera, sería tan aburrida que no tendría ningún sentido. Quizá me quite de encima el miedo y empiece a escribir acá de otras cosas. No sólo de lo bello. (Aunque en términos de comportamiento viral, los contenidos positivos inspiradores son más potentes que los lamentos cibernéticos). Pero qué más dan los likes. Díganme. ¿Qué más dan los likes?

Feliz cumpleaños, oscuridad.

 

La historia de una casa donde se siembra

Hace cinco años me acerqué por primera vez a la Agricultura Urbana. Nunca tomé un taller, no pagué un solo peso por aprender lo poco que sé, que ha sido suficiente, al menos hasta hoy, para sembrar en casa.

Entorno a este tema podría contar cientos de historias de aprendizaje, de compartencia, de reflexiones que el camino de las plantas me ha ido dejando. Pero hoy quiero contar la historia de casa. Del rincón donde anida nuestra familia.

Llegamos por casualidad a un anuncio de una casa “sui generis”, cuyas paredes no eran paredes sino enormes hileras de maceteros hasta ese momento, vacíos. La visitamos un día entre semana por la tarde y se veía prometedor. Siempre quise espacio en mis ventanas para sembrar, algo de luz, algo de aire, eso era suficiente para sembrar. Así crecí en un departamento de la Ciudad de México, atesorando los rayos de sol que entraban veloces y en pocos momentos de las estaciones del año.

Y esta era una casa extraña, como si la hubiesen diseñado para mi, para nosotros que teníamos el deseo de compartir el huerto y verlo crecer. La elegimos quizá por las ventanas y la posibilidad del verde en ellas y nos quedamos.

 

Las macetas entonces estaban secas. Al menos tenían la tierra que albergaron hace más de un año, que por su puesto estaba casi muerta. Ese era y sigue siendo el mayor reto, crecer en macetas no es lo mismo que hacerlo en la tierra. Y un buen agricultor urbano sabe que hay algo que le falta a esto. Le falta el esfuerzo de hacer suelo, de alimentar la tierra con los nutrientes y el oxígeno que aportan los cultivos diversos, y la vida microscópica que posibilitan. Había que alimentar la tierra con bacterias, composta y tierra viva.

Otro reto era la sustentabilidad, es decir, ¿qué tan ecológico es mantener casi 150 metros de largo de macetas con plantas comestibles? Se requiere de agua, de riego constante. Esto en una ciudad deja de ser amable con el medio ambiente. Estamos lejos del modelo de Fukuoka, en donde el hombre apenas interviene para mantener el equilibrio natural del suelo y sus poblaciones vegetales, animales y minerales.

Pero es uno más de los intentos que nos enseñan cosas, nos hacen pensar y nos ayudan a prepararnos para mejores espacios y condiciones.

Lo primero que hicimos fue colocar en cada una de las macetas un poco de bocashi, un preparado de salvado y bacterias fermentadas que se utiliza para fertilizar la tierra. Este lo conseguimos de un amable agricultor urbano de una chinampa de Xochimilco, que nos casi regaló como tres kilos del preparado. De esos 3 kilos logramos multiplicar el doble agregando más materia prima, el salvado, el piloncillo, (Aquí está la receta) y eso nos permitió añadirlo a cada contenedor.

Eso fue una tarea algo pesada. Somos dos, y a veces para poder terminar de atender todo el jardín vertical que nos rodea necesitamos pasar medio día sólo trabajando. No es un trabajo cansado, es en realidad bastante meditativo. Ponemos música y manos a la obra, y pasan horas en que esa concentración termina con mucha satisfacción y descanso.

Eso sí, creo que hay que decir que para que una planta produzca en la ciudad, si bien la naturaleza de una semilla y sus condiciones pueden hacerlo todo, sí se requiere de tiempo específico para atenderlo. Me ha pasado abandonar un poco algunos sectores, o posponer la aplicación de algún repelente natural para plagas porque simplemente tengo pereza, o pierdo el entusiasmo. En una ciudad hay mucho que se puede hacer, y uno tiene que elegir entre eso, y cuidar del huerto. Sí se requiere tiempo, y energía, y sobre todo disposición mental. Y apertura para aprender.

El siguiente paso fue instalar el sistema de riego automático. Ya había uno pensado anteriormente para manejar aspersores superiores, y lo cambiamos por sistema de riego por goteo, así podríamos ahorrar el agua que se salpicaba y sería más sencillo mantener la humedad. Aunque aún hay fugas de agua y escurrimientos, y en ciertas zonas la presión del agua es mayor y mayor su cantidad, funciona digamos que bien. Hubo que humedecer varios días la tierra hasta que estuviera lista para recibir a las plantas.

Las plantas que trasplantamos, a su vez, fueron sembradas casi desde los primeros días. Usamos unos almácigos de casi 80 brotes cada uno, y terminamos con cerca de 1,500 brotes distintos de lechugas, espinacas, zanahorias, apio, jitomate, chile, albahaca, epazote, cilantro, y otras.

Las plantas tardaron en crecer entre tres semanas y un mes. Y como cada una tenía ritmos distintos, esperamos a que las últimas estuvieran listas para hacer el trasplante. Ese fue un día largo de sábado, que terminó con las macetas casi como estaban al inicio, pero con pequeñas plantitas encima que apenas si se apreciaban.

Entonces es cuando el trabajo se vuelve algo extraño, porque la cosecha viene lento y crece lento. Sólo las fotografías pudieron dejarnos ver cómo crecían las plantas, hasta que un mes después teníamos todas las macetas llenas de vida, y en un par de meses, tuvimos los primeros frutos ya en el plato.

Tomó sólo 3 meses tener los primeros jitomates, lechugas, y los chiles llegaron al mismo tiempo, aunque a esos nos gusta dejarlos secar en rama para que concentren su sabor. Siempre es algo mágico poder abrir la ventana y sacar unas hojas de lechuga, que saben muy frescas y gruesas, al igual que las espinacas. Los jitomates han llegado a producir cerca de 1 kilo cada semana, y conforme las plantas van cumpliendo su ciclo los frutos van siendo más pequeños. Después crecieron las hierbas, muchos dientes de león que valoro por su aporte nutritivo y medicinal, y otras. Las caléndulas guerreras, las flores que resisten al embate del sol.

Hemos cometido ciertos errores, sobre todo porque a veces dejamos de pensar que tenemos comida en la ventana. Y a veces perdemos algo de la producción. Quizá sea buena idea ofrecer a los vecinos algo de la sobre producción. Hasta ahora no lo hemos intentado pero ya les contaré si sale bien, o si sale mal. Otras veces ns damos cuenta de que seguimos comprando ciertas cosas, (no las que se producen aquí, eso sí) y entonces el consumo sigue siendo mucho más diverso que la producción. Es en este punto que notamos lo importante que es el intercambio y lo inútil que es pensar que uno solo puede autoabastecerse. No way.

La casa es bella, pero tiene sus bemoles. Definitivamente no es la forma más ecológica ni sostenible de producir comida. Pero ha sido un buen pretexto para hablar de ciertas cosas con amigos, con gente que la ve desde la calle y en general, con quienes se cruzan o vienen a visitarnos. Es posible producir localmente, sí. Requiere esfuerzos, mucho. Pero da una satisfacción enorme, y es muy bello presenciar el milagro de la vida a pocos metros. No todo, como piensan algunos, se resolverá si tenemos huertas personales. El mundo no funciona así, cuidar de la naturaleza a través del cuidado de cómo producimos lo que consumimos es una parte importante, pero si queremos aportar, debemos estar conscientes del grave problema que enfrenta el campo mexicano, la tragedia de los campesinos y el crimen que realizan las grandes marcas de granos y semillas. Ahí hay decisiones y posturas políticas que tomar.

Pero en lo micro, me gusta tomar un té en la mañana, y ver cómo el sol se va escurriendo encima de las hojas nuevas. Y ver cómo resurgen brotes donde pensábamos que ya no había. Tienen una buena energía las plantas, supongo que es la propia proyectándose en su verdor. Da mucha ilusión ver los frutos llegar. Y nos hace re pensar cuánto le toma a la naturaleza producir un poco de sí.

dsc02838

Mientras seguimos disfrutando de este espacio verde, prestado como todo lo que nos rodea, yo sueño con poder pisar tierra firme, y sembrar en ella. Dejar de lado el sueño urbanizado-imposible, de las ventanas, y no sé, ponerle un poco de oxígeno al suelo que me sostenga.

dsc00800
Sembrar afuera es ir hacia la cosecha de nosotros mismos. 

 

 

 

Santiago de Compostela: empezar otros viajes

dsc04821

Llegamos a Santiago al atardecer, cuando la luz se pone mágica y azul,  luego de un cansado trayecto en automóvil desde Vigo. Teníamos hambre, y queríamos visitar la ciudad de noche. Pero, nuestra habitación reservada no estaba lista, y tuvimos que esperar en un parque con el equipaje guardado en un café de una calle cercana. Recuerdo haberme subido a los aparatos para hacer ejercicio para matar el tiempo y sentirme como una niña pequeña jugando. También recuerdo los pájaros parados en las ventanas de los edificios blancos del barrio, las cortinillas de las casas que supongo sirven para refugiarse del calor, y la ropa de las personas, que era muy diferente a la de Vigo, o la de Salamanca.

La primera impresión fue esa, ciudad pequeña, historia, turismo y estilo de sus transeúntes, todo vuelto una postal.

Cuando nos acomodamos salimos a caminar un poco a dar vueltas por el centro. Había que ver la catedral, punto obligado, algunas calles emblemáticas, puntos obligados, y los caminantes del camino de Santiago, que yo no contaba con ver, pero que llamaban mucho mi atención cuando andaban con su vara de senderismo, y sus libretas llenas de sellos de tabernas y hostales.

Para quitar el hambre paramos en un restaurante escondido que se llamaba O Piorno, o algo así. Dentro había muchas personas gritando y tomando cerveza en la barra. Yo me decía a mi misma: esto es, Isa, los gritos, la comida, España es una extraña condensación de eso. Cenamos hamburguesas con queso azul y algo caramelizado. Papas al horno, y una botella de vino blanco. ¿O cerveza? No recuerdo mucho ese detalle, quizá por la cantidad de alcohol que bebí.

Pedimos la cuenta, salimos a andar. La ciudad era un laberinto medieval. Callecitas diminutas, pasadizos, puentes entre edificios, cristales. Cada rincón era digno de hacerme escribir algo, y era difícil elegir uno solo. Me pasa seguido, estar buscando sentido a todo y cansarme a mi misma en esa relación de ideas con espacios. Obviamente no llego a escribir todo lo que pienso. Buscaba infructuosamente hacer fotos con mensajes mentales para luego convertirlos en algo. Ya había superado ligeramente mi deseo de encontrar brujas donde quiera que fuera y había optado por apreciar el mundo como era, sin magia evidente ni leyendas vivas mirándome.

Además empezaba a acostumbrarme a viajar acompañada de mi pareja. Luego de varios trayectos y espacios nos íbamos conociendo mejor. Habíamos viajado un poco en México pero conocer su país era distinto, ahí yo estaba en serio en serio lejos de casa. En serio en su familia, en serio juntos. Y la posibilidad latente de que el movimiento fuera una constante en nuestra vida se hacía cada vez más fuerte. Como cuando leíamos los mapas juntos y yo no entendía las partes en catalán. Cuando el menú tenía que ser traducido, y el supermercado era un universo nuevo. La identidad que una construye poco a poco con esfuerzos, como un sujeto propio, con las referencias que queremos, con todos esos bordes y límites que marcamos con respecto al mundo, se sentía ya, transformada por ese viaje, y en Santiago lo cotidiando cobró su dosis de claridad al mostrarnos tal y como somos. Esos choques de la rutina, cuando por ejemplo yo me obsesionaba al perder mis cosas, o él se desesperaba porque tenía hambre y quería salir de los sitios históricos para poder probar bocado podían ser exasperantes de cierta forma, y lo eran, pero también empezaron a ser espacios de contacto valiosos. Puentes de realidad, historias comunes.

Decidí dejar de pensar en las cosas mágicas esa noche al volver a casa. Dormimos en una habitación pequeña con un espejo grande. Y en la mañana salimos a pasear por las calles medievales diminutas que de día eran mucho más bonitas porque el cielo estaba azul y las personas se paseaban bajo un sol nítido. Todo fue mucho más bello también, después del café y el desayuno. Caminamos más, hice fotos, y nos metimos a la catedral de Santiago.

Aunque normalmente las grandes construcciones me apabullan y no son tan interesantes para mi, esta estaba rodeada de un halo de misterio. Otra vez yo a querer colgarle mis fantasías. Cuando estudiaba música nos hablaban en clase de historia del arte, del sentido alquímico que revestía los procesos de construcción de las catedrales. Proporciones, diseños, planos que buscaban hacer reflejo de la creación de Dios en la tierra. La mano del hombre diminuto buscando a Dios en el cincel y las líneas. Me quedé largo rato viendo la cúpula mayor que tiene el ojo rojo al centro y pasée por las capillas laterales. Me senté en una de ellas, y de repente tuve una idea que usaría, pensé, en la novela. Miraba los dibujos en la piedra, lo macabro de la religiosidad y las palabras me venían a la cabeza muy velozmente. Otro de esos momentos de verborrea repentina sin un contenedor cerca dónde desahogar la congestión de palabras. Salí y me senté en una escalinata y me puse a escribir.

Creo que no hay nada que me guste más que hacer eso. Nunca he entendido ese afán voraz del turista que busca pisar cada sitio velozmente para atraparse en una fotografía, apropiarse de la experiencia, meterla rápido en su cajón de identidad para guardarla detrás de las nuevas fotos, de los nuevos sitios, uno tras otro como archivos. Incluso en mis viajes de adulta joven, a los 20 años, prefería quedarme un largo rato sentada en un solo lugar, pensando, que siguiendo un itinerario que le metía prisa a mis ensoñaciones.

Detestaba cuando alguien me daba una lista: debes ver esto y esto, y esto otro. Como en Bs Aires donde recibía a cada segundo instrucciones para ir y venir, para “no perderme la experiencia” para devorarlo todo. Yo me congestiono con ese afán, con esa hambre. Soy quizá más mediocre en mi manera de pararme sobre el suelo. Demasiado romántica, me han dicho. Prefiero respirar un sitio, hacerle una foto vivencial, guardar en mis huesos la temperatura, el ruido de las calles, las miradas de las personas. El sentir. Dicen que no se puede conocer un lugar estando de vacaciones, yo creo que es cierto. Incluso creo que el concepto de vacaciones me suena extraño. Me suena a descanso, a distraerse, a soltarse. Y yo creo que al viajar uno tiene muchas antenas activas, está en constante contraste con el mundo y nuestro yo se hace muchas preguntas. Esas distancias pequeñas entre el mundo de afuera, aunque no sea lejano y extraño, siempre nos cuestionan. Creo.

Santiago es el punto final de millones de tránsitos avocados a la tarea de caminar. Para algunos es algo espiritual, para otros, ejercicio y aventura, conocer personas. Si se viera en un mapa desde arriba, muy alto, el camino de los caminantes se dibujaría una especie de neurona sobre la tierra, ahí confluyen todos ellos. Y al llegar beben vino, y cantan en una sinapsis de verano.

Para nosotros era la mitad de un viaje todavía, y quizá, el inicio. No sólo de mi personaje sino de una forma distinta de mirar encima de las superficies. Tenía que dejar de buscar cosas mágicas, brujas de cabello largo, señores magos en los bares, hadas en los bosques. Algo me decía que esos símbolos ya habían migrado hacia otra parte. Mis propios símbolos, mis expectativas, se fueron antes que yo, del panorama.

Ahí es donde pueden imaginarme sentada en la escalinata de afuera de la catedral, completamente atónita porque en la capilla por fin había hallado una escena detonante. Pero toda mi imaginería, disponible a usar en el desarrollo de esos personajes y esos textos, ya se había mudado. Visitó hace mucho tiempo esa tierra que yo pisaba apenas, y había seguido su camino.

Me sentí sola. Me di cuenta de que todo lo que había escrito todos estos años ya no era vigente en mi manera de habitar el mundo. Ya no estaba en el mismo punto que pensaba. Y ahí donde muchos finalizan su camino, y finalmente descansan, empezaba para mi otro viaje. Menos idealista, más crudo pero posible. Millones de hojas en blanco delante de mi. Y una vida propia para contarme.

dsc04817
Fotografiar calles vacías es como detener el calendario un poco.
dsc04818
Santiago y sus rincones con luz azul
dsc04820
En ese edificio viven personas. De otro mundo.
dsc04823
Caminaba lento la gente

dsc04825dsc04827dsc04834dsc04837dsc04839dsc04842dsc04845

dsc04847
En Santiago, y en la región de Galicia, las empanadas son un bocadillo obligado. 

dsc04848dsc04849dsc04853dsc04854dsc04859

dsc04861
Vírgenes solitarias, lejos de los placeres, la carne y el pescado.

dsc04863dsc04869dsc04875dsc04879dsc04882dsc04884dsc04887dsc04891dsc04893dsc04895dsc04896dsc04899dsc04903

dsc04909
Me encanta mirar hacia arriba de las paredes altas. 

dsc04921dsc04925dsc04929dsc04946

 

La región árida de los anticonceptivos

dsc06802

Ehem, esto no sé cómo escribirlo, porque el tema del que quiero hablar es precisamente aquél que me impide ser elocuente. Pero aquí voy. Además de una dieta casi vegana 100% y estricta, que sigo a detalle, estoy tomando anticonceptivos que me recetaron para controlar los niveles hormonales que al parecer tenía locos, y que produjeron mis quistes y endometriosis. Y estas hormonas sintéticas son todo un caso del cual quiero contar mi experiencia.

Yo había sido casi siempre anti-doctores, anti-hormonas, anti-medicinas. Mi desconfianza del sistema de salud es sobre todo porque mi principal problema en la vida ha sido el dolor menstrual, que luego se volvió una inflamación crónica, con cambios de humor locos, y mucho cansancio. Y ningún médico sabía, no parecía creerme, o pensaba que pudiera ser digna de mayores estudios. Mi droga más fuerte ha sido el café. Siempre fui una persona que no bebía alcohol como hasta después de los 27, y muy poco, nunca he fumado, y otras drogas no han estado ni siquiera cerca de mi. He hecho mucho ejercicio siempre, y cuidado mi alimentación. “Mi cuerpo es mi templo”, es mi lema. Cuando iba con el doctor y le explicaba cómo me sentía siempre me mandaba, solamente, analgésicos cada vez más fuertes. Nunca parecían saber qué me ocurría y por eso fui perdiendo la confianza en ellos.

Aceptar un tratamiento hormonal fue un golpe muy duro para mis principios. Junto con la posibilidad de una cirugía que se prometía muy invasiva y extirpadora, he tenido que investigar mucho por mi cuenta y observarme para entender mi cuerpo.

Las hormonas de los anticonceptivos no me parecieron muy simpáticas cuando las recetaron. No sabía mucho entonces sobre sus efectos secundarios y busqué información, sobre todo testimonios de pacientes que las utilizan. Entre los efectos secundarios, lo menos grave eran depresiones, y lo peor, la posibilidad de tener coágulos en las arterias que podían llevar a infartos cerebrales o cardíacos. Nada más.

Así que cuando los empecé a tomar estaba inevitablemente algo sugestionada con los efectos que tendrían en mi cuerpo. Digamos que no he tenido tremendos síntomas negativos pero encuentro un principal foco de preocupación que parece ser la razón por la que muchas han dejado estas hormonas.

Y es que ocasionan una especie de planicie emocional a lo largo de su administración. No sé cómo explicarlo. No estoy realmente mal, debido a sus efectos, pero me siento extraña y diferente a antes.

Antes aunque mis emociones cambiaban según mis momentos hormonales de forma muy repentina e intensa, podía reconocerme en el espejo. Esa era yo, inestable emocional, soñadora, me inspiraban muchas cosas. Podía levantarme en las madrugadas sólo para disfrutar la salida del sol. Escribía de forma distinta. Cualquier evento a mi alrededor podía ser objeto de alguna narración pequeña en mi diario. O inspiración para bailar, o pintar, o sembrar, echar a andar proyectos. Cada mes me iba muy al fondo de una tristeza inexplicable, que reconocía era mi química cerebral detonándose en mis lágrimas o de una alegría extática. Podía sentir tres días antes de mi menstruación una melancolía repentina, y cuando me miraba en el reflejo del baño ahí estaba yo. En mí reconocía mis fallas, mis frustraciones, mis amores, todas las cosas que quería. El cerebro y las hormonas son una cosa increíble que funciona gracias a micro mecanismos. Es un universo diminuto en donde dos moléculas pueden hacer enormes diferencias.

Una menstruación normal es el resultado de dos hormonas: estradiol y progesterona, que producen los ovarios, y un sangrado producido por anticonceptivos es producto de esteroides sintéticos, como el etinyl estradiol y levonogestrel. Las hormonas producidas por nuestros ovarios como la progesterona, calman el cerebro y reducen la ansiedad, mientras que el levonogestrel aumenta la ansiedad. Aunque antes no estaba 100% consciente del efecto y el momento en que aumentaban o disminuían mis niveles hormonales, mis meses eran un terreno conocido. Era doloroso, sí, lloraba mucho en los días previos, a veces estaba hiper sensible y no soportaba ni que ciertas cosas me rozaran la piel de los brazos o las piernas. Pero también estaba mucho más despierta a la vida. Mis proyectos tenían más sentido, estaba acostumbrada y aprendiendo a manejar mis montañas rusas emocionales, sobre todo dejándome llevar por ellas consciente de que siempre en la peor curva o punto crítico, las cosas volvían a un lugar más tranquilo. Mi forma de escribir era distinta también, era más fácil iniciar una hoja en blanco. Usaba más metáforas, tocaba más el terreno de la fantasía. Ahora siento como si hubiera una especie de techo invisible adentro de mi cabeza que no me deja llevar las emociones ni muy alto ni muy bajo. Esto para muchos parecería al fina, estabilidad. No ir muy hacia la melancolía, ni tampoco hacia la alegría demasiado alta. Pero creo que es justo este síntoma el que causa depresión en quienes utilizan anticonceptivos por tiempos prolongados. Es como si viviéramos en una cajita de cristal en donde las cosas no nos tocan demasiado y por tanto nuestras reacciones a ellas son limitadas de igual forma.

Sé que en el fondo de mi esto no me gusta, pero no alcanzo a sentir una postura definida al respecto porque no me siento fundamentalmente mal. Es como estar en un paraje árido y tibio donde no hay demasiada sequía, pero la hay. Algo no anda bien en ese paraje. Cuando sentimos sed encontramos un poco de agua, si se siente frío, un poco de calor, nada que nos haga realmente poder gritar o desesperarnos. Es un tipo distinto de desesperación. Una muy metida adentro que no se alcanza a hacer escuchar.

Ningún cuerpo femenino es igual a otro. Eso lo tengo claro desde que esto empezó. Aunque muchas compartimos ciertas cosas, creo que todas somos una mezcla distinta de hormonas y bacterias e historias y emociones. No me gustan las generalizaciones. No me gusta cuando se nos mete en un esquema hecho aparentemente para comprendernos mejor, como los síndromes, las condiciones, las “enfermedades”. Ni siquiera siento que la medicina tenga claro qué pasa con nuestros cuerpos. Lo que sí siento, y lo veo en las salas del hospital, entre mis amigas, con conocidas que pasan por estas cosas, es que cuando afuera hay tanta violencia y desconocimiento, adentro generamos solidaridad y hermandad. Una especie de conciencia de que no tenemos lo mismo, no sabemos si lo que se nos diagnostica torpemente es en verdad lo que tenemos, sabemos que algo nos pasa, y eso es lo que compartimos. Compartimos mucho, las cuerpas femeninas, y al menos tenemos la sensibilidad para la mayoría de las veces, empatizar las unas con las otras. Si una amiga me preguntara mi opinión sobre las hormonas, le diría esto mismo que comparto aquí. Pasa esto y esto otro, pero es libre de elegir lo que sienta mejor para ella. Y nadie tiene derecho a cuestionar sus decisiones terapéuticas. Una ya está asustada, agobiada, tiene los síntomas que busca curar, y no se encuentran muchas respuestas afuera. El juicio de otros, o sus opiniones sobre lo que elegimos respecto a nuestros cuerpos, sobran.

Cada una decidimos qué camino elegir. Medimos la cantidad de tiempo que hemos buscado una cura, explicaciones, buenos médicos. El dinero del que disponemos, el tiempo que podemos dedicarle. El ánimo con el que contamos. En mi caso he pasado ya por varias terapias alternativas, no invasivas, como la homeopatía, terapia sistémica, meditación, y no vi resultados en estos 15 años. En mi círculo de amigos, como yo misma, preferimos lo natural, lo no sintético. El proceso emocional por el cual podemos sanar. Pero en mi caso el dolor y la desesperación me hicieron tomar un camino distinto al alternativo. Y ahora entiendo que aunque antes pensaba que podía tener derecho de hacerlo, no podría cuestionar el derecho de ninguna a decidir qué camino tomar para sanar. Era muy dura con esto antes, pensando que las mujeres que no optaban por lo alternativo estaban siendo muy duras con ellas mismas. La dura era yo, juzgándoles.

Yo he tenido la enorme fortuna, el privilegio de tomarme meses enteros para reflexionar, buscar terapias, informarme, estar conmigo exclusivamente para resolver esto. Las hormonas sintéticas me han mostrado un lado de la vida que no quiero vivir, y espero dejarlas en cuanto sea posible. Buscar respuestas me ha hecho ver y habitar una comunidad de hermanas. Encontrar en mi pareja un compañero comprensivo, fuerte y amoroso. También he investigado mucho sobre cuestiones ginecológicas en todo el mundo. Los costos, las causas de ciertos males, el efecto del estrés y el ritmo de vida en los cuerpos de las mujeres. Y veo que la endometriosis está llena de casos como el mío. De mujeres que dijimos “nunca tomaré esto, nunca me haré aquello”, y que cedemos ante el dolor y la desesperación de tratamientos no fructíferos. A veces pienso que somos un experimento de nadie, una manifestación de algo que ocurre en el mundo que simplemente todavía no tiene respuestas como el cáncer, y que nos toca a nosotras descubrirlo aunque no seamos sujetos de casos de cura. Al menos tendremos indicios que dejar a otras hermanas, o a las futuras generaciones.

No quiero decir que la homeopatía u otros caminos no funcionen. Algunas mujeres me han contado historias con finales exitosos usando estos métodos. Yo no recomendaría en lo absoluto las hormonas sintéticas aunque no sé si todas sientan la misma planicie emocional, quizá no. Pero sí recomendaría prevención, cuidados desde muy jóvenes, tener una alimentación excelente. Habitar un cuerpo de mujer requiere una nutrición buena, verduras frescas, cero hormonas, cero alimentos procesados. Amor propio. Y si el problema ya está presente y no hablamos de prevención, sólo queda la fuerza para buscar para una misma, lo que nos haga sentir mejor, y más seguras.

Habitar un paraje árido puede ser una experiencia catalogada como negativa. Pero en mi caso creo que ahora veo mi “vida hormonal pasada” como un lugar lleno de emociones y riquezas interiores. Veo todos los proyectos que pude crear con el ímpetu que sentía. Todas las decisiones que he tomado con las TRIPAS. Las escenas que me llenan de emoción cuando recuerdo haber destruido cosas, y cuando las tuve que reconstruir. Creo que no era consciente de lo rica emocionalmente que era mi vida. Y de cuánto arte he buscado y he creado. Desde este otro lugar desde el que tengo oportunidad de observarme sé que una parte de mi que no distingo bien ahora suspira muy profundo.

 

 

 

Odiaba las dietas, pero tengo endometriosis

Tengo que confesar que a veces me harto de las palabras “orgánico”, “saludable”, “vegetariano”, “bici”, “yoga”, y demás términos que me recuerdan lo mal que estoy haciendo todo, siempre.

DSC06743

Pero una cosa que he visto en estos meses de buscar formas de sanar todo el rollo de endometriosis , es que la alimentación es hiper mega importante. (No es TODA la solución,  cuando la enfermedad está diagnosticada o años de ciertos hábitos han dejado su huella, aclaro) Esta enfermedad parece no tener cura, o eso dicen los ginecólogos cuando la encuentran. Muy pocos revisan los hábitos de las pacientes y creo que los menos hablarán de nutrición y demás cuidados que nos toca aplicar a nosotras si queremos.

Pero ahora veo que la buena alimentación es más que una moda. Y en este caso me ha hecho sentir mejor. Cada cuerpo de mujer es distinto, lo que me viene bien a mi puede que no le venga bien a otras. Pero en particular con la endometriosis, estas han sido cosas que me hacen sentir un poquito poquito mejor:

0.- Ir al ginecólog@, confiar pero analizar, hacerme muchos estudios, análisis de sangre, ultrasonidos, perfiles hormonales, tiroideos, y llevar el registro de mi ciclo. Y contarle muchas cosas y hacerle muchas preguntas.

1.-Dejar el gluten (sí, es horrible, antes de hacerlo me comí todos los pasteles, y cosas ricas que quise. Cuando estuve satisfecha, dije ahora sí). De todas formas estando en México es sencillo.

2.- Dejar el café. No les diré nada de esta historia porque es triste y horrible, pero sí, lo hice.

3.-Comer muchas verduras frescas, cocidas, vegetales de todo tipo (excepto los que inflaman) ¡CRUDOS! Frutas…

4.- Comer cúrcuma y jengibre.

5.- Tomar muchísima agua 3 Litros

6.-Dejar carnes y lácteos con hormonas, (sólo si son orgánicos goei me los como )

7.- Dejar azúcar refinada y endulzantes artificiales MOUAJAJAJA esto es una torturaaaa

8.- Comer Diente de león, porque es bueno para el hígado, y parece ser un órgano importante que la ginecología olvida al tratar esta enfermedad.

¡Y bajarle al estrés!

Pero, ¿saben qué? siento que los consejos son difíciles de recibir cuando nos sentimos de la patada con esto. No lo tomen como un consejo por favor. Yo leí de otras experiencias de otras mujeres y eso me ayudó, sin sentir que tenía unos ojos encima diciéndome o juzgándome sobre lo que hacer. Me siento sensible con eso.

Estos hábitos que adopté aparecieron en varias publicaciones, además de que la mayoría los recomendó mi doctora. Aquí se explican algunas cosas.

Al principio pensaba que sería súper difícil cambiar mi forma de comer, pero luego de mucho cansancio con estos problemas, ya no lo ha sido tanto. Y hasta me siento contenta cocinando, investigando platillos, creciendo sus ingredientes en macetas de casa. Sé que para muchas puede ser terrible que nos digan que el café It’s OVER. ¡Lo es! Al principio, porque normalmente lo tomamos para despertar, cuando nos sentimos pesadas. Pero dejando harinas, azúcares, una se siente en general muy ligera y ya no se necesitan tantos estimulantes. Ahora disfruto de mi Chai con leche de almendras y miel mientras mi pre marido se toma su delicioso café exprés en mi cara. Lo juro. Dejar el azúcar también nos ayuda a saborear mejor los alimentos. Lo sé chicas, lo séeeeee dejar ciertas cosas es triste. Pensamos que nada será igual. Pero no es así. Aunque me caguen los latte de almendras y stevia, los pasteles sin gluten, los helados sin leche, las cosas hipsters como el quinoa, el kale, las algas esas raras y la palabra orgánico (cambiemos por agroecológico) en realidad si nos vamos sintiendo mejor si hacemos el esfuercito amoroso. También a veces me doy un gustito de café los fines de semana. Uno chiquito.

No sé si esto me va a curar la endometriosis. Llevo el tratamiento alópata y algunos naturales a la par. Más el amor de mi pareja, mi familia, mis amigas que han estado cerca y al pendiente increíblemente amorosas, qué bellas las mujeres, qué rica su presencia. La comida es una pequeña cosa más y ya, pero es básica. Cuando me decían esto antes me fastidiaba, pero he ido viendo que no es tan grave. A algunas les funcionan ciertas cosas, a otras no, ya les contaré qué pasa conmigo.

 

Y cambiando de tema. Honestamente, estos meses veo cómo el cuerpo de la mujer es sujeto de todas las proyecciones, traumas, prejuicios y demás actitudes de quienes nos rodean. Debemos vernos de cierta forma, debemos hacer esto o lo otro. Todos se sienten con derecho de decirnos por qué nos pasa lo que nos pasa, y qué debemos hacer al respecto. Y si no seguimos patrones, reglas sociales, se nos señala y culpabiliza por todo. Por estar gordas, enfermas, histéricas, o por querer hablar de un cierto tema. En mi caso siento confusión. Primero, el entorno ignora (y nosotras mismas) nuestras llamadas de atención cuando sentimos dolor al menstruar. Pero cuando hay un diagnóstico o patología identificada por una “autoridad”, (la misma que también ignoró síntomas y dejó que una enfermedad avanzara) entonces sí, recibimos un montón de consejos, (que yo sé que son de buena voluntad, la mayoría de las veces) sobre qué hacer. Y muchos de ellos vienen de rincones no especialmente profesionales. Aunque también he sentido que no puedo creer en los profesionales, porque no saben explicar las causas, aceptan que no se han investigado suficientemente, y que los tratamientos son todavía muy limitados, además de que normalizan el dolor y la alta ingesta de analgésicos, pero tampoco puedo creer en todas esas “medicinas alternativas” que no dudo que funcionen en ciertos casos pero que con enfermedades avanzadas son obsoletos.

Pasé cerca de diez años tratando de resolver esto por la vía profesional, “natural” y psicológica, hasta espiritual este padecimiento. Que no es lineal, progresivamente homogéneo, ni sencillo. Y sigo diciendo que lo único que podemos recomendarnos las unas a las otras es sí, amarnos, cuidarnos, (yo recomiendo analizar siempre las voces profesionales) buscar segundas opiniones, y claro comer bien, aprender sobre salud de la mujer, poco a poco, y no dejar de checarnos por pensar que no tenemos síntomas. (Muchas enfermedades graves son asintomáticas) No hay soluciones “fáciles”, “inmediatas”, “rápidas” a cosas que tardan años en formarse. Cosas tan estúpidas como el bicarbonato de sodio para el cáncer, el aceite de coco para todo y todas esas tonterías “benéficas” que no sustituyen una cura real a muchas cosas. Hay muchas páginas que ganan dinero con nuestros clicks a contenidos cero profesionales, sin sustento, con ideas como: “Mira cómo esta mujer bajó de peso con este licuado” o “Este el remedio milagroso que los médicos no quieren que conozcas”. Por favor paren de mamar.

Sobre los consejos que damos creo que tienen su lado positivo de deseo de solidaridad. No dudo que ciertas recomendaciones sean buenas, pero ¡no resuelven las cosas de raíz! Y mejorar síntomas no significa mejorar la causa de un mal. Cada cuerpo de mujer es distinto, seguro el tofu es bueno para todas si lo acostumbramos, pero eso no significa que una mujer con inicios de cáncer mejore porque lo coma todos los días. O los masajes, resolviendo cuestiones emocionales, que pueden interferir en el proceso de tumores, quistes, o inflamaciones empeorando sus condiciones. A veces decimos cosas como: “haz esto y observa cómo te sientes” y entonces hacemos o dejamos de hacer ciertas cosas, observamos y pensamos que esto o lo otro ha funcionado porque “nos sentimos mejor”. Pero hay un principio que debemos tener en cuenta: correlación no significa causalidad.

Entonces, no siempre, cuestiones como “cómo nos sentimos” pueden referir al verdadero estado de salud interna que tenemos. Puede ser que mi menstruación sea dolorosa, y que este síntoma se junte con otros por padecer gastritis, o colitis, (que no es raro) y estreñimiento. Y  es obvio que comer sano, muchos vegetales, menos carne y más verde, mejorará la digestión, quitándole algo de inflamación y de dolor al asunto. Pero si hay un problema hormonal, o tejidos extraños, puede que no se resuelva con dos meses de ensaladas y los problemas de raíz seguirán en el fondo.

Conocí el ejemplo de una mujer que pensaba que tenía algún mal del hígado o del intestino, se hizo muchos análisis, tomó jugos, no aparecía nada en sus resultados, un año después de todo tipo de terapias emocionales, espirituales, nutricionales, y algunas mejoras de síntomas estomacales, le encontraron cáncer en los ovarios, y falleció al poco tiempo. Sí, resolvió cosas emocionales, pero murió.Gracias a un diagnóstico tardío.

Esto quería decirlo desde hace mucho porque si una está en medio de un tratamiento, o se encuentra en búsqueda de alguno amable (porque no les he contado de la violencia obsTÉTRICA a la que nos enfrentamos) todo este ruido de remedios milagrosos, luego de diez años de lucha y muchos intentos de curarnos, es realmente fatigante. Recomendemos doctores, hábitos alimenticios, pero no vayamos con la idea de curas milagrosas inmediatas, por favor. No existen. Existen charlatanes que ganan dinero con el trabajo que algunos doctores hacen mal.

Bahhh, ya me desahogué, feliz semana!!!

 

Gracias a Z por ser el interlocutor de los días.

 

No era normal que mi menstruación doliera

Y en el camino de descubrirlo me he topado con todas estas cosas.

4707881421_c8d32eaa6d_z

 

 

 

 

 

 

La endometriosis es una enfermedad que se diagnostica en promedio, 10 años tarde después de su “aparición” y consiste en que el tejido del endometrio (que crece en la cavidad del útero pa que ahí anide un posible chamaco) comienza a crecer en lugares fuera del útero, ocasionando inflamación, y sobre todo, dolores menstruales muy fuertes. (Entre otras cosas). No todos los dolores menstruales se deben a ella. Ni todas las mujeres con endometriosis los padecen.

A las mujeres se nos enseña (o a mi, y a algunas amigas) que a veces menstruar puede ser doloroso. “Y si te tocó que en tu caso fuera súper doloroso, ay, reina, es hereditario, ya te chingaste”. A mi los ginecólogos me decían que a algunas mujeres “no se sabe por qué” les duele más que a otras. Esto fue así durante muchos años, hasta que una crisis de dolor me hizo tener que ir a urgencias. Y aquí cuento esa historia.

A partir de que hice público el caso me escribieron muchas otras mujeres que pasan por lo mismo. Hoy, a poco más de tres meses de un primer diagnóstico y de haber iniciado un tratamiento, he podido observar que el problema de la endometriosis es mucho más común de lo que se piensa. No está diagnosticado a tiempo. Y en lo personal, me preocupa mucho que haya mujeres que dolorosamente aceptamos que el mundo nos diga que la naturaleza nos ha hecho propensas a sufrir. Lo que he investigado respecto a esto, me dice que ello es falso. Y que hay un enorme hueco de atención sanitaria y educación sexual de y para las mujeres.

El problema se anida en varios ámbitos: desde la cantidad de recursos internacionales, federales o institucionales que se asignan a esta enfermedad y a sus investigaciones. También, la educación sexual que tenemos en la que el tema de la menstruación como muchos otros se vive “dentro de la intimidad” y que parece permeada por una aparente intención de invisibilizar que se sustenta en eso de que lo privado se queda en lo privado. Y en donde todo lo referente a la vagina o el cuerpo femenino (cuando no está supeditado al proceso reproductivo dentro del ámbito familiar) es un tabú. Un tabú en pleno siglo 21. Yep.

Menstruamos con dolor debido a la forma en que en nuestra sociedad asumimos y convivimos con mujeres que padecemos ciclos menstruales dolorosos. “Te tomas estos analgésicos y asunto arreglado”.  La forma cómo se nos ofrece tratarlos: la sangre menstrual no debe notarse. No debemos actuar como si estuviéramos menstruando. No debemos ser “histéricas” ni menos “productivas”. Y si lo somos, somos tildadas de “flojas”, “hipersensibles” “locas”. Si duele, siempre podemos tomar una cantidad X de pastillas y seguir con la vida como si nada estuviese ocurriendo.

Otro problema es el acceso a la información de calidad. Hay mucha mala información, deficiente, entorno a la salud sexual de la mujer. Y esto es un tema delicado porque si bien nuestra situación de descontento y decepción de la ginecología tradicional ha abierto paso a una serie de opciones alternativas que pueden en ciertos casos funcionar, estas no siempre son verdaderas soluciones. Dentro de estas opciones alternas, está la ginecología autogestionada. Sí, estoy de acuerdo con que “ocupemos” y nos relacionemos y nos hagamos responsables de nuestro cuerpo. Pero no en todos los casos, una puede siempre resolver los problemas sola. Ni debe.

Durante un tiempo, una vez que hice pública mi situación con la endometriosis, recibí consejos de otras mujeres que habían padecido cosas similares. (Digo similares porque cada cuerpo de mujer es distinto y ningún proceso patológico, de diagnóstico ni terapeútico puede ni debería ser generalizable). Y estos iban desde la recomendación de ciertas ginecólogas, pasando por mejores hábitos de vida (con cuya adopción concuerdo totalmente) meditación, hierbas, tés, homeopatía, temazcales, psicotrópicos, viajes espirituales, limpias y demás (algunas de las cuales he probado en mi historia, otras nisiquiera consideraría). Con estos siendo honesta, no estoy a favor ni en contra de ninguna y creo que todas las mujeres contamos con formas diversas de acercarnos a nuestra realidad corporal y espiritual, y cada quien decide hasta dónde hacerse o no responsable de sus decisiones terapéuticas.

También, he visto que el hecho de que la medicina tradicional presente tantas irregularidades ha dejado lugar a muchas cosas que no son medicinales, ni terapéuticas, y estos procesos pueden en ciertos casos ser peligrosos cuando se oponen o desestiman diagnósticos clínicos concretos. He visto cómo casos leves de ciertos padecimientos se han agravado por falta de diagnósticos más cercanos al verdadero problema, llegando incluso a la muerte. Yo respeto el camino que todas somos libres de elegir para llegar a la curación, pero no respeto a los charlatanes que se valen de esos huecos en política sanitaria para hacerse del dinero de pacientes que no logran resolver del todo sus problemas. (Cuando hablamos de la endometriosis, todavía no se conoce ningún tratamiento 100% efectivo para curarla del todo). Por eso, aunque sé que hay buenas opciones alternativas, no podría recomendar desatender la necesidad de un diagnóstico claro y conciso. Análisis de sangre, ecografías, ultrasonidos o incluso tomografías que ayuden a saber qué está pasando realmente en nuestros cuerpos.

Quizá lo único que podría recomendar son lugares donde hacen buenos ultrasonidos, y que en una visita al ginecólogo tengamos a la mano tantos estudios sea posible conseguir para tener más elementos. Biometrías hemáticas, químicas sanguíneas, perfiles hormonales y tiroideos, marcadores tumorales, son algunos de los estudios que pueden dar algo de luz sobre la reacción de nuestros cuerpos a una posible endometriosis. Y no podemos interpretarlos nosotras, esto es importante. Otra cosa que podría decir es que busquemos a una o un ginecólogo recomendado, y le expliquemos bien qué sentimos, cómo funciona nuestro ciclo (llevar un registro con calendario y síntomas ayuda muchísimo), y no nos quedemos con una sola opinión.

A mi me pasó que querían operarme lo primero. Busqué otras opciones y me dieron un tratamiento. Un médico convencional suele pensar que con pastillas se resuelve todo y una no tiene que hacer mucho más que tomarlas y seguir sus indicaciones, pero no. Creo que los médicos que más me han funcionado son aquellos que nos asumen responsables de nuestra salud (si nosotras lo deseamos y mostramos interés) y nos involucran en el proceso de curación. La alimentación es SUMAMENTE importante. Hay que dejar ciertas cosas, sí, es bien difícil y yo apenas lo estoy haciendo. Dejar azúcar blanca refinada, harinas refinadas, gluten, grasas animales, carnes rojas, lácteos y alcohol. Y/o cigarro. Ahorita me estoy tomando mi batido de raíces y no sabe super rico, pero, es lo que hay que hacer ahora. Y creo que eso sería lo único que podría aconsejar: estudios a fondo, una buena comunicación con el médico, no quedarse con primeras opiniones y hacernos cargo de la parte que nos toca para mejorar la calidad de vida.

Otro problema que he vivido personalmente es el del trato ginecólogico hacia las pacientes. Muchas veces no recibimos suficiente información y no creo que la responsabilidad sea sólo de las y los ginecólogos. Sé que muchas pacientes prefieren no ver, no tocar, no saber. Y por tanto, las preguntas que pueden elaborarse son deficientes o simplemente están situadas en la ignorancia del propio cuerpo.

Una ginecóloga me decía, mientras me realizaba una prueba de VPH y yo veía mi cérvix en una pantalla, que muchas mujeres se sentían incómodas de ver sus vaginas por dentro. Y que no sabían qué era una vulva, un cérvix, o un clítoris. No todas sabemos aún del ciclo menstrual con precisión. (Un tema extenso e inacabable) Y cuando una ginecóloga no explica ciertas cosas la poca o nula información nos parece suficiente porque confiamos en ella “ella es la médico, yo no”.

En mi caso, los ginecólogos se tardaron 15 años de un ciclo menstrual doloroso y problemático sólo en sugerir endometriosis. Cuando yo les decía: “me duele demasiado, debo tomar analgésicos si no no puedo levantarme, me decían que era hereditario y que era normal”. Yo pensaba siempre en el fondo de mi que tenía que haber algún problema si mi ciclo menstrual me incapacitaba prácticamente para estudiar, trabajar o estar bien dos semanas de cada mes. Pasé la mitad de mis años menstruantes, padeciendo. Ese era el horizonte que me presentaba la indiferencia de los médicos.

Por supuesto que llegó el día en el que me rendí y dejé de darle importancia a los ultrasonidos tiredque siempre presentaban buenas imágenes y a las pruebas que me decían que no tenía ninguna enfermedad de transmisión sexual. El dolor no indicaba que hubiera ningún problema. Hasta que empezó a ser tanto que me provocaba ansiedad, mal humor, miedo, llanto, y a veces no me dejaba caminar, concentrarme (debido a la ingesta alta de analgésicos que ocasionan sueño) ni nada más. Parece que los doctores, hasta que no nos ven en el piso, llorando, con media vida desecha, no sospechan que pueda ser endometriosis o algún otro trastorno hormonal.

Lo cual me lleva a pensar, que, para la sociedad, el dolor menstrual femenino es algo perfectamente soportable que hemos asumido como normal. Para el cual, es necesario solamente ingerir algunas pastillas que nos deben devolver la condición que nos permite ser productivas para los otros. Para la sociedad, y para nosotras que lo creemos. Admito haber creído ciegamente que a mi me tocó vivir así. Y haber pensado que porque una vivió una cosa yo tenía que vivirla igual. Y ¡no! gran descubrimiento: cada cuerpo es diferente. Es otro universo, con otra historia, otros hábitos, otras emociones, otros químicos volándole alrededor.

La endometriosis tiene una serie de hipótesis sobre sus causas larga de exponer. No hay todavía consenso sobre cuál sea su raíz. Algunas dicen que la ingesta de carne roja, principalmente la producida con hormonas está relacionada con su aparición y desarrollo. Otros dicen que la deficiencia de vitaminas deja nuestro organismo desprovisto de suficientes herramientas inmunológicas para defenderse de los crecimientos extraños del endometrio. (MILLS, D., “The Nutritional Status of the Endometriosis Patient”. Obs/Gynae. Pain News Oct. APIS, 1992.) Y otros dicen que las dioxinas, químicos presentes en la atmósfera o en depósitos de agua dulce producto de la combustión de cloros (resultados de procesos industriales) inducen a esta enfermedad.

La endometriosis es una enfermedad inmunológica endrócrina. Afecta a esos dos sistemas. Yo no soy médico. No tengo conocimiento científico que avale lo que pueda decir más allá de lo que he leído en los artículos de las fuentes más respetables que he podido encontrar. Pero creo que debemos estar muy atentas e informarnos sobre los métodos de tratamiento que se nos aplican. Las hormonas no cambian el sistema endócrino, lo hacen dependiente de ellas. Esta enfermedad se trata de dos maneras posibles: con hormonas, o con cirugía. Las hormonas no cambian el sistema endócrino, lo hacen dependiente de ellas. Yo no estoy feliz con el tema quirúrgico cuando el médico me dice que no saben por qué tengo lo que tengo. Y no hay garantía de que la cirugía funcione. No es un lindo camino terapético, en mi caso, las hormonas me hicieron sentir muy extraña (casi no he tomado medicaciones en mi vida). Y el estrés del diagnóstico, más la violencia obstétrica me amargaron un poco un rato. Pero algo que me ha hecho sentir mejor, además del apoyo y comprensión de quienes me rodean es sentir, conforme voy avanzando, que puedo hacerme cargo de ciertas cosas como mi alimentación. Reducir el estrés. Estas son cosas que están en mis manos. Además de seguir buscando.

Y aunque me alargué mucho, creo que el punto de este post es que nos urge elevar la cantidad de conversaciones respecto de estos temas. Abrir los ojos, mostrar las posibilidades, para que un día en el futuro, las niñas que menstrúen con dolor, no sean recibidas con oídos cerrados y puntos ciegos en el sistema que se va a encargar de brindarles atención.

No tiene sentido mirar atrás, pero si pudiera, en mi caso, habría cuidado mucho más mi alimentación, me habría hecho estudios más a fondo, habría buscado más doctores capacitados, clínicas, artículos, organizaciones. Habría desestimado a los pseudo terapeutas que me culpabilizaron por crear con mis emociones este padecimiento. Y encontrado más elementos para decidir más a tiempo, amorosamente, qué hacer conmigo.

No estamos solas 😉

 

El jardín de té morisco de Crevillente

                                                                                                                                               Si la mar fuera de leche                                                                                                                                                  yo me haría pescador                                                                                                                                                      pescaría mis dolores                                                                                                                                                       con palabritas de amor.                                                                                                                                             La Serena, canción sefaradí

Hay entre una columna y otra, una puerta que lleva a un país hecho de guerras, esclavos, acuerdos mercantiles. Arena, lino, aceite y lapislázuli. Dentro de sus refugios en los muros se encuentran dulces retratos de una India distribuida por un monopolio inglés. Las camas están cubiertas de algodones claros con hojas secas dentro. Y algo que como un eco ocurre en todas direcciones, encima de mesitas y sonidos de cucharas que titilan adentro de una taza.

Y en la vida real, como raíz de ese sueño, están los sitios escondidos del bullicio y la sequía del mundo urbano.

DSC06117

Yo pensaba que se habían extinto, y que las cuevas alfombradas y el sonido de laúdes saliendo de rincones eran cosa del pasado, como todo aquello que uno idealiza, como yo al viajar a Europa y buscar en pequeñas ciudades otrora musulmanas recuerdos de una vida que nunca conocí. Por muchos años, la ruta de la Seda ha sido uno de los temas que me apasionan. Aunque no es un tema. Es un lugar dentro de mi cabeza al que me gusta ir cuando tengo insomnio y estoy en casa, y quizá llueve y puedo asomarme a mis libros escuchando a Amina Alaoui y bebiendo té. El té es un hilo conductor de muchas cosas en el mundo. Como un hechizo que se nos fue metiendo en la boca y nos humedeció la vista. El té viajó desde China, junto con piedras preciosas, mercancías, especias, religiones y mundos y recorrió muchas rutas entre China y otros universos. Sedujo a reyes y reinas. Y a magos y a brujas. Y un día se metió en medio de mis ojos y me dictó el inicio de una novela interminable.

Entorno a miles de tazas de porcelana se han urdido planes de todo tipo. En Inglaterra, en Alemania, sirvió de pretexto para crear salones donde mujeres ambiciosas mezclaron todo tipo de hombres, y entonces nacieron corrientes filosóficas, políticas, económicas y amorosas. Yo he soñado con esos sitios de conspiración sutil. Como si fueran nodos en los que el mundo va tejiendo con diálogo su porvenir. ¿Y si necesitáramos más espacios para ser, tranquilos, en una meditación compartida, silenciosa, silenciosa, silenciosa?

DSC06050

Un día de verano, luego de una hora de viaje en automóvil por carreteras secas y señalizaciones en árabe, llegamos a un jardín con saloncitos de té dentro.

Para llegar al centro se avanza un largo rato por corredores llenos de enredaderas. Se entra en una puerta grande de hierro forjado con motivos tamazigh, y un hombre vestido de blanco cierra detrás de ti, la puerta.

Desde ese momento estás encerrado, y te ves obligado a pagar una cuota, bebas o no, té, sólo por haber pisado ese lugar.

Y entonces viajas un poquito a otro tiempo. Te sientas en una alfombra, pides un té caliente. Escuchas a los pájaros y las abejas revolotearte encima. Te acaloras.

Y anochece, y la casa y sus interiores te miran con sus muros llenos de alfombras y lámparas de aceite, candeleros, perfumeras sefaradíes y jarrones. Las lámparas son el plato mayor. Tus ojos las devoran enteras, conforme se va acercando la noche y la mujer que las enciende les va dejando una gotita de fuego en la punta del hilo de la vela.

Hablas de muchas cosas. Tu mirada pierde su rumbo entre los árboles, y piensas que el hombre bereber que ahora posee este jardín al norte de África, escondido del mundo occidental, antes fue un nómada. Pero un nómada perdido, solitario. Sin caravana. Y cuando te sirve el té por segunda vez buscas en sus ojos azules un indicio de tu propia existencia como errante.

Al otro día estás en otra parte.

Pero tus labios huelen a perfume.

La desnudez en aguas cristalinas

Era el tercer día de estancia en el camping de las Islas Cíes, unas islas a unos cuantos kilómetros de Vigo, en el norte de España. Los dos primeros días pasaron entre cansancio y unas náuseas que nos trajeron sospechas y sopores.  El aire era muy fresco, turquesa como el agua. Mi cuerpo, pesado.

Al llegar a las Cíes uno ve primero, desde el barco de Mar de Ons, un par de planicies verde oscuro a lo lejos. El agua es azul, muy azul. No es azul como el agua profunda de México en el Pacífico, que desde México huele y sabe a montaña cálida. Es azul frío, Atlántico, ultramar, gálico, neblinoso. Y está lleno de gaviotas blancas y gordas que gritan todo el tiempo.

DSC04408

En este punto del viaje, en cuanto bajé del barco a las arenas blancas de la isla dejé un poco atrás el tema de las brujas. Sobre todo porque mi cuerpo se sentía grueso, muy denso y cansado como para sostener mis propias fantasías. Cada día puntualmente, mis náuseas llegaban a eso de las 12 del día y no se iban sino hasta las 5 de la tarde. El paisaje era un paraíso gélido, casi intocable por los turistas, en el que solamente los valientes terminaban por adentrarse al menos unos minutos.

El agua del mar estaba tan fría que la playa, brillante y caliente, permanecía abarrotada todo el día, sin dejar que la figura de los bañistas manchara el azul claro de la costa. Estaba helada. Y cómo dolía en los huesos y en los músculos.

Z, un nadador, buzo, pez nato, me llamó varias veces desde las aguas no profundas. Y yo lo intenté, pero no podía. Ponía mis pies tibios en el borde y los apenas dos centímetros del agua me herían hasta las ingles. Podía sentir cómo subía un témpano por mis venas. Me dolía estar, la cabeza, las náuseas, la fatiga del padecimiento en el vientre, constante, determinante de todo.

Una noche vimos las estrellas, muy a mi pesar porque quería solamente dormir y acurrucarme. Las caminatas durante el día me dejaban agotada. En ellas podía ver aves distintas, gaviotas criando a sus polluelos en los peñascos altos contra los que las olas chocaban. En el Atlántico los faros blancos eran como un espejismo perfecto atemporal, y en estas islas había uno más allá del bosque que llenaba el centro. Un bosque alto de coníferas con muchos helechos protegiendo el suelo que en pocos metros se volvía de nuevo rocas, con algas amarillas y más gaviotas. Era muy bello, pero mi mente ya no significaba ninguna imagen ni hacía metáforas más allá de “guardar la belleza para después”. De cierta forma me sentía fuera del tiempo y del espacio, sin dejarme emocionar por nada. Excepto por las estrellas que vimos en un paseo astronómico nocturno que hicimos, del que les hablo. Esta está aquí, esta allá. Como marcas en un mapa que ha servido para decirnos a dónde ir en el mar y en la vida. Y las piernas estaban frías por el viento helado de la noche, yo tiritaba y entrecerraba los ojos. Ellas son las estrellas, esta soy yo.

Mi sangre estaba condensada. Pero el tercer día fue distinto. Nos quedamos toda la mañana en una playa nudista. No tengo reparos en la desnudez, casi nunca. Me gustó el sol ardiente de verano estando tan alto alto arriba del Ecuador. Dormité un rato. Z nadaba, yo lo veía desde la arena. De pronto decidí que iba a intentar meterme. No sé nadar, nunca aprendí. Le temo al mar que se ha llevado amigos, y que me causa esa sensación de tormenta en los pulmones cuando pienso en su tamaño.

DSC04755

Me tomó mucho rato meterme por completo. dolor, frío, escalofríos, espasmos, respiración acelerada, ganas de huir. El agua no dejaba de estar fría, en ningún momento y el mar enorme se acercaba helando las corrientes que algunas rocas y la baja profundidad podían entibiar. Estaba un poco harta de sentirme mal todo el tiempo. De estar feliz por dentro pero sentir un hastío interno nauseabundo. Creo que era como si la vida y sus sorpresas hubiera sido mi cena anterior y me hubiese dejado indigesta con demasiado por asimilar demasiado pronto. La endometriosis, la prisa irrelevante, las voces de juicio sobre el cuerpo de las mujeres. Nunca había sentido que algo fuera más allá de mi cuerpo, (la depresión que padecí hace muchos años fue dura, pero mi cuerpo siempre me había sostenido). Sentir por vez primera que mi malestar era físico me asustó mucho. Este es mi límite: mi piel, mis huesos. Sólo adentro de esta carne tengo vida. Pensé en la gente enferma, las cosas crónicas. En lo difícil que es cada día para quienes tienen cosas peores que la mía.

DSC04751

Después de todo era sólo agua helada, velocidad. Y algunas cosas más.

Pero de repente ya estaba adentro, de hecho ya no sentía tanto frío. Debían haber pasado unos 20 minutos desde que había metido todo el cuerpo hasta el cuello. No había nadie más en el agua y empecé a moverme un poco para calentarme. Pude flotar un buen rato sintiendo cómo mis pulmones querían gritar por la presión veloz del espasmo. Sentí tantas cosas intensas al mismo tiempo que pensé que hasta entonces había aterrizado en España. Lo de antes era un preámbulo a muchas cosas. Todavía no había aceptado que viniera lo que viniera la vida llega al cuerpo como una chispa incontrolable y se reproduce, y continúa y continúa en un movimiento casi perpetuo.

Aceptar las cosas es importante. Es quizá imprescindible, para avanzar. Los paisajes paradisíacos me parecían eternos y al tiempo efímeros, con los días contados: los arrecifes tienen ya, una fecha de caducidad. Como muchas especies y ecosistemas. La felicidad que navega encima de las cosas que consumimos también se acaba. No lo miramos. Vivimos una catástrofe que se niega a aceptar su condición colectiva. Y sin embargo la belleza persiste, y cobra nuevas formas ante nuestros ojos.

DSC04526

Tomamos el barco de regreso una mañana soleada. Recuerdo un beso en el muelle. Las almejas abrazadas a los barrotes sumergidos en el mar. La palabra “cristalino” en mi cabeza, saberme en la “tierra” luego del susto del vuelo largo. El equipaje con menos víveres, muchas fotografías en mi cabeza. Una casa de campaña donde el amor no cabía de tan grande. A la vuelta, en el barco tomamos el sol en la cubierta. Yo pensé en la novela, y en lo difícil que es escribir en el vaivén de las olas, que aunque era incómodo, tuve que escribir cosas así, en las cubiertas vacías nocturnas solitarias y las llenas de esperanza matutinas.

Desde ese día en la superficie helada empecé a pensar que una vez abrazada a mi propio cuerpo ya todo sería mucho más sencillo, a pesar de todo. Además me acompañaba Z, en cada momento. Nos esperaba entonces otro largo viaje, a una orografía distinta, menos marítima pero líquida todavía, en otro campamento en la ribera del río Sil. De nuevo había que tomar el coche, el equipaje, las fantasías, los mitos. Y los ojos agudos listos para verlas.

Otoño. El tejido, el órgano y el día

Todavía falta para que llegue el otoño. Pero algo en las células me dice que está cerca. Lo veo en la luz del sol que se vuelve más tenue y amarilla. Las calles adquieren una tesitura diferente. Mi cuerpo baila, siempre en otoño.

En casa los frutos de la primavera fueron cosechados a su tiempo, y quedan las flores de las lechugas, de las hierbas que se reproducen. Me gusta verlas diminutas.

Las recojo con cuidado. Las huelo. Las pongo todas juntas en la mesita que tiene las cosas bellas, más pequeñas. Las plantas. Me ha dado por reproducir brotes y esquejes. siento el instinto de reproducirles, y verlos crecer, y llenarme la casa de plantas que ya no sé dónde poner.

El otoño siempre me trae cosas brillantes. Muchos ratos y caminatas solitarias, mucha música nueva. Y la danza, que regresa cada vez con mas historias adentro, y más fuerza. Ahora bailo con más certeza de lo femenino que me habita. siento más algunos de mis órganos. Toco el cambio de los músculos y la postura.

Descubro nuevas propiedades de nuevas plantas. Mi mundo es un invernadero cálido. El día es rascar la tierra, meter ramas, cortarles, mirarlas. Sobre la mesa un ramo de flores blancas diminutas me mira escribir. Y una araña se sube a mi computadora.

La ciudad entonces es una jungla un poco menos agreste. Porque el año me deja construir espacios habitables. Huecos en el ruido. Atiendo a las minucias y las letras. Ser mujer se siente bien. Estar en esta piel, cerca del otoño.

Atravesar España hacia las brujas

Una nube gris sobre un cielo blanco, escurriéndose cerca sobre un campo amarillo. Yo estoy de copiloto. Miro por la ventana frontal del automóvil y me pregunto ¿cuánto falta? Y pienso que algunas veces nunca acabamos a llegar a ningún lado. Es la carretera de Salamanca a Vigo, una ruta de transición entre la aridez y el calor sofocante de la llanura y el bosque cerrado y tupido de Galicia, donde la lluvia es constante y las montañas se ven verdes y misteriosas.

Estábamos iniciando un viaje de 416 kilómetros hacia el norte, y  Z no lo sabía, pero yo iba a ver a las brujas.

Salimos de Salamanca por la mañana, no sé qué día era. Hacía calor. El clima empezó a cambiar en cuanto encontramos pueblecitos que la carretera iba atravesando. Árboles más altos cada vez, y caminos más sinuosos y montañas altas que en invierno se llenan de nieve y se vuelven muy peligrosas. Pudimos apreciar el paisaje boscoso con el silencio grato y algunas piezas aceptables de la radio española que el auto alcanzó a cachar. Había que descubrir entre mapas y celulares la ruta exacta para ir sin peaje hasta Vigo en Galicia. El viaje iba a tomarnos más o menos dos días con una noche de descanso en la ciudad de Salamanca. De ahí partimos a Orense, una ciudad escondida entre altas montañas que atraviesa el río Miño, y recogimos a dos chicas que iban hacia Vigo. Ellas, al igual que cerca de diez personas compartieron el auto esos cientos de kilómetros con nosotros, haciéndonos ahorrar en gasolina y dándonos datos de cómo llegar a nuestros destinos, que eran muchos.

DSC04215
Los edificios tenían sombreros camuflados

Hablé con las chicas desde que entramos a Orense por una de sus carreteras. Quedé con ambas, por separado, de recogerlas en un lugar donde había vidrieras. Hacía muchísimo calor cuando salí del auto, y las saludé de lejos. No era el clima neblinoso que imaginaba como hogar de brujas. Las dos tenían el pelo largo como yo, y llevaban un anillo grande en la mano derecha. Ya en el viaje, nos vi en el retrovisor, a mi sentada delante y a ellas detrás. Sentí que estaban diciéndome cosas que tenía que escuchar. Mientras Z ponía atención, yo me quedaba pensando en qué querían decirme. Había mensajes secretos escondidos en sus recomendaciones turísticas. O eso pensaba. Tenía que haber algún mensaje escondido en el misterio femenino de Galicia.

He leído demasiada fantasía y mitologías, quizá.

Siempre soñé con mujeres de pelo largo y vestidos largos, solitarias, que venían de bosques lejanos. sus pasados celtas les habían legado poderes mágicos. (Como todas hoy, aunque hoy vivimos escondidas y resguardando la identidad) Llené mi cabeza de ese tipo de alegorías toda mi vida. Eran ermitañas, misteriosas, brujas, estaban llenas de secretos. Lo celta me había atraído desde niña. Y ahora estaba ahí en esos bosques, rodeada de esas mujeres que habían crecido con el sonido de puertos mágicos sonando las 24 horas en sus cabezas.Era pronto para decepcionarme por no encontrar rasgos misteriosos en las mujeres de Orense. Pero hasta entonces todas las mujeres me sonaban igual que yo, de ciudad, del 2016, con tenis.

Pero todas tenemos vidas secretas.

No todo lo que decimos y hacemos es lo que tenemos dentro, ni todo lo que somos. Estamos llenas de puertas que no han sido abiertas.

O eso me gusta pensar.

Cuando las chicas gallegas se bajaron del coche en Vigo, yo traté de guardar en mi memoria sus indicaciones. Estaban dichas en código. Según yo.

Deben haber sido las dos o tres de la tarde cuando nos bajamos del auto, yo con todas las piernas sudadas y sin mis lentes, que había cambiado por la urgencia de tener que ponerme gafas de sol (de las baratas que no tienen aumento).

Así que me perdí los primeros detalles de la arquitectura y de las calles y las personas. Buscamos, muertos de hambre, un restaurante para comer lo que fuera. Y al hallarlo, la señora que nos atendió hablaba muy distinto al resto de los españoles que yo había conocido.Z incluso tuvo que poner más atención para entender el menú. “Es otro mundo”, me dijo, y yo entendí. Ahí también había brechas culturales, muchos hablaban gallego, y su pronunciación del español era más apretada que la del resto de españoles que conocí. Comimos un pescado que me costó desmenuzar, y que cuando me llené de espinas los dedos y la boca, la mesera vino a abrir virtuosamente con dos movimientos el cuerpo del pescadito, para dejar aparte toda la carne.

Mañas de gente del mar, pensé. ¿Qué otras mañas tendrán escondidas? pensé con ojos de sospecha.

Luego fuimos a la casa donde nos hospedamos. Una construcción de los años veinte, no muy lejos del puerto. Mientras en el exterior la temperatura alcanzaba los 35 grados o más, por dentro la casa era fresca. Las paredes eran muy gruesas, de piedra y un viento frío se sentía en la cara al cruzar la puerta. Yo tenía dolor de cabeza por el calor, las hormonas, la vida. Años veinte. Construcciones antiguas. Fotos familiares en las paredes muestran muchas mujeres formadas afuera de esa misma casa. ¿Quiénes eran?

Por la ventana de la cocina se veía un barrio sencillo, de casitas pequeñas. Varias familias convivían entorno a unas carreolas, y los niños jugaban con sus juguetes no digitales, bajo la luz amarilla de la tarde. Parecía una postal, nostálgica, valiosa. Afuera, conforme los salarios de sus padres van aumentando, los niños juegan con tablets o celulares y no se escuchan tantas risas en la calle. En los parques son los migrantes, morenos, altos, los que juegan basquetbol mientras oscurece.

Vigo se sentía como una cueva de piedra llena de musgo del mar, abierta y resoplante. Caminamos durante el resto del día, descansamos en la hora más fuerte del sol, sábanas frescas, piernas desnudas, y al atardecer salimos a cenar. No vi ninguna bruja hasta ese momento. Pero probé el pulpo a la gallega en un restaurante chiquito, y luego la “tarta de Santiago” que es una tartita de almendras con azúcar glass encima haciendo sombra al símbolo de Santiago.

En ese café había una mujer sentada sola en una de las mesas del pequeño local, tenía el pelo largo, como yo. Pensé que podríamos reconocernos. Estaba bebiendo vino blanco, y de repente llegó un hombre mayor a verla. Imaginé muchas cosas mientras Z terminaba con el pulpo y yo lidiaba con las burbujas del espumoso que me estaba tomando. El local pequeño era lo mejor del lugar, hasta entonces, no parecía tan turístico, (todo el tiempo estuve refunfuñando por la condición de “turistas” en el mundo. No me gustaba verlos, ni verme así. En realidad, quería silencio, como en todos los viajes, silencio, pausas, y escritura. Los sitios escondidos me hacían muy feliz. Lejos de las tiendas Inditex, del indicio de la UE en cada comercio. Idealizo demasiado las cosas. Tenía en mi mente esta canción todo el tiempo durante la estancia en el norte. La escuché al pasar por Portugal en el avión y me puse los lentes de los 18 años, cuando bailaba y escuchaba Madredeus todo el tiempo, con nostalgia por cosas que no habían sucedido.

La mujer del café me parecía triste. Yo pensaba en los ríos de sentimientos colectivos que nos toman a veces. ¿Y si las mujeres…? tuviéramos todas, una cosa en común, una historia en común que quizá no hemos vivido, pero reconocemos en las otras, un programa interno, una fotografía que se repite, no una maldición, sólo unos genes que nos hacen ser, hacer cosas.  Sentí una tristeza profunda. Una melancolía compleja, mezcla de dicha, fuerza, paz, ternura. Como cuando luego de emitir un juicio sobre alguien te enteras de sus circunstancias, y la visión global de las cosas te hace retroceder sobre los juicios y te das cuenta de que lo que sientes por esa persona es ternura, o compasión, incluso por una misma. Eso sentí con las mujeres, mirando a aquella en el café pequeño, jugando con las servilletas. Las dos sabemos de cierta forma, las misas cosas.

Por la noche, a media noche, volvimos a la casa de los años veinte.

Era demasiado poco tiempo para encontrarlas. 48 horas. Me esperaban las Islas Cíes, a una hora en ferri el día siguiente. Mis piernas cansadas y mi vientre nos fuimos a dormir en un abrazo. Por la mañana en el desayuno escribí algo sobre la melancolía. Las brujas ya no están vigilando desde sus cuevas, nada. Ya no son perseguidas por los mismos. Los cazadores ni siquiera creen en ellas.

Están en otra parte.

Tomamos el barco hacia las Islas Cíes, a las 11:30 de la mañana. El agua hacía ruidos estruendosos, el sol quemaba, el viento estaba helado, helado de mar.

DSC04405

 

La identidad, pero más nítida. España II

Para llegar a las Islas Cíes en auto, tuvimos que parar antes en varias ciudades de España.

DSC03910
Plaza Mayor de Salamanca

Ya en el viaje de camino al norte, viví Salamanca como la segunda ciudad que conocía de la Madre patria. Veloz y un escalón de muchos.

La verdad antes vi rápidamente Madrid. Y Alicante. Madrid, por ejemplo ocurrió como un bebé prematuro: me dejaron pasar sin problemas de migración luego de semanas de nerviosismo y sospecha de ser deportada. Pero nada: sello, pase usted: ahí estaba yo, ¿ya? No estaba lista, joder, ¿para qué tanto lío en mi cabeza? Entonces avanzamos por Barajas, un aeropuerto amarillo que parece una amable representación de lo que podría ser el futuro en la mente de un arquitecto feliz supongo que español. ¿O es de otro país? Sacamos del riel de equipaje nuestras maletas y fuimos hacia el trenecito que, sin conductor, te lleva a otros lugares extraños del aeropuerto. Como otras terminales, o la estación de metro Renfe, para la que compramos un boleto, y subimos camino al Mediterráneo.  Ese metro no hacía ruido. No estábamos todos amontonados.  Había mucha gente blanca. Yo soy morena.

Z siempre me había señalado lo peculiar que era para él el conjunto de rasgos de mi cara, no sé por qué. El “Eres muy mexicana”, no lo había escuchado sino hasta ahora, y con una agradable sorpresa, antes, otros novios mexicanos me habían dicho que les gustaba por ser precisamente “no muy mexicana”. Pero ahora lo entendía. Ahí en Europa yo era diferente. Me miraban en el metro y en la calle. Creo que me gustó saber que tengo rasgos todavía reconocibles como de una etnia o pueblo, yo tengo una mezcla nahua, con algo de sangre negra, algo de medio oriente y salpicones europeos mínimos cuyo rastro se ha perdido. Pero predomina en mí lo nahua, y alguna vez las mezclas nos harán esos rasgos menos distinguibles. Por ahora me reconforta sentirme parte de un fenotipo, aunque esto vaya en contra de lo que pensaba era mi postura ante la identidad: “No hay fronteras, todos somos uno mismo”, pero no, durante todo el viaje mi identidad se hizo más nítida. Cada vez que le contaba a alguien algo de mi país me sentía responsable de algo. Y aunque no me gustara aceptarlo, me sentía orgullosa, mucho, de ser mexicana y haber tenido unos padres que me conectaran con mis raíces. La vida sería aburrida si no tuviéramos contradicciones, yo me hallé una grande, y no he querido exprimirla. Quiero dejarla así un rato. -Amar una cosa no significa no amar el resto, me repito. Y yo reconozco que aunque suene cursi, amo mucho mi país, o mis raíces, o mi cultura, o no sé, todo eso de lo que estoy llena.

De Renfe fuimos a Ave, otros trenes que nos llevarían a Valencia. Estación Atocha, ”Estoy pisando un lugar que alguna vez estuvo cubierto de sangre”, pensaba. En pocos momentos, quizá un par de horas, habiendo pasado por campos bastante secos y cultivos monotema de olivos, parras y girasoles, llegamos a Alicante.

DSC03469

Extrañamente, ese día estaba nublado, y vi trozos de una ciudad de playa desde la ventanilla del automóvil. Se siente como un hogar, pensaba mientras oía a mi familia política, hablan veloz, tienen un acento cálido, dicen muchas cosas con gestos, con sonrisas, me comunico. Y miro la ciudad desde el asiento. Fresca y con el mar enfrente, pegado a las calles. Azul oscuro.

Yo me di cuenta de que aterrizamos tarde en los sitios a los que queremos ir con el corazón despierto.

Varios días después, cuando nos preparábamos para el viaje en auto aterricé en serio. Estaba en un supermercado donde no conocía casi ninguna marca. La alimentación española es bastante distinta a la mía, aunque en casa tenemos un híbrido en donde ambas conviven la mayoría de las veces pacíficamente. Primer elemento de shock: el desayuno. Segundo: el picante. Tercero: no tienen tortillas. Soy muy naive.

El desayuno en Europa es mayormente dulce. Un café, un algo de trigo con azúcar y “ála”, a la vida exterior. Esto genera en mí una hembra chauvinista que al menos hasta que consigue algo salado y si Dios es grande “picante”, refunfuña las ventajas del desayuno tradicional mexicano, el cual, aceptémoslo es muy diverso: puede ir desde el chocolate con conchas, pasando por los huevos, llegando hasta algo extremadamente caliente como un caldo (qué sexual me suena todo). Chilaquiles…, chilaquiles, no, en el Mercadona no hay chilaquiles. Hay en cambio, zonas destinadas a ese sagrado momento matutino y claro, todo es dulce, y yo amo las cosas dulces pero no cuando se interponen entre mis chilaquiles y yo.

No sólo no conocía las marcas, estaba ahí todo eso que mi compañero añoraba en su vida en México. Ahí la brecha se hizo manifiesta, (otra vez) y con ello las implicaciones de la distancia geográfica. Venir de mundos distintos a veces nos hace construir una burbuja en común en donde las fronteras son cada vez más delgadas y en las brechas construimos puentes todo el tiempo. Pero eso es otro tema.

En Madrid, ciudad grande como la Ciudad de México (no, esperen, estas comparaciones no se pueden hacer así de fácil), no me miraban tanto como en Alicante. En Alicante las señoras del supermercado me miraban con mucho recelo, yo divertida por sus caras que no sabía si eran de miedo o de racismo (que es lo mismo) les devolvía la mirada y paseaba mi piel bronceada por los pasillos. Creo que incluso me contoneaba más para fastidiarlas. Después mi suegra me contó la razón del odio que percibía. Cuenta la leyenda alicantina que en las pasadas décadas, hordas de mujeres latinas llegaron a España, y en consecuencia a Alicante y se robaron a los maridos de las españolas. Desde entonces, nada fue igual.

Una cosa que tengo que contar, es que en las partes de Europa que vi se piensa que los latinos somos muy fogosos. No sé si lo somos. Quizá sí. Es cierto que en las calles, al menos de las ciudades que visité la gente no se besa, acaricia y fajonea tanto como en los parques, al menos de la Ciudad de México, donde cada domingo o tarde puede apreciarse el cariño humano en su casi máximo esplendor en las bancas de los parques y las jardineras. Allá no es tan común. Dicen. Aunque la expresión pública de cariño sí aumenta conforme las ciudades son más grandes.

Esa fantasía de que mis compañeras latinoamericanas hubieran robado maridos españoles se me quedó muy grabada en la mente, y sentí un poco de culpa solidaria con las esposas abandonadas. Oigan, espero que entiendan que esto es medio broma, casi que totalmente broma, porque luego piensan que todo es literal, y no.

Yo y mi sospechosismo

Cuando las cosas van bien en la vida me sale la Isa que sospecha de los locus amoenus. Los Locus amoenus son esos espacios míticos que aparecían en la literatura, y que revelaban una especie de trampa narrativa: ahí se forjó la duda, se probó la agudeza de los héroes, y la fragilidad de los débiles. O eso aprendí, bien o mal, en lo poco que fui a la facultad de letras. La mentira se cultiva en los paraísos, siempre ahí, algo sale mal. En mi vida llena de tropiezos y sinsabores, los lugares bellos me causan sospecha. No me fío. No me fío ni de los elogios, ni de las críticas, no me fío de nada. En España, las calles, muchas, son perfectas.

Las ciudades parecen hechas para caminar, no sé si por una cuestión de diseño urbano, o porque sus poblaciones no masivas les permiten respirar, pero la gente camina, y hace de ello un hábito que mezcla con las mejores prendas de su armario, con sus mascotas, con sus hijos y en cualquier medio de transporte motorizado o no motorizado. Me gustaba mucho ver por la mañana a las señoras  mayores yendo a comprar las barras de pan para el desayuno de 1 euro con vestidos veraniegos y zapatos plateados. Lentes oscuros y labios pintados. Caminaban varias cuadras, en las banquetas sin roturas ni baches, esperando tranquilas a que en las esquinas los automóviles les dieran el paso con toda naturalidad.

DSC04018

Wait. Esto debe tener gato encerrado. En este lugar respetan mi derecho a caminar. Hay rutas de bicis perfectamente trazadas. Semáforos donde aprietas un botón y se ponen en amarillo-rojo más rápido. ¿Esto es real? Siento que en México en este tema estamos en la prehistoria. Mientras en ciertas ciudades europeas el coche se ve como una carga prescindible, en México sigue siendo un símbolo de status y un elemento casi imprescindible en el imaginario de la gente común. Y no, las rutas de bicis en las que anduvimos en Alicante no tenían más de veinte años de construidas, pero la gente ya las había asimilado como algo que había que respetar. El carril bici. Sí, porque hay gente que disfruta ejercitarse. Porque es un derecho. Punto, no hay más. A pesar de todo, de lo que la velocidad de ciertos países europeos hacen con los recursos de otras naciones, explotándoles, tuve que reconocer que la cultura vial es ejemplar.

Eso fue el inicio de la estancia, sospecha ante la belleza, una ingenua manera de estar en lo extranjero añorando mi comida, y una preparación para recorrer los poco más de 3 mil kilómetros que recorrimos en auto, atravesando España, hacia unas islas a lo lejos de aguas heladas y turquesas.

DSC03869

 

Europa y la sinrazón

Tenía mucho miedo en los meses previos al viaje. Una sensación como de extrañeza constante, parecida a la que se tiene al despertar de una siesta a mitad de la tarde que nos deja aturdidos sin saber qué día, qué ser, para qué estamos.

Todos mis amigos supieron de la angustia. Cruzar una frontera. Cumplir un sueño suele ser aterrador a veces. Se llega a un punto desde donde habrá que reescribir las ilusiones y los horizontes, ese sueño, no siempre desea ser cumplido, deja de ser, si es así, lo que lo constituye, la esperanza y las nubes en las que flota, desaparecen: la realidad le quita su naturaleza. Nos queda un vacío. También aterra la posibilidad de desilusionarnos.

Yo lo sabía. Cruzar el Atlántico ya no era lo mismo hoy, que hace diez años cuando soñaba con saltar y largarme a donde fuera, y el sólo hecho de pisar calles viejas podía ser todo para mi.  Ahora tenía en la cabeza el eco de las tiras de noticias matutinas retumbando con sus políticas migratorias, sus acuerdos comerciales, Brexit, terrorismos, recursos, petróleo, desahucios. La idealización del exterior, cuando una ha crecido casi solamente en su país, es muy grande, y la magnitud del deseo de escapar hace que la conciencia de esa idealización también lo sea.

DSC03314

Así que no sé si fueron las cantidades mágicas de analgésicos, o el desencanto de los viejos sueños que me pesa en los párpados lo que me mantuvieron expectante y seria. Tampoco me gustan los aviones, la verdad, les tengo mucho terror. Nueve horas de viaje sin poder dormir me dejaron en una tensión que me ayudó a desconectarme al pasar por migración. Había leído que a los mexicanos, latinos, morenos, podían pedirnos muchas justificaciones de viaje, y las tenía casi todas. Pero no podía dejarme disfrutar del proceso pre-travesía, no sé por qué.  Ni siquiera me dijeron hola, yo imaginaba que me preguntarían todo y que vendrían unos policías a meterme a una sala de detenciones para devolverme a mi país. qué les puedo decir. Llegué como un zombie que veía incrédulo Portugal por la ventana del avión.

DSC06133

De pronto, todo lo que había imaginado era falso. La nave en que viajaba no se derrumbó. No flotamos en el mar helado, no morí. No me enviaron de vuelta a mi país. Estaba aquí, enamorada, libre de andar, cerca de amigos, y todavía me costaba sonreír.

Llevaba en nuestra carpeta de rutas el dibujo que hice hace dos años, al mudarme a un estudio que siempre sentí incompleto. “Mein traum war es zu reisen”. ¿Por qué metes eso aquí? dijo Z, y yo le conté que lo había puesto a la vista en una antigua casa, para recordarme dónde estaban mis sueños y mi esencia. Ahora estaba encima de la nube que siempre había soñado, pero algo estaba extrañamente hueco.

Llegamos a España un día después de que el conteo de las últimas elecciones mostrara el impasse en que me parece se encuentran todas las izquierdas con representación en cámaras, sin posibilidad de que se formara gobierno, el congreso español seguiría siendo la gelatina débil a insípida que había venido siendo los últimos meses. Mi nueva familia estaba en shock, Podemos no va bien. Y a mi me preocupa el espejo con México. Así dormimos la primera noche, luego de ver los fuegos artificiales de San Juan en una playa y un gazpacho veraniego, con un poco de shock, insomnio, y mucho calor.

DSC03343

Hace un buen tiempo que entendí algo de mi que ha sido básico para soportarme. Si no escribo, mi diario, mis girones de novela, mis libretas, me deprimo y me siento vacía e inútil. Y estando en Europa, finalmente, con ojos aparentemente más maduros, no se me ocurría nada, ni podía inventarme ninguna historia. Los primeros días eran una decepción tras otra, no del paisaje, de la historia, ni de la compañía. De mi. Creo que leer los periódicos me hace mal. O leerlos demasiado, todo lo que ocurre me sigue pareciendo demasiado, una maraña de ruidos sin sentido y absurdos. cuando escribo no puedo más que hablar de eso, de la tormenta informativa, la velocidad. Y no me salen las mentiras, mis ficciones vomitan incomodidad y fatiga. ¿No habían dicho que la ficción podía servir como refugio de la realidad? Pues no he podido refugiarme. Como un caleidoscopio, las historias reales me hacen crear cosas pequeñas igual de crudas y tediosas.

El esfuerzo ha ido volviéndose, poder ver entre el ruido la belleza y hacer espacio para lo valioso y nutritivo. En este viaje además, traigo conmigo el cansancio de la endometriosis y los efectos de una medicación urgente. No es un viaje de aventura tanto como de compasión hacia otras mujeres y otras experiencias de maternidades, de salud, de cosas tan cotidianas para muchas, que son nuevas para mi. Mi endometriosis me ha hecho mirar a mi género con más admiración todavía. Con estos órganos que me causan dolor ahora, la humanidad se ha abierto paso. “Joder”, una puerta muy grande se abrió en mi.

Siempre había soñado con el tipo de crónicas que escribiría en un viaje, ilustrativas, románticas, llenas de alegorías. Mi realidad ha sido distinta. No quiero hablar de eso, no respiro ficciones, lo que me sale de la boca son como espasmos de susto por la velocidad con que va este mundo, Europa era el “viejo” continente, y las calles son perfectas, la cultura vial es excepcional, al menos en las grandes ciudades, pero hay el mismo sopor de “sobre”desarrollo, el mismo consumismo, la misma materia que el lugar de donde vengo. No dejo de pensar en los costos ecológicos de la belleza que observo. Y las reglas que se cumplen perfectamente me recuerdan la geometría de las bardas de contención donde los refugiados duermen por las noches.

Si la realidad nos sobrepasa los sueños es que tenemos que crearnos unos nuevos. O que tenemos que crear otra realidad.

Me tomó cerca de dos semanas aterrizar completamente aquí. Quiero contarles otras cosas. 🙂

 

 

El Jackass de mi menstruación, hola Endometriosis

He ignorado las señales de mi cuerpo por cerca de veinte años. Tengo 31 y sólo hace un mes tuve indicios de la causa de lo que durante tanto tiempo ha sido un ciclo menstrual sumamente doloroso.

Hace 1 mes

Estoy acostada en una cama obstétrica viendo la entrada de mi cérvix en una pantalla enorme frente a mi. (Se ve genial, soy su fan) Tengo las piernas abiertas y la “doctora” introduce un pato para observar mejor. Luego el ultrasonido. Mientras me explica lo que observa empiezan a aparecer en su boca un montón de palabras que me marean y me dejan en shock. Endometriosis, quistes, infertilidad, cirugía inminente, EXTRIPACIÓN, ¿cáncer? ¿congelar óvulos?

Conclusión de esa visita que parecía sólo de rutina: tienes que operarte para que sepamos si tus quistes son malignos o benignos, y en esa operación quizá te quitemos pedazos de ovarios, o quizá el útero si vemos que se necesita, en la misma abertura quitaremos pedazos de tejido endometrial que sobra. No, no es 100% efectivo.

La ginecóloga me decía esto con sus braquets y su pulsera de angelitos. Toda su oficina estaba llena de angelitos y de motivos religiosos. Todo era rosita, hasta su blusa. Yo hice un montón de preguntas, sobre las posibles causas, si había otras opciones (casi me dijo : “No, no no, no hay nada, te programamos para cirugía ya”) si había tratamientos, si era necesario “congelar mi información genética”, no me explicó todo lo que necesitaba. A ver, espérese, me está diciendo que podría quitarme órganos, no tejido, no hueso, órganos.

Salí mal del consultorio. Mi pareja me abrazó mucho, y cuando le dije que quería buscar otras opiniones me apoyó en todo momento. Desde entonces hemos pasado por un carrusel de opiniones y estudios. Información en la red sobra. Testimonios hay miles, estudios muy pocos, investigaciones, casi ninguna. Y médicos informados, compasivos, humanos y respetuosos, faltan muchos. Una constante: a las mujeres nos hacen cirugías innecesarias, costosas, sin efectividad, con recurrencia de síntomas y crecimiento de quistes y endometriosis. ¿Estarán haciendo esto porque se gana más con una cirugía que con una cura efectiva?

El tema ha traído muchas aristas de las que podría contarles. Está la parte de la ética médica, la psicológica, (ufff) la económica, la política, y  cómo nos desatendemos, normalizamos el dolor y el mal trato propio y ajeno. Me gustaría que estas enfermedades, los quistes, los miomas, la endometriosis, los cánceres, no existieran tan comúnmente en las mujeres. Por ellas comparto mi experiencia y mi esperanza es que así como muchas historias me han servido para llevar mejor este proceso, el mío le sirva a quien pudiera leerme y verse reflejada.

Nunca se queden con una primera opinión.  Seguir leyendo “El Jackass de mi menstruación, hola Endometriosis”

Contingencia ambiental, amor, contingencia

Me salen flores por las orejas, y quería salir en la bici a hacer las diligencias administrativas, pero la ciudad de nuevo amanece con la promesa de un bello cáncer pulmonar.

DSC00463

Esto somos, a esto nos dirigíamos hace años. Recuerdo cuando era muy pequeña y leía sobre los “antepasados”, los pueblos prehispánicos, y pensaba en entonces y en ahora. Entonces no había máquinas ni petróleo. No había camiones de la basura con escapes escupidores de humo. Ahora sí. Pero también hay árboles, pensaba.

Debo haber visto muchas películas de reojo en la primera infancia porque el Apocalipsis siempre me pareció una cosa muy clara y posible, a la vuelta de la esquina. Imaginaba una época post industrial. Me reconocía un ser humano que conocía ambos mundos: las máquinas y los árboles.

Lo supe siempre pero las contigencias ambientales de este año me tomaron por sorpresa. Me movieron la brújula de los deseos y las ambiciones. Que ya eran diminutas, personalistas, micro políticas, amorosas.

Siempre hay un incrédulo cerca, siempre. Que dirá, “la promesa del fin del mundo siempre ha estado delante”, o “el cambio climático es una construcción política”.

Yo leo con los ojos, con la cabeza, pero últimamente leo con el coño, con los pulmones. Esto somos: lecturas del mundo, cada uno, interpretaciones de las mezclas culturales y biológicas que nos dan forma y cuerpo. Acepto que puedo no tener la versión más tolerante y abierta y neutral de las cosas, con mi cabeza.

Pero mis pulmones no mienten cuando tosen. Mi corazón no se equivoca cuando el estrés nos regala una arritmia para cenar por la noche. Cuando temo por mi amor que anda en la bici cada día, y por la salud mental de los que me rodean, que, podrían matarme si les hago pasar un coraje.  Porque últimamente este frenetismo que nos golpea y nos raspa llega a extremos de odiar al que se ha cruzado mal la banqueta.

Pero, hermanos, ni el automovilista ni el peatón son el enemigo. Y con señalarnos los unos a los otros tampoco, se soluciona, nada. Nada.

Ya no le creo a lo que deja de mirar la vida. Nos dirigíamos hacia acá, en un barco de petróleo que se nos ha consumido frente a los propios ojos. Como el nieto que gasta la fortuna del abuelo amasada durante años en unas cuantas semanas. Gastamos el asombro. aceleramos el devenir de todo y de nosotros. Algo nos dio este impulso que cuesta tanto detener. Yo quiero bajarme. Que vayan rápido los que así lo quieran.

De un tiempo a esta parte noté que mi cerebro estaba en otro espacio que no era el hueco de mi cráneo. Ya no estaba en el flujo de noticias y voces, ya no estaba en las propuestas políticas, en los secretos de la praxis política, what the fuck is that. Ya no le creo a esas voces. Tengo una mía, pequeñita, dentro, que no responde. Que le responde ahora solamente a lo frágil, lo valioso. Eso que puede irse de las manos en un instante, que vale más que la suma de eventos posteriores el big bang. Solamente quiero respirar.

Nos han quitado eso. Miro a la gente más “consciente” ignorando el medio ambiente, y dejo de sentir admiraciones. Es la vida señores. Mi niña interna se decepciona y pregunta; ¿este es el mundo adulto? el que ha aprendido a ignorar lo vital, lo sagrado, el respeto por el otro, la empatía, la compasión?

En las plantas han crecido nuevas cosas. Que no esperaba. Las semillas salvajes se revuelcan y han tirado hojas hacia arriba. Un amor las empuja, silencioso, haciendo su trabajo, sin decir nada más que la vida que nos trae.

Soy el desecho del crecimiento urbano. Quiero la composta. Y que se pudran las cosas que tienen que pudrirse. Para que nazcan las que tengan que nacer.

Lo que no circula es otra cosa, no son los coches. La vida en la ciudad empezó a dejar de circular libremente hace mucho tiempo. Quizá en el momento en que se le llamó ciudad.