Hablar con una misma, sobre ciudades y una boda

La fantasía más recurrente de mi repertorio consiste en que cada día que vivimos produce una versión distinta de nosotros. Y cada versión entonces adquiere su propia identidad, y su propio cuerpo y su propia vida infinita que se repite en el eco inacabable de lo que somos cada instante.

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Entonces, hay una versión mía que habita un nicho específico en el pasado. Puedo entonces hablar con esas versiones, y decirles y decirme cosas. Este ha sido desde hace algunos años, un ejercicio que repito cuando me estoy moviendo hacia alguna parte. Como el asiento de un autobús: me gustan los autobuses, más que los aviones, pero menos que las bicicletas, porque de todos los transportes la bicicleta es la que menos dosis de estrés puede proveerme. Cuando me desplazo hablo conmigo en el pasado.

Hablo conmigo misma cuando camino en las calles. Sobre todo cuando estoy en aquellas que ya me han visto y donde ya he estado. Me miro en los reflejos de las ventanas, y soy otra, siempre. Ahí se producen imágenes desdobladas de 24 horas de vida que tendrán cosas qué decir a todas las demás.

Estos meses de cambios suaves y sinuosos, me encuentro en calles donde alguna vez viví y para ser honestos y breves, diré que fui infeliz. Ya saben. Cascarones hermosos, silencios, fantasmas. Todo eso habitaron mis pasadas versiones en una zona del sur de la ciudad. Las zonas que por una u otra razón visito constantemente se vuelven parte y personaje de las cosas que hago. Ahora es Tlalpan, alguna vez fue Mixcoac, otras la Roma, otras Coyoacán. Otras bahías y selvas.

Pero ahora es Tlalpan. Me veo en un vehículo visitando sus barrios y sus seres humanos. Como su comida, trabajo con sus productores, vuelvo al mundo de las cooperativas desde programas públicos. Recuerdo cuando caminaba por sus calles temerosa de los asaltos, con los pies adoloridos, el estrés dañando mis ovarios, mi neurosis haciendo un ruido persistente en mi cabeza, y la idea central de que este modelo de ciudad no me gusta. ¿Qué derecho tengo yo a decir si me gusta o no? La vida no es una fiesta a la que decidí venir, o sí. Pero en cada momento, todas las versiones de mi misma, se han, nos hemos, he sentido que puedo, quiero, debo decir si me gusta o no, y entonces, ¿cómo la quiero? ¿cómo diseño OTRA ciudad, otro andar, otro decir? Y una vez que lo he intentado, me pregunto si no es una necedad inútil tratar de sembrar utopías por todas partes. Lo que hago ahora responde a un modelo utópico. Pero opera, funciona, tiene presupuestos públicos. Es un sueño.

Debo decir que hubo un momento en el que pude renunciar a mi derecho de vivir la vida como una loca, buscando la utopía, y no lo hice. Me abracé a mi misma. Pude mantener una vida seca, aburrida, con ese dejo cada día en la boca de que “esto no es”, para esto no vine. No sé de dónde vine, pero para esto no. Eso lo he sabido siempre. Aquí sí, aquí no. Así no quiero. Cuesta decir la vida así, pero tiene sus recompensas. La principal es la dignidad, la honestidad con una misma. Y cuesta, sí. Hay que elegir. Pude dejar de querer pisar y poder decirme desde la utopía, pero no lo hice.

Entonces andar por la calle del Calvario, en el sur de esta ciudad, y sentarme en la plaza central que me vio desayunar y saturar las tripas siempre con ese dejo de vacíos, y mirarme en las ventanas, es decirme cosas. Cosas como, “nunca sabemos a dónde nos lleva la vida”. Todos los vacíos se llenaron, nada más tenía que abrir los diques.

De un tiempo a esta parte pienso que llego a sitios donde había imaginado que estaría. En todos, sí, elijo cómo estar. Y hay otros en donde no quiero volver a perderme: las jaulas de oro que nos vuelven insensibles, taciturnos, secos. No las quiero. Eso lo sé.

Me miro en los reflejos y pienso que puedo hacer exactamente lo que he querido hacer.

Ahora un gato que ha llegado a casa me mira desde la puerta, y maúlla. Me pregunto si me dirá algo. Debo llevarlo al veterinario, en cuanto se deje atrapar.

El otro día llegué a casa y había comprado unos sopes para comer. Amo el maíz. Y amo todo lo que viene cerca del maíz y sus presentaciones multiformes. Lo saqué de su bolsa, lo puse en un plato, puse mis manos como mi cómplice de huertos me enseñó a hacer, sin decirme, para dar gracias. Y pensé: “que todos los seres tengan alimento, gracias”, y entonces oí al gato maullar, y tenía hambre.

Le di atún. Durmió toda la tarde.

Hace un par de días caminaba por una calle por la que anduve cuando era adolescente. Cuando en lugar de ir a la escuela vagaba y escribía en los cafés y perdía el tiempo enamorándome de cualquier cosa que me pasara por enfrente, teatro, danza, circos. Y hombres, o niños. Salí de una consulta médica, el sol se asomaba por entre las ramas de los árboles. Y pensaba en la riqueza y en cómo esta ocurre entre los árboles. Habría que re escribir nuestra manera de entender la riqueza. La entendemos mal, hacemos todo mal. Hay que crear una especie de índice de la vida. Cuánto sembramos de bien, cuántos árboles dejamos ser y cuántos dejamos sembrados cerca. A cuántos podemos respetarles la vida, los haceres, saberes, crecimiento. Un nuevo índice de vida permanente.

Al salir del consultorio compré un helado. Un año después de un diagnóstico mortífero, estoy bien. Y lo escucho y aprendo en silencio, para mi misma.

De pronto los espacios para mi sola se han vuelto nutritivos y plenos. Tengo que admitir que hipócritamente he dicho muchos años que me amo a mi misma, pero siempre sentía al mismo tiempo mi mentira, mi necesidad de un otro, de reconocimientos, de que me miraran. No me estaba mirando yo. Eso pasaba, pero no lo sabía. Y estar sola era una condición accidental, no buscada. Lo que crecía ahí, en los espacios de soledad, eran segundas opciones. Mejor era compartir, me decía, pero si no había con quien entonces: y en ese espacio estaba yo.

Cambió eso, este año. Amerita que escriba otro post, pero mi diario sobre la endometriosis se está volviendo libro. Es un secreto. A partir de mis ovarios y mi útero, lo que me dijeron, mi estar en el mundo cambió. Ahora me gusta estar sola y lo celebro. Tengo tanto que decirme a mi misma. Me descubro diciéndome cosas, con mi voz como la máxima autoridad de esta casa de vida. Y si pienso en mi vida entera, quizá esta sea la mejor cosa que me haya pasado nunca.

Poder decir no sólo, quiero que este mundo sea así o asado. Sino que quiero que mi estancia sea esto. Y quiero respirar así. Y ahora quiero comprarme un helado, y sentarme en el parque. Y es tan lindo estar conmigo. Me gusto. Me gusta mi forma de ver el mundo leyendo encima de las superficies y mezclando historias. Me gusta mi amabilidad. Mi consideración hacia otros, mi escritura. Mi malicia también. La sombra, oscura, dolorosa, destructiva, me gusta, creo. No siempre, pero sí, la veo y me gusto, con ella.

Le digo a mis antiguas versiones, a las adolescentes, cuando camino por las calles que me vieron crecer con tantos miedos e incertidumbres, que todo ha estado bien. En realidad esta fantasía de espejos múltiples internos nació allí. Cuando me pregunté, en el 2001, si había alguien aquí, en mi 2017. Todo este año de sanar, ha sido decirme una y otra vez a mi misma, aquí estoy. Estamos aquí todas.

Yo puedo decirle a mi versión depresiva que la depresión, aunque no lo parezca tiene un fin. Que la soledad no existe. Siempre hay en el mañana la posibilidad de un sol y un cielo azul, y vino.

A las versiones que temían no ser amadas les digo que hay suficiente amor del propio corazón para explotar antes de buscarlo afuera. El amor es un recurso renovable. Pero sin usar las fuentes primigenias no se pueden hallan las celdas solares del cariño.

No creo tener un grado de autosuficiencia emocional aceptable aún. Creo que sí crecemos pensando que debemos “merecer ser amadas” y confirmarlo con un anillo, una foto de amor una boda. Y sin confirmaciones sufrimos mucho. Pero esta semana lo tuve claro. Me caso en pocos días, y esta boda significa cosas nuevas para mis creencias heredadas, aprendidas y creadas. No quiero casarme y pensar que mi vida y mi felicidad dependen de otro. Nunca ser en segundo plano, ni existir para otros. No servir antes a otro antes que a mi misma. No traicionarme, serme fiel, como hasta ahora, aunque duela y provoque tormentas la búsqueda de la autenticidad.

Casarme sin la idea romántica, claro, es poco romántico en el sentido tradicional. Entiendo por qué necesitamos deshacernos de la idea del amor eterno y la realización a partir de un matrimonio. Sí, es bello el amor. Estoy enamorada, como adolescente, me tiemblan las piernas, me derrito de amor cuando Z llega por la tarde y la vida es compartida con todas sus facetas.

Pero mi mayor logro no es casarme. Ni siquiera pienso que sea un logro. Aunque lo vi así muchos años. Cuando pienso en la vida de esposa-madre, reconozco el enorme trabajo que hemos hecho las mujeres al criar una humanidad, pero no me gusta el peso que se le da, enjaulante, idealizado. Pensé que nunca escaparía de esta idea, que me causó tanto sufrimiento. Y creo que por segunda vez, el feminismo me ha ayudado a afirmarme a mi misma y a cuestionarme por qué hay tantos aplausos entorno a una boda, y no los mismos entorno a un logro profesional.

La sensación de logro de sentirme al final bien, en paz, tranquila, conmigo misma, es distinta de la del amor romántico. Es una sensación de reconocer que somos seres vivas. Con ojos muy nuevos, muy jóvenes en el universo, hay todo, todo un mundo enfrente, y adentro. La posibilidad de esa vida propia, plena, libre de la necesidad de ser con, en función de, gracias a, otro, se siente como un respiro lleno de aire, luego de mucho tiempo en las profundidades del mar.

A mis antepasadas, el amor romántico, les costó la vida. Pienso mucho en que si a las niñas nos enseñaran a amarnos y a construir nuestro amor propio como una tarea vital, tan importante como la impronta social de tener que ir a la escuela, el mundo sería distinto. No permiritíamos abusos de otros, ni los más pequeños. No reproduciríamos esquemas en los que el amor propio parece egocentrismo. Las niñas usaríamos nuestro tiempo descubriendo el mundo, haciéndonos más fuertes e inteligentes, siendo felices sin sentir que siempre nos falta algo. Algo que estamos siempre buscando, y que cuando no está nos destroza el alma.

A mis versiones con el corazón roto, les diría que esta sensación de amor propio es más hermosa que cualquier otro amor externo que no vino de fuera, o que estuvo y se fue. El amor no era enamorarse. Como se construye y se diseña por una misma, o con quien se comparta, no tiene reglas ni garantías ni formas aceptables. Cuando lo perdí y sufrí, lo que perdía no era el amor, sino otras cosas.

Una es finalmente, una creación de algo. Nos crea la biología, la sociedad, las ideas, el tipo de cultura al que somos sensibles. Pero hay que dar el salto y descubrir y ser capaces de crearnos a nosotras mismas. Creo que a falta de figuras que me moldearan, tuve que aferrarme a esta posibilidad de construirme, con muchos esfuerzos y tropiezos. Pero esto me ha dado libertad. Soy la construcción de mis propias múltiples voces.

Entre más leo, y escucho, y me hago preguntas me doy cuenta de lo fuerte que es el papel que tenemos en el mundo, las mujeres. Me pruebo el vestido de novia y veo la enorme herencia que me pongo, que decido ponerme. Me pongo el oficio de mi abuela y de mi madre. El deseo introyectado de ser felices a partir de un rol que muchos entienden como secundario. Algo de vanidad. Un vestido de novia es como una promesa social. Un cumplimiento y una promesa, al mismo tiempo. Me pongo la tradición, pero también, elijo ponérmelo pudiendo no hacerlo. Y quiero usarlo siendo consciente de que si es blanco, es un lienzo en donde toca escribir la propia historia. Quiero pensar la tradición no como pauta, sino como raíces y no dejar nunca, nunca, nunca de escribir.

La ciudad con su espíritu caótico me espera afuera y yo me alisto para caminar con la versión de hoy, atravesando a todas las pasadas. El gato me mira desde la puerta de cristal. Y yo me pregunto si la llegada de un gato en la vida de una bruja significa algo.

La verdad dentro de la sonrisa

Hace poco me di cuenta de que quizá hablo más de cosas positivas de mi vida en este blog que de las negativas.

Lo cual me hace recordar que hace tiempo que quiero escribir sobre la depresión que pasé hace algunos años, y sobre lo que me ayudó a sanar. Y de algunas cosas que me han ayudado a sobrellevar mi intensidad, la sombra que siento que siempre tengo despierta adentro y que me hace buscar como las flores de las plantas, la luz para respirar y mantenerme de este lado de la vida. El de los colores, y el aire respirable que -no es la depresión.

La depresión severa se siente como un velo de atole en los ojos. Se siente como unas vendas pegajosas que nos roban la energía, y nos dejan atados a la cama, o al sillón, o al feisbuc, o a lo que sea que volvamos nuestra nave para flotar en la brea negra que pensamos que es nuestro mundo. Se siente como un agujero negro, que arde en la mitad del pecho. Como una incapacidad para sonreír, y un recordatorio amargo de nuestra debilidad para sobreponernos, cada vez que las comisuras de los labios se oponen a que las estiremos. Es salir a la calle y que lastime el sonido de los coches, la presencia de los otros, que dejan de tener interiores e historias y se vuelven rostros huecos que no nos dicen nada. Nos pensamos inútiles, incapaces de dar algo valioso al mundo. Incapaces de compartirnos. Como si no estuviéramos en la lista de personas merecedoras de estar bien. “Esta fiesta no era para mi”, pensamos. Cuando la tristeza se vuelve patológica, hay un indicio fuerte qué observar para reaccionar. Es empezar a sentir que no hay mañana. No se puede imaginar, ni soñar con un futuro. No hay un mañana un poco menos triste. Ni un año próximo completamente sano, productivo, tranquilo, porque lo único que sentimos, durante días enteros es tristeza y cansancio, llegamos a creer que nunca se irá y que las heridas no se van a cerrar. Los pensamientos se vuelven oscuros, entramos en espirales que nos llevan al fondo, más al fondo, y pensamos cosas cada vez peores.

Yo recuerdo que a los 25 años estuve así casi un año. No podía levantarme, no me duchaba, no hacía mucho más que estar en mi cuarto estudio con mis libros y mis pinturas. Escribir fue mi refugio, aunque estuviera lleno de huellas dolorosas. Al menos hacía algo con todo lo que sentía. Hasta entonces nunca había escrito tanto, todos los días, y no por  un impulso estético sino uno de supervivencia.

12670083_10153877893823058_4731906321969935060_nAunque tuvo momentos terribles la tristeza me dejó muchos regalos. Uno de ellos, además del hábito de escribir, es poder ponerme en los zapatos de quienes enferman de lo mismo. He estado ahí, sé lo que se siente querer desaparecer y ya no sentir nada por el mundo más que melancolía. Otro es haber empezado a pintar, otro es la capacidad de mandar los juicios de los otros de viaje por el mundo. La depresión es fácilmente confundible con pereza, con apatía, con una decisión que es una actitud. Con ganas de justificarnos por lo que sea,  o ganas de provocar lástima. Esos juicios de quienes no conocen esta condición son profundamente hirientes, y muy poco útiles en un proceso curativo. cuando el cuerpo y el cerebro se cansan y se deprimen, no es cuestión de decisión estar bien o mal.

No quiero hacer una apología de la depresión, porque es terrible, y pienso que puede evitarse y sanarse. Pero a mi me dejó cosas que he podido aprovechar.

En estos meses que me he replanteado varias cosas he llegado a algunos puntos de quiebre desde donde el afuera y el adentro se ven distintos.

Por ejemplo la sombra. No somos sólo luz, ni felicidad, aunque queramos y pongamos los hashtags #BuenaVibra y #Love en las fotos. ¿Verdad? Yo, la verdad no me siento un ser luminoso, ni positivo. De hecho quienes me conocen de cerca saben que paso una buena parte del tiempo quejándome y me cuesta divertirme a veces, o ver el lado ligero de las cosas. Por no decir cómo me enojan tantas cosas que veo allá afuera, mi recalcitrante ecologismo hipster y demás corajitos. Y eso no es nada. Puedo llegar a ser bastante monstruosa, tan histriónicamente que mis anécdotas son una de mis principales fuentes de diversión. El onanismo del ego, del romanticismo pútrido. Oh, darkness, take me now.

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Y esa es la realidad. Pero creo que mucho de lo que hago, y lo que digo, son reacciones a mi verdadera naturaleza, la oscura, la insegura, la temerosa de la realidad y la que se sobrecoge cada vez que lee un periódico o las noticias. Muchas personas, muchas, han tenido conflictos conmigo. Y yo he sido parte de eso, poniendo mi energía en la fricción. En la disonancia. No me defiendo, yo me busco esas disonancias, no le tengo miedo al descuerdo o la crítica. Pongo mi fuerza en mirar y analizar lo que me quita el sueño, salgo a la calle siempre pensando en las fallas de la urbe, del mundo, de las personas. Es una locura estar aquí, adentro de mi cabeza. Siento demasiado a los otros. Una voz interna a veces no se calla, por eso tengo que escribir. Sólo aquí en las líneas de palabras puedo ordenarla. Este blog es eso. Es un recordatorio a mi misma de muchas cosas. Pero no es toda la realidad.

Los espacios que hacemos públicos son un crisol de significados. Para mi son puntos de coincidencia y reflejos de lo consciente y lo subconsciente. He conocido a personas increíbles, con quienes he podido establecer relaciones, colaboraciones, complicidades, gracias a que comparto acá mis ideas, mis proyectos, mis miedos, mis enfermedades. También he recibido críticas, consejos no pedidos, intromisiones, y cosas no muy positivas. Y estos días he pensado en esto de editarnos antes de mostrarnos. He confiado en que mostrar nuestros puntos vulnerables nos acerca a los otros, y hace que la luz que podamos irradiar, aunque sea pequeña, brille más fuerte. Pero me pregunté ¿con qué objetivo es que muestro cosas positivas acá?

Recuerdo que cuando estaba muy deprimida leía blogs de otras mujeres alrededor del mundo. Mujeres con granjas, con proyectos creativos, en colectivos, haciendo cosas, diciendo, escribiendo. Compartiendo sus hábitos alimenticios, sus aprendizajes. Eso en parte, además de la terapia, me salvó en cierto momento. Ver sus creaciones me ayudó a imaginar si yo también podría crear. En los momentos de crisis agudas, de no tener trabajo, confianza en mi misma, de tener el corazón roto, miro los mundos que han creado otras personas y eso me da fuerza. Creo que no conozco la envidia. La última vez que la sentí y lo recuerdo, tenía como siete u ocho años y era producto de que una vecina tuviera muchos más juguetes que yo. En mi cabeza la envidia es no querer estar a la altura de una misma.

Pero en este blog, no siempre sé si dejo huellas de anécdotas positivas para otros, o para mi misma. O para decirme a la hora negra de la madrugada que me arrebata el sueño: la luz que has tocado es real.

Creo que lo que quiero decir es algo parecido a: si te imaginas que mi vida es positiva, bella, “bonita”, no lo creas tanto. Siempre queremos mostrar lo mejor de nosotros. Siempre. Detrás de estas historias, de que busque construir para mi misma una historia consistente con sentido, hay desasosiego y los mismos issues que tenemos todos..

Del otro lado del blog están mis proyectos y mis miedos, mis inseguridades con respecto a mi propio quehacer escribiendo. Mi culpa por estar bien, mientras otros no. El no dejarme ser quien siempre he querido por pensar que por no tener dinero o estudios no tenía permiso. Esta cosa de no querer brillar por molestar a otros, por levantar críticas, envidias, y muchos malos entendidos de quienes piensan que nuestro quehacer en la red muestra realmente algo de quienes somos en esencia. Yo, bicho del internet, estoy convencida de que no. Esta pantallita no es real, y un ser humano no cabe en una red social.

En este blog no hablo tanto de los estragos que una relación abusiva y violenta dejó en mi hace dos años, del efecto negativo que produce mis desfachatez al opinar de todo, ni de cuando no tengo dinero, ni de mis problemas familiares. De las historias de mis antepasados que he heredado, de la depresión que he vivido. De las historias de mis antepasados que he heredado, de la violencia que he vivido. De mi trauma con mi incapacidad de entender las matemáticas, mi dislexia y lo que muchos llaman síndrome de atención dispersa. No sé si lo haré. Pero ha habido, como en todas las demás historias de todas las personas, cosas negativas. De esas que queremos meter bajo la alfombra cuando vienen a vernos. Las que dejo en borrador para siempre.

Las redes sociales han hecho un experimento interesante con nuestra construcciones autobiográficas. Hay un fragmento de “En busca del tiempo perdido” que dice:

“Pero ni siquiera desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida somos los hombres un todo materialmente constituido, idéntico para todos, y del que cualquiera puede enterarse como de un pliego de condiciones o de un testamento; no, nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás, y hasta ese acto tan sencillo que llamamos “ver a una persona conocida” es en gran medida un acto intelectual. Llenamos la apariencia física del ser que está ante nosotros con todas las nociones que respecto a él tenemos. “

Mostramos hermosas fotos en las redes, donde parecemos felices, tranquilos, haciendo cosas interesantes, aunque la vida no sea solamente eso. Tiene sentido, porque cuando compartimos lo más oscuro parece que nos estamos lamentando y buscamos ser abrazados, contenidos, recibimos críticas donde se nos dice que nos justificamos. Y quizá sea cierto algunas ocasiones. Pero la redes son sólo una fachada desde donde esperamos que el mundo venga a tocar a nuestra puerta para entrar.

Y los que entran se encuentran con lo real, no con las fotos, ni los “me gusta”. En mis textos que espero algún día sean algo, me gusta fantasear con un tiempo futuro donde lo virtual tiene un espacio fuerte en la realidad, y que sin embargo se ha vuelto una cárcel invisible desde donde es imposible capturar la experiencia de lo vital, lo de carne. Atesoraremos aquello que es tan grande que no cabe en facebook. Lo guardaremos en cajas de madera invisibles y será eso lo que constituya nuestra identidad. Y si esto se vuelve una trampa, nos significaremos a partir de la capacidad de escapar de una pantalla. Seremos así de fuertes.

He cumplido recientemente 32 años, rodeada de una vida sencilla. Donde el amor a las cosas pequeñas e íntimas empieza a tomar su espacio, o a recuperarlo. Tengo cada vez más retos ante mi, deudas que no he saldado con la Isa adolescente. La vida me ha dejado rodearme de personas que abren sus corazones y sus biografías de carne para mostrarme sus senderos. “Por aquí pasé, en este punto me caí. Zurcí mis desgarraduras con este hilo, me canté estas canciones”, no me dicen por dónde ir, porque los rebeldes no podemos lidiar con los atajos ni las señales del camino. Pero escuchar sus historias me ayudan a soñar con mi propio viaje. ¿Cómo quiero andar por este o aquel sendero? Eso ha sido un tesoro. Pensar la oscuridad, dejarla que entre a la casa, que me diga todo lo malo que hice y me contraste con mis creaciones buenas. Hay más sentido en esta complejidad recientemente vista. Siento libertad para mirarla y aceptarla. Hallar el espejo de los otros. Cualquier cosa que pueda hacer o crear, prefiero quizá que sea honesta y oscura con lo que sea que tenga adentro, a que siga siendo el ensayo de una versión que me esfuerzo tanto por crear.

Las historias más duras de mi vida no están aquí. Aquí parece haber una canción que intenta hacer ruido para que no suene la canción real, que no siempre me gusta ver.

Todos queremos ser amados. Tenemos miedo de que se nos juzgue, de hacer demasiado ruido, de molestar. Me gusta creer en la creatividad, y la creatividad me ha enseñado que cuando hacemos algo, decimos, nos mostramos, y las respuestas del infinito social siempre van a ser así: infinitas, de todas formas. Siempre habrá quienes envidien, esto o aquello, y si no sienten envidia por una, sentirán por otra. Y eso no es responsabilidad de quien crea, dice, hace, sino de quienes responden a ello con su propio miedo de construirse. Siento que a veces tenemos terror de mostrarnos como somos, y es normal, desde niñas se nos enseña que debemos ser buenas, bellas, bien portadas, y sobre todo buenas personas con los otros, antes mucho antes que con nosotras mismas. Yo creo que así se nos castra al arrebatarnos nuestro derecho a la oscuridad. Y con ello quizá reprimimos la disidencia natural a las dictaduras más chiquitas.

La vida no es perfecta, parece ser el leitmotif de los 30. Ahora noto que si lo fuera, sería tan aburrida que no tendría ningún sentido. Quizá me quite de encima el miedo y empiece a escribir acá de otras cosas. No sólo de lo bello. (Aunque en términos de comportamiento viral, los contenidos positivos inspiradores son más potentes que los lamentos cibernéticos). Pero qué más dan los likes. Díganme. ¿Qué más dan los likes?

Feliz cumpleaños, oscuridad.

 

La historia de una casa donde se siembra

Hace cinco años me acerqué por primera vez a la Agricultura Urbana. Nunca tomé un taller, no pagué un solo peso por aprender lo poco que sé, que ha sido suficiente, al menos hasta hoy, para sembrar en casa.

Entorno a este tema podría contar cientos de historias de aprendizaje, de compartencia, de reflexiones que el camino de las plantas me ha ido dejando. Pero hoy quiero contar la historia de casa. Del rincón donde anida nuestra familia.

Llegamos por casualidad a un anuncio de una casa “sui generis”, cuyas paredes no eran paredes sino enormes hileras de maceteros hasta ese momento, vacíos. La visitamos un día entre semana por la tarde y se veía prometedor. Siempre quise espacio en mis ventanas para sembrar, algo de luz, algo de aire, eso era suficiente para sembrar. Así crecí en un departamento de la Ciudad de México, atesorando los rayos de sol que entraban veloces y en pocos momentos de las estaciones del año.

Y esta era una casa extraña, como si la hubiesen diseñado para mi, para nosotros que teníamos el deseo de compartir el huerto y verlo crecer. La elegimos quizá por las ventanas y la posibilidad del verde en ellas y nos quedamos.

 

Las macetas entonces estaban secas. Al menos tenían la tierra que albergaron hace más de un año, que por su puesto estaba casi muerta. Ese era y sigue siendo el mayor reto, crecer en macetas no es lo mismo que hacerlo en la tierra. Y un buen agricultor urbano sabe que hay algo que le falta a esto. Le falta el esfuerzo de hacer suelo, de alimentar la tierra con los nutrientes y el oxígeno que aportan los cultivos diversos, y la vida microscópica que posibilitan. Había que alimentar la tierra con bacterias, composta y tierra viva.

Otro reto era la sustentabilidad, es decir, ¿qué tan ecológico es mantener casi 150 metros de largo de macetas con plantas comestibles? Se requiere de agua, de riego constante. Esto en una ciudad deja de ser amable con el medio ambiente. Estamos lejos del modelo de Fukuoka, en donde el hombre apenas interviene para mantener el equilibrio natural del suelo y sus poblaciones vegetales, animales y minerales.

Pero es uno más de los intentos que nos enseñan cosas, nos hacen pensar y nos ayudan a prepararnos para mejores espacios y condiciones.

Lo primero que hicimos fue colocar en cada una de las macetas un poco de bocashi, un preparado de salvado y bacterias fermentadas que se utiliza para fertilizar la tierra. Este lo conseguimos de un amable agricultor urbano de una chinampa de Xochimilco, que nos casi regaló como tres kilos del preparado. De esos 3 kilos logramos multiplicar el doble agregando más materia prima, el salvado, el piloncillo, (Aquí está la receta) y eso nos permitió añadirlo a cada contenedor.

Eso fue una tarea algo pesada. Somos dos, y a veces para poder terminar de atender todo el jardín vertical que nos rodea necesitamos pasar medio día sólo trabajando. No es un trabajo cansado, es en realidad bastante meditativo. Ponemos música y manos a la obra, y pasan horas en que esa concentración termina con mucha satisfacción y descanso.

Eso sí, creo que hay que decir que para que una planta produzca en la ciudad, si bien la naturaleza de una semilla y sus condiciones pueden hacerlo todo, sí se requiere de tiempo específico para atenderlo. Me ha pasado abandonar un poco algunos sectores, o posponer la aplicación de algún repelente natural para plagas porque simplemente tengo pereza, o pierdo el entusiasmo. En una ciudad hay mucho que se puede hacer, y uno tiene que elegir entre eso, y cuidar del huerto. Sí se requiere tiempo, y energía, y sobre todo disposición mental. Y apertura para aprender.

El siguiente paso fue instalar el sistema de riego automático. Ya había uno pensado anteriormente para manejar aspersores superiores, y lo cambiamos por sistema de riego por goteo, así podríamos ahorrar el agua que se salpicaba y sería más sencillo mantener la humedad. Aunque aún hay fugas de agua y escurrimientos, y en ciertas zonas la presión del agua es mayor y mayor su cantidad, funciona digamos que bien. Hubo que humedecer varios días la tierra hasta que estuviera lista para recibir a las plantas.

Las plantas que trasplantamos, a su vez, fueron sembradas casi desde los primeros días. Usamos unos almácigos de casi 80 brotes cada uno, y terminamos con cerca de 1,500 brotes distintos de lechugas, espinacas, zanahorias, apio, jitomate, chile, albahaca, epazote, cilantro, y otras.

Las plantas tardaron en crecer entre tres semanas y un mes. Y como cada una tenía ritmos distintos, esperamos a que las últimas estuvieran listas para hacer el trasplante. Ese fue un día largo de sábado, que terminó con las macetas casi como estaban al inicio, pero con pequeñas plantitas encima que apenas si se apreciaban.

Entonces es cuando el trabajo se vuelve algo extraño, porque la cosecha viene lento y crece lento. Sólo las fotografías pudieron dejarnos ver cómo crecían las plantas, hasta que un mes después teníamos todas las macetas llenas de vida, y en un par de meses, tuvimos los primeros frutos ya en el plato.

Tomó sólo 3 meses tener los primeros jitomates, lechugas, y los chiles llegaron al mismo tiempo, aunque a esos nos gusta dejarlos secar en rama para que concentren su sabor. Siempre es algo mágico poder abrir la ventana y sacar unas hojas de lechuga, que saben muy frescas y gruesas, al igual que las espinacas. Los jitomates han llegado a producir cerca de 1 kilo cada semana, y conforme las plantas van cumpliendo su ciclo los frutos van siendo más pequeños. Después crecieron las hierbas, muchos dientes de león que valoro por su aporte nutritivo y medicinal, y otras. Las caléndulas guerreras, las flores que resisten al embate del sol.

Hemos cometido ciertos errores, sobre todo porque a veces dejamos de pensar que tenemos comida en la ventana. Y a veces perdemos algo de la producción. Quizá sea buena idea ofrecer a los vecinos algo de la sobre producción. Hasta ahora no lo hemos intentado pero ya les contaré si sale bien, o si sale mal. Otras veces ns damos cuenta de que seguimos comprando ciertas cosas, (no las que se producen aquí, eso sí) y entonces el consumo sigue siendo mucho más diverso que la producción. Es en este punto que notamos lo importante que es el intercambio y lo inútil que es pensar que uno solo puede autoabastecerse. No way.

La casa es bella, pero tiene sus bemoles. Definitivamente no es la forma más ecológica ni sostenible de producir comida. Pero ha sido un buen pretexto para hablar de ciertas cosas con amigos, con gente que la ve desde la calle y en general, con quienes se cruzan o vienen a visitarnos. Es posible producir localmente, sí. Requiere esfuerzos, mucho. Pero da una satisfacción enorme, y es muy bello presenciar el milagro de la vida a pocos metros. No todo, como piensan algunos, se resolverá si tenemos huertas personales. El mundo no funciona así, cuidar de la naturaleza a través del cuidado de cómo producimos lo que consumimos es una parte importante, pero si queremos aportar, debemos estar conscientes del grave problema que enfrenta el campo mexicano, la tragedia de los campesinos y el crimen que realizan las grandes marcas de granos y semillas. Ahí hay decisiones y posturas políticas que tomar.

Pero en lo micro, me gusta tomar un té en la mañana, y ver cómo el sol se va escurriendo encima de las hojas nuevas. Y ver cómo resurgen brotes donde pensábamos que ya no había. Tienen una buena energía las plantas, supongo que es la propia proyectándose en su verdor. Da mucha ilusión ver los frutos llegar. Y nos hace re pensar cuánto le toma a la naturaleza producir un poco de sí.

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Mientras seguimos disfrutando de este espacio verde, prestado como todo lo que nos rodea, yo sueño con poder pisar tierra firme, y sembrar en ella. Dejar de lado el sueño urbanizado-imposible, de las ventanas, y no sé, ponerle un poco de oxígeno al suelo que me sostenga.

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Sembrar afuera es ir hacia la cosecha de nosotros mismos. 

 

 

 

La desnudez en aguas cristalinas

Era el tercer día de estancia en el camping de las Islas Cíes, unas islas a unos cuantos kilómetros de Vigo, en el norte de España. Los dos primeros días pasaron entre cansancio y unas náuseas que nos trajeron sospechas y sopores.  El aire era muy fresco, turquesa como el agua. Mi cuerpo, pesado.

Al llegar a las Cíes uno ve primero, desde el barco de Mar de Ons, un par de planicies verde oscuro a lo lejos. El agua es azul, muy azul. No es azul como el agua profunda de México en el Pacífico, que desde México huele y sabe a montaña cálida. Es azul frío, Atlántico, ultramar, gálico, neblinoso. Y está lleno de gaviotas blancas y gordas que gritan todo el tiempo.

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En este punto del viaje, en cuanto bajé del barco a las arenas blancas de la isla dejé un poco atrás el tema de las brujas. Sobre todo porque mi cuerpo se sentía grueso, muy denso y cansado como para sostener mis propias fantasías. Cada día puntualmente, mis náuseas llegaban a eso de las 12 del día y no se iban sino hasta las 5 de la tarde. El paisaje era un paraíso gélido, casi intocable por los turistas, en el que solamente los valientes terminaban por adentrarse al menos unos minutos.

El agua del mar estaba tan fría que la playa, brillante y caliente, permanecía abarrotada todo el día, sin dejar que la figura de los bañistas manchara el azul claro de la costa. Estaba helada. Y cómo dolía en los huesos y en los músculos.

Z, un nadador, buzo, pez nato, me llamó varias veces desde las aguas no profundas. Y yo lo intenté, pero no podía. Ponía mis pies tibios en el borde y los apenas dos centímetros del agua me herían hasta las ingles. Podía sentir cómo subía un témpano por mis venas. Me dolía estar, la cabeza, las náuseas, la fatiga del padecimiento en el vientre, constante, determinante de todo.

Una noche vimos las estrellas, muy a mi pesar porque quería solamente dormir y acurrucarme. Las caminatas durante el día me dejaban agotada. En ellas podía ver aves distintas, gaviotas criando a sus polluelos en los peñascos altos contra los que las olas chocaban. En el Atlántico los faros blancos eran como un espejismo perfecto atemporal, y en estas islas había uno más allá del bosque que llenaba el centro. Un bosque alto de coníferas con muchos helechos protegiendo el suelo que en pocos metros se volvía de nuevo rocas, con algas amarillas y más gaviotas. Era muy bello, pero mi mente ya no significaba ninguna imagen ni hacía metáforas más allá de “guardar la belleza para después”. De cierta forma me sentía fuera del tiempo y del espacio, sin dejarme emocionar por nada. Excepto por las estrellas que vimos en un paseo astronómico nocturno que hicimos, del que les hablo. Esta está aquí, esta allá. Como marcas en un mapa que ha servido para decirnos a dónde ir en el mar y en la vida. Y las piernas estaban frías por el viento helado de la noche, yo tiritaba y entrecerraba los ojos. Ellas son las estrellas, esta soy yo.

Mi sangre estaba condensada. Pero el tercer día fue distinto. Nos quedamos toda la mañana en una playa nudista. No tengo reparos en la desnudez, casi nunca. Me gustó el sol ardiente de verano estando tan alto alto arriba del Ecuador. Dormité un rato. Z nadaba, yo lo veía desde la arena. De pronto decidí que iba a intentar meterme. No sé nadar, nunca aprendí. Le temo al mar que se ha llevado amigos, y que me causa esa sensación de tormenta en los pulmones cuando pienso en su tamaño.

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Me tomó mucho rato meterme por completo. dolor, frío, escalofríos, espasmos, respiración acelerada, ganas de huir. El agua no dejaba de estar fría, en ningún momento y el mar enorme se acercaba helando las corrientes que algunas rocas y la baja profundidad podían entibiar. Estaba un poco harta de sentirme mal todo el tiempo. De estar feliz por dentro pero sentir un hastío interno nauseabundo. Creo que era como si la vida y sus sorpresas hubiera sido mi cena anterior y me hubiese dejado indigesta con demasiado por asimilar demasiado pronto. La endometriosis, la prisa irrelevante, las voces de juicio sobre el cuerpo de las mujeres. Nunca había sentido que algo fuera más allá de mi cuerpo, (la depresión que padecí hace muchos años fue dura, pero mi cuerpo siempre me había sostenido). Sentir por vez primera que mi malestar era físico me asustó mucho. Este es mi límite: mi piel, mis huesos. Sólo adentro de esta carne tengo vida. Pensé en la gente enferma, las cosas crónicas. En lo difícil que es cada día para quienes tienen cosas peores que la mía.

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Después de todo era sólo agua helada, velocidad. Y algunas cosas más.

Pero de repente ya estaba adentro, de hecho ya no sentía tanto frío. Debían haber pasado unos 20 minutos desde que había metido todo el cuerpo hasta el cuello. No había nadie más en el agua y empecé a moverme un poco para calentarme. Pude flotar un buen rato sintiendo cómo mis pulmones querían gritar por la presión veloz del espasmo. Sentí tantas cosas intensas al mismo tiempo que pensé que hasta entonces había aterrizado en España. Lo de antes era un preámbulo a muchas cosas. Todavía no había aceptado que viniera lo que viniera la vida llega al cuerpo como una chispa incontrolable y se reproduce, y continúa y continúa en un movimiento casi perpetuo.

Aceptar las cosas es importante. Es quizá imprescindible, para avanzar. Los paisajes paradisíacos me parecían eternos y al tiempo efímeros, con los días contados: los arrecifes tienen ya, una fecha de caducidad. Como muchas especies y ecosistemas. La felicidad que navega encima de las cosas que consumimos también se acaba. No lo miramos. Vivimos una catástrofe que se niega a aceptar su condición colectiva. Y sin embargo la belleza persiste, y cobra nuevas formas ante nuestros ojos.

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Tomamos el barco de regreso una mañana soleada. Recuerdo un beso en el muelle. Las almejas abrazadas a los barrotes sumergidos en el mar. La palabra “cristalino” en mi cabeza, saberme en la “tierra” luego del susto del vuelo largo. El equipaje con menos víveres, muchas fotografías en mi cabeza. Una casa de campaña donde el amor no cabía de tan grande. A la vuelta, en el barco tomamos el sol en la cubierta. Yo pensé en la novela, y en lo difícil que es escribir en el vaivén de las olas, que aunque era incómodo, tuve que escribir cosas así, en las cubiertas vacías nocturnas solitarias y las llenas de esperanza matutinas.

Desde ese día en la superficie helada empecé a pensar que una vez abrazada a mi propio cuerpo ya todo sería mucho más sencillo, a pesar de todo. Además me acompañaba Z, en cada momento. Nos esperaba entonces otro largo viaje, a una orografía distinta, menos marítima pero líquida todavía, en otro campamento en la ribera del río Sil. De nuevo había que tomar el coche, el equipaje, las fantasías, los mitos. Y los ojos agudos listos para verlas.

La identidad, pero más nítida. España II

Para llegar a las Islas Cíes en auto, tuvimos que parar antes en varias ciudades de España.

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Plaza Mayor de Salamanca

Ya en el viaje de camino al norte, viví Salamanca como la segunda ciudad que conocía de la Madre patria. Veloz y un escalón de muchos.

La verdad antes vi rápidamente Madrid. Y Alicante. Madrid, por ejemplo ocurrió como un bebé prematuro: me dejaron pasar sin problemas de migración luego de semanas de nerviosismo y sospecha de ser deportada. Pero nada: sello, pase usted: ahí estaba yo, ¿ya? No estaba lista, joder, ¿para qué tanto lío en mi cabeza? Entonces avanzamos por Barajas, un aeropuerto amarillo que parece una amable representación de lo que podría ser el futuro en la mente de un arquitecto feliz supongo que español. ¿O es de otro país? Sacamos del riel de equipaje nuestras maletas y fuimos hacia el trenecito que, sin conductor, te lleva a otros lugares extraños del aeropuerto. Como otras terminales, o la estación de metro Renfe, para la que compramos un boleto, y subimos camino al Mediterráneo.  Ese metro no hacía ruido. No estábamos todos amontonados.  Había mucha gente blanca. Yo soy morena.

Z siempre me había señalado lo peculiar que era para él el conjunto de rasgos de mi cara, no sé por qué. El “Eres muy mexicana”, no lo había escuchado sino hasta ahora, y con una agradable sorpresa, antes, otros novios mexicanos me habían dicho que les gustaba por ser precisamente “no muy mexicana”. Pero ahora lo entendía. Ahí en Europa yo era diferente. Me miraban en el metro y en la calle. Creo que me gustó saber que tengo rasgos todavía reconocibles como de una etnia o pueblo, yo tengo una mezcla nahua, con algo de sangre negra, algo de medio oriente y salpicones europeos mínimos cuyo rastro se ha perdido. Pero predomina en mí lo nahua, y alguna vez las mezclas nos harán esos rasgos menos distinguibles. Por ahora me reconforta sentirme parte de un fenotipo, aunque esto vaya en contra de lo que pensaba era mi postura ante la identidad: “No hay fronteras, todos somos uno mismo”, pero no, durante todo el viaje mi identidad se hizo más nítida. Cada vez que le contaba a alguien algo de mi país me sentía responsable de algo. Y aunque no me gustara aceptarlo, me sentía orgullosa, mucho, de ser mexicana y haber tenido unos padres que me conectaran con mis raíces. La vida sería aburrida si no tuviéramos contradicciones, yo me hallé una grande, y no he querido exprimirla. Quiero dejarla así un rato. -Amar una cosa no significa no amar el resto, me repito. Y yo reconozco que aunque suene cursi, amo mucho mi país, o mis raíces, o mi cultura, o no sé, todo eso de lo que estoy llena.

De Renfe fuimos a Ave, otros trenes que nos llevarían a Valencia. Estación Atocha, ”Estoy pisando un lugar que alguna vez estuvo cubierto de sangre”, pensaba. En pocos momentos, quizá un par de horas, habiendo pasado por campos bastante secos y cultivos monotema de olivos, parras y girasoles, llegamos a Alicante.

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Extrañamente, ese día estaba nublado, y vi trozos de una ciudad de playa desde la ventanilla del automóvil. Se siente como un hogar, pensaba mientras oía a mi familia política, hablan veloz, tienen un acento cálido, dicen muchas cosas con gestos, con sonrisas, me comunico. Y miro la ciudad desde el asiento. Fresca y con el mar enfrente, pegado a las calles. Azul oscuro.

Yo me di cuenta de que aterrizamos tarde en los sitios a los que queremos ir con el corazón despierto.

Varios días después, cuando nos preparábamos para el viaje en auto aterricé en serio. Estaba en un supermercado donde no conocía casi ninguna marca. La alimentación española es bastante distinta a la mía, aunque en casa tenemos un híbrido en donde ambas conviven la mayoría de las veces pacíficamente. Primer elemento de shock: el desayuno. Segundo: el picante. Tercero: no tienen tortillas. Soy muy naive.

El desayuno en Europa es mayormente dulce. Un café, un algo de trigo con azúcar y “ála”, a la vida exterior. Esto genera en mí una hembra chauvinista que al menos hasta que consigue algo salado y si Dios es grande “picante”, refunfuña las ventajas del desayuno tradicional mexicano, el cual, aceptémoslo es muy diverso: puede ir desde el chocolate con conchas, pasando por los huevos, llegando hasta algo extremadamente caliente como un caldo (qué sexual me suena todo). Chilaquiles…, chilaquiles, no, en el Mercadona no hay chilaquiles. Hay en cambio, zonas destinadas a ese sagrado momento matutino y claro, todo es dulce, y yo amo las cosas dulces pero no cuando se interponen entre mis chilaquiles y yo.

No sólo no conocía las marcas, estaba ahí todo eso que mi compañero añoraba en su vida en México. Ahí la brecha se hizo manifiesta, (otra vez) y con ello las implicaciones de la distancia geográfica. Venir de mundos distintos a veces nos hace construir una burbuja en común en donde las fronteras son cada vez más delgadas y en las brechas construimos puentes todo el tiempo. Pero eso es otro tema.

En Madrid, ciudad grande como la Ciudad de México (no, esperen, estas comparaciones no se pueden hacer así de fácil), no me miraban tanto como en Alicante. En Alicante las señoras del supermercado me miraban con mucho recelo, yo divertida por sus caras que no sabía si eran de miedo o de racismo (que es lo mismo) les devolvía la mirada y paseaba mi piel bronceada por los pasillos. Creo que incluso me contoneaba más para fastidiarlas. Después mi suegra me contó la razón del odio que percibía. Cuenta la leyenda alicantina que en las pasadas décadas, hordas de mujeres latinas llegaron a España, y en consecuencia a Alicante y se robaron a los maridos de las españolas. Desde entonces, nada fue igual.

Una cosa que tengo que contar, es que en las partes de Europa que vi se piensa que los latinos somos muy fogosos. No sé si lo somos. Quizá sí. Es cierto que en las calles, al menos de las ciudades que visité la gente no se besa, acaricia y fajonea tanto como en los parques, al menos de la Ciudad de México, donde cada domingo o tarde puede apreciarse el cariño humano en su casi máximo esplendor en las bancas de los parques y las jardineras. Allá no es tan común. Dicen. Aunque la expresión pública de cariño sí aumenta conforme las ciudades son más grandes.

Esa fantasía de que mis compañeras latinoamericanas hubieran robado maridos españoles se me quedó muy grabada en la mente, y sentí un poco de culpa solidaria con las esposas abandonadas. Oigan, espero que entiendan que esto es medio broma, casi que totalmente broma, porque luego piensan que todo es literal, y no.

Yo y mi sospechosismo

Cuando las cosas van bien en la vida me sale la Isa que sospecha de los locus amoenus. Los Locus amoenus son esos espacios míticos que aparecían en la literatura, y que revelaban una especie de trampa narrativa: ahí se forjó la duda, se probó la agudeza de los héroes, y la fragilidad de los débiles. O eso aprendí, bien o mal, en lo poco que fui a la facultad de letras. La mentira se cultiva en los paraísos, siempre ahí, algo sale mal. En mi vida llena de tropiezos y sinsabores, los lugares bellos me causan sospecha. No me fío. No me fío ni de los elogios, ni de las críticas, no me fío de nada. En España, las calles, muchas, son perfectas.

Las ciudades parecen hechas para caminar, no sé si por una cuestión de diseño urbano, o porque sus poblaciones no masivas les permiten respirar, pero la gente camina, y hace de ello un hábito que mezcla con las mejores prendas de su armario, con sus mascotas, con sus hijos y en cualquier medio de transporte motorizado o no motorizado. Me gustaba mucho ver por la mañana a las señoras  mayores yendo a comprar las barras de pan para el desayuno de 1 euro con vestidos veraniegos y zapatos plateados. Lentes oscuros y labios pintados. Caminaban varias cuadras, en las banquetas sin roturas ni baches, esperando tranquilas a que en las esquinas los automóviles les dieran el paso con toda naturalidad.

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Wait. Esto debe tener gato encerrado. En este lugar respetan mi derecho a caminar. Hay rutas de bicis perfectamente trazadas. Semáforos donde aprietas un botón y se ponen en amarillo-rojo más rápido. ¿Esto es real? Siento que en México en este tema estamos en la prehistoria. Mientras en ciertas ciudades europeas el coche se ve como una carga prescindible, en México sigue siendo un símbolo de status y un elemento casi imprescindible en el imaginario de la gente común. Y no, las rutas de bicis en las que anduvimos en Alicante no tenían más de veinte años de construidas, pero la gente ya las había asimilado como algo que había que respetar. El carril bici. Sí, porque hay gente que disfruta ejercitarse. Porque es un derecho. Punto, no hay más. A pesar de todo, de lo que la velocidad de ciertos países europeos hacen con los recursos de otras naciones, explotándoles, tuve que reconocer que la cultura vial es ejemplar.

Eso fue el inicio de la estancia, sospecha ante la belleza, una ingenua manera de estar en lo extranjero añorando mi comida, y una preparación para recorrer los poco más de 3 mil kilómetros que recorrimos en auto, atravesando España, hacia unas islas a lo lejos de aguas heladas y turquesas.

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El registro dorado

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Nunca conoceremos otros ojos

En 1977 la NASA envió al espacio el Voyager 1 y 2. Su misión era explorar el sistema solar exterior, y eso hicieron durante una década y más. Gracias a eso llegó a la Tierra la información sobre cuatro gigantes de gas. Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.

En nuestro planeta la vida siguió con su habitual velocidad microscópica. El Big Bang lo sabía con su mente de polvo. Prefigurado en los ritmos con que los átomos empezaban a organizarse estaba el destino de los hombres, de los ríos, de los saberes. Todavía no había lenguaje, (ni se sabe hasta ahora si lo habrá en otro lugar del universo), tampoco. La vastedad del mundo que no es nuestro mundo ignora, en nuestras palabras, si alguien más escucha allá afuera nuestras señales.

Siempre hay un infinito de posibles soledades en las estrellas. No lo pensamos mucho. Pero podemos pensarlo si imaginamos que la vida que tenemos oportunidad de vivir no conocerá otros mundos por méritos propios. No pisaremos otra tierra con almas o conciencias u organismos, o microorganismos. O microestructuras. Por la simple razón de que el viaje hacia lo que consideramos “conocido” es demasiado largo como para que pueda hacerse sólo por muchas generaciones nuestras. Nunca conoceremos otros ojos, que no sean de nuestra especie.

Nunca conoceremos otros ojos. Sin embargo, en el Voyager se enviaron mensajes y fotografías. Porque en la posible soledad infinita del Voyager, una vez cumplida su misión, se lo vería condenado a un supuesto exilio. Vagaría por un mar de vacío para siempre. Así que decidieron enviar un mensaje a lo más lejano, a lo que no podremos conocer nunca. Para ello pidieron a Carl Sagan que compusiera un poema hecho con registros de nuestro planeta. Algo que dijera lo que hay aquí. Como un pequeño testimonio de esto que para nosotros lo es todo, como si cupiera en un disco de oro un mensaje que pudiera contenernos.

Lo llamaron el “Registro Dorado”, The Golden Record y se supo que la nave llegó al espacio interestelar en el año 2012. Pero no se sabe aún si el mensaje ha sido leído.

Hoy tengo gripa y estoy en la redacción con mucho frío. Tengo el corazón lleno de estrellas. Y pienso en el Aleph:

“Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?”

En un símbolo que pudiera contenerlo todo y que pudiera caber en un disco de oro. Pienso en lo incognoscible. ¿Para quién elabora un mensaje mi voz de adentro? Me pregunto cuando debería estar pensando en la próxima nota que ayudará a cambiar el mundo. Miramos todos diferentes símbolos. Miramos letras, imágenes, números. Yo miro ahora la niebla de los árboles del parque. Siento los dedos fríos sobre el teclado y el dolor en la muñeca derecha producto de una vida delante de una computadora. Padezco los estragos de la dislexia que se pone peor conforme las cosas me emocionan. Miro las fotos enviadas al espacio exterior: las condenadas a no ser jamás vistas por alguien que pudiera alguna vez conocernos. Aunque estemos muy cerca, aunque no haya mérito en hacer volar por el aliento un mensaje de un ser a otro, poder hablar es un milagro. Tal vez incluso, el universo ha roto su silencio consigo mismo a través de nuestra cabeza.

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Cuando era niña fantaseaba con extraterrestres. Pensaba desde mi silencio retraída que había posibles amigos en otros lugares, desconocidos. Y me imaginaba siendo vista por un ser para el cual todo rasgo de mi anatomía pudiera resultar extraño, o repulsivo. Recuerdo mis pensamientos en el salón de clases, durante la época de la guerra del golfo Pérsico. Tenía en mente las imágenes de niños en campos de refugiados. El televisor pequeño blanco y negro de la cocina reproduciendo imágenes de sufrimiento en el desayuno. Y yo mirando a los niños compañeros de clase. Pensando que al final nunca terminamos de conocernos los unos a los otros. ¿qué me hace distinta de los niños muertos por la guerra? ¿Por qué parecemos tan ajenos a ellos? Estamos siempre solos en la tierra desconocida de nuestra cabeza. Aquí nadie puede venir, no. Nadie puede visitarte.

Hay algo de melancolía en el pensamiento. Lo dijo Steiner. Nunca podremos entender lo que nos constituye. Lo que nos deja tener una voz dentro. Lo que la empuja siempre hacia adelante en la línea del tiempo y el espacio.

Somos una liga entre el pasado, el presente y el futuro. Ahí vive la conciencia. En un punto que puede jalar el pasado hacia el presente y lanzarlo al futuro. Haz una pausa aquí. ¿Ves? Esta lectura corre encima del camino que construyes en el tiempo, mientras se nos escapa. Sigues leyendo, o has dejado de leer porque sabes que hay un futuro cerca, en el borde: ya llegó.

“La lucidez es una chispa, un 
estado de conciencia 
en las multiplicadas estancias 
de la conciencia o que hacen 
conciencia, las estancias 
que se alargan, se prolongan, se 
continúan, y así 
se le llama conciencia 
a aquella continuidad.” 

 

Lunes

También miro la luna desde la oficina. La tierra es este punto desde donde tantos miramos hacia arriba. El pasado está lleno de Voyagers que llegan a nuestra cabeza. Ayer nuevas naves despegaron. No hay tripulantes. De vuelta habrá números, un sin fin de cifras y códigos ilegibles para cualquiera. Un deseo de algo, o de alguien, por perpetuarse. El ir-hacia. La noticia de una existencia que se mira debajo, en el estanque. El universo que sucede. Con sus manos, y sus amores, y sus estrellas.

Diario de una necia / cap. 3 EL DESMADRE

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He tenido dos revelaciones estos días, importantes para el trabajo de La Reunión. 1.-Es bueno echar desmadre y 2.- no es bueno para mi enfocarme en una sola cosa. Sobre concentrarme mi madre me lo decía siempre y muchas personas cerca también, “Tienes que hacer una cosa a la vez”. Y lo intenté mucho, pero no me funciona. Sobre echar desmadre: siempre he sido algo ñoña entonces mi concepto de diversión hace años era quedarme en casa leyendo, oyendo música, escribiendo o pintando. SOLA. Ya no más…

Bueno, todo cambia. Y entre que no he logrado adaptarme mucho al mundo convencional escolar ni laboral (ni planeo hacerlo ya) y que ahora concibo mis espacios de vida como un todo que no distingue entre trabajo, amigos, fiesta, y emociones,  estoy justificando mi “desorden” y mi caos usándolo como artífice de la creatividad para trabajar. ¿Por qué no?

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Han sido días de mucha fiesta y movimiento. Cumplir 31 pasó rápido entre compromisos de trabajo, cobertura de eventos, escribir, muchas reuniones y viajecillos. He logrado superar mi marca de aguantar dos cervezas a aguantar ¡tres!, grandes evoluciones de la vida… en serio que sí. ¡Me sirve para trabajar! La base de la organización que formamos lo dice todo “La Reunión” se trata de cambiar el mundo compartiendo la mesa, el trabajo, el tiempo, la vida. Y abrir las carpetas para trabajar temas, y abrir diálogos para construir esos temas ha tenido que ver con acercarme a muchas personas.

Gente con sueños e ideas, que se lanzó al vacío, o que creyó en maneras propias de accionar en el mundo. Pues eso, compartir, mirar a muchos a los ojos, escuchar sus historias, hablar y hablar, eso es lo que construye un proyecto sobre comunidades. Duh, gran descubrimiento…Claro, no podía seguir en mi onda de eterna eremita si estoy trabajando sobre precisamente lo contrario como herramienta para cambiar esta realidad .

DSC08028Me he dado cuenta de que a veces tengo un montón de pendientes en un día, de trabajos y tareas distintas de la vida, desde los huertos, las asesorías de cosas que doy, los grupos de trabajo donde estoy, lo que escribo, lo que reporto, ¡los amigos! y todo eso donde meto las manos y toda mi nerd humanidad. Y antes esto me causaba culpa: “me estoy dispersando”, sonaba fuerte y rigurosamente, como esa vocecita de la maestra de danza que decía que uno debe dedicarle todo a su danza, todo al oficio. Ufff… sí, debe ser padrísimo, me imagino, pero hoy no me veo sólo haciendo una cosa. Siento que todo lo que hago se comunica entre sí y se enriquece. Los diferentes escenarios donde me paro, donde me toca ser alguna versión de mi misma, todos se conectan.  Creo que nada de lo que hago parte de verdades o métodos ya hechos, todo de cierta forma se va construyendo de manera aparentemente desarticulada (pero con sentido). Uno que yo le doy, cuando quiero.

Cuando me da la cabeza. He descubierto que los ritmos de la creatividad tienen ciertos patrones pero siempre son irregulares. Para tejer proyectos, redes y comunidades se necesita dejar que cada semilla crezca a su tiempo, en su momento. Finalmente trabajar con y para las personas me ha traído -quizá a la obvia- conclusión de que lo más importante son las personas mismas, ¡y yo soy una!, así que para conectar con otros necesito poder conectar conmigo. Con mis demonios, las verdades que una va encontrando. Necesito conectarme mucho con mi cuerpo y las cosas que me pide. Conectar con mis deseos, poder elaborarlos, entenderlos. Resignificarlos, re diseñarlos. Mi sueño es ese también, para los otros: que podamos tener espacio para ser nosotros mismos, y descubrirnos cada vez más en quienes nos acompañan. Con arte, con tiempo para hacer errores, con espacio en la hoja del cuaderno para rayar y tachonear.

Encontrar nuestras propias historias de crecimiento, de lucha, nos ayuda a entender mejor las de los demás.

Mi cuarto está todo desordenado. Se llena de libritos, de cartas, de fotos, de plantas nuevas, cosas sucias, cosas limpias. Me gusta así. Me gusta tener la libertad de quedarme en casa un día si quiero, de no ir a la redacción si hay algo qué cubrir por acá o allá. De decidir si uso una bici. De quedarme a papalotear más tiempo del planeado en casa. De leer. De ver videos. Ver a todas las personas que quiero. Respirar. Crear, tomar fotos, cocinar, bailar, dibujar. Pensar. Desde ahí funciono. Ahora que tengo 31 me gustaría decir a la Isa de 18 que estaba aterrada con tanto caos al rededor que todo iba a estar bien. Que el caos construye. Que lo que no tiene sentido es tanto sufrimiento en este mundo aparentemente ordenado. Y me gustaría decirle que se tenía que haber divertido más, quizá. Pero bueno, al menos ahora en las fiestas me siento como un pez en el agua: de un río nuevo. Aunque los ríos no son siempre los mismos. Bueno al menos ahora ya no vomito en el río porqueeee puedo beberme tres fabulosas cervezas! (Niños, digan no al alcohol, yo sólo lo pruebo como divertimento social).

¡La fiesta Isa, la fiesta! es el final de la cadena del bienestar, de la vida que hacemos, como dice Jaime Martínez Luna, (de quien hablaré en el próximo post)

A veces el trabajo es esto. Ponernos dentro cosas que terminan un día por brotar.

El mundo del otro / Fotos y Cerámica ALC

Siempre he querido hacer fotos de mis amigos, de sus mundos. Lo hago un poco con pena de fotografiar, como reportera de lo minúsculo, un poco con miedo por importunar, por parecer exhibicionista haciendo fotos de tantas cosas.

Me gusta hacer fotos de las cosas que componen el universo de las personas. Creo que normalmente fotografiamos caras, compañías y eventos que sin duda forman parte de nuestra vida, son importantes, y por algo les hacemos una foto, por costumbre, por tradición, por moda. Pero hay pequeños rasgos en nuestra cotidianidad que no logran entrar al reparto de lo fotografiable. Por ejemplo, los objetos por los que tenemos algún afecto, la ropa que usamos, la joya que nunca me quito del cuello. Lo que pegamos en nuestra pared, los libros en cuyas páginas ponemos nuestra identidad, y casi todo lo que nos rodee que contiene un significado.

Este es el taller de arte de mi amiga Ana Laura:

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¿Por qué es tan difícil crear formas que se escapen de los esquemas que tenemos en la cabeza?

Intento hacer algo con el barro que NO tenga una forma que he visto antes en el mundo. Pero no puedo. Seguir leyendo “El mundo del otro / Fotos y Cerámica ALC”