Trabajar para la vida, después del sismo

Hace dos años escribí sobre lo que pasa cuando dejas un trabajo que no te gusta para trabajar por tus sueños. Escribí sobre el desasosiego que genera estar en una oficina en donde no nos sentimos útiles y absorbidas por una rutina asfixiante, y la libertad y sensación de logro que se obtiene cuando saltamos al vacío.

Después de tomar esa decisión mi vida tuvo un giro de 180°.

Estaba cansada de escribir tonterías bien redactadas con un sueldo “decente”, y sentía que habiendo tanto por hacer en el mundo, estaba desperdiciando mi existencia. No estudié ninguna carrera, no tengo una especialidad en algo, pero sé hacer un montón de cosas porque trabajo desde los 16 años, y siempre, siempre, aunque me cueste todo, he buscado actuar en consecuencia con mis ideas y mis principios. Así que cuando lo “perdí todo”, en realidad me di cuenta de que las certezas que buscamos con tanta fiereza desde la adolescencia en realidad no son nada.

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Día 7, 19S Noticias del derrumbe

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Foto de Luna Yedra

La imagen de las hormigas. Antes, la imagen de los autos abiertos en la calle, con la radio sonando muy alto. Personas reunidas entorno a las noticias. Las noticias sólo suenan en los autos porque el barrio se ha quedado sin luz.

Llegué a casa sola. La casa sola. Me trajo un amigo en su moticicleta. Los primeros minutos después del temblor supe que todos estábamos bien. Los nosotros =el núcleo. La alarma desató un ambiente que sólo conocía en mi imaginación escribiendo del fin del mundo. Las calles de Insurgentes estaban saturadas de gente. Me gusta cuando están así, con la cotidianidad rota porque ahí de su abertura sale otra cosa desconocida. Un algo que nos posee.

Avanzamos en la motocicleta como pudimos. Unas personas pedían aventones. Unas personas prestaban sus coches para que los parados pudieran irse. Las líneas de teléfono estaban caídas.

Martes 2:00 pm ¿Se habrán caído edificios? una mujer dijo que supo por su hija que vivía en el centro que muchos se habían caído. Era 19 de septiembre. Demasiado crudo y absurdo para ser una broma. ¿Otra vez?. Yo nunca viví esto. Nosotros no. Pero los padres sí, los mayores. Quedaba como una memoria que se nos compartía a los niños en las escuelas al hacer los simulacros, y los padres y tíos confirmaban la gravedad de lo que había pasado. Pero eso se sentía como información que venía de fotos, y se instalaba en las neuronas con la sensación de una foto. Plana. Blanco y negro. Sepia.

Ahora esas imágenes se repetían. Tu dosis de terremoto. -Ahora tienes una tuya. Sociedad civil organizada. Palabras. Organización. Palabras. El PRI del DF se derrumbó cuando se derrumbaron los edificios de la ciudad. -Escucho eso en mi cabeza.

Horas en casa esperando a que alguien llegue. Esposo en oficina. Familia en casa. Me puse a leer a Dostoievsky, el libro gordo que compré hace poco. Pero no me concentraba. Escribí en mi libreta. Abracé al gato. Salí a dar la vuelta. De nuevo los coches abiertos, el barrio sin luz. La gente comprando agua. Velas. Baterías para los radios. Qué desnudos estamos sin el internet.

Me senté junto a una pickup negra y escuché junto a unos extranjeros. Demasiados daños, decenas de muertos. Una escuela. A lo lejos mi familia con el perro. Alivio. Dormimos todos deseando bien para los 29 millones de esta ciudad. El martes en la noche sé que siento tristeza en algún punto muy abajo. Pero no lloro. Estoy atenta.

Al día siguiente las noticias. La TV: melodramas producidos a mano. Las calles se abarrotaron de gente. Hoy, siete días después sabemos que éramos demasiados, y que en algunos casos la intención de ayuda masiva entorpeció las cosas. Rescates, remoción de escombros. Flashes de escenas, frases. Ruido.

En las redes se ve desde la noche del 19 una reacción de los amigos. Están saliendo. Son las 11:00 pm y no podemos salir. Pero quiero. Llega el golpe de realidad: en el 85 la sociedad salió a la calle a falta de respuestas del gobierno. En 2017, no sabemos si el gobierno está respondiendo, pero somos 29 millones de personas. Algo debe poder hacerse. En mi cuadra la gente está saliendo. En la calle también. Otra vez la escena se parece a lo que escribo sobre el futuro, sobre el DERRUMBE. Es como si en mi cabeza hubiera producido un juego de palabras cuya combinación ahora es la realidad tal cual. Noticias del derrumbe. La novela. Las calles. La reacción de la gente. Es como si nos hubieran dado una patada hacia el futuro.

Mientras organizamos un grupo para salir a ayudar, pienso en el futuro. Hay empatía, solidaridad. Me alegro de que al menos eso tengamos aún. Aunque haya que cimbrarnos tan fuertemente para reaccionar.

Las cosas que he pensado antes: poner un centro comunitario para quitar de la jugada el hambre, la depresión, la falta de oportunidades, el aislamiento, y la ceguera ante un esquema de ciudad que produce muerte.

Porque esta ciudad produce muerte. La estamos construyendo y reinventando con esquemas nocivos. Con venas cuya velocidad daña al corazón del sistema. Demasiada velocidad. Sistema Cutzamala sucio. Vías rápidas sólo para coches. La valoración del coche. La arquitectura que sirve para negar la realidad del otro. No nos hagamos. Pagamos por belleza, por cubrir con muros la miseria. No nos importa el otro. No importa porque vamos en el auto y no vemos el cansancio, sufrimiento, violencia, explotación del otro. Muchos problemas más. El final del impulso que se siente cuando se despierta a esta realidad es cuestionar el sistema de desarrollo urbano. Y el sistema económico. Pero los economist@s no dejan de repetir como zombies los mismos conceptos en el mismo orden que las escuelas colonialistas produjeron para justificar la explotación del 70% del resto del mundo hace 100 años. Locura.

Somos locos quienes decimos esto desde hace mucho. Los rascacielos son monumentos a la muerte. Al nivel de consumo. Aceptar el estilo de vida que nos meten con un palo por los ojos y los sentidos. Locura. Inercia. Locura sostenida en la inercia.

Esa inercia se nos rompió. Es el tipo de roturas que pueden marcar parteaguas. Me lo he preguntado una y mil veces: si somos millones de manos, de energías, de fuerzas. ¿Qué hacemos con eso? ¿Qué hacemos con lo que somos? Pensamos tantas cosas absurdas. ¿Por qué no lo usamos para hacer de esta una ciudad de ensueño. Si quisiéramos podríamos, ahora lo sé.

Junto a nosotros, en el metro, en la oficina, hay un otr@ que siente cosas, tan profundamente como nosotr@s. Llevo años pensándolo. Todos estamos tan absortos en la rutina que no lo escuchamos. Ni siquiera nos escuchamos a nosotros mismos.

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Cadena humana de ayuda. @LunaYedra

Hormigas

Estoy en una hilera de personas. Unas 100 personas. Mujeres, ancianos, jóvenes. Me pongo un casco, me pongo un chaleco, guantes, cruzo una línea de plástico que marca desastre. Una tira amarilla que levanto para entrar. Todos los días levantamos una tira de plástico invisible que dice ATENCIÓN al cruzar la puerta para salir a la vida en la mañana. La ciudad siempre es zona de desastre. Pero no llevamos casco.

Me asignan un lugar en la fila. He visto ya, varias veces cuando levantan manos para pedir silencio porque sospechan que hay vida bajo los escombros. Yo lloro por dentro. Un poco lo que he sentido todos estos años es que es difícil que como sociedad, como colectividad nos escuchemos unos a otrxs. Hubiera querido que alguien levantara el puño para que hiciéramos silencio y pudieramos oírnos a nosotros mismos. Si levantamos el puño y nos callamos podemos entendernos mejor. Todo lo que nos divide es absurdo y pueril. Nombres, etiquetas, identidades, separación. La misma que Kant dijo que ussamos para definir quiénes somos.

Veo hombres morenos, vestidos de verde. Son soldados. Veo mujeres de jeans y casco. Tienen músculos, gritan. Son fuertes. Los dos. Los dos están exahustos, pero la providencia trae comida siempre, a menos de dos metros. Escucho a lo lejos el aplauso: encontraron a alguien vivo. Muchos tenemos lágrimas. ¿Qué fuene común las produce?

Lo que sacamos de los escombros no son sólo las personas. No lloramos porque la vida sea sagrada y porque qué bueno que alguien está vivo.

Sino porque estamos rescatando de abajo del cemento la esperanza o la certeza, de que podemos estar juntxs. Y porque al paso del tiempo, de los días, cuando recordamos estos momentos nos damos cuenta de lo lejos que estamos en lo cotidiano. Siempre, desde niña, pensé que un mundo en el que debemos hacernos fuertes para no quebrarnos al ver el sufrimiento del mendigo, también nos hace insensibles. Para sobrevivir hay que ponerse la coraza. La coraza acaba impidiendo que pase la ternura. El sismo nos sacó de esa “normalidad”. Hizo extraordinario cada esfuerzo. Ninguno quisimos luego, volver a la vida cotidiana. Porque aceptémoslo: no somos felices. Hoy, como hace cinco años, como hace diez. El sentido de lo que hacemos como sociedad está perdido.

-No queremos volver a la normalidad. ¿Para qué?

Hormigas, todas cargando cubetas con cascajo. ¡Fierros! ¡cemento! ¡cuidado vidrios! dice siempre el de la izquierda. ¿Por qué hacemos esto? ¿Esto sienten las hormigas? pienso. Ahí no había una Isa, ahí habían unos brazos y unas manos. De pronto tengo una alucinación. Mi piel se oscurece. Me salen antenas. Mis extremidades se multiplican, tengo vellos sensibles en el cuerpo. No pienso, y no siento. Percibo vibraciones. Somos millones. Después vuelvo a mi cuerpo humano y miro todas las cosas que me sobran.

Muertes. Niños. Personas hoy sin casa. Amigos en casa comiendo tacos de canasta. Velocidad. Entregar víveres. De cierta forma sabemos que lo que hacemos no necesariamente es urgente. Aunque lo parece. Pero queremos salvar otra cosa. No cargar con una culpa. En realidad todos los días, las personas a nuestro al rededor sufren. Pero no sabemos cómo ayudar. La limosna ha sido siempre indigna para ambas partes, así que ayudamos cuando se puede.

Cuando ocurre un 43, un 132, un 19S, sé que salimos a la calle algunxs, diciendo hacia dentro: hoy sí puedo hacer catarsis, porque en la vida diaria nadie me acompaña. Hacer catarsis solxs, sin cómplices, es imposible. Los posibles cómplices estarán absortos en sus rutinas, llegar tarde o temprano al trabajo. Sobrevivir. Sobrevivir al estrés. ¿En qué momento de la normalidad alguien pide un par de manos en una esquina y llegan cien?

Responsabilidades

Conforme pasan los días salen a flote algunas mañas humanas. Vicios televisivos. Corrupción inmobiliaria. Estoy segura de que si se resolviera el tema de la corrupción inmobiliaria, y tuvieramos la lucidez de buscar y atacar las verdaderas raíces de los problemas, no sólo veríamos por la corrupción y el enriquecimiento. Acabaríamos siendo responsables por omisión de no impedir que las ciudades sigan creciendo con los estragos ambientales y sociales que producen. Veríamos por el origen de lo que consumimos, y su huella de carbono. Cuidaríamos la energía gris de lo que nos rodea. Ayduaríamos a aquellxs que con esfuerzos mantienen sistemas de sostén de la vida que son posibles ambientalmente. Dedicaríamos tiempo a lo que sostiene la vida de forma ciudadosa. Y pues, voltearíamos a ver al que está junto a una misma.

Pasa la adrenalina, pasa el contexto de emergencia en que tenemos permiso de llorar, o conmovernos. Conforme pasen los días será menos bien visto derrumbarse. Dudaremos de si lo que podemos dar es necesario. Sentiremos pereza porque estar en los escombros no saldrá en la televisión. Los héroes no serán los anónimos.Volveremos a desear un suéter. Y aquí es donde pongo mi conclusión de todo, a una semana del movimiento.

Los cambios, los movimientos, el encontrarse se alimentan de la emoción, del corazón. Hay empatía- hay movilización. Cuando se acabe la emotividad, se acabará la movilización. Todos los puntos de quiebre de la historia tienen como motor la necesidad, y la piel sensible. Cuando se acaben las noticias, necesitaremos haber elaborado una memoria. Colectiva, sensorial. Vinculante. Porque de ella van a depender los motores que aprovechen esta sacudida, estas más de 300 vidas que necesitábamos para salir a la calle y vernos en el rostro del otro.

Pasarán los días, llegarán otra vez las diferencias políticas, sociales, ideológicas. Y aunque vuelvan a separarnos debe quedar al menos la memoria de que la vida importa. Y su dignidad recuperada está allá afuera.

No quiero la normalidad que había. Todavía tengo fe en lo extraordinario.

 

 

 

 

 

 

Por la ventana del autobús, allá lejos

 

sábado

Trato de escribir esto y no puedo. Borro líneas, una, otra. Otra vez. Quiero escribir desde mi, pero se siente extraño, y salto a ella. Ella puede decir más cosas, pero entonces no soy yo quien las siente.

Imagen 1 de la semana pasada: yo sentada en el transporte público. Leo un libro que me encanta, me atrapa completamente, me pasa poco. Leo de pie, y leo sentada. Llevo conmigo mi utilidad, majo el brazo, el teclado, los chips, los cablecitos que me dejan decirme. Algunos papeles. Un tupper que me convierte en eso que siempre he intentado no ser. Leo. Escribo en mi libreta, molesto a la chica junto a mi, remuevo mi bolso mayor para encontrar la pluma. Leo de ida, y leo de vuelta. A la vuelta intento no pensar en la contingencia ambiental, pero somos más en el transporte, más que en la mañana.

Tengo calor. Esta sigue siendo la imagen uno, porque va del calor. El calor en mi nuca. En mis brazos, siento lentamente el bochorno (la condición actual de mi sistema endócrino de la que aún no escribo) que me mira desde mis piernas, me toca el pecho, los pechos, ya viene, el rostro, como un sol que se me asoma en toda la parte superior del cuerpo. Y ahora el sudor que empiezo a sentir en la frente, y luego en la nariz, el bigote, me quedo quieta, miro por la ventana del autobús, los veo a todos hartos y acalorados, una señora en la miseria también mira por la ventana, pero frente a mi. Pienso si las dos estamos pensando lo mismo. Veo el espacio entre los árboles del camellón de la avenida. Los imagino frescos, porque tengo calor. Ardo. Y esta ciudad y este asfalto.

Me refugio en la lectura. Me canso de considerar las implicaciones ambientales. Imagino un PIB pero distinto, distintos indicadores, Producto Integral del Bienestar, sacar al dinero de la escuación. Al fin que vale muy poco. Lo que estamos consumiendo es la vida. This is life, sir. This is life. Sir. Escucho con acento inglés, a una mujer diciendo “This is LIFE, Sir”, en mi cabeza. ¿A quién le digo esto? Al asfalto.

El asfalto es un señor. Me regaño porque podría desarrollar mis ideas sobre otras unidades de medida, sobre otros valores, para plantear programas sociales, pero las dejo en quejas mentales que ocurren en el transporte público.

La gente, y yo, gastamos esta ciudad, y al mundo con ella como vehículo. Me regaño cada día. Podría proponer más cosas. Debería esto, debería lo otro. Debería darme tiempo de disfrutar la vida. Al final, no todas las mujeres hemos tenido este derecho. Soy privilegiada, puedo elegir cosas. Elegir ser madre. Pinto para no serlo, amo demasiado mi espacio, mi soledad, mi escritura, mi pintura, mis ideas, el tiempo para observar el mundo. Espectadora, me descubro ojos del universo que se mira a sí mismo.

La ciudad nos enloquece. Nos rehusamos a comprar un automóvil. No, no se necesita. Se necesita hacer política para mejorar las condiciones de vida de todas las regiones, para que la gente no tenga que moverse tanto cada día. Y que puedan por la noche cuidar a sus hijos y abrazarlos, y descansar en un parque en donde leen un libro, donde hay un personaje, una mujer, que vive en otro mundo y tiene mucho calor y observa a través de la ventana soñando con un día más fresco, con menos automóviles entorno suyo, con más sonrisas cursis en su mismo vehículo colectivo transportador de miseria humanas que no son, la señora pobre que mira en la ventana al espacio en las ramas de un árbol en donde quizá no haga tanto calor como adentro.

Como adentro de mi cuerpo. Adentro de mi cuerpo una inyección que adormece las hormonas me dejó en una menopausia temporal. Era la única forma, me dijeron, de controlar la cantidad exagerada de estrógenos que mi cuerpo produce.

No sé por qué los produzco. Demasiada femineidad. ¿Sabes? Demasiada noche, agua, oscuridad, luna, magia, mundo interno. Nunca había vivido sin dolor. Soy otra persona, me dicen mis amigos. No recuerdo, desde que vivo en el descanso del martirio menstrual, cuándo viví algún drama. No recuerdo si quiera, los rencores con los que alimentaba mis justificaciones, mi neurosis que visitaba tantos lugares de tortura adentro de mi cabeza. He escrito de esto, pero se ha hecho largo como una masa de pan que conforme se amasa se llena de aire, se esponja, se hace elástica. ¿quién va a querer leer todo mi cuerpo?

“Mi voz tiene dentro cuerdas corporales.”

-Escribí en mi diario.

Imagen 2: Miro al gato que descansa, más gordo, bajo mis pies. Su gordura me alegra, ronronea, me toca, se gira. La vida me mira desde su ojo, el único con el que puede ver. Tengo calor. El gato perdió uno de sus ojos, pero cada mañana antes de que salga al caos, me mira, maúlla, y me despide en la puerta. Siempre cariñoso.

Cinco días de contingencia. No quiero se me muera la voz que tengo adentro, y las ganas de hacer otra ciudad con este asfalto donde pensamos que podemos darle a la vida algún futuro.

 

Y no olvidar comprar el pan de vuelta a casa

Lunes, 7:00 am.

Ponerme los zapatos que nunca me pongo. Acomodar papeles, los testigos de lo andado. Levantarme con el olor a café que Z esparce en toda la casita. Pensar en escribir. Y no poder.

El otro día volvía a casa, de nuevo el metrobús cortó su tránsito, había que caminar, una joda. Caminar cinco estaciones, cruzar CU a pie. Cansancio. Caos porque el conductor del pesero se pelea a golpes con un usuario molesto. Coches pitando. Agobio. Olvidé llevar más dinero y me quedé atrapada en el metro. Todo se resuelve, me dije. Pero me angustiaban unos hombres en una parada del microbus. Después, por teléfono, Z me confirma: son las feministas, la marcha por Lesvy en CU derivó en el cierre del metrobus.

Mi cansancio se transformó en alivio. No se compara mi cansancio, mi molestia breve, con la muerte de una mujer. Como no se comparaba mi cansancio hace años, cuando cerraron el metrobus una mañana en una protesta por los 43.

Lo que sea necesario, pienso. Lo que se necesite.

Nos rompen la rutina. Los transeúntes, se dicen mucho, no tienen la culpa de. Pero yo pienso a mis adentros, que sí somos responsables. Sólo que no es siempre suficiente, marchar. No siempre. A veces sí.

Pensamos en irnos. Vivo con la violencia latente de la ciudad en la garganta. uno siente culpa, más miedo, y si todo empeora, culpa social: no estaré ayudando.

Pero mi ansiedad adentro me empuja a buscar calma. Calma para hacer nido. Para  vivir y ya, un tiempo.

Me miro al espejo, las 8:00 am. Pongo música. Suena esto. Me maquillo. Y si no tuviera miedo de verme bonita, ¿cómo saldría a la calle? parece poca cosa. Pero no.

Ya no quiero vivir con miedo. En mi trabajo veo la injusticia más cerca, todos los días. Lo social parece así. Veo lo vulnerable, donde duele. El hambre de crecer, agudizada por la pobreza, por la violencia. Sólo me queda ser amable, pienso, y no sé si sea suficiente,porque nada es su fi cie te.

Me alisto para salir, un poco de asfalto. Un poco de luz de sol, radiación. Mi novela a medio escribir, el futuro, me separaron el cuerpo y la conciencia en dos. No puedo esperar a volver a ser coherente. Ya les contaré de eso. Mientras la calle. Pero no saldré con prisa. No caeré en la neurosis. Pensaré en mis libros.

Debo mantener calma, y observar profundo. Escribir más. Ser eficiente, sin estresarme. Mantener calma. Jugar al ritmo caótico, nadar en la ciudad. Escribir, y no olvidar comprar el pan cuando vuelva a casa.

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La historia de una casa donde se siembra

Hace cinco años me acerqué por primera vez a la Agricultura Urbana. Nunca tomé un taller, no pagué un solo peso por aprender lo poco que sé, que ha sido suficiente, al menos hasta hoy, para sembrar en casa.

Entorno a este tema podría contar cientos de historias de aprendizaje, de compartencia, de reflexiones que el camino de las plantas me ha ido dejando. Pero hoy quiero contar la historia de casa. Del rincón donde anida nuestra familia.

Llegamos por casualidad a un anuncio de una casa “sui generis”, cuyas paredes no eran paredes sino enormes hileras de maceteros hasta ese momento, vacíos. La visitamos un día entre semana por la tarde y se veía prometedor. Siempre quise espacio en mis ventanas para sembrar, algo de luz, algo de aire, eso era suficiente para sembrar. Así crecí en un departamento de la Ciudad de México, atesorando los rayos de sol que entraban veloces y en pocos momentos de las estaciones del año.

Y esta era una casa extraña, como si la hubiesen diseñado para mi, para nosotros que teníamos el deseo de compartir el huerto y verlo crecer. La elegimos quizá por las ventanas y la posibilidad del verde en ellas y nos quedamos.

 

Las macetas entonces estaban secas. Al menos tenían la tierra que albergaron hace más de un año, que por su puesto estaba casi muerta. Ese era y sigue siendo el mayor reto, crecer en macetas no es lo mismo que hacerlo en la tierra. Y un buen agricultor urbano sabe que hay algo que le falta a esto. Le falta el esfuerzo de hacer suelo, de alimentar la tierra con los nutrientes y el oxígeno que aportan los cultivos diversos, y la vida microscópica que posibilitan. Había que alimentar la tierra con bacterias, composta y tierra viva.

Otro reto era la sustentabilidad, es decir, ¿qué tan ecológico es mantener casi 150 metros de largo de macetas con plantas comestibles? Se requiere de agua, de riego constante. Esto en una ciudad deja de ser amable con el medio ambiente. Estamos lejos del modelo de Fukuoka, en donde el hombre apenas interviene para mantener el equilibrio natural del suelo y sus poblaciones vegetales, animales y minerales.

Pero es uno más de los intentos que nos enseñan cosas, nos hacen pensar y nos ayudan a prepararnos para mejores espacios y condiciones.

Lo primero que hicimos fue colocar en cada una de las macetas un poco de bocashi, un preparado de salvado y bacterias fermentadas que se utiliza para fertilizar la tierra. Este lo conseguimos de un amable agricultor urbano de una chinampa de Xochimilco, que nos casi regaló como tres kilos del preparado. De esos 3 kilos logramos multiplicar el doble agregando más materia prima, el salvado, el piloncillo, (Aquí está la receta) y eso nos permitió añadirlo a cada contenedor.

Eso fue una tarea algo pesada. Somos dos, y a veces para poder terminar de atender todo el jardín vertical que nos rodea necesitamos pasar medio día sólo trabajando. No es un trabajo cansado, es en realidad bastante meditativo. Ponemos música y manos a la obra, y pasan horas en que esa concentración termina con mucha satisfacción y descanso.

Eso sí, creo que hay que decir que para que una planta produzca en la ciudad, si bien la naturaleza de una semilla y sus condiciones pueden hacerlo todo, sí se requiere de tiempo específico para atenderlo. Me ha pasado abandonar un poco algunos sectores, o posponer la aplicación de algún repelente natural para plagas porque simplemente tengo pereza, o pierdo el entusiasmo. En una ciudad hay mucho que se puede hacer, y uno tiene que elegir entre eso, y cuidar del huerto. Sí se requiere tiempo, y energía, y sobre todo disposición mental. Y apertura para aprender.

El siguiente paso fue instalar el sistema de riego automático. Ya había uno pensado anteriormente para manejar aspersores superiores, y lo cambiamos por sistema de riego por goteo, así podríamos ahorrar el agua que se salpicaba y sería más sencillo mantener la humedad. Aunque aún hay fugas de agua y escurrimientos, y en ciertas zonas la presión del agua es mayor y mayor su cantidad, funciona digamos que bien. Hubo que humedecer varios días la tierra hasta que estuviera lista para recibir a las plantas.

Las plantas que trasplantamos, a su vez, fueron sembradas casi desde los primeros días. Usamos unos almácigos de casi 80 brotes cada uno, y terminamos con cerca de 1,500 brotes distintos de lechugas, espinacas, zanahorias, apio, jitomate, chile, albahaca, epazote, cilantro, y otras.

Las plantas tardaron en crecer entre tres semanas y un mes. Y como cada una tenía ritmos distintos, esperamos a que las últimas estuvieran listas para hacer el trasplante. Ese fue un día largo de sábado, que terminó con las macetas casi como estaban al inicio, pero con pequeñas plantitas encima que apenas si se apreciaban.

Entonces es cuando el trabajo se vuelve algo extraño, porque la cosecha viene lento y crece lento. Sólo las fotografías pudieron dejarnos ver cómo crecían las plantas, hasta que un mes después teníamos todas las macetas llenas de vida, y en un par de meses, tuvimos los primeros frutos ya en el plato.

Tomó sólo 3 meses tener los primeros jitomates, lechugas, y los chiles llegaron al mismo tiempo, aunque a esos nos gusta dejarlos secar en rama para que concentren su sabor. Siempre es algo mágico poder abrir la ventana y sacar unas hojas de lechuga, que saben muy frescas y gruesas, al igual que las espinacas. Los jitomates han llegado a producir cerca de 1 kilo cada semana, y conforme las plantas van cumpliendo su ciclo los frutos van siendo más pequeños. Después crecieron las hierbas, muchos dientes de león que valoro por su aporte nutritivo y medicinal, y otras. Las caléndulas guerreras, las flores que resisten al embate del sol.

Hemos cometido ciertos errores, sobre todo porque a veces dejamos de pensar que tenemos comida en la ventana. Y a veces perdemos algo de la producción. Quizá sea buena idea ofrecer a los vecinos algo de la sobre producción. Hasta ahora no lo hemos intentado pero ya les contaré si sale bien, o si sale mal. Otras veces ns damos cuenta de que seguimos comprando ciertas cosas, (no las que se producen aquí, eso sí) y entonces el consumo sigue siendo mucho más diverso que la producción. Es en este punto que notamos lo importante que es el intercambio y lo inútil que es pensar que uno solo puede autoabastecerse. No way.

La casa es bella, pero tiene sus bemoles. Definitivamente no es la forma más ecológica ni sostenible de producir comida. Pero ha sido un buen pretexto para hablar de ciertas cosas con amigos, con gente que la ve desde la calle y en general, con quienes se cruzan o vienen a visitarnos. Es posible producir localmente, sí. Requiere esfuerzos, mucho. Pero da una satisfacción enorme, y es muy bello presenciar el milagro de la vida a pocos metros. No todo, como piensan algunos, se resolverá si tenemos huertas personales. El mundo no funciona así, cuidar de la naturaleza a través del cuidado de cómo producimos lo que consumimos es una parte importante, pero si queremos aportar, debemos estar conscientes del grave problema que enfrenta el campo mexicano, la tragedia de los campesinos y el crimen que realizan las grandes marcas de granos y semillas. Ahí hay decisiones y posturas políticas que tomar.

Pero en lo micro, me gusta tomar un té en la mañana, y ver cómo el sol se va escurriendo encima de las hojas nuevas. Y ver cómo resurgen brotes donde pensábamos que ya no había. Tienen una buena energía las plantas, supongo que es la propia proyectándose en su verdor. Da mucha ilusión ver los frutos llegar. Y nos hace re pensar cuánto le toma a la naturaleza producir un poco de sí.

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Mientras seguimos disfrutando de este espacio verde, prestado como todo lo que nos rodea, yo sueño con poder pisar tierra firme, y sembrar en ella. Dejar de lado el sueño urbanizado-imposible, de las ventanas, y no sé, ponerle un poco de oxígeno al suelo que me sostenga.

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Sembrar afuera es ir hacia la cosecha de nosotros mismos. 

 

 

 

La región árida de los anticonceptivos

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Ehem, esto no sé cómo escribirlo, porque el tema del que quiero hablar es precisamente aquél que me impide ser elocuente. Pero aquí voy. Además de una dieta casi vegana 100% y estricta, que sigo a detalle, estoy tomando anticonceptivos que me recetaron para controlar los niveles hormonales que al parecer tenía locos, y que produjeron mis quistes y endometriosis. Y estas hormonas sintéticas son todo un caso del cual quiero contar mi experiencia.

Yo había sido casi siempre anti-doctores, anti-hormonas, anti-medicinas. Mi desconfianza del sistema de salud es sobre todo porque mi principal problema en la vida ha sido el dolor menstrual, que luego se volvió una inflamación crónica, con cambios de humor locos, y mucho cansancio. Y ningún médico sabía, no parecía creerme, o pensaba que pudiera ser digna de mayores estudios. Mi droga más fuerte ha sido el café. Siempre fui una persona que no bebía alcohol como hasta después de los 27, y muy poco, nunca he fumado, y otras drogas no han estado ni siquiera cerca de mi. He hecho mucho ejercicio siempre, y cuidado mi alimentación. “Mi cuerpo es mi templo”, es mi lema. Cuando iba con el doctor y le explicaba cómo me sentía siempre me mandaba, solamente, analgésicos cada vez más fuertes. Nunca parecían saber qué me ocurría y por eso fui perdiendo la confianza en ellos.

Aceptar un tratamiento hormonal fue un golpe muy duro para mis principios. Junto con la posibilidad de una cirugía que se prometía muy invasiva y extirpadora, he tenido que investigar mucho por mi cuenta y observarme para entender mi cuerpo.

Las hormonas de los anticonceptivos no me parecieron muy simpáticas cuando las recetaron. No sabía mucho entonces sobre sus efectos secundarios y busqué información, sobre todo testimonios de pacientes que las utilizan. Entre los efectos secundarios, lo menos grave eran depresiones, y lo peor, la posibilidad de tener coágulos en las arterias que podían llevar a infartos cerebrales o cardíacos. Nada más.

Así que cuando los empecé a tomar estaba inevitablemente algo sugestionada con los efectos que tendrían en mi cuerpo. Digamos que no he tenido tremendos síntomas negativos pero encuentro un principal foco de preocupación que parece ser la razón por la que muchas han dejado estas hormonas.

Y es que ocasionan una especie de planicie emocional a lo largo de su administración. No sé cómo explicarlo. No estoy realmente mal, debido a sus efectos, pero me siento extraña y diferente a antes.

Antes aunque mis emociones cambiaban según mis momentos hormonales de forma muy repentina e intensa, podía reconocerme en el espejo. Esa era yo, inestable emocional, soñadora, me inspiraban muchas cosas. Podía levantarme en las madrugadas sólo para disfrutar la salida del sol. Escribía de forma distinta. Cualquier evento a mi alrededor podía ser objeto de alguna narración pequeña en mi diario. O inspiración para bailar, o pintar, o sembrar, echar a andar proyectos. Cada mes me iba muy al fondo de una tristeza inexplicable, que reconocía era mi química cerebral detonándose en mis lágrimas o de una alegría extática. Podía sentir tres días antes de mi menstruación una melancolía repentina, y cuando me miraba en el reflejo del baño ahí estaba yo. En mí reconocía mis fallas, mis frustraciones, mis amores, todas las cosas que quería. El cerebro y las hormonas son una cosa increíble que funciona gracias a micro mecanismos. Es un universo diminuto en donde dos moléculas pueden hacer enormes diferencias.

Una menstruación normal es el resultado de dos hormonas: estradiol y progesterona, que producen los ovarios, y un sangrado producido por anticonceptivos es producto de esteroides sintéticos, como el etinyl estradiol y levonogestrel. Las hormonas producidas por nuestros ovarios como la progesterona, calman el cerebro y reducen la ansiedad, mientras que el levonogestrel aumenta la ansiedad. Aunque antes no estaba 100% consciente del efecto y el momento en que aumentaban o disminuían mis niveles hormonales, mis meses eran un terreno conocido. Era doloroso, sí, lloraba mucho en los días previos, a veces estaba hiper sensible y no soportaba ni que ciertas cosas me rozaran la piel de los brazos o las piernas. Pero también estaba mucho más despierta a la vida. Mis proyectos tenían más sentido, estaba acostumbrada y aprendiendo a manejar mis montañas rusas emocionales, sobre todo dejándome llevar por ellas consciente de que siempre en la peor curva o punto crítico, las cosas volvían a un lugar más tranquilo. Mi forma de escribir era distinta también, era más fácil iniciar una hoja en blanco. Usaba más metáforas, tocaba más el terreno de la fantasía. Ahora siento como si hubiera una especie de techo invisible adentro de mi cabeza que no me deja llevar las emociones ni muy alto ni muy bajo. Esto para muchos parecería al fina, estabilidad. No ir muy hacia la melancolía, ni tampoco hacia la alegría demasiado alta. Pero creo que es justo este síntoma el que causa depresión en quienes utilizan anticonceptivos por tiempos prolongados. Es como si viviéramos en una cajita de cristal en donde las cosas no nos tocan demasiado y por tanto nuestras reacciones a ellas son limitadas de igual forma.

Sé que en el fondo de mi esto no me gusta, pero no alcanzo a sentir una postura definida al respecto porque no me siento fundamentalmente mal. Es como estar en un paraje árido y tibio donde no hay demasiada sequía, pero la hay. Algo no anda bien en ese paraje. Cuando sentimos sed encontramos un poco de agua, si se siente frío, un poco de calor, nada que nos haga realmente poder gritar o desesperarnos. Es un tipo distinto de desesperación. Una muy metida adentro que no se alcanza a hacer escuchar.

Ningún cuerpo femenino es igual a otro. Eso lo tengo claro desde que esto empezó. Aunque muchas compartimos ciertas cosas, creo que todas somos una mezcla distinta de hormonas y bacterias e historias y emociones. No me gustan las generalizaciones. No me gusta cuando se nos mete en un esquema hecho aparentemente para comprendernos mejor, como los síndromes, las condiciones, las “enfermedades”. Ni siquiera siento que la medicina tenga claro qué pasa con nuestros cuerpos. Lo que sí siento, y lo veo en las salas del hospital, entre mis amigas, con conocidas que pasan por estas cosas, es que cuando afuera hay tanta violencia y desconocimiento, adentro generamos solidaridad y hermandad. Una especie de conciencia de que no tenemos lo mismo, no sabemos si lo que se nos diagnostica torpemente es en verdad lo que tenemos, sabemos que algo nos pasa, y eso es lo que compartimos. Compartimos mucho, las cuerpas femeninas, y al menos tenemos la sensibilidad para la mayoría de las veces, empatizar las unas con las otras. Si una amiga me preguntara mi opinión sobre las hormonas, le diría esto mismo que comparto aquí. Pasa esto y esto otro, pero es libre de elegir lo que sienta mejor para ella. Y nadie tiene derecho a cuestionar sus decisiones terapéuticas. Una ya está asustada, agobiada, tiene los síntomas que busca curar, y no se encuentran muchas respuestas afuera. El juicio de otros, o sus opiniones sobre lo que elegimos respecto a nuestros cuerpos, sobran.

Cada una decidimos qué camino elegir. Medimos la cantidad de tiempo que hemos buscado una cura, explicaciones, buenos médicos. El dinero del que disponemos, el tiempo que podemos dedicarle. El ánimo con el que contamos. En mi caso he pasado ya por varias terapias alternativas, no invasivas, como la homeopatía, terapia sistémica, meditación, y no vi resultados en estos 15 años. En mi círculo de amigos, como yo misma, preferimos lo natural, lo no sintético. El proceso emocional por el cual podemos sanar. Pero en mi caso el dolor y la desesperación me hicieron tomar un camino distinto al alternativo. Y ahora entiendo que aunque antes pensaba que podía tener derecho de hacerlo, no podría cuestionar el derecho de ninguna a decidir qué camino tomar para sanar. Era muy dura con esto antes, pensando que las mujeres que no optaban por lo alternativo estaban siendo muy duras con ellas mismas. La dura era yo, juzgándoles.

Yo he tenido la enorme fortuna, el privilegio de tomarme meses enteros para reflexionar, buscar terapias, informarme, estar conmigo exclusivamente para resolver esto. Las hormonas sintéticas me han mostrado un lado de la vida que no quiero vivir, y espero dejarlas en cuanto sea posible. Buscar respuestas me ha hecho ver y habitar una comunidad de hermanas. Encontrar en mi pareja un compañero comprensivo, fuerte y amoroso. También he investigado mucho sobre cuestiones ginecológicas en todo el mundo. Los costos, las causas de ciertos males, el efecto del estrés y el ritmo de vida en los cuerpos de las mujeres. Y veo que la endometriosis está llena de casos como el mío. De mujeres que dijimos “nunca tomaré esto, nunca me haré aquello”, y que cedemos ante el dolor y la desesperación de tratamientos no fructíferos. A veces pienso que somos un experimento de nadie, una manifestación de algo que ocurre en el mundo que simplemente todavía no tiene respuestas como el cáncer, y que nos toca a nosotras descubrirlo aunque no seamos sujetos de casos de cura. Al menos tendremos indicios que dejar a otras hermanas, o a las futuras generaciones.

No quiero decir que la homeopatía u otros caminos no funcionen. Algunas mujeres me han contado historias con finales exitosos usando estos métodos. Yo no recomendaría en lo absoluto las hormonas sintéticas aunque no sé si todas sientan la misma planicie emocional, quizá no. Pero sí recomendaría prevención, cuidados desde muy jóvenes, tener una alimentación excelente. Habitar un cuerpo de mujer requiere una nutrición buena, verduras frescas, cero hormonas, cero alimentos procesados. Amor propio. Y si el problema ya está presente y no hablamos de prevención, sólo queda la fuerza para buscar para una misma, lo que nos haga sentir mejor, y más seguras.

Habitar un paraje árido puede ser una experiencia catalogada como negativa. Pero en mi caso creo que ahora veo mi “vida hormonal pasada” como un lugar lleno de emociones y riquezas interiores. Veo todos los proyectos que pude crear con el ímpetu que sentía. Todas las decisiones que he tomado con las TRIPAS. Las escenas que me llenan de emoción cuando recuerdo haber destruido cosas, y cuando las tuve que reconstruir. Creo que no era consciente de lo rica emocionalmente que era mi vida. Y de cuánto arte he buscado y he creado. Desde este otro lugar desde el que tengo oportunidad de observarme sé que una parte de mi que no distingo bien ahora suspira muy profundo.

 

 

 

La desnudez en aguas cristalinas

Era el tercer día de estancia en el camping de las Islas Cíes, unas islas a unos cuantos kilómetros de Vigo, en el norte de España. Los dos primeros días pasaron entre cansancio y unas náuseas que nos trajeron sospechas y sopores.  El aire era muy fresco, turquesa como el agua. Mi cuerpo, pesado.

Al llegar a las Cíes uno ve primero, desde el barco de Mar de Ons, un par de planicies verde oscuro a lo lejos. El agua es azul, muy azul. No es azul como el agua profunda de México en el Pacífico, que desde México huele y sabe a montaña cálida. Es azul frío, Atlántico, ultramar, gálico, neblinoso. Y está lleno de gaviotas blancas y gordas que gritan todo el tiempo.

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En este punto del viaje, en cuanto bajé del barco a las arenas blancas de la isla dejé un poco atrás el tema de las brujas. Sobre todo porque mi cuerpo se sentía grueso, muy denso y cansado como para sostener mis propias fantasías. Cada día puntualmente, mis náuseas llegaban a eso de las 12 del día y no se iban sino hasta las 5 de la tarde. El paisaje era un paraíso gélido, casi intocable por los turistas, en el que solamente los valientes terminaban por adentrarse al menos unos minutos.

El agua del mar estaba tan fría que la playa, brillante y caliente, permanecía abarrotada todo el día, sin dejar que la figura de los bañistas manchara el azul claro de la costa. Estaba helada. Y cómo dolía en los huesos y en los músculos.

Z, un nadador, buzo, pez nato, me llamó varias veces desde las aguas no profundas. Y yo lo intenté, pero no podía. Ponía mis pies tibios en el borde y los apenas dos centímetros del agua me herían hasta las ingles. Podía sentir cómo subía un témpano por mis venas. Me dolía estar, la cabeza, las náuseas, la fatiga del padecimiento en el vientre, constante, determinante de todo.

Una noche vimos las estrellas, muy a mi pesar porque quería solamente dormir y acurrucarme. Las caminatas durante el día me dejaban agotada. En ellas podía ver aves distintas, gaviotas criando a sus polluelos en los peñascos altos contra los que las olas chocaban. En el Atlántico los faros blancos eran como un espejismo perfecto atemporal, y en estas islas había uno más allá del bosque que llenaba el centro. Un bosque alto de coníferas con muchos helechos protegiendo el suelo que en pocos metros se volvía de nuevo rocas, con algas amarillas y más gaviotas. Era muy bello, pero mi mente ya no significaba ninguna imagen ni hacía metáforas más allá de “guardar la belleza para después”. De cierta forma me sentía fuera del tiempo y del espacio, sin dejarme emocionar por nada. Excepto por las estrellas que vimos en un paseo astronómico nocturno que hicimos, del que les hablo. Esta está aquí, esta allá. Como marcas en un mapa que ha servido para decirnos a dónde ir en el mar y en la vida. Y las piernas estaban frías por el viento helado de la noche, yo tiritaba y entrecerraba los ojos. Ellas son las estrellas, esta soy yo.

Mi sangre estaba condensada. Pero el tercer día fue distinto. Nos quedamos toda la mañana en una playa nudista. No tengo reparos en la desnudez, casi nunca. Me gustó el sol ardiente de verano estando tan alto alto arriba del Ecuador. Dormité un rato. Z nadaba, yo lo veía desde la arena. De pronto decidí que iba a intentar meterme. No sé nadar, nunca aprendí. Le temo al mar que se ha llevado amigos, y que me causa esa sensación de tormenta en los pulmones cuando pienso en su tamaño.

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Me tomó mucho rato meterme por completo. dolor, frío, escalofríos, espasmos, respiración acelerada, ganas de huir. El agua no dejaba de estar fría, en ningún momento y el mar enorme se acercaba helando las corrientes que algunas rocas y la baja profundidad podían entibiar. Estaba un poco harta de sentirme mal todo el tiempo. De estar feliz por dentro pero sentir un hastío interno nauseabundo. Creo que era como si la vida y sus sorpresas hubiera sido mi cena anterior y me hubiese dejado indigesta con demasiado por asimilar demasiado pronto. La endometriosis, la prisa irrelevante, las voces de juicio sobre el cuerpo de las mujeres. Nunca había sentido que algo fuera más allá de mi cuerpo, (la depresión que padecí hace muchos años fue dura, pero mi cuerpo siempre me había sostenido). Sentir por vez primera que mi malestar era físico me asustó mucho. Este es mi límite: mi piel, mis huesos. Sólo adentro de esta carne tengo vida. Pensé en la gente enferma, las cosas crónicas. En lo difícil que es cada día para quienes tienen cosas peores que la mía.

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Después de todo era sólo agua helada, velocidad. Y algunas cosas más.

Pero de repente ya estaba adentro, de hecho ya no sentía tanto frío. Debían haber pasado unos 20 minutos desde que había metido todo el cuerpo hasta el cuello. No había nadie más en el agua y empecé a moverme un poco para calentarme. Pude flotar un buen rato sintiendo cómo mis pulmones querían gritar por la presión veloz del espasmo. Sentí tantas cosas intensas al mismo tiempo que pensé que hasta entonces había aterrizado en España. Lo de antes era un preámbulo a muchas cosas. Todavía no había aceptado que viniera lo que viniera la vida llega al cuerpo como una chispa incontrolable y se reproduce, y continúa y continúa en un movimiento casi perpetuo.

Aceptar las cosas es importante. Es quizá imprescindible, para avanzar. Los paisajes paradisíacos me parecían eternos y al tiempo efímeros, con los días contados: los arrecifes tienen ya, una fecha de caducidad. Como muchas especies y ecosistemas. La felicidad que navega encima de las cosas que consumimos también se acaba. No lo miramos. Vivimos una catástrofe que se niega a aceptar su condición colectiva. Y sin embargo la belleza persiste, y cobra nuevas formas ante nuestros ojos.

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Tomamos el barco de regreso una mañana soleada. Recuerdo un beso en el muelle. Las almejas abrazadas a los barrotes sumergidos en el mar. La palabra “cristalino” en mi cabeza, saberme en la “tierra” luego del susto del vuelo largo. El equipaje con menos víveres, muchas fotografías en mi cabeza. Una casa de campaña donde el amor no cabía de tan grande. A la vuelta, en el barco tomamos el sol en la cubierta. Yo pensé en la novela, y en lo difícil que es escribir en el vaivén de las olas, que aunque era incómodo, tuve que escribir cosas así, en las cubiertas vacías nocturnas solitarias y las llenas de esperanza matutinas.

Desde ese día en la superficie helada empecé a pensar que una vez abrazada a mi propio cuerpo ya todo sería mucho más sencillo, a pesar de todo. Además me acompañaba Z, en cada momento. Nos esperaba entonces otro largo viaje, a una orografía distinta, menos marítima pero líquida todavía, en otro campamento en la ribera del río Sil. De nuevo había que tomar el coche, el equipaje, las fantasías, los mitos. Y los ojos agudos listos para verlas.

Bienvenido Papa, te esperamos con las venas abiertas

12654205_1109321139098117_1383600501490885638_nEn estos días, toda la ciudad parece vestirse de pueblo feligrés. Llego a casa de mi madre y en el radio sólo se habla de eso. Apagamos molestas el aparato. No se habla de fe si viene el Papa, seamos honestos. Ella y yo hablamos del despliegue de recursos por su visita. Indigna mucho.

Conforme se acerca su aterrizaje la logística se intensifica. Cerrarán un montón de avenidas. El metro, el metrobus, las bicis. Cerrarán calles.

Afuera del trabajo han estado arreglando las banquetas frenéticamente. Muchos lugares que serán parte de sus trayectos están siendo “mejorados”. Colonias que antes no contaban con asfalto de calidad, pinta de banquetas, arreglo de jardineras. México recibirá al Papa con limpieza y belleza, y muchos creyentes que con sus celulares harán una linea de foquitos que le dirá “hola”.

Entiendo eso un poco. Ese furor alegre. Cuando Juan Pablo II vino a México en el 99 asistimos a verle en una banqueta de Churubusco. Esperamos horas. Pasó por segundos, y una tía lloró de emoción. Los medios lo meten a uno, -o uno deja que lo metan- en un furor de masas extraño. Parece maravilloso que venga. Se va, y la vida sigue igual.

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Los gitanos: Última parte de El Caribe

Llevaba muchos meses viviendo en la Riviera Maya. Ya había pasado de la ilusión de vivir junto al mar turquesa y empezaba a entender sobre los negocios sucios que cubren toda la costa de la península de Yucatán. Había delitos menores, mayores, y delitos políticos. Y no solamente mexicanos, los crímenes internacionales también iban de visita.

Para ese momento la humedad de la playa ya era cosa común. Me gustaba la sensación pegajosa de la piel, y la arena en los zapatos todo el tiempo. Tenía una rutina sencilla llena de pequeños placeres como despertar con el sol y hacerme el café express en la maquinita de la casa. Hojear mis libros, y mirar el mar turquesa largo rato antes de irme a trabajar. Me había acostumbrado a los huéspedes franceses y a hacer ejercicio en la piscina del gigantesco hotel español donde pasaba todo el día. Poco a poco me sentía en casa, aunque no me gustaba del todo. A veces por las noches había fiestas en la casa donde vivía, una villa frente al mar, que compartía con seis de mis compañeros, franceses casi todos inmigrantes, provenientes del norte de África. Trabajadores con ardua disciplina tratando de huir de la banlieue.

 

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17 de marzo, 2009

Akumal

¿No debería salir de mi cuarto e ir afuera con los otros? Debería encontrarle sentido a las reuniones de otros países, pero llevo tantas mezclas de lenguas en la mente que ya todos los humanos me parecen los mismos, ingleses, franceses, criollos… españoles. Todos nos vamos a morir, todos sentimos amor, no hay nada nuevo. 

Lo que hago todos los días tiene dos filos. Uno es vacío y sonriente, el otro es pleno y humano.

Mi mundo interior hierve y se pronuncia a sí mismo, el dolor  físico de hace días me hizo quedarme en cama y no pintar. La menstruación es mi pequeña muerte.  Pinté hoy un paisaje marítimo, muy simple, y ahora mismo se me ocurre pintar dos aves. 

Son dos pájaros que viajan juntas.

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Mi trabajo era sencillo. Despertaba a las 6:00 para ver el amanecer, siempre lo hago cuando puedo, esté donde esté. Esperaba un largo rato a solas en la cocina, mirando el mar. Tenía pocos momentos de soledad y los cuidaba mucho. Luego iba caminando descalza, sobre la arena hasta el hotel. Eran sólo diez minutos, hasta llegar al restaurante buffet. Hola aire acondicionado. Ahí llegaba el resto del equipo de animación. Se saludaban, Bonjour, Salut les filles, al principio todo era cordialidad, luego de unas semanas fui entendiendo, en ese micro mundo, micro paraíso caribeño, que había un montón de intrigas entre el equipo.

Yo desayunaba fruta y café, y picaba algo de la larguísima mesa de comida. Siempre tocaban la misma música todas las mañanas: un refrito barato de alguna canción vernácula mexicana en versión digerible al turista. Todo era eso. La caricaturización de mi cultura. Los turistas que recibíamos tocaban poco del México real.  Yo tocaba poco de su realidad. Algunos habían ahorrado años para pasar dos semanas en ese hotel. Otros eran ricos, franceses con vidas acomodadas, vacaciones cada año en Marruecos, en Grecia, en Hawaii. Daba lo mismo. Otros eran jubilados (mis preferidos), otros, jóvenes que buscaban beber y maldecir tanto como la boca se los permitiera. Hacia toda esa fauna nos dirigíamos al salir del pétit déjeuner, tres chicas, dos chicos, y yo, cada día.

Nos esperaba la tienda de animación junto a la playa y la piscina. Yo ponía música tranquila y hacía estiramientos con los más mayores del hotel, los ancianos, como yo, gustaban de madrugar. Más tarde venían las oleadas de turistas crudos, pocos canadienses, casi todos europeos. Conforme avanzaba el día la profundidad de las conversaciones se iba desvaneciendo. Aumentaban las visitas al bar. Yo me desesperaba y apresuraba todo para irme a casa a descansar. Muchas veces caminaba en la playa toda la costa de Akumal, una buena parte, con los audífonos puestos, soñando con volver a bailar e irme lejos, de nuevo. Era demasiado superficial todo. Los riesgos de ser golpeada por el ex jefe de animación como represalia a mis denuncias se habían esfumado, no había nadie muy interesante, nadie para hacer amigos, nadie para ligar. Me aburría.

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mayo 12, 2009

Akumal


No veo el momento de irme y encontrar una casa, otras calles, mis libros. No sé exactamente a qué vine. A lavarme el cerebro del asfalto, a demostrarme algo, renovarme, conocer gente.

Me siento cansada de todo lo que ha pasado aquí. Los magnates y los yates, los niños, la familia del avión.. la selva llorando su sangre que se chupan los hoteles, el trabajo explotador, estoy cansada de los problemas empresariales, las rentas. También este paraíso tenía su pequeño trozo de jardín muerto. La tierra que se asfixia y me mira con sus ojos de mar azul turquesa me pregunta cosas. ¿A qué viniste?

Quiero dormir mucho tiempo, despertar y pintar, escribir, entregarme al mundo interno inteligente, alejado de tanta superficialidad de playa. Quiero una conversación interesante. Cuando empecé a escribir esto quería decir que cuando escribo la voz que pronuncio en mi mente es una mezcla del acento de mi padre, la voz de una mujer mayor que yo que no sé quien es, y yo cuando era niña.

Quizá también vine aquí para estar conmigo misma y conocerme. Me voy. No sé cómo me siento exactamente.

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2233_49109368057_330_nTenía que hallar sentido en lo cotidiano. Ponía mucha atención a las anécdotas que me contaban mis compañeras. Una de ellas era hija de rumanos, adoptada en Francia por una mujer soltera por quien no podía dejar de tener resentimientos de hija adoptiva. Otra era kabilie, descendiente de una tribu berber, de Argelia. A veces hablaba en árabe con los huéspedes de origen árabe que llegaban. Era musulmana, pero no practicaba más, y era mi compañera de cuarto. Me estresaba mucho su carácter y con el tiempo empecé a rehuir de ella. La otra, Sandra, la hija de rumanos, era muy reservada y ultra deportista. Su cuerpo era perfecto, moreno y terso. Me gustaba su compañía porque ella era la única excepción lejos del deseo irrefrenable de shopping del resto de las chicas, lejos de los deseos de coger, beber y quitarle dinero a los huéspedes. Hablaba además de francés, inglés y una especie de dialecto gitano.

Lo supe porque cuando llegaron los gitanos, era ella quien hablaba con ellos.

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Cada semana llegaba un nuevo grupo de turistas. Había que recibirlos en el lobby con caras felices y hacerles “sentir acogidos”. Todos podíamos establecer contacto con cualquiera de los huéspedes siempre y siempre había vínculos amigables que establecer. A diferencia de la parte mexicana del hotel, en esta región francesa no había acoso sexual de los huéspedes hacia las animadoras. No había rastro de prostitución, ni tráfico de drogas. A lo más que llegaban los viejos franceses era a dejarme propinas de 100 euros, y notas con sus correos, que nunca respondí.

Diego y Ordán llegaron una de las últimas noches de viernes en que recibíamos huéspedes. Era un grupo pequeño, que había hecho un largo tour por el norte de África y ahora terminaba su viaje en México. Se quedarían dos semanas. Venían dos parejas más en ese tour, las dos francesas, de luna de miel. Ellos dos eran hermanos y no hablaban con nadie más que con el gerente y con Sandra, mi compañera de 25 años. Eran como una escena de película todo el tiempo.

Los dos eran altos, como de unos 40 años o más. Se parecían un poco, aunque uno, Diego, era más robusto que Ordán. Eran guapos, con las cejas pobladas y caras tristes, pero ninguna de mis compañeras se les acercaba a platicar ni siquiera en plan de trabajo, conversando o jugando scrabble. Mis compañeros intercambiaban breves frases muy de vez en cuando. Mi compañera de cuarto de Algeria, rehuía de ellos. Me di cuenta pocos días después de la llegada, que eran un par especial. No eran sólo dos huéspedes más y ya. Se traían un misterio todos, y yo no sabía si quería saberlo. Planeaba irme, y así lo hice, pocas semanas luego.

1660_41471538057_919_nYa no me sentía en un grupo de franceses. Todos, casi todos eran musulmanes o descendientes de inmigrantes en Francia. Hijos de familias que habían cruzado la frontera y habían labrado su vida de clase media baja a punta de trabajos arduos. Conseguir cotizar para las hipotecas de vivienda era un enorme logro. Sus salarios eran cosa de festejarse todo el tiempo, de cierta manera intentaban integrarse a la cultura de Francia aunque conservaban muchos gestos propios de sus orígenes. Entre ellos, una especie de sensibilidad hacia los negocios turbios. No digo que hayan cometido, ninguno de ellos algún tipo de delito, fraude ni robo. Eran extremadamente cuidadosos para no perder las seguridades que habían ido consiguiendo.

Pero cuando se los veía hablando en voz baja, jugando de maneras increíblemente ágiles a las cartas y bebiendo por las noches, una se imaginaba muchas cosas. Mis compañeras, con claros rasgos de medio oriente, y una energía extraña, con voces fuertes y tonos de constante reclamo hacia muchas cosas, me hacían sentir en otro lugar. Ya no en el Caribe mexicano. Era otra cosa. Una especie de pequeña colonia extranjera llena de complicidades e historias en común. Todos habían compartido entre ellos, diversas estancias en otros clubes exclusivos en el mundo. En Túnez, por ejemplo, estuvo todo ese mismo equipo una temporada, y en esa ocasión, supe más tarde, habían conocido a Diego y a Ordán.

Una mañana estaba poniendo música en la consola de la piscina principal. Hojeaba una revista de modas, y tomaba café. Entonces se acercó uno de los hermanos, y me preguntó mi nombre. Todos me llamaban “Isá”, con acento en la A. Me llamo Isa, le dije en francés. Se me quedó viendo sin ningún tipo de gesto, y se fue. Buenos días, dijo, y se fue a sentar en un camastro.

Luego vino Sandra a advertirme que tuviera cuidado, eran gitanos. Son tramposos. Mienten mucho. Los mismos padres de Sandra la habían vendido a una familia francesa que pensaba explotarla, hasta que su madre adoptiva la salvó de una posible red de explotación. Más redes de explotación, pensaba yo. Las hay en todas partes. Se asoman por entre los dientes y las cadenas de oro de los turistas. No me irán a llevar a ser explotada en uno de esos países, raros, ¿no? le pregunté a Sandra, y ella dijo que no. Que eran otras cosas, pero no me dijo cuáles.

Otro día por la noche, en el salón de juegos del club, el otro hermano se me acercó. Fue muy honesto, según él, y muy abierto.

-Mira, estamos aquí luego de la muerte de la prometida de Ordán. Está triste y quiero alegrarlo. A veces en Francia encontramos a chicas en hoteles, como tú, y les pagamos 2,000 euros por un mes de compañía. Les regalamos joyas, les damos regalos, y nos vamos y quedamos para siempre como amigos. ¿Qué dices? ¿aceptas?

Creo que no dije nada. Tenía en mente principalmente la muerte de la prometida de su hermano. ¿Cómo se murió? El tipo me ofrecía prostituirme. Yo tenía 24 años y era sumamente cautelosa con esas cosas, sobre todo después de vivir lo que viví en el equipo mexicano. Le dije que no estaba interesada y que muchas gracias, y traté de sonreír, pero me ganó el miedo y me fui más temprano a casa alegando que me sentía mal.

Caminé sola por el tramo que conectaba la casa con el hotel. Estaba todo muy oscuro porque no había luna. Eran casi 200 metros los que caminaba sobre la arena, era eso o avanzar por en medio del hotel, unos cinco kilómetros de selva con caminos para cochecito de golf que a las 10 de la noche ya estaban vacíos. Sólo se oía el estruendo de las olas.

De repente vi a Diego avanzando en la misma dirección que yo, iluminado por la luz del porche de alguna casa. Tenía una camisa de lino abierta que mostraba todas sus cadenas. Por eso le reconocí. Sentí miedo. Seguí caminando y me acerqué al mar alejándome de la zona iluminada. Pisé el sargazo, lo perdí de vista y llegué a casa a meterme en la cama cerrando todas las puertas con seguros.

Al otro día le conté a Sandra lo que había pasado, y ella me dijo que me fuera de días de descanso. Todo el equipo conocía al par de hermanos. Viajaban medio año por el mundo. Tenían dinero, cosa extraña en su grupo étnico. Todos habían conocido a la prometida de Ordán, en Túnez. Y se habían hecho amigos. Se enteraron de su muerte por facebook y pensaban, por cómo veían que era maltratada, que su novio le habría hecho algo.

Todo esto podría parecer una conspiración. En la historia no sucede mucho. Tengo flashazos de miedo y del misterio que era ver a estos dos hombres silenciosos deambulando por el hotel. Sandra me dijo que no los mencionara más, que la vida de los migrantes es así. No querían meterse en problemas. Era mucho lo que tenían para perder. Y quizá no valdría mucho la pena recordar la historia, dos o tres semanas después me fui de la Riviera Maya llena de cansancio. Buscaba un paraíso superficial donde descansar del tedio de una vida de lecturas, escritura, y densidad interna. Y me había topado con una paz falsa. Llena de negocios turbios, de manglares muertos. De abusos laborales. Realidades dolorosas de jóvenes que buscándose la vida se convierten en cosas que no se imaginaban.

Cada fin de semana, en mi día libre, iba a la ciudad a hacer las compras y a despejarme en alguna heladería donde podía sentarme a escribir. La última vez que lo hice me quedé llena de asco y miedo, y un poco de tristeza. Quería hacer las maletas y correr.

Vi a los dos hermanos bajando unas maletas de un taxi, y a dos chicas mexicanas, muy hermosas, acompañándolos. Entraban a un hotel lujoso y pequeño de la costa. Una de ellas había estado en el equipo mexicano. Yo sabía que ella quería estudiar turismo y viajar. No supe más de ella.

He cambiado los nombres de la historia. La recordé estos días, que leí que en medio de la crisis migratoria en Europa, los más afectados son los niños y niñas y jóvenes que caen en redes de prostitución.  Y esto es Europa, esto es la Riviera Maya.

Ya no hay paraísos a dónde poder huir.

 

 

 

Canícula

El momento más cálido del año. “Se esperan horas de juerga y hastío”. Dice el periódico del domingo que lees un lunes. Se pondrá peor. No sabes lo que se espera, -te digo con ojos de advertencia mientras le doy vueltas al azúcar que se deshace adentro de mi café.

No sabes lo tremendo que será el pequeño infierno. Me miras del otro lado de la pantalla con ojos de extrañeza. La canícula se instala en tu cabeza, te pone unas medias grises en los pies que no quieres tener puestas. Me quedé pensando mientras te advertía en porqué los periódicos siguen reportando noticias que no ocurren aún. La canícula se instala en tu cabeza. Y las noticias son síntoma de lo que ocurre, que ya todos sabemos, pero que no decimos.

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