El murmullo (life after Facebook)

Dejé esa isla hace unos días.  Fui un gusano de Facebook. Creé, junto con muchas personas, muchos proyectos. Subí miles de mis fotografías. Me compartí. Me auto edité. Me sobre expuse. Una mañana, a medio mensaje que después borré, sentí que mi vida ya no me pertenecía si la publicaba.

Mi caso claro, era un caso de sobre exposición y protagonismo. Desarrollé en mi vientre, movida por mi deseo de cambiar el mundo, y trabajar en medios de comunicación, una especie de monstruo que se alimentaba de noticias. Saber parecía poder.

Un mensaje de hambre, un mensaje de saludo, memes, noticias alarmantes, una detrás de otra, información alarmante inconexa, información alarmante concatenante. Unas veinte noticias de todo el mundo cada mañana que prometían ayudarme a comprender mi entorno, ese que quería transformar.

Creemos que leemos la realidad. Y podemos decir cosas como: tengo un mapa de México, dibujado según el tipo de público al que nos dirigimos y que retroalimenta nuestra línea de información. Pero la información, al riqueza, la cultura, corre siempre por los mismos circuitos. Nos pensamos plurales, creemos que un mensaje llegará a cualquier lector. Pero una estudiante leerá ciertas cosas, un académico otras, una madre otras. Cada uno compartirá a su vez la información que considere valiosa para su público. Hacemos ediciones de lo que comunicamos todo el tiempo. Nos autoeditamos. Apretamos las arterias por las que pasa nuestra comprensión del universo, de una mente a otra.

En las redes sociales nos diseñamos una imagen frente al mundo, si en la vida real esto sucede de forma más sutil y con matices, en el mundo virtual la conciencia del público que nos recibe es mayor. Sabemos el impacto que causará en nuestros lectores, cada pequeña cosa que decimos. ¿Lo sabemos? Sabemos del impacto en términos pequeños, pero, en términos generales, no sé. Creo que “los ellos” saben más de nosotros.

Un día las voces se callaron. El mundo y su murmullo. El murmullo interno que nos conforma. El ruido.

El ruido que nos nombra.

Somos esas voces que no cesan, las voces de otros han habitado nuestra mente desde que aprendimos el lenguaje y  aprendimos a construirnos a partir de él. Las voces de otros siempre han estado ahí, aunque tengamos memoria selectiva y aspiraciones. Pero nunca antes habían estado tanto, adentro de nosotros, casi adentro de nuestras venas, como hoy.

Me levanto una mañana, hago café, pienso, con la imagen en la mente de la pantalla de recepción de mensaje para ser publicado de facebook: inserte aquí cualquier frase para compartir lo importante que es para mi el café de la mañana. Busco ser leída.

Sí, siempre lo quise, pero no así. No era así. No era eso lo que quería decir, -me recuerdo a mi misma mientras me sirvo el café.

La experiencia ahora se compone de, además de las sensaciones, la cociencia de las aparentes posibilidades que se abren ante mi si comunico esto que pienso o hago. ¿Qué sentido tiene? Conseguir algunos likes. Para existir ahí. Pero ¿para qué?. Para que cuando me busquen y visiten mi perfil como yo hago con otros, confirmen que existo. Así como yo pienso que si extraño a alguien y miro su perfil, la pantalla en mis pupilas es una parte de esa persona. Les recuerdo que mi caso con Facebook es severo. Era fulminante. Un Facebook fulminante, enceguecedor. Yo no dosifico.

La confirmaciòn de lo que soy a partir de lo que comparto.

Cuando alguien entre a mi muro verá esto. Pensará aquello. Y esto quiero que vea y esto quiero que piense. No sé si es mentira, si nos autoeditamos realmente todo el tiempo. Es obvio porque aprendemos rápido los lenguajes que usamos cuando esculpimos algo virtualmente, y detrás de ellos las voluntades, también aprendemos a leerlas.

Quejas, hábitos cotidianos, ideas, opiniones, fotos de comida, información que no quería tener. Dejo el móvil, hago otras cosas pero el ruido y las imágenes siguen ahí, mezclándose. Pero sigo ahí, aunque me sienta borracha de voces tan ajenas o tan cercanas, llenándome la cabeza de cosas que parecen relevantes, valiosas, conocer las noticias, conocer lo que pasa. Eso nos “empodera”, o nos hace sentir simplemente más inútiles, avasallados por la cantidad de problemas que tendríamos que estar resolviendo.

Parece que será útil saber cada cosa que ocurre en cada rincón del mundo. Pero son tantas cosas que cuesta hacernos responsables por cada una de esas cosas, o considerarlo nos hacer tener la ilusión, la sensación ilusoria, de que podemos siempre hacer algo al respecto, cuando, en algunas cosas es así, pero en la mayoría no. Elegir un frente, elegir un frente, espera, son muchos. Elegir una trinchera. Brecha. Decide entre miles. Esta época que nos tocó vivir, la elección posible: la libertad. Qué cansada me siento.

Cierta información viaja siempre por los mismos circuitos, quiero ser reticente en esto. Se mantiene casi siempre en ellos porque el motor de su trayecto es el interés, la viralidad está movida por esa tripa que se aprieta y grita que quiere apretar también a otras tripas. Hasta que parece que se ha detenido, cuando el interés deja de encontrar eco, la información deja de viajar. En qué se convierte. ¿En qué se convierte tanta información?

La red es un enjambre de voces, es locura, es falta de paz. Nuestros pensamientos vuelan en el aire, nos rodea esa nube de inquietud. De hastío.

HASTIO

La soledad era esto, es algo parecido a no tener con quién hablar, o sentirse acompañados. O tener la certeza de que si lanzamos una cuerda el otro la va a recoger. Saber que eso pasará, pasará irremediablemente. Voy a facebook porque me dijeron que mis amigos vivían ahí. Me dije. No sé si soy la única que lo creyó.

No todas las noches que siento desasosiego y necesito hablar con alguien, hay respuesta del otro lado del teclado. Pienso en I, pienso en M, pienso en V que hace tanto que parece que ya no existe. Visitar sus muros me deja llena de sus ausencias. Nostalgia por los intercambios que no están ocurriendo. 600 amigos de facebook. Nostalgia por los 600 intercambios que no están ocurriendo. Pensamos que fb era estar mejor conectados, pero no se siente así.

Los grupos se hicieron demasiado grandes. Antes de 100 amigos, podía estar segura de que mis compañeros de escuela me verían, mis mejores amigos. Después de los 500 es muy difícil estar en todos sus muros. Parece que tenemos que pelear por atención, vemos cuántos likes tuvo la foto de alguien, pensamos en por qué a esa persona le ponen esa cantidad de likes, consideramos subir el mismo tipo de información. Leemos el mundo. Leemos el mundo virtual. Leemos el hipertexto que nos rodea hoy todo el tiempo. Pero no podemos hacer síntesis fácilmente, con una información que cambia como las olas, como un torbellino que no podemos nombrar porque está cambiando todo el tiempo, y apenas lo entendemos un poco y ya se ha vuelto otra cosa que no sabemos si podremos descifrar. Porque interpretar cansa.

Cansa mucho pensarlo todo.

Cuestionarlo todo, cuestionarme todo. Me hago miles de preguntas todo el tiempo y tengo una conversación constante en mi cabeza que si no escribo siento que se me pierde y me hace sentir loca porque no tengo idea de por qué estoy pensando en ciertas acciones desencadenadas por otras acciones, rodeadas de tantas circunstancias que ameritan tantas reflexiones.

El dolor de no poder tener un marco del mundo. Un framing, como el de la noticias, para toda la realidad. Qué tristeza la incapacidad para nombrar. Verme despojada del poder del signo. Aprehender el mundo. Dejar de proponer a partir del diálogo, no sé por qué, pero la sensación de no comprender el mapa me hace llorar en silencio. No puedo más: no puedo más.

Cosas de narradores. Si todo un día fuera una noticia, ¿Cómo la titularíamos? ¿Desde qué punto leer el periódico global que se me presenta? ¿Quién soy? Antes he sido muchas cosas, muchas veces movida por una especie de respuesta a la realidad que se me presentaba. Problemas ambientales, sociales, silencios, hay que hacer, salir, nombrar, organizar. Pero cuando el mundo deja de tener una sola propuesta, y yo sé que puedo responder a ella, me paraliza saber que podría tomar mil caminos distintos. Que todos son válidos, y urgentes pero no todos son tolerables, que hay tanto por hacer y… esto lo digo miles de veces en un día.

Los perfiles que se miran en facebook en forma de burbujas dan una sensación contradictoria, por un lado, representan estar contenidos por una persona, pero por el otro son un constante recordatorio de que alguna interacción debería ocurrir. Cuando esta no ocurre, se da una sensación de vacío. Por lo tanto, si se tienen 1000 contactos, y no se interactúa con todos, se tiene conciencia de que hay 1000 vacíos, 100 vínculos-
des-vínculos. 1000 ausencias, en comparación con nociones mucho más abstractas de ausencias o de compañías. Antes de saber la cantidad parecen más tolerables.

En el mundo virtual vivimos vidas imaginarias, proyectamos deseos, magnificamos las cosas buenas. Nos atiborramos de las malas. El premio por mostrar un trozo de información propia es un “Me gusta”, y ¿cuántas cosas que podrían ir más allá no se quedan en eso?

Dejar Facebook se siente como dejar una isla llena de multitudes y murmullos. Perder diálgos. Perder lo que esos diálogos hacen de nosotros. Conservar aquellos que me compañaron cerca de nueve años. ¿Cuántas partes de mi son lo que soy gracias a esas conexiones? Life before facebook.

Life after Facebook.  Dejar la isla de los murmullos causa un poco de nostalgia. Ya no tengo esa página a la que iba “scrollear” cuando encontraba un obstáculo en mi camino de escritura. Ahora me tengo a mi misma. De cierta forma.

Siento alivio, apagar las voces que anunciaban y atestiguaban la locura del mundo es un alivio. Elegir las imágenes que yo meto en mi cabeza. Ver lo que mis sentidos alcanzan a percibir de los otros con mi cuerpo, extrañar realmente a alguien. Hacer un esfuerzo por llamar, viajar, visitar. No todo es malo en la red, sin embargo. Me permitió aprender cosas, trabajar, conocer personas. Pero volverme la persona que ignora al interlocutor, que se pierde bajando una pantalla, que huye del mundo mientras la cara se ilumina con la luz de un teléfono, la persona detrás del mensaje corto, del “sticker”, el emoticon, detrás del “Me gusta”, o de abandonar conversaciones a la mitad, sin despedirme, sin que haya esctructura en cómo se conversa. Ser quien no pregunta nunca hacia el otro lado, y tú, ¿cómo estás?

No quiero ser más eso.

Dejar FB tiene que ver con varios escándalos de uso de datos, con alguna postura política, pero tiene que ver con decepción de ver en quién me he convertido en la red. De descubrir que las personas que una piensa que son aliadas son más bien organismos neutrales que se moverán hacia donde convenga la balanza, aburrimiento.

Con esa isla de murmullos se quedan muchos proyectos, contactos, conexiones. Allí dejo una parte de mi vida. Pero no significa que deje de escribir, ni de crear, buscar otras plataformas. Aunque sólo sea un fanzine de 20 copias. Aunque pierda esa multiplicidad y la posibilidad del “sharing” exponencial. Al final, después del facebook, he empezado a valorar las cosas que ya no caben ahí. Lo inextricable. Lo que es complejo.

Aunque el mensaje sea menos difundido. Aunque las acciones tengan menor impacto, y se pierdan algunos en la memoria. Alguien igual va a leer lo que lance adentro de la botella. Aunque sólo sea uno. Aunque seamos dos, tres, cinco.

Otras cosas ocurren más allá del ruido.

 

 

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Una escuela de periodismo

Parte II

Leer parte I aquí

Escribo esto para explicar eventos relacionados con las recientes declaraciones públicas de varias alumnas ex colaboradoras de la Escuela de Periodismo Auténtico esta semana. Antes que nada, quiero expresar mi entera solidaridad y respaldo a cada una de quienes han tenido el valor de contar sus experiencias como sujetas de abuso laboral acoso laboral, acoso sexual y manipulación emocional. Yo me considero personalmente sujeta de esto. Repruebo rotundamente las agresiones sistemáticas que el director de la School of Authentic Journalism ha perpetrado en contra de alumnas y colaboradoras. No justifico en lo absoluto ninguna de ellas, y quiero dejar en claro que no culpabilizo (aunque sí cuestiono) ni critico la postura de aquellas mujeres que aún profesan apoyo por Al Giordano, ya que las considero víctimas como yo y como decenas de mujeres cercanas a él.

***

Lunes 19 de febrero, mientras reviso sin mucha atención el facebook en mi teléfono móvil encuentro una frase que llama mi atención: “I stand behind all the women (and there are many) who continue to create important work after being expelled from this group …” que enmarca una publicación que dice “The School of Authentic Journalism (part of Narco News) just began its fundraising drive for this year. I attended the School in 2014. I wouldn’t have anything against the School if I stopped hearing stories about Al and Greg mistreating women. But unfortunately there is a deep, deep well of those stories.

Trad.:”Respaldo a todas las mujeres (y hay muchas) que continúan creando importante trabajo después de ser explusadas de este grupo…” “La Escuela de Periodismo Auténtico (parte de Narco News) comenzó recientemente su campaña de fondeo para este año. Asistí a la escuela en 2014. No tendría nada en contra de ella si dejara de escuchar historias sobre el maltrato de Al y Greg hacia las mujeres. Pero desafortunadamente hay un profundo trasfondo de esas historias.”

Cuando leí esto vino a mi mente y a mi cuerpo una experiencia que había tratado de olvidar desde hace muchos años. Cuando una noche de febrero salí de la oficina de Narco News, también casa de Al, escapando con el miedo de alguien que hubiera hecho algo mal. Con horror de ser vista y de recibir reclamos, sintiendo que traicionaba algo sagrado y que mi decisión de salir me llevaría a ser criticada, exiliada, calumniada, y sobre todo silenciada.

Me temblaban las manos cuando este lunes del 2018, en una mañana en casa ya en una vida totalmente distinta a mi vida de hace cinco años, escribí un pequeño mensaje en la publicación de denuncia. Quería respaldar lo que estaban diciendo. Dar un testimonio que pensaba que nunca iba a poder dar, y sobre todo, quería hacer que estas mujeres, que empezaban a ser muchas conforme avanzaba la mañana, no sintieran la soledad y el descrédito que yo sentí cuando dejé de ser la asistente de Al Giordano.

En la historia anterior cuento cómo llegué a la oficina de Narco News, llena de ilusiones.

Agitada por la experiencia reciente de la Escuela de Periodismo. Curiosa por la personalidad del director.

Pero era demasiado ingenua. La noche previa a que empezara a trabajar en NN Al Giordano me dijo por mensaje de facebook que estaba enamorado de mi. Me extrañó, porque el único vínculo que teníamos era haber hablado un par de veces durante y después de la escuela. Yo nunca pensé que hubiera dado alguna señal de pudiera interpretarse como apertura a un movimiento romántico por parte de Al. Me parecía mi padre, en términos de edad, y durante la SAJ a la que asistí tuve un encuentro fugaz con un compañero, lo cual fue algo obvio y abierto, sin misterios ni secretos de por medio, y pensé que sería suficiente señal de que durante la SAJ no había interés alguno en Al de mi parte.

Mientras Al me enviaba mensajes diciendo que se había enamorado de mi carácter y mi forma de mirar un insecto, yo enviaba estos mensajes a una compañera de NY, a quien Al estaba diciendo exactamente las mismas cosas, al mismo tiempo. Primero las dos reímos, dijimos lo bochornoso que era la situación, pero las dos nos sentimos profundamente decepcionadas. ¿Al estaba aprovechando su posición y la admiración que le teníamos para seducirnos? Parecía repugnante. Mi amiga y yo hablamos largamente al respecto, y yo decidí no participar en NN después de esos mensajes.

A la mañana siguiente Al me dijo que se retractaba de lo dicho. Que estaba muy ebrio y que estaba muy solo. Que yo no debía tomar en serio nada de lo que me dijera nunca después de las 6 de la tarde. Y después de considerarlo, hoy sé que tontamente, decidí pasar por alto el intento de seducción y  trabajar para Al como su asistente.

El acuerdo fue que yo empezaría a reunir las cartas de recomendación y de reseña de la SAJ 2012. Mi experiencia hasta entonces era escribir y administrar. Para ello Al me dijo que debía ir a su casa de 10 de la mañana a 6 de la tarde. Me había dado llaves de su departamento porque parte del “trabajo” era asegurarme de hacer que despertara a las 10:00 am. Él no era una “morning person“, repetía constantemente. Y se daba a sí mismo la licencia de ser un monstruo “before coffee“.

Así que yo tenía que hacer el café.

Muchas de las cosas que yo hacía en el primer mes eran sólo enviar correos, escribir cartas y subir publicaciones al sitio de NarcoNews. Yo sentía que eran cosas que podía hacer totalmente desde casa, y lo propuse así a Al. Pero para él, la disciplina de ir a la oficina cada día era importante, así que insitió en que siguiera yendo a acompañarlo. -Porque eso era lo que yo hacía, escucharlo hablar, ver cómo se enojaba con su ex, con quien a pesar de haber roto contacto seguía construyendo odio y una pared hecha de obstáculos. Pedía a sus amigos que no publicaran el trabajo de su ex novia. Enviaba mensajes de enojo al grupo recientemente expulsado de la escuela, revisaba constantemente las redes sociales de alumnxs, ex alumnxs, hablábamos de lo que había ocurrido en la SAJ, y básicamente se desahogaba.

Cuando entré en abril del 2012 Al dijo que empezaría con tareas básicas pero que la responsabilidad y complejidad irían aumentando. Después de la SAJ, éramos una comunidad de casi 30 personas, con mucho talento y posibilidades, y Al recibía materiales de los ex alumnos para ser publicados en el portal. Yo pensaba que esto era lo más apropiado, y propicio. No conocía la regularidad de publicaciones del sitio, y a decir verdad me sorpredió ver que la mayoría de las publicaciones eran historias sólo de Bill Conroy y de Al Giordano, más las cartas que pedían dinero de los jóvenes periodistas ex alumnos de SAJ.

Era como si no quisiera que nadie tuviera un lugar o una voz dentro de Narco News, además de él, Bill, o Greg Berger. O quien tuviera su simpatía en turno. Desalentaba intentos por escribir en conjunto (entre ex alumnos de saj) veía mal los grupos de amigos que se formaban gracias a la SAJ pero no lo incluían, hablaba mal entre los alumnos de muchos de ellos para evitar que se hicieran células como él los llamaba. “Grupúsculos” de enemigos, de infiltrados, de saboteadores.

Y todo eso me sonaba sumamente extraño, pero cuando se lo decía, o le pedía que dejara de lado el odio, me decía que la SAJ era su proyecto, que no era una democracia, y que a quien no le gustara o estuviera dispuesto a dañarlo él podía expulsarlo. Solía decir también que la SAJ era lo único que tenía y que quien quisiera podía hacer su propio proyecto con toda libertad. Eso calmaba mis comentarios al respecto.

Además, había visto lo que pasaba con los desobedientes. Los que cuestionaban, (había pasado en el final de la escuela), fueron señalados como tóxicos traidores. Esa fue una lección implícita que se nos grabó a muchos, que aunque seguimos discutiendo el trasfondo de SAJ, ya no lo volvimos a mencionar abiertamente.

En esa época inicial todo transcurría tranquilo, era año electoral, había muchos señalamientos acerca del papel de los medios en la construcción de la imagen familia de Peña Nieto, y el manejo de la imagen del PRI. Estaba ocurriendo justo lo que la SAJ decía sobre los medios vendidos, la complicidad con el poder, y mi lectura entonces era que estábamos en el momento perfecto para actuar de alguna manera, para escribir más e involucrar y colaborar con más personas.

Pero Al era extremadamente celoso del proyecto. Con mucha decepción me di cuenta de que NN casi no reportaba. Su ritmo de publicaciones era extremadamente bajo, según su director: valía la pena escribir sólo las historias más importantes e impactantes. Pero aún en medio del torbellino de información que era el contexto electoral, nada valía la pena para ser reportado. NN tampoco funcionaba como un medio convencional. Mientras yo proponía ideas a Al de extender la escuela en más talleres, de buscar financiamientos a través de campañas de crowfunding (para no depender de la línea editorial del ICNC o de entidades con interes políticos cuestionables), de publicar materiales valiosos de la comunidad de la escuela, él se negaba rotundamente.

En este tiempo Al empezó a decirme que yo era su sucesora, (lo que me sonaba a una frase hecha y una idealización bastante kitsch) y frente a otros le gustaba decir que yo era administradora de NarcoNews, y que era un látigo y una tirana que hacía que las cosas funcionaran. De alguna manera, en una escala muy pequeña yo tenía -o tengo, alguna habilidad de líder, porque organizo cosas, tengo ideas, me lanzo a empresas arriesgadas y sin una carrera profesional que me respalde, me juego todo lo que soy cada vez que inicio o emprendo algo. Y a Al le gustaba alimentar la inseguridad de ser autodidacta, de estar fuera-de, la escuela, un sistema, un grupo de amigos.

Solía decir cosas, sobre todo en las tardes -cuando no se le debía tomar en cuenta- porque bebía demasiado después de las 6:00 pm, como que yo iba a cambiar el mundo. Que yo tenía algo especial y le daba orden a su vida. Me enviaba videos cursis, canciones y me daba el trato que se le da a una amiga. Me contaba sus hazañas de seducción, sus intentos por conocer mujeres, me presentaba a sus conquistas. Y algunas veces se presentaba como un hombre que se reconocía roto. Confesaba que tenía que establecer contratos laborales o de colaboración para mantener vínculos con mujeres. Decías cosas indecibles de todas esas mujeres con las que compartía el proyecto de la escuela y reconocía que sólo las toleraba si eran bonitas.

Ahora sé que me sobraron motivos para alejarme de ahí lo más rápido posible. Aún no entiendo por qué no lo hice antes. Narco News hizo poco en los meses que sucedieron a la SAJ y precedieron a las elecciones. Yo quería escribir, reportar, aprender. Pero hasta un incidente que Peña Nieto tuvo en una universidad privada en la Ciudad de México (que detonó muchas cosas), la labor fue torpe e insulsa. Sólo publicamos cada semana cartas de ex alumnos, que contaban lo maravillosa que era la escuela y lo importantes que eran las donaciones.

En ese tiempo, ví a Al más interesado en hacer fiestas o reuniones que en publicar y escribir activamente. Parecía contento con que yo estuviera ahí, y decía que cuando organizáramos la Escuela del 2013 habría más trabajo qué hacer. Pero yo me estaba desesperando. Y no disfrutaba tanto las reuniones, porque yo quería aprender y crecer, no sólo ver gente emborrachándose.

Entonces llegó el movimiento Yo soy 132. Múltiples manifestaciones en contra del manejo que los medios hacían de las campañas políticas para las elecciones aparecieron en las calles. Así aparecieron también los intentos de organización del movimiento, algunas células, nodos, redes de comunicación. Las pocas personas que estuvimos cerca de Al en ese entonces, en respuesta a una convocatoria de facebook para crear Grupos operativos, pensamos que sería buena idea crear uno.

Le pusimos Salón de estrategia.

Consistía en crear sesiones cada martes en donde estudiaríamos, discutiríamos, y diseñaríamos acciones dentro de la doctrina de la Noviolencia. Yo usé la capacidad de convocatoria que había desarrollado hasta entonces con otros proyectos colectivos y denfendí la idea. Invité, y ahora lo lamento mucho, a muchos de mis amigas y amigos.

Y lo lamento de esta forma, con lágrimas en mis ojos, porque debí haber previsto lo que Al haría con mis conocidas y amigas. Lo que haría conmigo. Debí haberlo detenido en su momento, diciendo cómo era él, lo peligroso que era tener un vínculo, o estar cerca, sobre todo siendo mujer.

Desde el lunes 19 de febrero del 2018, casi veinte mujeres, o más, (porque muchas han preferido mantener silencio, y quiero que sepan que las entiendo, muy profundamente, y no las juzgo) han hecho público lo que Al Giordano hizo con ellas.

Algunas han dicho que fueron acosadas sexualmente. Otras que fueron abusadas laboralmente, no recibiendo pagos adecuados por colaboraciones. Otras han denunciado que Al las difamó y señaló públicamente cuando lo rechazaron. Fueron algunas, expulsadas de la escuela, o de la comunidad. Manipuladas emocionalmente para no hablar, no cuestionar, nisiquiera mencionar a Al ni a SAJ después de su explusión. Otras han acusado tanto a Al Giordano como a Gregory Berger de acercarse a ellas cuando eran alumnas de la escuela, para seducirlas, engancharlas y hacerlas colaborar gratuitamente con el proyecto.

¿Cuál de estas cosas hizo Al conmigo?

El salón de estrategia se construyó en la sala de estar de casa de Al. Habíamos ahí, estudiantes, profesionistas, periodistas, y un poco de todo. Igual cantidad de hombres que de mujeres. A las sesiones que se organizaban cada martes y a las que convocábamos a través de Facebook, Al añadía un componente emocional muy fuerte. Hablaba de sus experiencias, como si fuera un héroe incomprendido, veterano, que sabía muy bien cómo ser encantador con cada uno de los asistentes. Sobre todo las mujeres. Repetía el discurso de los super poderes de quienes quieren cambiar el mundo.

Desde que llegué a su oficina, lo primero que hizo para comunicarse conmigo fue establecer un código subyacente que explicaba la dinámica de sus proyectos. Éramos la proyección de un universo planteado en los cómics de Marvel. Si no están identificados con esto, diré que los cómics funcionan mediante arquetipos que reproducen roles y establecen dinámicas perfectamente congruentes con perfiles psicológicos reales y que gracias a eso funcionan como alegorías de la vida real. No importa que sean monstruos verdes, u hombres voladores.

Al sabía esto. Extrapolaba los traumas de los personajes y entendía la fuerza que radicaba dentro de cada debilidad. Los héroes se construyen a partir de la transformación de las heridas. La reivindicación de lo vulnerable es un arma poderosa en términos retóricos. Cada uno podrá hacer el análisis que quiera. Pero si le dices a alguien descontento con la realidad que es poderoso, que es incomprendido, y que serás su mentor y su guía, (¿conocen a los Xmen?) es muy probable que su herida sea el mejor sitio desde donde enganches las cuerdas de la manipulación.

Al hacía eso. Con cada uno. A veces incluso preguntaba a todos cuál era su super poder mutante. ¿qué mayor simpatía se puede tener que la comprensión de alguien que valora lo que quizá nadie más percibe como potencial?

Fue una época intensa. Peña Nieto ganó las elecciones. Hubo protestas. Muchas acciones, muchos vínculos creados. En esa ebullición yo inicié una relación con alguien del movimiento, y eso cambió por completo la actitud de Al hacia mí. El día que se lo dije hizo un gran berrinche. Llegué a la oficina, hice el café. Cuando lo probó lo tiró y me gritó. Dijo que yo no hacía nada bien, y gritó más cosas. Se levantó y se fue y me dejó sola ahí. Volvió varias horas después para encontrarme llena de miedo. Dijo que las cosas ya no funcionaban para él y que de ese día en adelante yo tendría que irme a las 2 o antes, porque no estaba siendo útil para el proyecto. Yo me fui y pensé en dejar todo lo que estaba pasando ahí. Pero no lo hice. Pensé que era un tipo herido, y que si todos los demás consideraban esos arranques parte de un carácter “funcional”, quizá no era tan malo. Tampoco tenía muchas opciones de empleo a dónde irme.

Desde entonces pasé de ser lo que Al manejaba ante el Salón de estrategia como la administradora de Narco News, cuya opinión él decía respetar, cuyo liderazgo pensaba que él fortalecía, a ser su asistente personal que resolvía las tareas más estúpidas de la oficina. Hacer el café, sacar copias, enviar cadenas de correos. Y extrañamente, mientras su trato conmigo a solas empeoraba, había empezado a halagarme cada vez más ante nuestra comunidad de colaboradores y conocidos del Salón de estrategia. Ante los asistentes de los talleres yo era la “cabeza” o la “jefa” y Al no dejaba de decir eso para construir la imagen de que yo tenía todo bajo control aunque no fuera cierto.

Para este punto, ya entrado el otoño, nos enfrentábamos a la cercanía de toma de poder de Peña Nieto, y estábamos convencidos de que había que construir estrategias pacíficas. El salón se volvió una especie de círculo de amigos, que continúa en contacto hasta la fecha. Hubo buena cohesión y camaradería. Incluso después de que me fui.

Nuestra labor se limitó a vernos los martes y servir de especie de desahogo. Ir juntos a manifestaciones, poner arte en las calles. Una vez intentamos hacer algo coordinadamente pero falló con resultados muy graciosos. Mientras escribo esto lamento que estos enormes grupos hayan sido tóxicamente tantas veces divididos. Productos de Al, como sus hijos, pero todos abortados, enfermos, o cortados a la mitad. A Al no le gustaba que hubiera nunca nada a sus espaldas. Temía de infiltrados todo el tiempo. Decía que sus enemigos, que hoy sabemos eran muchos, dijeran que era de la CIA y desmantelaran sus esfuerzos por transferir la sabiduría de la resistencia civil no violenta.

En ese otoño también fui a otro estado a dar un taller de Noviolencia. Dimos varios, al menos unos tres, dos en DF uno en Colima. Fueron buenas experiencias aunque no mucho salió de ahí.

También en esa época empecé a tomar cursos de derechos humanos, periodismo, comunicación, y el contraste era enorme con Al Giordano. Afuera, el periodismo iba más allá de discursos sobre su práctica y tenía mayor disciplina. Tenía teoría pero también mucha práctica. Complejidad. Y eso, junto a las visiones de quien entonces era mi pareja me hicieron tomar mucha más distancia cada vez del discurso de Al.

Las críticas externas no se hacían esperar. Tampoco causamos tanto revuelo, pero alguns medios alternativos criticaron al Salón de ser un brazo mexicano de herederos de Gene Sharp y de buscar desestabilizar la protesta. Para mi, éramos un grupo demasiado bebé para aspirar a eso.

Poco antes de la toma de protesta de Peña Nieto como presidente de la República Al empezó a ponerse muy enfermo. Mis tareas seguían siendo básicas, seguían siendo minúsculas, tenía a cargo el Salón de estrategia, tenía que convocarlo y coordinar las sesiones. Y empezamos a planear la siguiente escuela, la del año 2013. Creo que sacamos la convocatoria, y creo que el ICNC volvió a financiarla, o ya no recuerdo cómo se consiguió eso. La rutina se había vuelto más pesada para mi. Vivía sola, trabajaba paseando perros, cuidando a Al, organizando la escuela, y haciendo traducciones, reseñas, y pequeños trabajos que me llegaban.

Al hasta entonces era considerado por mi como un amigo. Y me preocupaba a pesar de que yo sabía lo duro que había sido con otras mujeres. Por ejemplo, me había enterado de lo mal que había tratado a dos de sus ex asistentes. Fue entonces cuando empecé a notar un patrón. Su personalidad. Su relación con las mujeres. Su gancho.

Muchas de las características que Al gustaba de destacar de sí mismo eran aquellas que lo hacían ser como Dr. House. Esta comparación le quita mucha solemnidad a todas estas cosas que se están diciendo esta semana entorno a él, porque es realmente ridículo pero es real. Y puede ser corroborado por muchos.

En el otoño de 2012 Al me envió una mañana a comprarle un bastón. Yo hasta entonces nunca había visto la serie, pero sabía que Al era un admirador ferviente del personaje de Dr. House. Un personaje enfermo, un genio, incapaz de mantener relaciones sanas con mujeres, y con amigos incondicionales que le perdonaban todo. Un tipo con bastón que podía darse el lujo de ser considerado un cabrón. Un hombre mayor solo y enfermo. Obsesionado con su trabajo. Calculador y estratégico.

Cualquiera que piense que Al puede ser apreciado o visto como un genio, y que sus acciones tienen justificación porque pertenecen a un carácter complejo y rico, pueden matizar su visión con esto, y pensar si estamos ante un personaje original, una ficción con licencias en el mundo real o una coincidencia.

Cualquiera en el papel de Wilson, necesita revisar la serie. Por su propio bien.

La enfermedad de Al, que fumaba unos treinta cigarros al día, y que bebía practicamente todas las tardes, se había agudizado cerca del invierno. Sus amigos, que eran unos dos o tres, tenían todos muchas cosas qué hacer. Aunque mi horario se había visto reducido, dándome libertad por las tardes, yo seguía estando al pendiente de muchas de las tareas que Al me dejaba. Tareas que seguían siendo extrañamente estúpidas, algunas que yo consideraba denigrantes, y obsoletas. Desde que había iniciado esa relación parecía que Al necesitaba afirmar su poder sobre mi confirmando mi subordinación todo el tiempo, y dejándome ver cuando estábamos a solas que su simpatía por mi y mis supuestos super poderes se habían terminado.

Cuando esto comenzó a pasar me sentí liberada. Pero entonces se puso en marcha otro programa para mantenerme cerca. Al tuvo una crisis de salud que lo tiró en cama muchas semanas, y ahí empezó lo que fue el abuso laboral de que fui sujeto.

Empezó a pedirme que fuera por su desayuno, que le llevara medicinas, que le consiguiera doctores. En los peores momentos, llegó a pedirme que vaciara una jarra de agua que llenaba de orines porque no podía levantarse. Las labores para organizar la escuela seguían en marcha. Yo seguía paseando perros y escribiendo, y además ayudaba a Al horas extra porque estaba muy mal. Llegué a decirle, con la licencia que concedía considerarse amiga suya, que debía cuidar su salud. Dejar de fumar. Dejar de beber, e ir a terapia. Él respondía mal y decía que no me metiera en su vida.

Continuamente me contaba sobre su relación con sus mentores, y me decía que habría dado la vida por ellos, que les ayudo siempre y que estuvo ahí para limpiar su vómito, sostener su cabeza cuando estaban con sobre dosis, darles de comer y ayudarlos en sus peores momentos. Su idea de la lealtad estaba exageradamente romantizada. Mis días eran extenuantes, debía pagar la renta, y él lo sabía. Llegó a decirme que ese trabajo no era nada corporativo y que todo era más flexible. Los pagos llegaban puntuales, pero el mi última etapa en NN no fueron justos.

Dije a Al, y a sus amigos, varias veces, que necesitaba ayuda, que Al no estaba poniendo de su parte y que lo que requería era una enfermera. Yo veía cuánto gastaba en alcohol y no podía creer que me pagara lo que me pagaba, y que no considerara invertir en su salud. Empezó a decirme que sin mi, la SAJ del 2013 no sería posible, y la convocatoria ya se había publicado, así que las aplicaciones ya habían empezado a llegar.

Las revisábamos, y yo notaba que Al y Greg pedían el perfil de facebook por dos cosas. Para corroborar la legitimidad del contacto; sus conexiones, si tenían algun vinculo con los excluidos, y si eran mujeres, para elegirlas en función de su belleza o de su juventud.

Durante mi estancia en NarcoNews supe que sedujo a personas del círculo que compartíamos, y que las manipulaba haciéndoles creer que estaba enamorado hasta que ellas rompían el vínculo. Fui testigo de su misoginia, y del odio y rencor que tenía por aquellas mujeres que lo rechazaron. Vi cómo amenazó con destruir las carreras de quienes llegaron a cuestionarlo. Y le tuve miedo, junto con pena.

Me sentía atrapada, manipulada, chantajeada, usada. En invierno Al mantenía las ventanas de su casa-oficina cerradas, fumaba todo el tiempo, y no me dejaba respirar. Si yo cuestionaba eso me regañaba, gritaba, y volvía a chantajear. Llegó a amenazar con suicidarse alegando que estaba muy solo, enfermo y miserable.

Me fui una noche, después de haberle pedido que contratara una enfermera. Se negó y se molestó. Yo no podía más y estaba muy disgustada e indignada con todo lo que estaba viendo. Su forma de planear la Escuela era espeluznante. Durante la primera cena de admitidos a la SAJ del 2013, cuando estaban ya muchos en su casa, bebiendo cerveza y comiendo quesos y botanas, dije a Al que debía irme temprano. Tenía frío, temblaba, y estaba muy nerviosa. Recogí mis cosas de la oficina y salí sin despedirme casi de nadie, muy rápido, pensando que hacía algo malo y subiéndome al coche de alguien que había ido a recogerme.

Cuando entré al auto no quería cerrar la puerta ni la ventana. Me sentía sofocada. No podía hablar bien ni llorar, ni respirar tampoco. Tuve un ataque de pánico.

Más tarde lloré. Meses después entendí que estaba siendo abusada laboral y emocionalmente y luego de un tiempo lo superé. La SAJ se desarrolló normalmente con la ayuda de otras personas. No volví a saber de Al Giordano. Sólo supe que dijo más tarde que yo había intentado sabotear la escuela. Que era una traidora, y que nadie debía mantener contacto conmigo.

***

Cuando los testimonios de muchas otras mujeres salieron a la luz esta semana comprendí muchas cosas. El modus operandi de Al Giordano y de su escuela son muy claros:

Bajo la premisa de ayudar a los jóvenes periodistas, la SAJ recauda dinero cada año. Este dinero va a parar a la organización misma de la escuela, (que sólo dura 7 o 10 días) pero sobre todo a los bolsillos de sus organizadores. (De los cuales no todos son pagados justa ni equitativamente, según algunos de ellos)

Al siempre tiene una asistente que llama “directora”, y siempre es mujer porque de esta forma, en un entorno de izquierda, nadie puede decir que no hay liderazgos femeninos.

A estas directoras, como a sus colaboradoras, termina siempre por intentar seducirlas. Cuando no puede, las chantajea, las amenaza y ejerce violencia psicológica. Para él, su posición como director de la SAJ es una perfecta excusa, incuestionable,

Sus conquistas son siempre de mujeres mucho más jóvenes que él.

Al habla mal e inventa cosas sobre mujeres y hombres para separarlos y así evitar que se formen grupos cohesionados donde se ventilen los actos de acoso y manipulación que ejerce.

Después de la escuela, a los alumnos se les exige que escriban cartas de recomendación para recaudar fondos.

La escuela por su parte funciona como una secta. Se desarrolla entorno a un líder incuestionable, la desobediencia se castiga con destierro, la sola mención de una duda amerita la explusión. Al inconforme se le llama saboteador y se le destierra. En cada edición se cumplen las siguientes condiciones: el proceso de admisión crea en el admitido un tratamiento de “elegido”, hay un fuerte componente emocional en cada actividad. Hay comida, alcohol, drogas, y privación del sueño. Las actividades son una detrás de otra provocando cansancio y falta de tiempo para asimilar la realidad. Durante la escuela, mientras se está dentro, se prohibe a los asistentes revelen la ubicación y que se comuniquen con el exterior.

Cada año la comunidad se renueva pero sólo mantiene en ella a quienes permanecen por aparente lealtad, quienes realizan trabajo voluntario que es capitalizado de varias maneras. El ego de los participantes se nutre con la idea de que son especiales, más que quienes están fuera.

Dentro de las enseñanzas de la escuela siempre se maneja un sistema de “entrenamiento” como un programa que se inserta en los asistentes y más tarde opera a través de ellos. Por muy descabellado que parezca.

Las características extrañas que rodean a este proyecto podrían mantenerse como simples rasgos de un proyecto personal, no serían tan denostables si Al Giordano no acosara constantemente a las mujeres que participan en SAJ. El hecho de que un director de una escuela, tenga actualmente más de veinte acusaciones de comportamiento inapropiado, sólo confirma que Giordano utiliza la SAJ para acercarse a mujeres, intentar seducirlas, y calumniarlas y amenazarlas cuando es rechazado. Es abuso de poder. Es falta de profesionalismo.

Comentarios sobre los recientes acontecimientos:

Después de que publiqué la primera parte de esta historia, Al Giordano se puso en contacto conmigo. Apeló a mi bondad y usó su estado de salud pidiendo que no ataque a nadie más que él, ya que como según alegó, yo lo he hecho contra mujeres líderes de su proyecto. Se auto llamó mi mentor y halagó mi forma de escribir.

Quiero dejar claro que esta historia está escrita para dejar constancia de mi visión de los hechos. Que no culpo ni critico a quien permaneza a lado de Al Giordano, porque sé lo dificil que es dejarlo debido al nivel de chantaje y manipulación. Que me deslindo totalmente de tener cualquier contacto con él y sus proyectos. Y que estoy aquí para quien quiera apoyo mientras se recupera de los abusos sistemáticos. No estamos solas.

Me disculpo por haber acercado a Al a las personas que lastimó, pero no sabía el alcance del daño, y aunque me siento responsable, y sé que sus abusos no son mi culpa, quiero ser parte de lo que requiramos para reparar el daño.

Sobre los comentarios que algunas personas han hecho, sobre si esta cascada de testimonios es un linchamiento, me gustaría pensar que no lo es. Que sólo es un intento por evitar que este tipo de abusos, acosos, y licencias para difamar y maltratar mujeres, siga ocurriendo. Tiene que parar. Tiene que haber consecuencias. Todas y todos tenemos que aprender.

Y Al, no eres mi mentor. Tú no querías serlo. Sólo querías tener sexo conmigo. Sé real por un momento.

Mis mentoras son mujeres, que me han apoyado, enseñado, fortalecido, pagado por trabajo, protegido, comprendido. Me han ayudado a tener disciplina con amor. Y ese amor está intacto. Ninguna me ha acosado. Ninguna me ha manipulado. Ninguna me ha calumniado. Y ninguna me ha exiliado.

Si publico esto es porque acepto que pude haber hablado antes sobre el comportamiento de los directores de esta escuela, y no lo hice por miedo a represalias. Sobre estimé sin embargo su capacidad de daño. Pero me siento responsable de haber permanecido cerca el tiempo que estuve. Y haber estado en silencio. Eso se acabó.

Nadie es responsable de tus acciones, tu estado de salud, y tus decisiones, más que tú mismo. Y nadie debe pagar el precio alto que cobras a cambio de lo que llamas enseñanzas. No aplaudo tu proyecto. Te deseo solamente que tengas la vida que te has construido.

 

Nosotras seguiremos adelante.

-Isa

 

 

 

 

 

Al Giordano bajo la ficción

Una escuela de periodismo

I

(English version)

Gaetano poco a poco se va volviendo un monstruo, la soledad lo carcome, es el artífice de una conspiración construida por él mismo. Su nube de rutina es asfixiante. Es el tabaco y el alcohol, las ventanas cerradas todo el tiempo, sus dientes oscuros, el escenario detrás de la pantalla a través de la cual vigila al mundo. Yo lo escucho hablar, a veces respondo diciendo lo que quiere oír, y luego vuelvo al espejo y me soplo de encima todas sus palabras.

Una vez, hace mucho, escribió un manifiesto que lo divorció de la industria periodística americana. O eso le gusta contar. Entonces llegó a México, huyendo del contexto ante el cual había logrado afirmarse como un disidente. Listo para conquistar, cual buen hijo de una cultura profundamente imperialista, la cultura mexicana que fue conociendo poco a poco, siempre caminando por la superficie.

Lleva treinta años reportando las luchas sociales norteamericanas, orientales y latinoamericanas. O eso le gusta decirnos. Sabe perfectamente cuál es el orden de las acciones importantes, cuál es el escenario, qué actos deben o no interpretarse y de qué forma debe hacerse en un panorama social determinado para que una lucha sea o no exitosa. La revolución tiene gestos que deben conocerse cuando se habla el lenguaje de la guerra.

Cuando habla y escribe de la revolución parece un jugador único frente a un tablero magnífico. Sonríe como un niño que se divierte cambiando las piezas de lugar adentro de una pequeña ciudad que busca, dentro de su ritmo incesante de diminutos destinos, solamente cumplir con su deber de un día. Cada día dentro del tablero ficticio, miles de acontecimientos invisibles suceden, algunos caminan en la danza del juego de las piezas que ya existen, las calles verdaderas, los seres de carne historia y hueso. Otros nunca suceden en concreto, sin embargo en la ciudad tablero, donde Gaetano juega, hay golpes de estado en las cocinas, mansardas que se sublevan de sus ventanas, amantes que se esconden del destino en cajas llenas de viejas correspondencias. Asesinos de líderes de movimientos con formas inusitadas. Explosiones de dicha frente a congresos y palacios municipales, boicots que confabulan adentro de las misas de los domingos, produciendo creyentes que aniquilan sus cadenas cuando desean con locura a sus sobrinas, -esos días la canasta del diezmo pesa menos.

Es así como aún cuando tiene a su alcance las mejores fuentes secretas internacionales, los mejores dispositivos para silenciar las ondas de radio de los teléfonos, y los espías mejor entrenados del país, ignora inocentemente, -dentro de su monstruosidad-, la mayoría de los minúsculos acontecimientos que le rodean. Aunque posee un botón en su estudio desde el cual puede detonar la más sangrienta revolución que puede liberar al hombre del hombre mismo, su nube de humo lo aprisiona, y me aprisiona a mí, porque sabemos con precisión qué pieza embona en el tablero del mundo, y sabemos qué factor produce y reproduce las cosas como las percibimos; como son a profundidad. Sólo que no sabemos cómo atajar el humo de los ojos, ni abrir la ventana para respirar, y aunque tenemos libros que predicen y explican la condición humana con arte y escalpelo, nos olvidamos de mirar también las notas invisibles, que ya no reportamos.

***

Escribí este texto en 2013, como parte de las catarsis posteriores a haber trabajado ocho meses en la redacción del medio Narco News, que dirige Al Giordano, también director de la Escuela de Periodismo Auténtico, SAJ “School of Authentic Journalism” . Por qué tuve que crear ficciones y alegorías para lidiar con esos ocho meses, espero dejarlo claro en estos textos.

La historia de cómo llegué ahí y las cosas que sucedieron luego es larga y complicada. Empezó en marzo del 2012, cuando fui aceptada a la edición de ese año de la SAJ. Tenía 27 años y trabajaba entonces en un proyecto que se llamaba Cooperativa Tzikbal. Movida por la conmoción de enfrentarme a la realidad de la pobreza de comunidades rurales del norte del país y llena de preguntas y una ingenua volutad de cambiar el mundo, postulé para la convocatoria que una ex compañera de danza había estado promoviendo a través de Facebook.

Fui “aceptada”. En enero-febrero me enviaron un mail para confirmar la cita de la entrevista previa y yo estaba muy emocionada. Había sabido poco hasta entonces del organizador, conocía vagamente el sitio de noticias de Narco News, nunca me había planteado el periodismo, pero sí escribir. Llegué puntual a la cita a la que acudieron Al Giordano y Marta Molina. Todo al rededor de esta convocatoria, de la forma en que había que postular, el proceso de emails previos, el lenguaje que se usa, la precisión de los detalles y la minuciosa organización de cada evento era impresionante. Era como entrar por un largo tunel en donde parecía que la dificultad de entrada era una condición de algo grande, exclusivo, importante. O así nos lo hacían parecer. Más adelante comprendí mejor el por qué de este proceso.

En la entrevista me preguntaron por qué quería asistir. Yo dije en primer lugar que odiaba la escuela, y Al se rió y dijo que estaba de acuerdo. El resto de la conversación lo olvidé. Recuerdo que no paraba de fumar y tomar café y Marta era muy guapa, hablaba con mucha seguridad, con mucha personalidad. Después de esa entrevista creo que me dijeron que estaba dentro, y me invitaron a una reunión pre-SAJ en casa de Al. Llegué un poco extrañada de cómo era todo. Como buena chilanga mujer, preguntándome si no me estaría exponiendo a ser secuestrada y utilizada en una red de trata de personas en ese departamento de la Nápoles. Paranoias mías. -Pensé.

Unos días después sería la escuela. De la reunión pre-SAJ el objetivo era que los asistentes mexicanos nos conociéramos para ser una especie de anfitriones del resto de los asistentes. Jóvenes, hombres y mujeres de todo el mundo que acudían al igual que muchos organizadores comunitarios, periodistas, y activistas a los 10 días que tenía lugar la escuela debían ser acogidos por nosotros, a quienes nos dieron varias instrucciones sobre lo que ocurriría y cómo debíamos ayudar.

La sede era una broma. Era un hotel-villa en Tepoztlán cuyas habitaciones deben haber costado como 2 mil pesos la noche. (Éramos 40 personas o más) tenía piscinas, buffet, palapa para plenarias y bastante lujo. Varios de nosotros habíamos hecho una investigación personal sobre la SAJ. Encontramos otras historias de otros antiguos asistentes, y había extraños comentarios que me hicieron ruido al llegar al hotel. En mi cabeza de proletaria no dejaba de preguntarme cómo se había financiado algo tan lujoso para tantas personas. Pobre hippie outsider. En la información que había encontrado en internet había testimonios de ex asistentes a la escuela que contaban la historia de una de las primeras de sus ediciones. También había artículos que alegaban una relación entre la CIA y Narco News. No todos los comentarios sobre la escuela eran positivos, muchos pertenecían a personas que habían sido de cierta forma desterradas de ella. Sonaba a algo muy exagerado, “ser desterrado de un evento que ocurre diez días al año” pero cuando llegué a mi habitación lo discutí con mi compañera de cuarto, y después con otros dos asistentes de la habitación contigua, y todos especulamos sobre el verdadero background de la escuela. El resto de la experiencia estuvo imbuida todo el tiempo en este misterio. Tuvimos la sensación de estar en algo cuyos fines últimos eran desconocidos.

No recuerdo mucho las sesiones, pero había una actividad detrás de otra todo el día. Debíamos levantarnos a las 8:00 am, desayunar en el buffet, asistir a varias plenarias y después de nuevo ir al buffet. Después íbamos a grupos especiales en donde se trabajaba desde diversos métodos periodísticos. Investigación, video, no recuerdo cuál otro. Y después de nuevo al buffet, antes de la fiesta nocturna. Cada noche había una con mucho alcohol, música, baile. Las fiestas terminaban siempre muy tarde, recuerdo que cuando Al me entrevistó me preguntó si tomaba alcohol. Yo siempre había sido lo que se dice una nerd, no fumaba, no tomaba, no me drogaba. Le dije que no, y me dijo que la condición para invitarme era que tenía que estar en las fiestas y divertirme. En ese momento pensé en que Al tal vez pensaba en mi integridad personal, en lo importante que es relacionarnos, y ser felices. (Risas incontenibles). Pero me había puesto como compañera de cuarto de otra chica que tampoco tomaba y dormíamos siempre temprano. Pasamos muchas de esas noches analizando todo lo que ocurría y las cosas que aprendíamos, era una avalancha de estímulos intelectuales, emocionales y sensoriales, había gente de todos los rincones de la tierra, con carreras como activistas, artistas, periodistas muy llamativas. Talento, arte, música, y mucha motivación viniendo de muchos lugares dirigida a encaminar una cultura del “entrenamiento” en la resistencia civil noviolenta.

La mayor parte de las pláticas e intervenciones consistían en historias de personas que habían participado en alguna lucha social y se enfocaban mucho en hablar de los casos exitosos. Había que reportar las acciones pacíficas efectivas que usaban las tácticas noviolentas. La escuela del 2012 fue financiada por el International Center for Nonviolent Conflict, que trajo a las sesiones conferencistas, material didáctico y diversas publicaciones. Estando ahí, 18 horas al día, recibiendo pláticas, conociendo gente increíble, el cerebro se volvía una bomba de inspiración. Era demasiado para ser asimilado cada día. Pero la estrategia de sumersión tenía su efecto. Yo salí totalmente convencida de que todas las luchas debían ser pacíficas, debían tener estrategia detrás, planeación, ensayo, y apuntar para ganar.

Recuerdo cómo eran conceptos tan importantes, la victoria, la disciplina, la estrategia. Eran palabras que se repetían a toda hora y con las cuales venía implícita la obediencia porque al final de cuentas la doctrina estaba perfectamente construida. No tenía tantos vacíos metodológicos, hacía sentido. Cada una de las recomendaciones de Gene Sharp hacían sentido. En ese momento no tenía idea de en cuántos niveles eso iba a manifestarse como doctrina más adelante.

Entrenarse. Talleres de entrenamiento en la resistencia civil noviolenta. Sesiones de noviolencia. Se nos repitió constanetemente esto durante la escuela. Yo sentía que eran grandes herramientas y no podía creer por qué el tema no era más conocido o difundido entre la izquierda que había conocido en la Ciudad de México. Parecía la solución a todos los problemas organizativos.

Pausa. Esta se llama Escuela de Periodismo Auténtico, pero una gran parte de ella desarrollaba el tema de la organización comunitaria. Al decía que el periodismo y la organización comunitaria eran partes de una misma cosa. Los movimientos necesitan comunicar sus objetivos, sus logros, sus tácticas y aunque yo no tenía claro cómo un periodista podría ser también organizador comunitario, me hizo sentido.

La escuela duró diez días. Diez días de extrañeza por el financiamiento, por todos los valores que se “inculcaban” con cada actividad, y ese aire de misterio al rededor de los organizadores. Recuerdo que mi percepción era que no eran tan conocidos ni reconocidos por el medio periodístico mexicano, pero ellos parecían asumir una personalidad llena de parafernalias y gestos protectores de algo muy importante que estaban llevando a cabo. Estando en la escuela me sorprendió saber que Al era la ex pareja de una de las maestras, mucho más joven que él, guapísima, inteligente. (Extrañamente, todas las mujeres que asistían a la SAJ han sido muy guapas) Me sorprendió porque quizá estoy llena de prejuicios y las relaciones con tanta diferencia de edad siempre me han parecido peligrosas por la desigualdad que las habita. También me decepcionó un poco saber que Al mezclaba su vida personal con su trabajo. Mucho tiempo después todo tuvo sentido a este respecto, también.

Cuando la SAJ acabó yo estaba extrañamente animada y extenuada. Tenía la sensación de que me habían metido en un coctel con gente increíble y nos habían agitado mucho tiempo. La combinación funcionaba: estímulos intelectuales, gastronómicos, de paisaje, personales, emocionales, la obligatoriedad de las fiestas (nos privaban del sueño), el trabajo intensivo. Al nos había anticipado que al terminar cada SAJ había un síndrome de abstinencia, luego de toda la adrenalina en SAJ, al salir el mundo parecía menos brillante. Esto lo había dicho en una de las primeras reuniones cuando nos dio la bienvenida a cada uno y nos hizo presentarnos frente al grupo. Recuerdo que en ese momento estaba muy nerviosa cuando fue mi turno. Pero de cierta forma él diseñaba las emociones que se iban manejando en cada etapa, entendí después, primero con admiración, después con miedo. Todas las características que hacían de la SAJ algo tan efectivo correspondían por casualidad con las de una secta.

La aplicación para entrar a la SAJ es muy larga. Muchas preguntas, un ensayo largo. Después una entrevista, después correos de confirmación. Da la impresión desde fuera, como alguien nuevo, de que detrás de la SAJ hay un gran equipo que trabaja profesionalmente, que organiza planifica y ejecuta. Da la impresión de que hay administración, dirección, edición. Parece que Al Giordano es realmente un héroe periodista ex organizador comunitario retirado. Un genio incomprendido, un rebelde, oustider exiliado del terrible mundo gringo de los medios que había vencido y que ahora honrosa y generosamente pasaba su herencia cultural y su experiencia a las nuevas generaciones para bien de la sociedad.

Pausa. Tengo que hacer pausas continuamente porque la segunda parte de este relato cerrará algunos cabos sueltos que no se resolvieron hasta seis años después. Y darme cuenta de cosas mientras escribo me produce un vacío en el estómago que me obliga a parar.

El personaje de Al Giordano estaba perfectamente creado. Y digo creado porque como escritor sabe la importancia de contar la propia historia. De organizador de un movimiento antinuclear en EU a periodista renegado en México. Durante la escuela algunos compañeros estadounidenses corroboraban que Al fuera una leyenda y que Narco News fuera un referente del periodismo de la guerra contra las drogas en la frontera. En ese entonces mi vida consistía en hacer yoga y danza, y soñar con un mundo cooperativista. Obviamente no rechistaba ante esas referencias y no les prestaba tanta atención. Además los speechs de Al sobre la educación desecolarizada, sobre la disciplina, y la voluntad de cambiar la realidad ya habían hecho su efecto.

Recuerdo que aunque me causó escozor y escalofríos, lo que dijo Al en una ceremonia de bienvenida resonó mucho en mí. “I believe in you, no one believed in me when I was younger, except someone, and he changed my life“. “Yo creo en tí, nadie creyó en mi cuando fui joven, excepto una persona, y esa persona cambió mi vida” “Ahora les toca a ustedes cambiar el mundo” y cosas así.

Éramos todos personas que querían cambiar el mundo, de izquierda, rebeldes de cierta forma, y ese discurso era perfecto porque la rebeldía y la disidencia tienen como contexto constituyente la distancia con el resto del mundo, en muchas ocasiones al menos. Disentir es sentirnos a veces incomprendidos. Y entrar a un sitio lleno de iguales aparentes no es cosa de todos los días, por eso la SAJ parece en tantas ocasiones un paraíso, una tierra prometida. La melancolía del disidente halla una catarsis ahí en cinco minutos. Al menos del joven.

Cuando volví a casa después de la SAJ, después de pasear con los nuevos amigos de EU, sudáfrica, recuerdo estar en mi cuarto y sentir que quería cmbiar la realidad ya. Toda. contar con un eqipo, poner manos a la obra. Algunos compañeros de la SAJ y yo teníamos un proyecto que no fructificó, diré por qué después. Y yo me sentía ansiosa y nada del mundo de afuera ya tenía sentido para mi. Esperaba poder colaborar con Al, de cualquier forma, como voluntaria, editora, redes sociales o lo que fuera. Por eso el último día de la SAJ le dije con ojos llenos de idolatría que quería colaborar con NN y que estaba super feliz y que contara conmigo. Dijo que lo habláramos después.

Esto es lo que ocurrió en el mundo real. Pero hay otras cosas que entretanto, ocurrieron en el mundo virtual.

Al y Greg Berger, una especie de subdirector o socio de NN y la SAJ, abrieron un grupo de facebook de nuestra generación donde se publicaban indicaciones, mensajes, información sobre las actividades, las fotografías de cada día (que eran miles) y mensajes de los asistentes, tanto tutores como alumnos. Casi al final de la escuela, antes de volver al DF recuerdo que hubo un problema con algunos alumnos. No recuerdo con exactitud que pasó, pero algunos fueron echados del grupo de FB. Y poco a poco, entre chats y reuniones post SAJ se hizo claro que esas personas debían ser totalmente exiliadas del proyecto por ser consideradas nocivas. Yo creí esto, y acepto haberlo sostenido, aún cuando me parecía obvio que invitar a periodistas investigadores a un proyecto cuyo financiamiento o métodos no eran muy claros iba a levantar sospechas, especulaciones, o las simples preguntas que el grupo exiliado (entre quienes se encontraba la ex novia de Al) había hecho.

El primer día de SAJ, el 20 de marzo del 2012, creo, hubo un terremoto en la Ciudad de México de 7.2 grados o algo así. en mi cabeza, el mensaje era que algo se estaba moviendo. La SAJ había estado presente alguna manera (haciendo videos o visitas extrañas) a Egipto y a Madrid. Era la época post 15M, post Primavera árabe. Había en el aire muchas ideas acerca del nuevo efecto que staban tenendo las redes y el internet en las revoluciones que se perfilaban como posibles. Y 2012 fue un año electoral en México. El ambiente era totalmente propicio para poner en práctica todas las cosas que había visto en la escuela, para crear contenidos en contra de Peña Nieto, para escribir acerca de eso. Para involucrarnos en cualquier cosa que sucediera y que pudiesemos hacer una diferencia para evitar lo que fue la telebancada. Lo que fue la llegada del PRI a la presidencia de México. Después de la SAJ yo estaba segura de que toda esa comunidad de personas tan dinámica iba a hacer alguna diferencia, nosabía si aquí o si en otro lugar del mundo. Sobre todo porque durante esos diez días tuve la sensación de que había algún tipo de unidad y solidaridad.

Con esa sensación, de poner mi energía y voluntad de aprendizaje al servicio del bien común, llegué a colaborar en la oficina de Narco News.

Luego de haber hablado en persona con Al acordamos que podría colaborar con su proyecto de forma regular. Fuimos a un café sobre Insurgentes y hablams no mucho rato. Tampoco recuerdo lo que dijimos, pero después creo que lo acompañé a encaminarse a su casa. Pasamos por un parque y me pidió que nos sentáramos. Yo mantenía la admiración y el respeto, y jamás habría considerado nada romántico entre él y yo. Esta idea nunca pasó por mi cabeza, y a pesar de que coincidía en muchas de sus ideas nunca me dio una sensación de confianza ni mucho menos de atracción. Cuando nos despedimos me dijo que pensaría en una cuota de retribución-pago justo y que seguramente podría ayduarle a administrar Narco News. Yo estaba temerosa de no poder hacerlo. E imaginaba Narco News como una sala de noticias plural. Con decir plural, quiero dejar claro que al menos existiera más allá de Al. Pero cuando llegué a la oficina real había recibido ya dos sorpresas a las que tuve que adaptarme.

No diré que no estaba contenta. Lo estaba. Pero mi bienvenida a ese mundo me dejó una lección, que no me alcanzó para prevenir todo lo que pasó después, de lo que hablaré en la segunda parte de la historia, en donde espero dejar en claro varias cosas, incluida mi postura respecto a la salida a la luz de tantas historias sobre Al Giordano y sus proyectos para cambiar el mundo.

Al, si estás leyendo esto no tengas miedo de cosas que no sean ciertas. La verdad no sólo cuesta al implicado, sino a quien se la calló por tanto tiempo, en este caso a mi. Tú más que nadie nos dijiste muchas veces que no hay verdades absolutas, que nadie tiene la razón, y que juntar muchas verdades sólo puede crear una verdad más grande.

-Isa

Parte II

Lo hicieron

Era de esperarse y lo absurdo era pensar que no lo conseguirían, pero los millones de dólares demolieron la casita que albergaba esa casa de textiles amarilla en la esquina de Murcia y Rio Churubusco. La tiraron en un fin de semana, recuerdo. Y ahora se impone un rascacielos hermoso, brillante, gigantesco, aliñado cn una glorieta y una fuente que todavía tiene pinta de innecesaria. ¿Son las fuentes innecesarias? Y el conjunto se ve bien, pero ya no es nuestro.

Nunca lo fue, aunque lo pareciera, o sí. De cierta forma Mixcoac siempre será nuestro porque ha dejado de ser un caṕítulo suyo. Reconozco el dejo cliché de la nostalgia, todotiempopasadofuemejor. Siempre parece mejor lo que se ha ido o se ha cerrado.

Pero en este caso, lo que se está yendo es la ciudad. Puedo seguir este texto con palabras como gentrificación o como interés del capital, pero esa voz tampoco es la mía. Enunciar ese mundo es apropiárnoslo. Mi mundo era el parquecito de Rodin, y soy todas mis historias ahí. El tango los fines de semana donde me daba pena bailar. El busto de Juan Rulfo que tuvo los ojos con piedras rojas tantos años y que cuando era niña me hacía imaginar a Rulfo como un ser diabólico y siniestro. ¿Por qué tenía los ojos rojos? ¿A quién se le ocurrió?.

Ahora sigue igual, pero hay más coches, y más escuelas. Y la moda que visten los etsudiantes de bolsillo acomodado corresponde a las propuestas de las grandes marcas de ropa de Inditex y algunos toques de Lacoste. Es como si la frialdad del rascacielos se comiera la cantera y el barro de los decorados de las casas viejas. Hace como diez años, o menos, quitaron la casa de Actipan, la del jardín enorme delantero con una reja muy bajita que hacía sentir que el jardín era propiedad pública. Todos podíamos verlo y soñar con él. Pusieron un complejo de departamentos, y a dos lotes más al fondo de la calle, otro edificio de departamentos. Qué insanidad. ¿Y el agua de dónde la van a sacar? pensamos muchos.

No sé si lo perdimos, o si ganamos algo con la nostalgia que nos crece al perder el alma del barrio chiquito. No, no se transforma. La privatizan. La hacen carísima, cambian los establecimientos, hasta que deja de ser accesible.

¿De dónde sacan esta idea de que más grande mejor? Mi infancia ya es infancia porque tengo un sitio inexistente hoy donde ponerla en mi memoria. Eso quiere decir que soy adulta. Tirando a anciana, porque los ancianos dicen mucho “ya no es como antes” o cada vez más dicen “cuando éramos niños”. Así se come el futuro, los usos lingüisticos. Hoy usa la velocidad para el contraste. O ¿siempre fue así?

Todavía hace unos años pensaba yo que el futuro era algo que llegaba más adelante, no algo que nos comía y nos mareba con su vicio veloz hasta que ya no sabíamos cómo nombrar lo que sentíamos. Hoy es eso. Decimos estrés, decimos prisa, decimos caos. Pero es otra cosa que aún no alcanzamos a distinguir. Habitar es también ser un organismo en cojunto con lo habitado. Cáncer. Crecimiento fulminante.

Locura. Hicieron avenidas para la rapidez, porque la rapidez es un valor importante en el mundo de hoy, se vende caro. La lentitud es un defecto, la antesala de lo impuntual, la lentitud es la compañía del fracasado, de quien no tiene “mil cosas” que conforman su éxito. La lentitud es lo indeseable, y había que construir una estructura de venas y pasajes de respiración para un organismo que respira rápido. Porque parece que hay que respirar rápido. Lo que queda en medio es la vida, dice la voz anciana.

Lo que usamos para pagar un suéter es la vida que gastamos para ganar el dinero que dejamos. Dejamos la vida. Pienso en el camellón de en medio de Churubusco, cuando era niña, y mi familia y yo cruzábamos clandestinos la reja de alambre, abriendo un resquicio roto donde cabíamos uno por uno. Como animalillos cruzando una carretera, burlando las bardas. La vida tiene sus necesidades, ¿sabes? el libre tránsito. Tantos muros…Los mapaches siguen cruzando las carreteras en hilera, la madre por delante.

Cada día que pasa la ciudad va perdiendo su sentido. Hacia lo milagroso de ser una estructura de cristal donde habitan trapecistas del tiempo y la rutina. Heroínas del sustento. La ciudad produce distintos tipos de supervivencia, en los retos que propone, quienes consiguen mantener calma, paz, sanidad mental son super humanos. Acumular es un acto ya incnsciente, no es un mérito, ni una imperfección no hacerlo, si consideramos que el capitalismo es un defecto que tenemos de nacimiento. Pero las otras tantas cosas que ocurren y discurren en el diálogo infinito de hormigas en el metro, y los tropiezos, y las micro amabilidades, el gesto solidario en medio de las muchedumbres, esas sólo pueden nacer en las ciudades. Como oportunidad y viacrucis para probar que somos humanos. Poder ser posibilidad de OTRA cosa, es una cualidad de la ciudad.

Después de trabajar en un medio, de peinar las noticias, saturarme el útero con preocupaciones globales y políticas, dejé de ver las noticias primera cosa en la mañana. Dejé de verme, aunque todavía me cuesta, como un gusano social. Que actúa, que tiene impacto, que puede hacer cosas, porque este contexto ya no tiene sentido. Es Babel. Y entre tanto ruido lo vital es definido por la demencia. Y ¿qué vitalidad consigue sobrevivir a la ira de la demencia? Dionisos no quema los arbustos que producen su vino.

Todavía existe el vino.

Me gustaría poder enumerar las veces que pasé por cada calle del barrio. O los besos que di en las bancas de sus parques. Cuántas veces escribí en sus mesas de cemento hechas para el ajedrez. Anduve en mi bici. Y usé su belleza como pretexto. El carácter veloz del mundo y del dinero se comió nuestro barrio. Su carácter de nido se pierde, se pierde su silencio, la quietud de sus parques los domingos, la historia de sus casitas coloniales, y el saludo de los vecinos antiguos. El territorio entrega su trabajo como creador de identidad. Y se va a otra parte.

Pero las muertes también son nacimientos. Los barrios perdidos y el arraigo han de llevarse a otros lados. Como han hecho siempre los ancestros, sin saberlo, o sin notarlo. Sembrando su significado como novela por entregas en cada mudanza. Algo se muere, pero otras cosas van naciendo. Me digo. La cuestión, Isa, es que la vida es un hilo y no hay que soltarlo. Tejer, Tejer. Y largarse cuando ya no hay hilo.

No puedo decir que no es hermoso el rascacielos. De cierta forma se me presenta como una burla y como un monumento a lo imposible. Pero si tiene que erigirse para afirmar que es posible, quiere decir que teme por lo efímero, por la caída, y la construcción de un solo piso, a la que se vuelve. Crecer es poder decir “esto no lo quiero”. Ser un ser que da sentido y no sólo se lo come cuando lo ponen, pre fabricado, frente a uno.

 

 

 

 

Trabajar para la vida, después del sismo

Hace dos años escribí sobre lo que pasa cuando dejas un trabajo que no te gusta para trabajar por tus sueños. Escribí sobre el desasosiego que genera estar en una oficina en donde no nos sentimos útiles y absorbidas por una rutina asfixiante, y la libertad y sensación de logro que se obtiene cuando saltamos al vacío.

Después de tomar esa decisión mi vida tuvo un giro de 180°.

Estaba cansada de escribir tonterías bien redactadas con un sueldo “decente”, y sentía que habiendo tanto por hacer en el mundo, estaba desperdiciando mi existencia. No estudié ninguna carrera, no tengo una especialidad en algo, pero sé hacer un montón de cosas porque trabajo desde los 16 años, y siempre, siempre, aunque me cueste todo, he buscado actuar en consecuencia con mis ideas y mis principios. Así que cuando lo “perdí todo”, en realidad me di cuenta de que las certezas que buscamos con tanta fiereza desde la adolescencia en realidad no son nada.

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Día 7, 19S Noticias del derrumbe

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Foto de Luna Yedra

La imagen de las hormigas. Antes, la imagen de los autos abiertos en la calle, con la radio sonando muy alto. Personas reunidas entorno a las noticias. Las noticias sólo suenan en los autos porque el barrio se ha quedado sin luz.

Llegué a casa sola. La casa sola. Me trajo un amigo en su moticicleta. Los primeros minutos después del temblor supe que todos estábamos bien. Los nosotros =el núcleo. La alarma desató un ambiente que sólo conocía en mi imaginación escribiendo del fin del mundo. Las calles de Insurgentes estaban saturadas de gente. Me gusta cuando están así, con la cotidianidad rota porque ahí de su abertura sale otra cosa desconocida. Un algo que nos posee.

Avanzamos en la motocicleta como pudimos. Unas personas pedían aventones. Unas personas prestaban sus coches para que los parados pudieran irse. Las líneas de teléfono estaban caídas.

Martes 2:00 pm ¿Se habrán caído edificios? una mujer dijo que supo por su hija que vivía en el centro que muchos se habían caído. Era 19 de septiembre. Demasiado crudo y absurdo para ser una broma. ¿Otra vez?. Yo nunca viví esto. Nosotros no. Pero los padres sí, los mayores. Quedaba como una memoria que se nos compartía a los niños en las escuelas al hacer los simulacros, y los padres y tíos confirmaban la gravedad de lo que había pasado. Pero eso se sentía como información que venía de fotos, y se instalaba en las neuronas con la sensación de una foto. Plana. Blanco y negro. Sepia.

Ahora esas imágenes se repetían. Tu dosis de terremoto. -Ahora tienes una tuya. Sociedad civil organizada. Palabras. Organización. Palabras. El PRI del DF se derrumbó cuando se derrumbaron los edificios de la ciudad. -Escucho eso en mi cabeza.

Horas en casa esperando a que alguien llegue. Esposo en oficina. Familia en casa. Me puse a leer a Dostoievsky, el libro gordo que compré hace poco. Pero no me concentraba. Escribí en mi libreta. Abracé al gato. Salí a dar la vuelta. De nuevo los coches abiertos, el barrio sin luz. La gente comprando agua. Velas. Baterías para los radios. Qué desnudos estamos sin el internet.

Me senté junto a una pickup negra y escuché junto a unos extranjeros. Demasiados daños, decenas de muertos. Una escuela. A lo lejos mi familia con el perro. Alivio. Dormimos todos deseando bien para los 29 millones de esta ciudad. El martes en la noche sé que siento tristeza en algún punto muy abajo. Pero no lloro. Estoy atenta.

Al día siguiente las noticias. La TV: melodramas producidos a mano. Las calles se abarrotaron de gente. Hoy, siete días después sabemos que éramos demasiados, y que en algunos casos la intención de ayuda masiva entorpeció las cosas. Rescates, remoción de escombros. Flashes de escenas, frases. Ruido.

En las redes se ve desde la noche del 19 una reacción de los amigos. Están saliendo. Son las 11:00 pm y no podemos salir. Pero quiero. Llega el golpe de realidad: en el 85 la sociedad salió a la calle a falta de respuestas del gobierno. En 2017, no sabemos si el gobierno está respondiendo, pero somos 29 millones de personas. Algo debe poder hacerse. En mi cuadra la gente está saliendo. En la calle también. Otra vez la escena se parece a lo que escribo sobre el futuro, sobre el DERRUMBE. Es como si en mi cabeza hubiera producido un juego de palabras cuya combinación ahora es la realidad tal cual. Noticias del derrumbe. La novela. Las calles. La reacción de la gente. Es como si nos hubieran dado una patada hacia el futuro.

Mientras organizamos un grupo para salir a ayudar, pienso en el futuro. Hay empatía, solidaridad. Me alegro de que al menos eso tengamos aún. Aunque haya que cimbrarnos tan fuertemente para reaccionar.

Las cosas que he pensado antes: poner un centro comunitario para quitar de la jugada el hambre, la depresión, la falta de oportunidades, el aislamiento, y la ceguera ante un esquema de ciudad que produce muerte.

Porque esta ciudad produce muerte. La estamos construyendo y reinventando con esquemas nocivos. Con venas cuya velocidad daña al corazón del sistema. Demasiada velocidad. Sistema Cutzamala sucio. Vías rápidas sólo para coches. La valoración del coche. La arquitectura que sirve para negar la realidad del otro. No nos hagamos. Pagamos por belleza, por cubrir con muros la miseria. No nos importa el otro. No importa porque vamos en el auto y no vemos el cansancio, sufrimiento, violencia, explotación del otro. Muchos problemas más. El final del impulso que se siente cuando se despierta a esta realidad es cuestionar el sistema de desarrollo urbano. Y el sistema económico. Pero los economist@s no dejan de repetir como zombies los mismos conceptos en el mismo orden que las escuelas colonialistas produjeron para justificar la explotación del 70% del resto del mundo hace 100 años. Locura.

Somos locos quienes decimos esto desde hace mucho. Los rascacielos son monumentos a la muerte. Al nivel de consumo. Aceptar el estilo de vida que nos meten con un palo por los ojos y los sentidos. Locura. Inercia. Locura sostenida en la inercia.

Esa inercia se nos rompió. Es el tipo de roturas que pueden marcar parteaguas. Me lo he preguntado una y mil veces: si somos millones de manos, de energías, de fuerzas. ¿Qué hacemos con eso? ¿Qué hacemos con lo que somos? Pensamos tantas cosas absurdas. ¿Por qué no lo usamos para hacer de esta una ciudad de ensueño. Si quisiéramos podríamos, ahora lo sé.

Junto a nosotros, en el metro, en la oficina, hay un otr@ que siente cosas, tan profundamente como nosotr@s. Llevo años pensándolo. Todos estamos tan absortos en la rutina que no lo escuchamos. Ni siquiera nos escuchamos a nosotros mismos.

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Cadena humana de ayuda. @LunaYedra

Hormigas

Estoy en una hilera de personas. Unas 100 personas. Mujeres, ancianos, jóvenes. Me pongo un casco, me pongo un chaleco, guantes, cruzo una línea de plástico que marca desastre. Una tira amarilla que levanto para entrar. Todos los días levantamos una tira de plástico invisible que dice ATENCIÓN al cruzar la puerta para salir a la vida en la mañana. La ciudad siempre es zona de desastre. Pero no llevamos casco.

Me asignan un lugar en la fila. He visto ya, varias veces cuando levantan manos para pedir silencio porque sospechan que hay vida bajo los escombros. Yo lloro por dentro. Un poco lo que he sentido todos estos años es que es difícil que como sociedad, como colectividad nos escuchemos unos a otrxs. Hubiera querido que alguien levantara el puño para que hiciéramos silencio y pudieramos oírnos a nosotros mismos. Si levantamos el puño y nos callamos podemos entendernos mejor. Todo lo que nos divide es absurdo y pueril. Nombres, etiquetas, identidades, separación. La misma que Kant dijo que ussamos para definir quiénes somos.

Veo hombres morenos, vestidos de verde. Son soldados. Veo mujeres de jeans y casco. Tienen músculos, gritan. Son fuertes. Los dos. Los dos están exahustos, pero la providencia trae comida siempre, a menos de dos metros. Escucho a lo lejos el aplauso: encontraron a alguien vivo. Muchos tenemos lágrimas. ¿Qué fuene común las produce?

Lo que sacamos de los escombros no son sólo las personas. No lloramos porque la vida sea sagrada y porque qué bueno que alguien está vivo.

Sino porque estamos rescatando de abajo del cemento la esperanza o la certeza, de que podemos estar juntxs. Y porque al paso del tiempo, de los días, cuando recordamos estos momentos nos damos cuenta de lo lejos que estamos en lo cotidiano. Siempre, desde niña, pensé que un mundo en el que debemos hacernos fuertes para no quebrarnos al ver el sufrimiento del mendigo, también nos hace insensibles. Para sobrevivir hay que ponerse la coraza. La coraza acaba impidiendo que pase la ternura. El sismo nos sacó de esa “normalidad”. Hizo extraordinario cada esfuerzo. Ninguno quisimos luego, volver a la vida cotidiana. Porque aceptémoslo: no somos felices. Hoy, como hace cinco años, como hace diez. El sentido de lo que hacemos como sociedad está perdido.

-No queremos volver a la normalidad. ¿Para qué?

Hormigas, todas cargando cubetas con cascajo. ¡Fierros! ¡cemento! ¡cuidado vidrios! dice siempre el de la izquierda. ¿Por qué hacemos esto? ¿Esto sienten las hormigas? pienso. Ahí no había una Isa, ahí habían unos brazos y unas manos. De pronto tengo una alucinación. Mi piel se oscurece. Me salen antenas. Mis extremidades se multiplican, tengo vellos sensibles en el cuerpo. No pienso, y no siento. Percibo vibraciones. Somos millones. Después vuelvo a mi cuerpo humano y miro todas las cosas que me sobran.

Muertes. Niños. Personas hoy sin casa. Amigos en casa comiendo tacos de canasta. Velocidad. Entregar víveres. De cierta forma sabemos que lo que hacemos no necesariamente es urgente. Aunque lo parece. Pero queremos salvar otra cosa. No cargar con una culpa. En realidad todos los días, las personas a nuestro al rededor sufren. Pero no sabemos cómo ayudar. La limosna ha sido siempre indigna para ambas partes, así que ayudamos cuando se puede.

Cuando ocurre un 43, un 132, un 19S, sé que salimos a la calle algunxs, diciendo hacia dentro: hoy sí puedo hacer catarsis, porque en la vida diaria nadie me acompaña. Hacer catarsis solxs, sin cómplices, es imposible. Los posibles cómplices estarán absortos en sus rutinas, llegar tarde o temprano al trabajo. Sobrevivir. Sobrevivir al estrés. ¿En qué momento de la normalidad alguien pide un par de manos en una esquina y llegan cien?

Responsabilidades

Conforme pasan los días salen a flote algunas mañas humanas. Vicios televisivos. Corrupción inmobiliaria. Estoy segura de que si se resolviera el tema de la corrupción inmobiliaria, y tuvieramos la lucidez de buscar y atacar las verdaderas raíces de los problemas, no sólo veríamos por la corrupción y el enriquecimiento. Acabaríamos siendo responsables por omisión de no impedir que las ciudades sigan creciendo con los estragos ambientales y sociales que producen. Veríamos por el origen de lo que consumimos, y su huella de carbono. Cuidaríamos la energía gris de lo que nos rodea. Ayduaríamos a aquellxs que con esfuerzos mantienen sistemas de sostén de la vida que son posibles ambientalmente. Dedicaríamos tiempo a lo que sostiene la vida de forma ciudadosa. Y pues, voltearíamos a ver al que está junto a una misma.

Pasa la adrenalina, pasa el contexto de emergencia en que tenemos permiso de llorar, o conmovernos. Conforme pasen los días será menos bien visto derrumbarse. Dudaremos de si lo que podemos dar es necesario. Sentiremos pereza porque estar en los escombros no saldrá en la televisión. Los héroes no serán los anónimos.Volveremos a desear un suéter. Y aquí es donde pongo mi conclusión de todo, a una semana del movimiento.

Los cambios, los movimientos, el encontrarse se alimentan de la emoción, del corazón. Hay empatía- hay movilización. Cuando se acabe la emotividad, se acabará la movilización. Todos los puntos de quiebre de la historia tienen como motor la necesidad, y la piel sensible. Cuando se acaben las noticias, necesitaremos haber elaborado una memoria. Colectiva, sensorial. Vinculante. Porque de ella van a depender los motores que aprovechen esta sacudida, estas más de 300 vidas que necesitábamos para salir a la calle y vernos en el rostro del otro.

Pasarán los días, llegarán otra vez las diferencias políticas, sociales, ideológicas. Y aunque vuelvan a separarnos debe quedar al menos la memoria de que la vida importa. Y su dignidad recuperada está allá afuera.

No quiero la normalidad que había. Todavía tengo fe en lo extraordinario.

 

 

 

 

 

 

Por la ventana del autobús, allá lejos

 

sábado

Trato de escribir esto y no puedo. Borro líneas, una, otra. Otra vez. Quiero escribir desde mi, pero se siente extraño, y salto a ella. Ella puede decir más cosas, pero entonces no soy yo quien las siente.

Imagen 1 de la semana pasada: yo sentada en el transporte público. Leo un libro que me encanta, me atrapa completamente, me pasa poco. Leo de pie, y leo sentada. Llevo conmigo mi utilidad, majo el brazo, el teclado, los chips, los cablecitos que me dejan decirme. Algunos papeles. Un tupper que me convierte en eso que siempre he intentado no ser. Leo. Escribo en mi libreta, molesto a la chica junto a mi, remuevo mi bolso mayor para encontrar la pluma. Leo de ida, y leo de vuelta. A la vuelta intento no pensar en la contingencia ambiental, pero somos más en el transporte, más que en la mañana.

Tengo calor. Esta sigue siendo la imagen uno, porque va del calor. El calor en mi nuca. En mis brazos, siento lentamente el bochorno (la condición actual de mi sistema endócrino de la que aún no escribo) que me mira desde mis piernas, me toca el pecho, los pechos, ya viene, el rostro, como un sol que se me asoma en toda la parte superior del cuerpo. Y ahora el sudor que empiezo a sentir en la frente, y luego en la nariz, el bigote, me quedo quieta, miro por la ventana del autobús, los veo a todos hartos y acalorados, una señora en la miseria también mira por la ventana, pero frente a mi. Pienso si las dos estamos pensando lo mismo. Veo el espacio entre los árboles del camellón de la avenida. Los imagino frescos, porque tengo calor. Ardo. Y esta ciudad y este asfalto.

Me refugio en la lectura. Me canso de considerar las implicaciones ambientales. Imagino un PIB pero distinto, distintos indicadores, Producto Integral del Bienestar, sacar al dinero de la escuación. Al fin que vale muy poco. Lo que estamos consumiendo es la vida. This is life, sir. This is life. Sir. Escucho con acento inglés, a una mujer diciendo “This is LIFE, Sir”, en mi cabeza. ¿A quién le digo esto? Al asfalto.

El asfalto es un señor. Me regaño porque podría desarrollar mis ideas sobre otras unidades de medida, sobre otros valores, para plantear programas sociales, pero las dejo en quejas mentales que ocurren en el transporte público.

La gente, y yo, gastamos esta ciudad, y al mundo con ella como vehículo. Me regaño cada día. Podría proponer más cosas. Debería esto, debería lo otro. Debería darme tiempo de disfrutar la vida. Al final, no todas las mujeres hemos tenido este derecho. Soy privilegiada, puedo elegir cosas. Elegir ser madre. Pinto para no serlo, amo demasiado mi espacio, mi soledad, mi escritura, mi pintura, mis ideas, el tiempo para observar el mundo. Espectadora, me descubro ojos del universo que se mira a sí mismo.

La ciudad nos enloquece. Nos rehusamos a comprar un automóvil. No, no se necesita. Se necesita hacer política para mejorar las condiciones de vida de todas las regiones, para que la gente no tenga que moverse tanto cada día. Y que puedan por la noche cuidar a sus hijos y abrazarlos, y descansar en un parque en donde leen un libro, donde hay un personaje, una mujer, que vive en otro mundo y tiene mucho calor y observa a través de la ventana soñando con un día más fresco, con menos automóviles entorno suyo, con más sonrisas cursis en su mismo vehículo colectivo transportador de miseria humanas que no son, la señora pobre que mira en la ventana al espacio en las ramas de un árbol en donde quizá no haga tanto calor como adentro.

Como adentro de mi cuerpo. Adentro de mi cuerpo una inyección que adormece las hormonas me dejó en una menopausia temporal. Era la única forma, me dijeron, de controlar la cantidad exagerada de estrógenos que mi cuerpo produce.

No sé por qué los produzco. Demasiada femineidad. ¿Sabes? Demasiada noche, agua, oscuridad, luna, magia, mundo interno. Nunca había vivido sin dolor. Soy otra persona, me dicen mis amigos. No recuerdo, desde que vivo en el descanso del martirio menstrual, cuándo viví algún drama. No recuerdo si quiera, los rencores con los que alimentaba mis justificaciones, mi neurosis que visitaba tantos lugares de tortura adentro de mi cabeza. He escrito de esto, pero se ha hecho largo como una masa de pan que conforme se amasa se llena de aire, se esponja, se hace elástica. ¿quién va a querer leer todo mi cuerpo?

“Mi voz tiene dentro cuerdas corporales.”

-Escribí en mi diario.

Imagen 2: Miro al gato que descansa, más gordo, bajo mis pies. Su gordura me alegra, ronronea, me toca, se gira. La vida me mira desde su ojo, el único con el que puede ver. Tengo calor. El gato perdió uno de sus ojos, pero cada mañana antes de que salga al caos, me mira, maúlla, y me despide en la puerta. Siempre cariñoso.

Cinco días de contingencia. No quiero se me muera la voz que tengo adentro, y las ganas de hacer otra ciudad con este asfalto donde pensamos que podemos darle a la vida algún futuro.

 

Y no olvidar comprar el pan de vuelta a casa

Lunes, 7:00 am.

Ponerme los zapatos que nunca me pongo. Acomodar papeles, los testigos de lo andado. Levantarme con el olor a café que Z esparce en toda la casita. Pensar en escribir. Y no poder.

El otro día volvía a casa, de nuevo el metrobús cortó su tránsito, había que caminar, una joda. Caminar cinco estaciones, cruzar CU a pie. Cansancio. Caos porque el conductor del pesero se pelea a golpes con un usuario molesto. Coches pitando. Agobio. Olvidé llevar más dinero y me quedé atrapada en el metro. Todo se resuelve, me dije. Pero me angustiaban unos hombres en una parada del microbus. Después, por teléfono, Z me confirma: son las feministas, la marcha por Lesvy en CU derivó en el cierre del metrobus.

Mi cansancio se transformó en alivio. No se compara mi cansancio, mi molestia breve, con la muerte de una mujer. Como no se comparaba mi cansancio hace años, cuando cerraron el metrobus una mañana en una protesta por los 43.

Lo que sea necesario, pienso. Lo que se necesite.

Nos rompen la rutina. Los transeúntes, se dicen mucho, no tienen la culpa de. Pero yo pienso a mis adentros, que sí somos responsables. Sólo que no es siempre suficiente, marchar. No siempre. A veces sí.

Pensamos en irnos. Vivo con la violencia latente de la ciudad en la garganta. uno siente culpa, más miedo, y si todo empeora, culpa social: no estaré ayudando.

Pero mi ansiedad adentro me empuja a buscar calma. Calma para hacer nido. Para  vivir y ya, un tiempo.

Me miro al espejo, las 8:00 am. Pongo música. Suena esto. Me maquillo. Y si no tuviera miedo de verme bonita, ¿cómo saldría a la calle? parece poca cosa. Pero no.

Ya no quiero vivir con miedo. En mi trabajo veo la injusticia más cerca, todos los días. Lo social parece así. Veo lo vulnerable, donde duele. El hambre de crecer, agudizada por la pobreza, por la violencia. Sólo me queda ser amable, pienso, y no sé si sea suficiente,porque nada es su fi cie te.

Me alisto para salir, un poco de asfalto. Un poco de luz de sol, radiación. Mi novela a medio escribir, el futuro, me separaron el cuerpo y la conciencia en dos. No puedo esperar a volver a ser coherente. Ya les contaré de eso. Mientras la calle. Pero no saldré con prisa. No caeré en la neurosis. Pensaré en mis libros.

Debo mantener calma, y observar profundo. Escribir más. Ser eficiente, sin estresarme. Mantener calma. Jugar al ritmo caótico, nadar en la ciudad. Escribir, y no olvidar comprar el pan cuando vuelva a casa.

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La historia de una casa donde se siembra

Hace cinco años me acerqué por primera vez a la Agricultura Urbana. Nunca tomé un taller, no pagué un solo peso por aprender lo poco que sé, que ha sido suficiente, al menos hasta hoy, para sembrar en casa.

Entorno a este tema podría contar cientos de historias de aprendizaje, de compartencia, de reflexiones que el camino de las plantas me ha ido dejando. Pero hoy quiero contar la historia de casa. Del rincón donde anida nuestra familia.

Llegamos por casualidad a un anuncio de una casa “sui generis”, cuyas paredes no eran paredes sino enormes hileras de maceteros hasta ese momento, vacíos. La visitamos un día entre semana por la tarde y se veía prometedor. Siempre quise espacio en mis ventanas para sembrar, algo de luz, algo de aire, eso era suficiente para sembrar. Así crecí en un departamento de la Ciudad de México, atesorando los rayos de sol que entraban veloces y en pocos momentos de las estaciones del año.

Y esta era una casa extraña, como si la hubiesen diseñado para mi, para nosotros que teníamos el deseo de compartir el huerto y verlo crecer. La elegimos quizá por las ventanas y la posibilidad del verde en ellas y nos quedamos.

 

Las macetas entonces estaban secas. Al menos tenían la tierra que albergaron hace más de un año, que por su puesto estaba casi muerta. Ese era y sigue siendo el mayor reto, crecer en macetas no es lo mismo que hacerlo en la tierra. Y un buen agricultor urbano sabe que hay algo que le falta a esto. Le falta el esfuerzo de hacer suelo, de alimentar la tierra con los nutrientes y el oxígeno que aportan los cultivos diversos, y la vida microscópica que posibilitan. Había que alimentar la tierra con bacterias, composta y tierra viva.

Otro reto era la sustentabilidad, es decir, ¿qué tan ecológico es mantener casi 150 metros de largo de macetas con plantas comestibles? Se requiere de agua, de riego constante. Esto en una ciudad deja de ser amable con el medio ambiente. Estamos lejos del modelo de Fukuoka, en donde el hombre apenas interviene para mantener el equilibrio natural del suelo y sus poblaciones vegetales, animales y minerales.

Pero es uno más de los intentos que nos enseñan cosas, nos hacen pensar y nos ayudan a prepararnos para mejores espacios y condiciones.

Lo primero que hicimos fue colocar en cada una de las macetas un poco de bocashi, un preparado de salvado y bacterias fermentadas que se utiliza para fertilizar la tierra. Este lo conseguimos de un amable agricultor urbano de una chinampa de Xochimilco, que nos casi regaló como tres kilos del preparado. De esos 3 kilos logramos multiplicar el doble agregando más materia prima, el salvado, el piloncillo, (Aquí está la receta) y eso nos permitió añadirlo a cada contenedor.

Eso fue una tarea algo pesada. Somos dos, y a veces para poder terminar de atender todo el jardín vertical que nos rodea necesitamos pasar medio día sólo trabajando. No es un trabajo cansado, es en realidad bastante meditativo. Ponemos música y manos a la obra, y pasan horas en que esa concentración termina con mucha satisfacción y descanso.

Eso sí, creo que hay que decir que para que una planta produzca en la ciudad, si bien la naturaleza de una semilla y sus condiciones pueden hacerlo todo, sí se requiere de tiempo específico para atenderlo. Me ha pasado abandonar un poco algunos sectores, o posponer la aplicación de algún repelente natural para plagas porque simplemente tengo pereza, o pierdo el entusiasmo. En una ciudad hay mucho que se puede hacer, y uno tiene que elegir entre eso, y cuidar del huerto. Sí se requiere tiempo, y energía, y sobre todo disposición mental. Y apertura para aprender.

El siguiente paso fue instalar el sistema de riego automático. Ya había uno pensado anteriormente para manejar aspersores superiores, y lo cambiamos por sistema de riego por goteo, así podríamos ahorrar el agua que se salpicaba y sería más sencillo mantener la humedad. Aunque aún hay fugas de agua y escurrimientos, y en ciertas zonas la presión del agua es mayor y mayor su cantidad, funciona digamos que bien. Hubo que humedecer varios días la tierra hasta que estuviera lista para recibir a las plantas.

Las plantas que trasplantamos, a su vez, fueron sembradas casi desde los primeros días. Usamos unos almácigos de casi 80 brotes cada uno, y terminamos con cerca de 1,500 brotes distintos de lechugas, espinacas, zanahorias, apio, jitomate, chile, albahaca, epazote, cilantro, y otras.

Las plantas tardaron en crecer entre tres semanas y un mes. Y como cada una tenía ritmos distintos, esperamos a que las últimas estuvieran listas para hacer el trasplante. Ese fue un día largo de sábado, que terminó con las macetas casi como estaban al inicio, pero con pequeñas plantitas encima que apenas si se apreciaban.

Entonces es cuando el trabajo se vuelve algo extraño, porque la cosecha viene lento y crece lento. Sólo las fotografías pudieron dejarnos ver cómo crecían las plantas, hasta que un mes después teníamos todas las macetas llenas de vida, y en un par de meses, tuvimos los primeros frutos ya en el plato.

Tomó sólo 3 meses tener los primeros jitomates, lechugas, y los chiles llegaron al mismo tiempo, aunque a esos nos gusta dejarlos secar en rama para que concentren su sabor. Siempre es algo mágico poder abrir la ventana y sacar unas hojas de lechuga, que saben muy frescas y gruesas, al igual que las espinacas. Los jitomates han llegado a producir cerca de 1 kilo cada semana, y conforme las plantas van cumpliendo su ciclo los frutos van siendo más pequeños. Después crecieron las hierbas, muchos dientes de león que valoro por su aporte nutritivo y medicinal, y otras. Las caléndulas guerreras, las flores que resisten al embate del sol.

Hemos cometido ciertos errores, sobre todo porque a veces dejamos de pensar que tenemos comida en la ventana. Y a veces perdemos algo de la producción. Quizá sea buena idea ofrecer a los vecinos algo de la sobre producción. Hasta ahora no lo hemos intentado pero ya les contaré si sale bien, o si sale mal. Otras veces ns damos cuenta de que seguimos comprando ciertas cosas, (no las que se producen aquí, eso sí) y entonces el consumo sigue siendo mucho más diverso que la producción. Es en este punto que notamos lo importante que es el intercambio y lo inútil que es pensar que uno solo puede autoabastecerse. No way.

La casa es bella, pero tiene sus bemoles. Definitivamente no es la forma más ecológica ni sostenible de producir comida. Pero ha sido un buen pretexto para hablar de ciertas cosas con amigos, con gente que la ve desde la calle y en general, con quienes se cruzan o vienen a visitarnos. Es posible producir localmente, sí. Requiere esfuerzos, mucho. Pero da una satisfacción enorme, y es muy bello presenciar el milagro de la vida a pocos metros. No todo, como piensan algunos, se resolverá si tenemos huertas personales. El mundo no funciona así, cuidar de la naturaleza a través del cuidado de cómo producimos lo que consumimos es una parte importante, pero si queremos aportar, debemos estar conscientes del grave problema que enfrenta el campo mexicano, la tragedia de los campesinos y el crimen que realizan las grandes marcas de granos y semillas. Ahí hay decisiones y posturas políticas que tomar.

Pero en lo micro, me gusta tomar un té en la mañana, y ver cómo el sol se va escurriendo encima de las hojas nuevas. Y ver cómo resurgen brotes donde pensábamos que ya no había. Tienen una buena energía las plantas, supongo que es la propia proyectándose en su verdor. Da mucha ilusión ver los frutos llegar. Y nos hace re pensar cuánto le toma a la naturaleza producir un poco de sí.

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Mientras seguimos disfrutando de este espacio verde, prestado como todo lo que nos rodea, yo sueño con poder pisar tierra firme, y sembrar en ella. Dejar de lado el sueño urbanizado-imposible, de las ventanas, y no sé, ponerle un poco de oxígeno al suelo que me sostenga.

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Sembrar afuera es ir hacia la cosecha de nosotros mismos. 

 

 

 

La región árida de los anticonceptivos

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Ehem, esto no sé cómo escribirlo, porque el tema del que quiero hablar es precisamente aquél que me impide ser elocuente. Pero aquí voy. Además de una dieta casi vegana 100% y estricta, que sigo a detalle, estoy tomando anticonceptivos que me recetaron para controlar los niveles hormonales que al parecer tenía locos, y que produjeron mis quistes y endometriosis. Y estas hormonas sintéticas son todo un caso del cual quiero contar mi experiencia.

Yo había sido casi siempre anti-doctores, anti-hormonas, anti-medicinas. Mi desconfianza del sistema de salud es sobre todo porque mi principal problema en la vida ha sido el dolor menstrual, que luego se volvió una inflamación crónica, con cambios de humor locos, y mucho cansancio. Y ningún médico sabía, no parecía creerme, o pensaba que pudiera ser digna de mayores estudios. Mi droga más fuerte ha sido el café. Siempre fui una persona que no bebía alcohol como hasta después de los 27, y muy poco, nunca he fumado, y otras drogas no han estado ni siquiera cerca de mi. He hecho mucho ejercicio siempre, y cuidado mi alimentación. “Mi cuerpo es mi templo”, es mi lema. Cuando iba con el doctor y le explicaba cómo me sentía siempre me mandaba, solamente, analgésicos cada vez más fuertes. Nunca parecían saber qué me ocurría y por eso fui perdiendo la confianza en ellos.

Aceptar un tratamiento hormonal fue un golpe muy duro para mis principios. Junto con la posibilidad de una cirugía que se prometía muy invasiva y extirpadora, he tenido que investigar mucho por mi cuenta y observarme para entender mi cuerpo.

Las hormonas de los anticonceptivos no me parecieron muy simpáticas cuando las recetaron. No sabía mucho entonces sobre sus efectos secundarios y busqué información, sobre todo testimonios de pacientes que las utilizan. Entre los efectos secundarios, lo menos grave eran depresiones, y lo peor, la posibilidad de tener coágulos en las arterias que podían llevar a infartos cerebrales o cardíacos. Nada más.

Así que cuando los empecé a tomar estaba inevitablemente algo sugestionada con los efectos que tendrían en mi cuerpo. Digamos que no he tenido tremendos síntomas negativos pero encuentro un principal foco de preocupación que parece ser la razón por la que muchas han dejado estas hormonas.

Y es que ocasionan una especie de planicie emocional a lo largo de su administración. No sé cómo explicarlo. No estoy realmente mal, debido a sus efectos, pero me siento extraña y diferente a antes.

Antes aunque mis emociones cambiaban según mis momentos hormonales de forma muy repentina e intensa, podía reconocerme en el espejo. Esa era yo, inestable emocional, soñadora, me inspiraban muchas cosas. Podía levantarme en las madrugadas sólo para disfrutar la salida del sol. Escribía de forma distinta. Cualquier evento a mi alrededor podía ser objeto de alguna narración pequeña en mi diario. O inspiración para bailar, o pintar, o sembrar, echar a andar proyectos. Cada mes me iba muy al fondo de una tristeza inexplicable, que reconocía era mi química cerebral detonándose en mis lágrimas o de una alegría extática. Podía sentir tres días antes de mi menstruación una melancolía repentina, y cuando me miraba en el reflejo del baño ahí estaba yo. En mí reconocía mis fallas, mis frustraciones, mis amores, todas las cosas que quería. El cerebro y las hormonas son una cosa increíble que funciona gracias a micro mecanismos. Es un universo diminuto en donde dos moléculas pueden hacer enormes diferencias.

Una menstruación normal es el resultado de dos hormonas: estradiol y progesterona, que producen los ovarios, y un sangrado producido por anticonceptivos es producto de esteroides sintéticos, como el etinyl estradiol y levonogestrel. Las hormonas producidas por nuestros ovarios como la progesterona, calman el cerebro y reducen la ansiedad, mientras que el levonogestrel aumenta la ansiedad. Aunque antes no estaba 100% consciente del efecto y el momento en que aumentaban o disminuían mis niveles hormonales, mis meses eran un terreno conocido. Era doloroso, sí, lloraba mucho en los días previos, a veces estaba hiper sensible y no soportaba ni que ciertas cosas me rozaran la piel de los brazos o las piernas. Pero también estaba mucho más despierta a la vida. Mis proyectos tenían más sentido, estaba acostumbrada y aprendiendo a manejar mis montañas rusas emocionales, sobre todo dejándome llevar por ellas consciente de que siempre en la peor curva o punto crítico, las cosas volvían a un lugar más tranquilo. Mi forma de escribir era distinta también, era más fácil iniciar una hoja en blanco. Usaba más metáforas, tocaba más el terreno de la fantasía. Ahora siento como si hubiera una especie de techo invisible adentro de mi cabeza que no me deja llevar las emociones ni muy alto ni muy bajo. Esto para muchos parecería al fina, estabilidad. No ir muy hacia la melancolía, ni tampoco hacia la alegría demasiado alta. Pero creo que es justo este síntoma el que causa depresión en quienes utilizan anticonceptivos por tiempos prolongados. Es como si viviéramos en una cajita de cristal en donde las cosas no nos tocan demasiado y por tanto nuestras reacciones a ellas son limitadas de igual forma.

Sé que en el fondo de mi esto no me gusta, pero no alcanzo a sentir una postura definida al respecto porque no me siento fundamentalmente mal. Es como estar en un paraje árido y tibio donde no hay demasiada sequía, pero la hay. Algo no anda bien en ese paraje. Cuando sentimos sed encontramos un poco de agua, si se siente frío, un poco de calor, nada que nos haga realmente poder gritar o desesperarnos. Es un tipo distinto de desesperación. Una muy metida adentro que no se alcanza a hacer escuchar.

Ningún cuerpo femenino es igual a otro. Eso lo tengo claro desde que esto empezó. Aunque muchas compartimos ciertas cosas, creo que todas somos una mezcla distinta de hormonas y bacterias e historias y emociones. No me gustan las generalizaciones. No me gusta cuando se nos mete en un esquema hecho aparentemente para comprendernos mejor, como los síndromes, las condiciones, las “enfermedades”. Ni siquiera siento que la medicina tenga claro qué pasa con nuestros cuerpos. Lo que sí siento, y lo veo en las salas del hospital, entre mis amigas, con conocidas que pasan por estas cosas, es que cuando afuera hay tanta violencia y desconocimiento, adentro generamos solidaridad y hermandad. Una especie de conciencia de que no tenemos lo mismo, no sabemos si lo que se nos diagnostica torpemente es en verdad lo que tenemos, sabemos que algo nos pasa, y eso es lo que compartimos. Compartimos mucho, las cuerpas femeninas, y al menos tenemos la sensibilidad para la mayoría de las veces, empatizar las unas con las otras. Si una amiga me preguntara mi opinión sobre las hormonas, le diría esto mismo que comparto aquí. Pasa esto y esto otro, pero es libre de elegir lo que sienta mejor para ella. Y nadie tiene derecho a cuestionar sus decisiones terapéuticas. Una ya está asustada, agobiada, tiene los síntomas que busca curar, y no se encuentran muchas respuestas afuera. El juicio de otros, o sus opiniones sobre lo que elegimos respecto a nuestros cuerpos, sobran.

Cada una decidimos qué camino elegir. Medimos la cantidad de tiempo que hemos buscado una cura, explicaciones, buenos médicos. El dinero del que disponemos, el tiempo que podemos dedicarle. El ánimo con el que contamos. En mi caso he pasado ya por varias terapias alternativas, no invasivas, como la homeopatía, terapia sistémica, meditación, y no vi resultados en estos 15 años. En mi círculo de amigos, como yo misma, preferimos lo natural, lo no sintético. El proceso emocional por el cual podemos sanar. Pero en mi caso el dolor y la desesperación me hicieron tomar un camino distinto al alternativo. Y ahora entiendo que aunque antes pensaba que podía tener derecho de hacerlo, no podría cuestionar el derecho de ninguna a decidir qué camino tomar para sanar. Era muy dura con esto antes, pensando que las mujeres que no optaban por lo alternativo estaban siendo muy duras con ellas mismas. La dura era yo, juzgándoles.

Yo he tenido la enorme fortuna, el privilegio de tomarme meses enteros para reflexionar, buscar terapias, informarme, estar conmigo exclusivamente para resolver esto. Las hormonas sintéticas me han mostrado un lado de la vida que no quiero vivir, y espero dejarlas en cuanto sea posible. Buscar respuestas me ha hecho ver y habitar una comunidad de hermanas. Encontrar en mi pareja un compañero comprensivo, fuerte y amoroso. También he investigado mucho sobre cuestiones ginecológicas en todo el mundo. Los costos, las causas de ciertos males, el efecto del estrés y el ritmo de vida en los cuerpos de las mujeres. Y veo que la endometriosis está llena de casos como el mío. De mujeres que dijimos “nunca tomaré esto, nunca me haré aquello”, y que cedemos ante el dolor y la desesperación de tratamientos no fructíferos. A veces pienso que somos un experimento de nadie, una manifestación de algo que ocurre en el mundo que simplemente todavía no tiene respuestas como el cáncer, y que nos toca a nosotras descubrirlo aunque no seamos sujetos de casos de cura. Al menos tendremos indicios que dejar a otras hermanas, o a las futuras generaciones.

No quiero decir que la homeopatía u otros caminos no funcionen. Algunas mujeres me han contado historias con finales exitosos usando estos métodos. Yo no recomendaría en lo absoluto las hormonas sintéticas aunque no sé si todas sientan la misma planicie emocional, quizá no. Pero sí recomendaría prevención, cuidados desde muy jóvenes, tener una alimentación excelente. Habitar un cuerpo de mujer requiere una nutrición buena, verduras frescas, cero hormonas, cero alimentos procesados. Amor propio. Y si el problema ya está presente y no hablamos de prevención, sólo queda la fuerza para buscar para una misma, lo que nos haga sentir mejor, y más seguras.

Habitar un paraje árido puede ser una experiencia catalogada como negativa. Pero en mi caso creo que ahora veo mi “vida hormonal pasada” como un lugar lleno de emociones y riquezas interiores. Veo todos los proyectos que pude crear con el ímpetu que sentía. Todas las decisiones que he tomado con las TRIPAS. Las escenas que me llenan de emoción cuando recuerdo haber destruido cosas, y cuando las tuve que reconstruir. Creo que no era consciente de lo rica emocionalmente que era mi vida. Y de cuánto arte he buscado y he creado. Desde este otro lugar desde el que tengo oportunidad de observarme sé que una parte de mi que no distingo bien ahora suspira muy profundo.

 

 

 

La desnudez en aguas cristalinas

Era el tercer día de estancia en el camping de las Islas Cíes, unas islas a unos cuantos kilómetros de Vigo, en el norte de España. Los dos primeros días pasaron entre cansancio y unas náuseas que nos trajeron sospechas y sopores.  El aire era muy fresco, turquesa como el agua. Mi cuerpo, pesado.

Al llegar a las Cíes uno ve primero, desde el barco de Mar de Ons, un par de planicies verde oscuro a lo lejos. El agua es azul, muy azul. No es azul como el agua profunda de México en el Pacífico, que desde México huele y sabe a montaña cálida. Es azul frío, Atlántico, ultramar, gálico, neblinoso. Y está lleno de gaviotas blancas y gordas que gritan todo el tiempo.

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En este punto del viaje, en cuanto bajé del barco a las arenas blancas de la isla dejé un poco atrás el tema de las brujas. Sobre todo porque mi cuerpo se sentía grueso, muy denso y cansado como para sostener mis propias fantasías. Cada día puntualmente, mis náuseas llegaban a eso de las 12 del día y no se iban sino hasta las 5 de la tarde. El paisaje era un paraíso gélido, casi intocable por los turistas, en el que solamente los valientes terminaban por adentrarse al menos unos minutos.

El agua del mar estaba tan fría que la playa, brillante y caliente, permanecía abarrotada todo el día, sin dejar que la figura de los bañistas manchara el azul claro de la costa. Estaba helada. Y cómo dolía en los huesos y en los músculos.

Z, un nadador, buzo, pez nato, me llamó varias veces desde las aguas no profundas. Y yo lo intenté, pero no podía. Ponía mis pies tibios en el borde y los apenas dos centímetros del agua me herían hasta las ingles. Podía sentir cómo subía un témpano por mis venas. Me dolía estar, la cabeza, las náuseas, la fatiga del padecimiento en el vientre, constante, determinante de todo.

Una noche vimos las estrellas, muy a mi pesar porque quería solamente dormir y acurrucarme. Las caminatas durante el día me dejaban agotada. En ellas podía ver aves distintas, gaviotas criando a sus polluelos en los peñascos altos contra los que las olas chocaban. En el Atlántico los faros blancos eran como un espejismo perfecto atemporal, y en estas islas había uno más allá del bosque que llenaba el centro. Un bosque alto de coníferas con muchos helechos protegiendo el suelo que en pocos metros se volvía de nuevo rocas, con algas amarillas y más gaviotas. Era muy bello, pero mi mente ya no significaba ninguna imagen ni hacía metáforas más allá de “guardar la belleza para después”. De cierta forma me sentía fuera del tiempo y del espacio, sin dejarme emocionar por nada. Excepto por las estrellas que vimos en un paseo astronómico nocturno que hicimos, del que les hablo. Esta está aquí, esta allá. Como marcas en un mapa que ha servido para decirnos a dónde ir en el mar y en la vida. Y las piernas estaban frías por el viento helado de la noche, yo tiritaba y entrecerraba los ojos. Ellas son las estrellas, esta soy yo.

Mi sangre estaba condensada. Pero el tercer día fue distinto. Nos quedamos toda la mañana en una playa nudista. No tengo reparos en la desnudez, casi nunca. Me gustó el sol ardiente de verano estando tan alto alto arriba del Ecuador. Dormité un rato. Z nadaba, yo lo veía desde la arena. De pronto decidí que iba a intentar meterme. No sé nadar, nunca aprendí. Le temo al mar que se ha llevado amigos, y que me causa esa sensación de tormenta en los pulmones cuando pienso en su tamaño.

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Me tomó mucho rato meterme por completo. dolor, frío, escalofríos, espasmos, respiración acelerada, ganas de huir. El agua no dejaba de estar fría, en ningún momento y el mar enorme se acercaba helando las corrientes que algunas rocas y la baja profundidad podían entibiar. Estaba un poco harta de sentirme mal todo el tiempo. De estar feliz por dentro pero sentir un hastío interno nauseabundo. Creo que era como si la vida y sus sorpresas hubiera sido mi cena anterior y me hubiese dejado indigesta con demasiado por asimilar demasiado pronto. La endometriosis, la prisa irrelevante, las voces de juicio sobre el cuerpo de las mujeres. Nunca había sentido que algo fuera más allá de mi cuerpo, (la depresión que padecí hace muchos años fue dura, pero mi cuerpo siempre me había sostenido). Sentir por vez primera que mi malestar era físico me asustó mucho. Este es mi límite: mi piel, mis huesos. Sólo adentro de esta carne tengo vida. Pensé en la gente enferma, las cosas crónicas. En lo difícil que es cada día para quienes tienen cosas peores que la mía.

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Después de todo era sólo agua helada, velocidad. Y algunas cosas más.

Pero de repente ya estaba adentro, de hecho ya no sentía tanto frío. Debían haber pasado unos 20 minutos desde que había metido todo el cuerpo hasta el cuello. No había nadie más en el agua y empecé a moverme un poco para calentarme. Pude flotar un buen rato sintiendo cómo mis pulmones querían gritar por la presión veloz del espasmo. Sentí tantas cosas intensas al mismo tiempo que pensé que hasta entonces había aterrizado en España. Lo de antes era un preámbulo a muchas cosas. Todavía no había aceptado que viniera lo que viniera la vida llega al cuerpo como una chispa incontrolable y se reproduce, y continúa y continúa en un movimiento casi perpetuo.

Aceptar las cosas es importante. Es quizá imprescindible, para avanzar. Los paisajes paradisíacos me parecían eternos y al tiempo efímeros, con los días contados: los arrecifes tienen ya, una fecha de caducidad. Como muchas especies y ecosistemas. La felicidad que navega encima de las cosas que consumimos también se acaba. No lo miramos. Vivimos una catástrofe que se niega a aceptar su condición colectiva. Y sin embargo la belleza persiste, y cobra nuevas formas ante nuestros ojos.

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Tomamos el barco de regreso una mañana soleada. Recuerdo un beso en el muelle. Las almejas abrazadas a los barrotes sumergidos en el mar. La palabra “cristalino” en mi cabeza, saberme en la “tierra” luego del susto del vuelo largo. El equipaje con menos víveres, muchas fotografías en mi cabeza. Una casa de campaña donde el amor no cabía de tan grande. A la vuelta, en el barco tomamos el sol en la cubierta. Yo pensé en la novela, y en lo difícil que es escribir en el vaivén de las olas, que aunque era incómodo, tuve que escribir cosas así, en las cubiertas vacías nocturnas solitarias y las llenas de esperanza matutinas.

Desde ese día en la superficie helada empecé a pensar que una vez abrazada a mi propio cuerpo ya todo sería mucho más sencillo, a pesar de todo. Además me acompañaba Z, en cada momento. Nos esperaba entonces otro largo viaje, a una orografía distinta, menos marítima pero líquida todavía, en otro campamento en la ribera del río Sil. De nuevo había que tomar el coche, el equipaje, las fantasías, los mitos. Y los ojos agudos listos para verlas.

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12654205_1109321139098117_1383600501490885638_nEn estos días, toda la ciudad parece vestirse de pueblo feligrés. Llego a casa de mi madre y en el radio sólo se habla de eso. Apagamos molestas el aparato. No se habla de fe si viene el Papa, seamos honestos. Ella y yo hablamos del despliegue de recursos por su visita. Indigna mucho.

Conforme se acerca su aterrizaje la logística se intensifica. Cerrarán un montón de avenidas. El metro, el metrobus, las bicis. Cerrarán calles.

Afuera del trabajo han estado arreglando las banquetas frenéticamente. Muchos lugares que serán parte de sus trayectos están siendo “mejorados”. Colonias que antes no contaban con asfalto de calidad, pinta de banquetas, arreglo de jardineras. México recibirá al Papa con limpieza y belleza, y muchos creyentes que con sus celulares harán una linea de foquitos que le dirá “hola”.

Entiendo eso un poco. Ese furor alegre. Cuando Juan Pablo II vino a México en el 99 asistimos a verle en una banqueta de Churubusco. Esperamos horas. Pasó por segundos, y una tía lloró de emoción. Los medios lo meten a uno, -o uno deja que lo metan- en un furor de masas extraño. Parece maravilloso que venga. Se va, y la vida sigue igual.

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Bienvenido Papa, te esperamos con las venas abiertas

Los gitanos: Última parte de El Caribe

Llevaba muchos meses viviendo en la Riviera Maya. Ya había pasado de la ilusión de vivir junto al mar turquesa y empezaba a entender sobre los negocios sucios que cubren toda la costa de la península de Yucatán. Había delitos menores, mayores, y delitos políticos. Y no solamente mexicanos, los crímenes internacionales también iban de visita.

Para ese momento la humedad de la playa ya era cosa común. Me gustaba la sensación pegajosa de la piel, y la arena en los zapatos todo el tiempo. Tenía una rutina sencilla llena de pequeños placeres como despertar con el sol y hacerme el café express en la maquinita de la casa. Hojear mis libros, y mirar el mar turquesa largo rato antes de irme a trabajar. Me había acostumbrado a los huéspedes franceses y a hacer ejercicio en la piscina del gigantesco hotel español donde pasaba todo el día. Poco a poco me sentía en casa, aunque no me gustaba del todo. A veces por las noches había fiestas en la casa donde vivía, una villa frente al mar, que compartía con seis de mis compañeros, franceses casi todos inmigrantes, provenientes del norte de África. Trabajadores con ardua disciplina tratando de huir de la banlieue.

 

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17 de marzo, 2009

Akumal

¿No debería salir de mi cuarto e ir afuera con los otros? Debería encontrarle sentido a las reuniones de otros países, pero llevo tantas mezclas de lenguas en la mente que ya todos los humanos me parecen los mismos, ingleses, franceses, criollos… españoles. Todos nos vamos a morir, todos sentimos amor, no hay nada nuevo. 

Lo que hago todos los días tiene dos filos. Uno es vacío y sonriente, el otro es pleno y humano.

Mi mundo interior hierve y se pronuncia a sí mismo, el dolor  físico de hace días me hizo quedarme en cama y no pintar. La menstruación es mi pequeña muerte.  Pinté hoy un paisaje marítimo, muy simple, y ahora mismo se me ocurre pintar dos aves. 

Son dos pájaros que viajan juntas.

***

Mi trabajo era sencillo. Despertaba a las 6:00 para ver el amanecer, siempre lo hago cuando puedo, esté donde esté. Esperaba un largo rato a solas en la cocina, mirando el mar. Tenía pocos momentos de soledad y los cuidaba mucho. Luego iba caminando descalza, sobre la arena hasta el hotel. Eran sólo diez minutos, hasta llegar al restaurante buffet. Hola aire acondicionado. Ahí llegaba el resto del equipo de animación. Se saludaban, Bonjour, Salut les filles, al principio todo era cordialidad, luego de unas semanas fui entendiendo, en ese micro mundo, micro paraíso caribeño, que había un montón de intrigas entre el equipo.

Yo desayunaba fruta y café, y picaba algo de la larguísima mesa de comida. Siempre tocaban la misma música todas las mañanas: un refrito barato de alguna canción vernácula mexicana en versión digerible al turista. Todo era eso. La caricaturización de mi cultura. Los turistas que recibíamos tocaban poco del México real.  Yo tocaba poco de su realidad. Algunos habían ahorrado años para pasar dos semanas en ese hotel. Otros eran ricos, franceses con vidas acomodadas, vacaciones cada año en Marruecos, en Grecia, en Hawaii. Daba lo mismo. Otros eran jubilados (mis preferidos), otros, jóvenes que buscaban beber y maldecir tanto como la boca se los permitiera. Hacia toda esa fauna nos dirigíamos al salir del pétit déjeuner, tres chicas, dos chicos, y yo, cada día.

Nos esperaba la tienda de animación junto a la playa y la piscina. Yo ponía música tranquila y hacía estiramientos con los más mayores del hotel, los ancianos, como yo, gustaban de madrugar. Más tarde venían las oleadas de turistas crudos, pocos canadienses, casi todos europeos. Conforme avanzaba el día la profundidad de las conversaciones se iba desvaneciendo. Aumentaban las visitas al bar. Yo me desesperaba y apresuraba todo para irme a casa a descansar. Muchas veces caminaba en la playa toda la costa de Akumal, una buena parte, con los audífonos puestos, soñando con volver a bailar e irme lejos, de nuevo. Era demasiado superficial todo. Los riesgos de ser golpeada por el ex jefe de animación como represalia a mis denuncias se habían esfumado, no había nadie muy interesante, nadie para hacer amigos, nadie para ligar. Me aburría.

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mayo 12, 2009

Akumal


No veo el momento de irme y encontrar una casa, otras calles, mis libros. No sé exactamente a qué vine. A lavarme el cerebro del asfalto, a demostrarme algo, renovarme, conocer gente.

Me siento cansada de todo lo que ha pasado aquí. Los magnates y los yates, los niños, la familia del avión.. la selva llorando su sangre que se chupan los hoteles, el trabajo explotador, estoy cansada de los problemas empresariales, las rentas. También este paraíso tenía su pequeño trozo de jardín muerto. La tierra que se asfixia y me mira con sus ojos de mar azul turquesa me pregunta cosas. ¿A qué viniste?

Quiero dormir mucho tiempo, despertar y pintar, escribir, entregarme al mundo interno inteligente, alejado de tanta superficialidad de playa. Quiero una conversación interesante. Cuando empecé a escribir esto quería decir que cuando escribo la voz que pronuncio en mi mente es una mezcla del acento de mi padre, la voz de una mujer mayor que yo que no sé quien es, y yo cuando era niña.

Quizá también vine aquí para estar conmigo misma y conocerme. Me voy. No sé cómo me siento exactamente.

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2233_49109368057_330_nTenía que hallar sentido en lo cotidiano. Ponía mucha atención a las anécdotas que me contaban mis compañeras. Una de ellas era hija de rumanos, adoptada en Francia por una mujer soltera por quien no podía dejar de tener resentimientos de hija adoptiva. Otra era kabilie, descendiente de una tribu berber, de Argelia. A veces hablaba en árabe con los huéspedes de origen árabe que llegaban. Era musulmana, pero no practicaba más, y era mi compañera de cuarto. Me estresaba mucho su carácter y con el tiempo empecé a rehuir de ella. La otra, Sandra, la hija de rumanos, era muy reservada y ultra deportista. Su cuerpo era perfecto, moreno y terso. Me gustaba su compañía porque ella era la única excepción lejos del deseo irrefrenable de shopping del resto de las chicas, lejos de los deseos de coger, beber y quitarle dinero a los huéspedes. Hablaba además de francés, inglés y una especie de dialecto gitano.

Lo supe porque cuando llegaron los gitanos, era ella quien hablaba con ellos.

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Cada semana llegaba un nuevo grupo de turistas. Había que recibirlos en el lobby con caras felices y hacerles “sentir acogidos”. Todos podíamos establecer contacto con cualquiera de los huéspedes siempre y siempre había vínculos amigables que establecer. A diferencia de la parte mexicana del hotel, en esta región francesa no había acoso sexual de los huéspedes hacia las animadoras. No había rastro de prostitución, ni tráfico de drogas. A lo más que llegaban los viejos franceses era a dejarme propinas de 100 euros, y notas con sus correos, que nunca respondí.

Diego y Ordán llegaron una de las últimas noches de viernes en que recibíamos huéspedes. Era un grupo pequeño, que había hecho un largo tour por el norte de África y ahora terminaba su viaje en México. Se quedarían dos semanas. Venían dos parejas más en ese tour, las dos francesas, de luna de miel. Ellos dos eran hermanos y no hablaban con nadie más que con el gerente y con Sandra, mi compañera de 25 años. Eran como una escena de película todo el tiempo.

Los dos eran altos, como de unos 40 años o más. Se parecían un poco, aunque uno, Diego, era más robusto que Ordán. Eran guapos, con las cejas pobladas y caras tristes, pero ninguna de mis compañeras se les acercaba a platicar ni siquiera en plan de trabajo, conversando o jugando scrabble. Mis compañeros intercambiaban breves frases muy de vez en cuando. Mi compañera de cuarto de Algeria, rehuía de ellos. Me di cuenta pocos días después de la llegada, que eran un par especial. No eran sólo dos huéspedes más y ya. Se traían un misterio todos, y yo no sabía si quería saberlo. Planeaba irme, y así lo hice, pocas semanas luego.

1660_41471538057_919_nYa no me sentía en un grupo de franceses. Todos, casi todos eran musulmanes o descendientes de inmigrantes en Francia. Hijos de familias que habían cruzado la frontera y habían labrado su vida de clase media baja a punta de trabajos arduos. Conseguir cotizar para las hipotecas de vivienda era un enorme logro. Sus salarios eran cosa de festejarse todo el tiempo, de cierta manera intentaban integrarse a la cultura de Francia aunque conservaban muchos gestos propios de sus orígenes. Entre ellos, una especie de sensibilidad hacia los negocios turbios. No digo que hayan cometido, ninguno de ellos algún tipo de delito, fraude ni robo. Eran extremadamente cuidadosos para no perder las seguridades que habían ido consiguiendo.

Pero cuando se los veía hablando en voz baja, jugando de maneras increíblemente ágiles a las cartas y bebiendo por las noches, una se imaginaba muchas cosas. Mis compañeras, con claros rasgos de medio oriente, y una energía extraña, con voces fuertes y tonos de constante reclamo hacia muchas cosas, me hacían sentir en otro lugar. Ya no en el Caribe mexicano. Era otra cosa. Una especie de pequeña colonia extranjera llena de complicidades e historias en común. Todos habían compartido entre ellos, diversas estancias en otros clubes exclusivos en el mundo. En Túnez, por ejemplo, estuvo todo ese mismo equipo una temporada, y en esa ocasión, supe más tarde, habían conocido a Diego y a Ordán.

Una mañana estaba poniendo música en la consola de la piscina principal. Hojeaba una revista de modas, y tomaba café. Entonces se acercó uno de los hermanos, y me preguntó mi nombre. Todos me llamaban “Isá”, con acento en la A. Me llamo Isa, le dije en francés. Se me quedó viendo sin ningún tipo de gesto, y se fue. Buenos días, dijo, y se fue a sentar en un camastro.

Luego vino Sandra a advertirme que tuviera cuidado, eran gitanos. Son tramposos. Mienten mucho. Los mismos padres de Sandra la habían vendido a una familia francesa que pensaba explotarla, hasta que su madre adoptiva la salvó de una posible red de explotación. Más redes de explotación, pensaba yo. Las hay en todas partes. Se asoman por entre los dientes y las cadenas de oro de los turistas. No me irán a llevar a ser explotada en uno de esos países, raros, ¿no? le pregunté a Sandra, y ella dijo que no. Que eran otras cosas, pero no me dijo cuáles.

Otro día por la noche, en el salón de juegos del club, el otro hermano se me acercó. Fue muy honesto, según él, y muy abierto.

-Mira, estamos aquí luego de la muerte de la prometida de Ordán. Está triste y quiero alegrarlo. A veces en Francia encontramos a chicas en hoteles, como tú, y les pagamos 2,000 euros por un mes de compañía. Les regalamos joyas, les damos regalos, y nos vamos y quedamos para siempre como amigos. ¿Qué dices? ¿aceptas?

Creo que no dije nada. Tenía en mente principalmente la muerte de la prometida de su hermano. ¿Cómo se murió? El tipo me ofrecía prostituirme. Yo tenía 24 años y era sumamente cautelosa con esas cosas, sobre todo después de vivir lo que viví en el equipo mexicano. Le dije que no estaba interesada y que muchas gracias, y traté de sonreír, pero me ganó el miedo y me fui más temprano a casa alegando que me sentía mal.

Caminé sola por el tramo que conectaba la casa con el hotel. Estaba todo muy oscuro porque no había luna. Eran casi 200 metros los que caminaba sobre la arena, era eso o avanzar por en medio del hotel, unos cinco kilómetros de selva con caminos para cochecito de golf que a las 10 de la noche ya estaban vacíos. Sólo se oía el estruendo de las olas.

De repente vi a Diego avanzando en la misma dirección que yo, iluminado por la luz del porche de alguna casa. Tenía una camisa de lino abierta que mostraba todas sus cadenas. Por eso le reconocí. Sentí miedo. Seguí caminando y me acerqué al mar alejándome de la zona iluminada. Pisé el sargazo, lo perdí de vista y llegué a casa a meterme en la cama cerrando todas las puertas con seguros.

Al otro día le conté a Sandra lo que había pasado, y ella me dijo que me fuera de días de descanso. Todo el equipo conocía al par de hermanos. Viajaban medio año por el mundo. Tenían dinero, cosa extraña en su grupo étnico. Todos habían conocido a la prometida de Ordán, en Túnez. Y se habían hecho amigos. Se enteraron de su muerte por facebook y pensaban, por cómo veían que era maltratada, que su novio le habría hecho algo.

Todo esto podría parecer una conspiración. En la historia no sucede mucho. Tengo flashazos de miedo y del misterio que era ver a estos dos hombres silenciosos deambulando por el hotel. Sandra me dijo que no los mencionara más, que la vida de los migrantes es así. No querían meterse en problemas. Era mucho lo que tenían para perder. Y quizá no valdría mucho la pena recordar la historia, dos o tres semanas después me fui de la Riviera Maya llena de cansancio. Buscaba un paraíso superficial donde descansar del tedio de una vida de lecturas, escritura, y densidad interna. Y me había topado con una paz falsa. Llena de negocios turbios, de manglares muertos. De abusos laborales. Realidades dolorosas de jóvenes que buscándose la vida se convierten en cosas que no se imaginaban.

Cada fin de semana, en mi día libre, iba a la ciudad a hacer las compras y a despejarme en alguna heladería donde podía sentarme a escribir. La última vez que lo hice me quedé llena de asco y miedo, y un poco de tristeza. Quería hacer las maletas y correr.

Vi a los dos hermanos bajando unas maletas de un taxi, y a dos chicas mexicanas, muy hermosas, acompañándolos. Entraban a un hotel lujoso y pequeño de la costa. Una de ellas había estado en el equipo mexicano. Yo sabía que ella quería estudiar turismo y viajar. No supe más de ella.

He cambiado los nombres de la historia. La recordé estos días, que leí que en medio de la crisis migratoria en Europa, los más afectados son los niños y niñas y jóvenes que caen en redes de prostitución.  Y esto es Europa, esto es la Riviera Maya.

Ya no hay paraísos a dónde poder huir.