Menopausia a los 32: gracias endometriosis

7:00 am. Me levanté temprano para poder escribir. Resultado. ¡Heme aquí!

Sé que el título del post parece negativo, pero no lo es. Ni se asusten, si tienen endometriosis, sí, sí tengo una menopausia, ha sido tremenda, pero es pasajera. Es sintética. ¿Pueden creerlo?

Después de mi cirugía laparotómica accedí a un tratamiento de supresión hormonal que detendría el crecimiento del tejido endometrial extranjero en mi cuerpo. Digo extranjero porque crece donde no se supone que debería crecer. Con un par de inyecciones, una gotita de aceite paró la comunicación entre mi cabeza y mi vientre. Para muchas visiones, incluida la mía, esto puede ser fatal, muy mal, lo peor.

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Pero me ha dado el respiro más grande de mi vida. Llevo varios meses sin sentir dolor menstrual.

No tienen idea de lo que es esto para mi. Sé que suena a cliché decirlo, pero soy otra. No me siento dramática a cada rato, por todo. (O sí, pero sin explosiones) Puedo concentrarme. Esto es lo más fuerte de todo. Puedo, finalmente, poner mi atención en lo que quiero durante períodos largos de tiempo. Ha pasado mucho por mi mente desde que noté esto. “Y si los médicos me hubieran hecho caso, y atendido cuando estudiaba”, ¿habría podido estudiar? -ya saben que soy casi del todo autodidacta desde hace más de diez años.

He releído mis diarios y están llenos de cansancio. Cansancio que ya no tengo. No tengo cansancio permanente. “Tu es flematique, trop de la flemme” me decían mis compañeros franceses del hotel en 2010. Estaba demasiado cansada para las fiestas, para las conversaciones. No sé cómo pude remarla para construirme mis proyectos, mis nichos, mis textos. Estuve cansada 20 de mis 30 años.

Cansada de que me doliera el cuerpo, que se me partiera el vientre cada mes y que tuviera que hacer como que todo era normal. Como que estaba bien. Nadie debía notarlo. Hice de la menstruación mi TEMA una época. Algo debía tener adentro la sangre, ¿por qué duele? ¿por qué soy así? ¿por qué? ¿POR QUÉ?

No estaba tan loca como pensaba-mos. Sí había algo mal. Cuando me abrieron el vientre para asomarse y constatar la hermosa mosntruosidad, sentí un dolor paralizante. Pero era el mismo dolor que sentía al menstruar. Le dije a las enfermeras. Sí, duele. Me veían con caras asombradas, ¿estás bien? -te abrieron y removieron todas tus vísceras. Dolía como la puta madre, en todo el esplendor de culpabilización feminizada heteropatriarcal. Dolía como una parálisis en la garganta, un arqueo profundo, una estaca en la tráquea, un hierro ardiendo en las entrañas, un gancho que jalaba mis tripas hacia abajo, una explosión de castigo en mi útero. Me refiero a la menstruación, y no miento, la sensación post cirugía, también dolía así.

No sé si podrán creerlo, pero debo decirlo. Viví así varios años. Con un dolor inmovilizante similar al que habría sentido de haberme abierto las entrañas y hurgado en ellas. Así una semana al mes. Los últimos años aprendí a mitigarlo para poder andar viviendo mi vida. Paracetamol con naproxeno, ibuprofeno, ketorolaco, tomaba cada día cerca de 8 pastillas de 1 gramo. Doctores, ¿por qué permiten esto?

Cuántos gramos de paracetamol dañino para su funcionamiento se tragó mi hígado, sólo Diosa sabe. Una se vuelve toda una artífice de la analgesia. Antes de la punzada, leer las señales: pechos que duelen días antes, humor a punto de estallar, cansancio, pesadez, llanto al borde del largimal listo para usarse. Viene una otra y otra pastilla, se apaga el cerebro. En serio: se apaga algo.

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Tantos analgésicos me dejaban soñolienta y fastidiada. Con un sabor en la lengua desagradable. Pero así había que acarrear fuerzas de donde fuera para avanzar, salir de casa, poner atención a la vida. Yo estaba tan adentro y tan silenciada que me dejaba salir sólo en la escritura. Y en la propia escritura me decía: estoy harta, cansada, fastidiada, ¿de dónde saco ganas de vivir? todo me daba hueva, por eso me he enfocado en hacer de la inspiración un ejercicio para la vida.

El músculo de la sorpresa y la maravilla se ejercita. Con cansancio en mis extremidades y dolor crónico pude hacer un montón de cosas. Colectivos, cooperativas, eventos, protestas, escritos, pinturas, teatro, danza, política, una AC, una empresa, talleres, redes, periodismo, y qué sé yo. Con todo y mi cansancio miro atrás y repito, no sé de dónde saqué fuerza.

El periodo post cirugía fue sorpresivo. También ha sido una de las etapas más felices de mi vida. Atravesando por una menopausia temprana, bochornos, piernas inquietas, insomnios, mal humor, hinchazón, y más síntomas extraños, me casé. Me casé descalza y feliz, en un sitio maravilloso, en un evento que siento que la vida me dio como un recordatorio de que la vida se celebra y se comparte y se reproduce en miles de formas y es una promesa de renovación y fuerza. Me casé con el cuerpo hinchado dos tallas.

Un drama para mi bailarina interna anoréxica heteronormada: la hinchazón. Pero con ella, la oportunidad de meterme en mi carne hinchada y amar desde ahí, y escribir la belleza en mis ojos, antes que en el mundo, para reconstruirla. ¿Por qué soy hermosa, para mi? ¿qué cosa es bella en mi cuerpecito? En realidad, mirar mi pasado, la fortaleza que no sabía que tenía, mi capacidad de amar, de dar cariño, pongo cara de duda aún, al pensarlo, aunque sé que es eso mismo. Mi cuerpo sostiene mi conciencia. Mi cuerpo con sus células que se mueren a cada rato y replican información, con sus errores y sus miles de millones de aciertos, me tienen aquí, respirando.

Con la endometriosis, podría decirse que mi cuerpo no funciona bien. Pero yo pienso lo contrario. A pesar de ella he sido, osea, me ha hecho fuerte. Incluso agradezco haber pasado por todo esto porque me ha dado, me ha obligado a mirarme, a pensarme, a escribir desde otros lugares. Empecé, (aunque siempre lo intentaba hacer) a cuidar mi alimentación con más atención. De acá han surgido montones de reflexiones sobre la sociedad y lo que nos decimos y creemos que es el amor propio. Y tocar el apoyo de mi marido, familia (y de las mujeres que me han rodeado y alimentado con su fuerza) me ha vuelto más sensible a otras cosas que antes no veía. (Siento cariño en el aire, y hago un gesto como para sentir su textura, y sí, se siente cariño en el aire).

¿Qué se siente con la menopausia? Como la mía es sintética, no se ha ganado el título sagrado de una menopausia natural que llega cuando debe habiendo dejado con sus movimientos de hormonas lo que tenía que haber dejado en mi psique y en mi cuerpo. Pero se sintieron bochornos desde el primer día del tratamiento.

Los bochornos son como una bocanada de aire caliente que sube desde el vientre hasta el cuello. Cuando ya llegó al cuello parece que nubla la garganta, da algo de ansiedad, para ser honesta. Dan ganas de quitarme la ropa, arrancarme la piel refrescarme con lo que sea. No me dan ganas de hablar, siento como si me volviera algo viscoso y caliente, feo, y me cierro en mi misma. Se pasa en unos tres minutos, que parecen veinte. Y no deja dormir, porque da tanto calor que una se destapa a media noche, al menos unas cinco veces, con sus respectivas vueltas a las cobijas, lo cual es muy cansado y bueno, molesto, pero ya se pasará.

He subido de talla inexplicablemente, no es que coma dos veces más. Pero el cuerpo de ha hinchado, por todos lados, como si fuera un globo, y la ropa ya no entra, molesta, estorba. Es una sensación, con los bochornos y la talla, como de cuerpo desconocido. Este no es mi cuerpo… hace cosas que no se explican. Muero de calor aunque afuera haga muchísimo frío. Esta menopausia habita mi cuerpo hoy y le quedan aún algunas semanas antes de volver a mi “normalidad”. Entonces hablaré desde otra configuración física y emocional. No sé qué vendrá, pero hoy me siento plena. Así, con lo que vivo, como está.

Pero creo que estaba tan cansada, que estos cambios repentinos no se sienten tan mal. No recomendaría este camino a otra mujer, definitivamente. Sí recomiendo cuidados de todo tipo, y opciones para elegir. Información. Lo mejor es comer bien, revisar la vida, no estresarnos tanto. O nada.

No podemos nunca, juzgar a una mujer por la decisión que toma con respecto a qué hacer con su cuerpo. Veo incluso peligroso recetar cosas cuando no hay un diagnóstico y estudios amplios de por medio. Lo que funciona para una no funciona para otra. Algunas veces algo funciona para todas, pero no todas nuestras condiciones son aún del todo conocidas. Así que algo que parece un quiste puede ser cáncer, y viceversa. Y algunas veces recetar para un quiste, sin tener toda la información y la capacidad para establecer un tratamiento puede costarle la vida a la otra, aún cuando nuestras intenciones sean las mejores.

Me gustaría decir que con cosas naturales conseguí este estado sin dolor. Pero no fue así. Si me preguntan cómo tratarse, diría siempre: estudios hormonales, marcadores tumorales, ultrasonidos, perfil tiroideo… y revisar dieta, sensibilidad al gluten, y otras cuestiones. La flora intestinal DEBE estar saludable si queremos tener equilibrio hormonal. Así que la alimentación es HIPER importante. Creo que si desde jóvenes aprendemos a observarnos y mimarnos, podemos evitar pasar por esto que yo pasé. La salud no es algo que “resuelve” situaciones de emergencia, sino un modo de vida permanente, claro, las ciudades nos exprimen, y no es fácil, pero cuidarnos es algo que debemos hacer si queremos vivir bien. Cuidarnos y amarnos siempre, cada día, es mi consejo.

Les cuento esto para que se cuiden, como advirtiendo que esta es una opción entre muchas, a lado del río de posibilidades, les digo: coman bien! y espero que no pasen por donde yo he pasado! que avancen por un camino más suave, amoroso, natural.

Este tema es muy interesante, son ya las 8:00 y debo saltar a la vida, allá al asfalto. Creo que terminaré este post más tarde.   Tengo que contarles de un libro maravilloso que estoy leyendo, y que en parte, ha abierto la llave de las palabras que cuentan la historia de este cuerpo!

Aquí una pista visual:

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Hablar con una misma, sobre ciudades y una boda

La fantasía más recurrente de mi repertorio consiste en que cada día que vivimos produce una versión distinta de nosotros. Y cada versión entonces adquiere su propia identidad, y su propio cuerpo y su propia vida infinita que se repite en el eco inacabable de lo que somos cada instante.

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Entonces, hay una versión mía que habita un nicho específico en el pasado. Puedo entonces hablar con esas versiones, y decirles y decirme cosas. Este ha sido desde hace algunos años, un ejercicio que repito cuando me estoy moviendo hacia alguna parte. Como el asiento de un autobús: me gustan los autobuses, más que los aviones, pero menos que las bicicletas, porque de todos los transportes la bicicleta es la que menos dosis de estrés puede proveerme. Cuando me desplazo hablo conmigo en el pasado.

Hablo conmigo misma cuando camino en las calles. Sobre todo cuando estoy en aquellas que ya me han visto y donde ya he estado. Me miro en los reflejos de las ventanas, y soy otra, siempre. Ahí se producen imágenes desdobladas de 24 horas de vida que tendrán cosas qué decir a todas las demás.

Estos meses de cambios suaves y sinuosos, me encuentro en calles donde alguna vez viví y para ser honestos y breves, diré que fui infeliz. Ya saben. Cascarones hermosos, silencios, fantasmas. Todo eso habitaron mis pasadas versiones en una zona del sur de la ciudad. Las zonas que por una u otra razón visito constantemente se vuelven parte y personaje de las cosas que hago. Ahora es Tlalpan, alguna vez fue Mixcoac, otras la Roma, otras Coyoacán. Otras bahías y selvas.

Pero ahora es Tlalpan. Me veo en un vehículo visitando sus barrios y sus seres humanos. Como su comida, trabajo con sus productores, vuelvo al mundo de las cooperativas desde programas públicos. Recuerdo cuando caminaba por sus calles temerosa de los asaltos, con los pies adoloridos, el estrés dañando mis ovarios, mi neurosis haciendo un ruido persistente en mi cabeza, y la idea central de que este modelo de ciudad no me gusta. ¿Qué derecho tengo yo a decir si me gusta o no? La vida no es una fiesta a la que decidí venir, o sí. Pero en cada momento, todas las versiones de mi misma, se han, nos hemos, he sentido que puedo, quiero, debo decir si me gusta o no, y entonces, ¿cómo la quiero? ¿cómo diseño OTRA ciudad, otro andar, otro decir? Y una vez que lo he intentado, me pregunto si no es una necedad inútil tratar de sembrar utopías por todas partes. Lo que hago ahora responde a un modelo utópico. Pero opera, funciona, tiene presupuestos públicos. Es un sueño.

Debo decir que hubo un momento en el que pude renunciar a mi derecho de vivir la vida como una loca, buscando la utopía, y no lo hice. Me abracé a mi misma. Pude mantener una vida seca, aburrida, con ese dejo cada día en la boca de que “esto no es”, para esto no vine. No sé de dónde vine, pero para esto no. Eso lo he sabido siempre. Aquí sí, aquí no. Así no quiero. Cuesta decir la vida así, pero tiene sus recompensas. La principal es la dignidad, la honestidad con una misma. Y cuesta, sí. Hay que elegir. Pude dejar de querer pisar y poder decirme desde la utopía, pero no lo hice.

Entonces andar por la calle del Calvario, en el sur de esta ciudad, y sentarme en la plaza central que me vio desayunar y saturar las tripas siempre con ese dejo de vacíos, y mirarme en las ventanas, es decirme cosas. Cosas como, “nunca sabemos a dónde nos lleva la vida”. Todos los vacíos se llenaron, nada más tenía que abrir los diques.

De un tiempo a esta parte pienso que llego a sitios donde había imaginado que estaría. En todos, sí, elijo cómo estar. Y hay otros en donde no quiero volver a perderme: las jaulas de oro que nos vuelven insensibles, taciturnos, secos. No las quiero. Eso lo sé.

Me miro en los reflejos y pienso que puedo hacer exactamente lo que he querido hacer.

Ahora un gato que ha llegado a casa me mira desde la puerta, y maúlla. Me pregunto si me dirá algo. Debo llevarlo al veterinario, en cuanto se deje atrapar.

El otro día llegué a casa y había comprado unos sopes para comer. Amo el maíz. Y amo todo lo que viene cerca del maíz y sus presentaciones multiformes. Lo saqué de su bolsa, lo puse en un plato, puse mis manos como mi cómplice de huertos me enseñó a hacer, sin decirme, para dar gracias. Y pensé: “que todos los seres tengan alimento, gracias”, y entonces oí al gato maullar, y tenía hambre.

Le di atún. Durmió toda la tarde.

Hace un par de días caminaba por una calle por la que anduve cuando era adolescente. Cuando en lugar de ir a la escuela vagaba y escribía en los cafés y perdía el tiempo enamorándome de cualquier cosa que me pasara por enfrente, teatro, danza, circos. Y hombres, o niños. Salí de una consulta médica, el sol se asomaba por entre las ramas de los árboles. Y pensaba en la riqueza y en cómo esta ocurre entre los árboles. Habría que re escribir nuestra manera de entender la riqueza. La entendemos mal, hacemos todo mal. Hay que crear una especie de índice de la vida. Cuánto sembramos de bien, cuántos árboles dejamos ser y cuántos dejamos sembrados cerca. A cuántos podemos respetarles la vida, los haceres, saberes, crecimiento. Un nuevo índice de vida permanente.

Al salir del consultorio compré un helado. Un año después de un diagnóstico mortífero, estoy bien. Y lo escucho y aprendo en silencio, para mi misma.

De pronto los espacios para mi sola se han vuelto nutritivos y plenos. Tengo que admitir que hipócritamente he dicho muchos años que me amo a mi misma, pero siempre sentía al mismo tiempo mi mentira, mi necesidad de un otro, de reconocimientos, de que me miraran. No me estaba mirando yo. Eso pasaba, pero no lo sabía. Y estar sola era una condición accidental, no buscada. Lo que crecía ahí, en los espacios de soledad, eran segundas opciones. Mejor era compartir, me decía, pero si no había con quien entonces: y en ese espacio estaba yo.

Cambió eso, este año. Amerita que escriba otro post, pero mi diario sobre la endometriosis se está volviendo libro. Es un secreto. A partir de mis ovarios y mi útero, lo que me dijeron, mi estar en el mundo cambió. Ahora me gusta estar sola y lo celebro. Tengo tanto que decirme a mi misma. Me descubro diciéndome cosas, con mi voz como la máxima autoridad de esta casa de vida. Y si pienso en mi vida entera, quizá esta sea la mejor cosa que me haya pasado nunca.

Poder decir no sólo, quiero que este mundo sea así o asado. Sino que quiero que mi estancia sea esto. Y quiero respirar así. Y ahora quiero comprarme un helado, y sentarme en el parque. Y es tan lindo estar conmigo. Me gusto. Me gusta mi forma de ver el mundo leyendo encima de las superficies y mezclando historias. Me gusta mi amabilidad. Mi consideración hacia otros, mi escritura. Mi malicia también. La sombra, oscura, dolorosa, destructiva, me gusta, creo. No siempre, pero sí, la veo y me gusto, con ella.

Le digo a mis antiguas versiones, a las adolescentes, cuando camino por las calles que me vieron crecer con tantos miedos e incertidumbres, que todo ha estado bien. En realidad esta fantasía de espejos múltiples internos nació allí. Cuando me pregunté, en el 2001, si había alguien aquí, en mi 2017. Todo este año de sanar, ha sido decirme una y otra vez a mi misma, aquí estoy. Estamos aquí todas.

Yo puedo decirle a mi versión depresiva que la depresión, aunque no lo parezca tiene un fin. Que la soledad no existe. Siempre hay en el mañana la posibilidad de un sol y un cielo azul, y vino.

A las versiones que temían no ser amadas les digo que hay suficiente amor del propio corazón para explotar antes de buscarlo afuera. El amor es un recurso renovable. Pero sin usar las fuentes primigenias no se pueden hallan las celdas solares del cariño.

No creo tener un grado de autosuficiencia emocional aceptable aún. Creo que sí crecemos pensando que debemos “merecer ser amadas” y confirmarlo con un anillo, una foto de amor una boda. Y sin confirmaciones sufrimos mucho. Pero esta semana lo tuve claro. Me caso en pocos días, y esta boda significa cosas nuevas para mis creencias heredadas, aprendidas y creadas. No quiero casarme y pensar que mi vida y mi felicidad dependen de otro. Nunca ser en segundo plano, ni existir para otros. No servir antes a otro antes que a mi misma. No traicionarme, serme fiel, como hasta ahora, aunque duela y provoque tormentas la búsqueda de la autenticidad.

Casarme sin la idea romántica, claro, es poco romántico en el sentido tradicional. Entiendo por qué necesitamos deshacernos de la idea del amor eterno y la realización a partir de un matrimonio. Sí, es bello el amor. Estoy enamorada, como adolescente, me tiemblan las piernas, me derrito de amor cuando Z llega por la tarde y la vida es compartida con todas sus facetas.

Pero mi mayor logro no es casarme. Ni siquiera pienso que sea un logro. Aunque lo vi así muchos años. Cuando pienso en la vida de esposa-madre, reconozco el enorme trabajo que hemos hecho las mujeres al criar una humanidad, pero no me gusta el peso que se le da, enjaulante, idealizado. Pensé que nunca escaparía de esta idea, que me causó tanto sufrimiento. Y creo que por segunda vez, el feminismo me ha ayudado a afirmarme a mi misma y a cuestionarme por qué hay tantos aplausos entorno a una boda, y no los mismos entorno a un logro profesional.

La sensación de logro de sentirme al final bien, en paz, tranquila, conmigo misma, es distinta de la del amor romántico. Es una sensación de reconocer que somos seres vivas. Con ojos muy nuevos, muy jóvenes en el universo, hay todo, todo un mundo enfrente, y adentro. La posibilidad de esa vida propia, plena, libre de la necesidad de ser con, en función de, gracias a, otro, se siente como un respiro lleno de aire, luego de mucho tiempo en las profundidades del mar.

A mis antepasadas, el amor romántico, les costó la vida. Pienso mucho en que si a las niñas nos enseñaran a amarnos y a construir nuestro amor propio como una tarea vital, tan importante como la impronta social de tener que ir a la escuela, el mundo sería distinto. No permiritíamos abusos de otros, ni los más pequeños. No reproduciríamos esquemas en los que el amor propio parece egocentrismo. Las niñas usaríamos nuestro tiempo descubriendo el mundo, haciéndonos más fuertes e inteligentes, siendo felices sin sentir que siempre nos falta algo. Algo que estamos siempre buscando, y que cuando no está nos destroza el alma.

A mis versiones con el corazón roto, les diría que esta sensación de amor propio es más hermosa que cualquier otro amor externo que no vino de fuera, o que estuvo y se fue. El amor no era enamorarse. Como se construye y se diseña por una misma, o con quien se comparta, no tiene reglas ni garantías ni formas aceptables. Cuando lo perdí y sufrí, lo que perdía no era el amor, sino otras cosas.

Una es finalmente, una creación de algo. Nos crea la biología, la sociedad, las ideas, el tipo de cultura al que somos sensibles. Pero hay que dar el salto y descubrir y ser capaces de crearnos a nosotras mismas. Creo que a falta de figuras que me moldearan, tuve que aferrarme a esta posibilidad de construirme, con muchos esfuerzos y tropiezos. Pero esto me ha dado libertad. Soy la construcción de mis propias múltiples voces.

Entre más leo, y escucho, y me hago preguntas me doy cuenta de lo fuerte que es el papel que tenemos en el mundo, las mujeres. Me pruebo el vestido de novia y veo la enorme herencia que me pongo, que decido ponerme. Me pongo el oficio de mi abuela y de mi madre. El deseo introyectado de ser felices a partir de un rol que muchos entienden como secundario. Algo de vanidad. Un vestido de novia es como una promesa social. Un cumplimiento y una promesa, al mismo tiempo. Me pongo la tradición, pero también, elijo ponérmelo pudiendo no hacerlo. Y quiero usarlo siendo consciente de que si es blanco, es un lienzo en donde toca escribir la propia historia. Quiero pensar la tradición no como pauta, sino como raíces y no dejar nunca, nunca, nunca de escribir.

La ciudad con su espíritu caótico me espera afuera y yo me alisto para caminar con la versión de hoy, atravesando a todas las pasadas. El gato me mira desde la puerta de cristal. Y yo me pregunto si la llegada de un gato en la vida de una bruja significa algo.

Los gitanos: Última parte de El Caribe

Llevaba muchos meses viviendo en la Riviera Maya. Ya había pasado de la ilusión de vivir junto al mar turquesa y empezaba a entender sobre los negocios sucios que cubren toda la costa de la península de Yucatán. Había delitos menores, mayores, y delitos políticos. Y no solamente mexicanos, los crímenes internacionales también iban de visita.

Para ese momento la humedad de la playa ya era cosa común. Me gustaba la sensación pegajosa de la piel, y la arena en los zapatos todo el tiempo. Tenía una rutina sencilla llena de pequeños placeres como despertar con el sol y hacerme el café express en la maquinita de la casa. Hojear mis libros, y mirar el mar turquesa largo rato antes de irme a trabajar. Me había acostumbrado a los huéspedes franceses y a hacer ejercicio en la piscina del gigantesco hotel español donde pasaba todo el día. Poco a poco me sentía en casa, aunque no me gustaba del todo. A veces por las noches había fiestas en la casa donde vivía, una villa frente al mar, que compartía con seis de mis compañeros, franceses casi todos inmigrantes, provenientes del norte de África. Trabajadores con ardua disciplina tratando de huir de la banlieue.

 

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17 de marzo, 2009

Akumal

¿No debería salir de mi cuarto e ir afuera con los otros? Debería encontrarle sentido a las reuniones de otros países, pero llevo tantas mezclas de lenguas en la mente que ya todos los humanos me parecen los mismos, ingleses, franceses, criollos… españoles. Todos nos vamos a morir, todos sentimos amor, no hay nada nuevo. 

Lo que hago todos los días tiene dos filos. Uno es vacío y sonriente, el otro es pleno y humano.

Mi mundo interior hierve y se pronuncia a sí mismo, el dolor  físico de hace días me hizo quedarme en cama y no pintar. La menstruación es mi pequeña muerte.  Pinté hoy un paisaje marítimo, muy simple, y ahora mismo se me ocurre pintar dos aves. 

Son dos pájaros que viajan juntas.

***

Mi trabajo era sencillo. Despertaba a las 6:00 para ver el amanecer, siempre lo hago cuando puedo, esté donde esté. Esperaba un largo rato a solas en la cocina, mirando el mar. Tenía pocos momentos de soledad y los cuidaba mucho. Luego iba caminando descalza, sobre la arena hasta el hotel. Eran sólo diez minutos, hasta llegar al restaurante buffet. Hola aire acondicionado. Ahí llegaba el resto del equipo de animación. Se saludaban, Bonjour, Salut les filles, al principio todo era cordialidad, luego de unas semanas fui entendiendo, en ese micro mundo, micro paraíso caribeño, que había un montón de intrigas entre el equipo.

Yo desayunaba fruta y café, y picaba algo de la larguísima mesa de comida. Siempre tocaban la misma música todas las mañanas: un refrito barato de alguna canción vernácula mexicana en versión digerible al turista. Todo era eso. La caricaturización de mi cultura. Los turistas que recibíamos tocaban poco del México real.  Yo tocaba poco de su realidad. Algunos habían ahorrado años para pasar dos semanas en ese hotel. Otros eran ricos, franceses con vidas acomodadas, vacaciones cada año en Marruecos, en Grecia, en Hawaii. Daba lo mismo. Otros eran jubilados (mis preferidos), otros, jóvenes que buscaban beber y maldecir tanto como la boca se los permitiera. Hacia toda esa fauna nos dirigíamos al salir del pétit déjeuner, tres chicas, dos chicos, y yo, cada día.

Nos esperaba la tienda de animación junto a la playa y la piscina. Yo ponía música tranquila y hacía estiramientos con los más mayores del hotel, los ancianos, como yo, gustaban de madrugar. Más tarde venían las oleadas de turistas crudos, pocos canadienses, casi todos europeos. Conforme avanzaba el día la profundidad de las conversaciones se iba desvaneciendo. Aumentaban las visitas al bar. Yo me desesperaba y apresuraba todo para irme a casa a descansar. Muchas veces caminaba en la playa toda la costa de Akumal, una buena parte, con los audífonos puestos, soñando con volver a bailar e irme lejos, de nuevo. Era demasiado superficial todo. Los riesgos de ser golpeada por el ex jefe de animación como represalia a mis denuncias se habían esfumado, no había nadie muy interesante, nadie para hacer amigos, nadie para ligar. Me aburría.

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mayo 12, 2009

Akumal


No veo el momento de irme y encontrar una casa, otras calles, mis libros. No sé exactamente a qué vine. A lavarme el cerebro del asfalto, a demostrarme algo, renovarme, conocer gente.

Me siento cansada de todo lo que ha pasado aquí. Los magnates y los yates, los niños, la familia del avión.. la selva llorando su sangre que se chupan los hoteles, el trabajo explotador, estoy cansada de los problemas empresariales, las rentas. También este paraíso tenía su pequeño trozo de jardín muerto. La tierra que se asfixia y me mira con sus ojos de mar azul turquesa me pregunta cosas. ¿A qué viniste?

Quiero dormir mucho tiempo, despertar y pintar, escribir, entregarme al mundo interno inteligente, alejado de tanta superficialidad de playa. Quiero una conversación interesante. Cuando empecé a escribir esto quería decir que cuando escribo la voz que pronuncio en mi mente es una mezcla del acento de mi padre, la voz de una mujer mayor que yo que no sé quien es, y yo cuando era niña.

Quizá también vine aquí para estar conmigo misma y conocerme. Me voy. No sé cómo me siento exactamente.

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2233_49109368057_330_nTenía que hallar sentido en lo cotidiano. Ponía mucha atención a las anécdotas que me contaban mis compañeras. Una de ellas era hija de rumanos, adoptada en Francia por una mujer soltera por quien no podía dejar de tener resentimientos de hija adoptiva. Otra era kabilie, descendiente de una tribu berber, de Argelia. A veces hablaba en árabe con los huéspedes de origen árabe que llegaban. Era musulmana, pero no practicaba más, y era mi compañera de cuarto. Me estresaba mucho su carácter y con el tiempo empecé a rehuir de ella. La otra, Sandra, la hija de rumanos, era muy reservada y ultra deportista. Su cuerpo era perfecto, moreno y terso. Me gustaba su compañía porque ella era la única excepción lejos del deseo irrefrenable de shopping del resto de las chicas, lejos de los deseos de coger, beber y quitarle dinero a los huéspedes. Hablaba además de francés, inglés y una especie de dialecto gitano.

Lo supe porque cuando llegaron los gitanos, era ella quien hablaba con ellos.

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Cada semana llegaba un nuevo grupo de turistas. Había que recibirlos en el lobby con caras felices y hacerles “sentir acogidos”. Todos podíamos establecer contacto con cualquiera de los huéspedes siempre y siempre había vínculos amigables que establecer. A diferencia de la parte mexicana del hotel, en esta región francesa no había acoso sexual de los huéspedes hacia las animadoras. No había rastro de prostitución, ni tráfico de drogas. A lo más que llegaban los viejos franceses era a dejarme propinas de 100 euros, y notas con sus correos, que nunca respondí.

Diego y Ordán llegaron una de las últimas noches de viernes en que recibíamos huéspedes. Era un grupo pequeño, que había hecho un largo tour por el norte de África y ahora terminaba su viaje en México. Se quedarían dos semanas. Venían dos parejas más en ese tour, las dos francesas, de luna de miel. Ellos dos eran hermanos y no hablaban con nadie más que con el gerente y con Sandra, mi compañera de 25 años. Eran como una escena de película todo el tiempo.

Los dos eran altos, como de unos 40 años o más. Se parecían un poco, aunque uno, Diego, era más robusto que Ordán. Eran guapos, con las cejas pobladas y caras tristes, pero ninguna de mis compañeras se les acercaba a platicar ni siquiera en plan de trabajo, conversando o jugando scrabble. Mis compañeros intercambiaban breves frases muy de vez en cuando. Mi compañera de cuarto de Algeria, rehuía de ellos. Me di cuenta pocos días después de la llegada, que eran un par especial. No eran sólo dos huéspedes más y ya. Se traían un misterio todos, y yo no sabía si quería saberlo. Planeaba irme, y así lo hice, pocas semanas luego.

1660_41471538057_919_nYa no me sentía en un grupo de franceses. Todos, casi todos eran musulmanes o descendientes de inmigrantes en Francia. Hijos de familias que habían cruzado la frontera y habían labrado su vida de clase media baja a punta de trabajos arduos. Conseguir cotizar para las hipotecas de vivienda era un enorme logro. Sus salarios eran cosa de festejarse todo el tiempo, de cierta manera intentaban integrarse a la cultura de Francia aunque conservaban muchos gestos propios de sus orígenes. Entre ellos, una especie de sensibilidad hacia los negocios turbios. No digo que hayan cometido, ninguno de ellos algún tipo de delito, fraude ni robo. Eran extremadamente cuidadosos para no perder las seguridades que habían ido consiguiendo.

Pero cuando se los veía hablando en voz baja, jugando de maneras increíblemente ágiles a las cartas y bebiendo por las noches, una se imaginaba muchas cosas. Mis compañeras, con claros rasgos de medio oriente, y una energía extraña, con voces fuertes y tonos de constante reclamo hacia muchas cosas, me hacían sentir en otro lugar. Ya no en el Caribe mexicano. Era otra cosa. Una especie de pequeña colonia extranjera llena de complicidades e historias en común. Todos habían compartido entre ellos, diversas estancias en otros clubes exclusivos en el mundo. En Túnez, por ejemplo, estuvo todo ese mismo equipo una temporada, y en esa ocasión, supe más tarde, habían conocido a Diego y a Ordán.

Una mañana estaba poniendo música en la consola de la piscina principal. Hojeaba una revista de modas, y tomaba café. Entonces se acercó uno de los hermanos, y me preguntó mi nombre. Todos me llamaban “Isá”, con acento en la A. Me llamo Isa, le dije en francés. Se me quedó viendo sin ningún tipo de gesto, y se fue. Buenos días, dijo, y se fue a sentar en un camastro.

Luego vino Sandra a advertirme que tuviera cuidado, eran gitanos. Son tramposos. Mienten mucho. Los mismos padres de Sandra la habían vendido a una familia francesa que pensaba explotarla, hasta que su madre adoptiva la salvó de una posible red de explotación. Más redes de explotación, pensaba yo. Las hay en todas partes. Se asoman por entre los dientes y las cadenas de oro de los turistas. No me irán a llevar a ser explotada en uno de esos países, raros, ¿no? le pregunté a Sandra, y ella dijo que no. Que eran otras cosas, pero no me dijo cuáles.

Otro día por la noche, en el salón de juegos del club, el otro hermano se me acercó. Fue muy honesto, según él, y muy abierto.

-Mira, estamos aquí luego de la muerte de la prometida de Ordán. Está triste y quiero alegrarlo. A veces en Francia encontramos a chicas en hoteles, como tú, y les pagamos 2,000 euros por un mes de compañía. Les regalamos joyas, les damos regalos, y nos vamos y quedamos para siempre como amigos. ¿Qué dices? ¿aceptas?

Creo que no dije nada. Tenía en mente principalmente la muerte de la prometida de su hermano. ¿Cómo se murió? El tipo me ofrecía prostituirme. Yo tenía 24 años y era sumamente cautelosa con esas cosas, sobre todo después de vivir lo que viví en el equipo mexicano. Le dije que no estaba interesada y que muchas gracias, y traté de sonreír, pero me ganó el miedo y me fui más temprano a casa alegando que me sentía mal.

Caminé sola por el tramo que conectaba la casa con el hotel. Estaba todo muy oscuro porque no había luna. Eran casi 200 metros los que caminaba sobre la arena, era eso o avanzar por en medio del hotel, unos cinco kilómetros de selva con caminos para cochecito de golf que a las 10 de la noche ya estaban vacíos. Sólo se oía el estruendo de las olas.

De repente vi a Diego avanzando en la misma dirección que yo, iluminado por la luz del porche de alguna casa. Tenía una camisa de lino abierta que mostraba todas sus cadenas. Por eso le reconocí. Sentí miedo. Seguí caminando y me acerqué al mar alejándome de la zona iluminada. Pisé el sargazo, lo perdí de vista y llegué a casa a meterme en la cama cerrando todas las puertas con seguros.

Al otro día le conté a Sandra lo que había pasado, y ella me dijo que me fuera de días de descanso. Todo el equipo conocía al par de hermanos. Viajaban medio año por el mundo. Tenían dinero, cosa extraña en su grupo étnico. Todos habían conocido a la prometida de Ordán, en Túnez. Y se habían hecho amigos. Se enteraron de su muerte por facebook y pensaban, por cómo veían que era maltratada, que su novio le habría hecho algo.

Todo esto podría parecer una conspiración. En la historia no sucede mucho. Tengo flashazos de miedo y del misterio que era ver a estos dos hombres silenciosos deambulando por el hotel. Sandra me dijo que no los mencionara más, que la vida de los migrantes es así. No querían meterse en problemas. Era mucho lo que tenían para perder. Y quizá no valdría mucho la pena recordar la historia, dos o tres semanas después me fui de la Riviera Maya llena de cansancio. Buscaba un paraíso superficial donde descansar del tedio de una vida de lecturas, escritura, y densidad interna. Y me había topado con una paz falsa. Llena de negocios turbios, de manglares muertos. De abusos laborales. Realidades dolorosas de jóvenes que buscándose la vida se convierten en cosas que no se imaginaban.

Cada fin de semana, en mi día libre, iba a la ciudad a hacer las compras y a despejarme en alguna heladería donde podía sentarme a escribir. La última vez que lo hice me quedé llena de asco y miedo, y un poco de tristeza. Quería hacer las maletas y correr.

Vi a los dos hermanos bajando unas maletas de un taxi, y a dos chicas mexicanas, muy hermosas, acompañándolos. Entraban a un hotel lujoso y pequeño de la costa. Una de ellas había estado en el equipo mexicano. Yo sabía que ella quería estudiar turismo y viajar. No supe más de ella.

He cambiado los nombres de la historia. La recordé estos días, que leí que en medio de la crisis migratoria en Europa, los más afectados son los niños y niñas y jóvenes que caen en redes de prostitución.  Y esto es Europa, esto es la Riviera Maya.

Ya no hay paraísos a dónde poder huir.

 

 

 

Hablar de sexo, ser mujer

Obra reveladora sobre mi vida sexual en tres episodios. No sé cómo ponerle. Pero he descubierto una cosa sobre el placer que me tiene asombrada.

1er acto. El despliegue de los asombros.

Había reposteado hace días un artículo sobre masturbación femenina en mi blog que mi amiga Ileana escribió en su espacio LaLunitaenMi y algunos amigos lectores me comentaron al respecto. Parece que la palabra masturbación le pica a muchas conciencias, no es digna de un espacio respetable, que no se ve “bien”, que es mejor no hablar de ello, o referirnos al placer con risas y en voz baja. Lo que más me dejó pensando el artículo es que la masturbación debería ser algo mucho más común en la infancia, un tema no vedado, es delicado sí, pero ¿y si dejando que las mujeres jóvenes aprendieran a obtener placer por sí solas se disminuyeran los embarazos adolescentes y las enfermedades a los que somos tan vulnerables sobre todo en la adolescencia?

No lo había pensado, pero quizá por eso no tuve mucha prisa en iniciar mi vida sexual muy joven. Me bastaba sola desde hacía mucho. Y eso me ayudó. ¿A qué? Aquí viene el asunto, mientras me preguntaba para qué servía la masturbación me di cuenta de que había muchos momentos y circunstancias placenteras en mi vida que no estaban narrados. El placer que encontraba en mi cuerpo me ayudó a ser más consciente de mi misma, a saber que el placer no depende de una pareja, y a no tener urgencias propias qué satisfacer de manera descuidada. Y más, quizá, pero todo esto estaba concebido como imágenes abstractas en mi memoria.

Imágenes abstractas sin palabras.  ¿Por qué no me hablo más a mi misma del placer y la historia de mi cuerpo?

2do acto. Las páginas están casi vacías.

Z ha venido a revolucionar mucho de mi escritura y mi manera de ver la vida. El amor, la pareja y el placer siempre hacen así, pero no sé si en este caso esto se ha vuelto tan revelador por que tengo más de 30, porque me siento más segura de mi, porque cuento con amigas con mucha fuerza en su discurso y disfruto de un mar de interlocutores vivificantes, o porque Z es de otro continente y sus visiones son muy distintas a las mías. No lo sé. Pero la necesidad de compartir desde un lugar de mayor libertad para con mi memoria me ha hecho tener que narrar cosas que no tenía narradas. La interlocución ha abierto la puerta para poder ver mis historias, y verme en ellas. Y ¿qué he visto allí?

3er acto. Compartir la tinta

Mi amiga A me decía el otro día mientras desayunábamos hot cakes que leer sobre el auto placer había abierto nuevos temas en su vida. Porque el placer no es sólo ese momento de orgasmo, y líquidos, y soledad y secrecía. La realidad es que al menos en mi caso, e imagino que en el de A, el placer, el sexo, había sido una cosa que habitaba sólo los momentos de sexo. Cuando escribo de ello lo hago un poco sabiendo que la escritura sobre el sexo es un juego literario que se sube al tren del erotismo y se maneja en ese nuevo mar de tema. Pero la realidad es que no escribo tanto de eso, para mi misma. Y tampoco me pronuncio tanto mis propias historias ni las recuerdo, y no sé qué lugar ocupan en mi vida. He descubierto que las mujeres, (hablo de nosotras porque es con quienes he hablado de esto, y pues soy una, me uso de ejemplo) quizá no exteriorizamos tanto sobre nuestras vidas sexuales. Podría tachársenos de “sucias”, “putas”, porque el placer es algo que se debe habitar en lo íntimo y hay vergüenzas, o riesgos. Pero ¿y si pudiéramos ser más libres de escribir nuestras propias narrativas sobre el placer?

Y si pudiéramos contarnos a nosotras nuestras propias historias del placer, del erotismo, sin tantas influencias y oídos, y voces (ruido) alrededor.

El placer es una cosa. Pero el erotismo es una cosa construida socialmente. A veces el erotismo se vale de símbolos y formas reproducidas de manera compleja, como estereotipos y alegorías tradicionales. No he descubierto el hilo negro de nada, la teoría feminista (alguna de tantas) dice que en efecto, muchos de los símbolos eróticos más comúnmente habitados han sido construidos por visiones masculinas. (La mujer objeto que debe ser hermosa, la mujer que recibe el falo/semen, la mujer que debe servir al placer del otro o de muchos). Y así el placer parece estar mucho más identificado con imágenes y prácticas que no necesariamente dependen o sirven sólo a la mujer. No siempre somos protagonistas de las historias de placer que habitamos. 

Y más aún, no siempre somos el narrador de esas historias. Quizá sólo me haya pasado a mi. Y es a mi, que me es siempre tan necesario narrarme, que me preocupa el silencio interno sobre el placer. Una cosa es segura, y es que desde que consideré todo lo que implica poder contarme a mi misma mi memoria placentera, propia y compartida, siento que puedo escribir más, sobre muchas cosas. Y sonreír, sonreír un montón.

 

 

 

El sexo de mi abuela, mi madre y el mío

 

Con amor, para todas las mujeres de mi tribu.

Sé que puede sonar extraño poner en una misma frase la palabra sexo, y abuela, madre y, pues, a uno mismo. Pero creo que es importante para mi pronunciarlo así estos días.

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El otro día escuchaba a mi abuela y a mi madre hablar sobre sexo. Para contextualizar un poco, mi familia es bastante tradicional en muchos aspectos, es una familia que viene de un pueblo pequeñito en la Sierra Norte de Puebla, que emigró a la gran ciudad en los 60-70 y que tiene un perfil predominantemente católico. Así que escuchar estas pláticas es un oasis de sabiduría y de experiencias que vale la pena observar y sentir.

Mi abuela tuvo trece hijos. Enviudó hace casi veinte años y siempre recuerda con amor a mi abuelo.  Nuestra familia es muy prolífica, aunque mis tíos no construyeron familias tan grandes. El sexo había sido hasta hace unos años, un tema vedado del que yo no escuchaba nada, sino hasta que crecí.

Los grupos de mujeres son enormes focos de historias y de transmisión de cultura y creencias. Así que conozco muchas de las historias de amores, partos, bodas y demás cuitas amorosas de mis tías, porque sí, porque las mujeres siempre estamos hablando de nuestras cosas, y las tías y las primas son mares de experiencias, de formas, de modelos, de reflexiones sobre el amor, el sexo, la fuente de una familia. Siempre, casi siempre escuché a mi abuela referirse al embarazo como algo inherente al sexo, que era una especie de enfermedad de la que una mujer se aliviaba. El sexo era un mecanismo de producción de bebés, -o eso parecía que pensaba. Hasta que alguien le preguntó, ¿En serio no disfrutabas hacer a los hijos? Y mi abuela un día, quitada de la pena, dijo que sí.

Que claro que disfrutaba.

Para nosotros sería normal considerar esto. Pero para una familia que le tira a ser conservadora, esto puede ser causa de que se desorbiten los ojos y aparezcan bochornos.

Las hijas, primas, que crecimos en entornos menos conservadores vemos esta afirmación como algo natural. Claro, el sexo se disfruta, (aunque no se dice, y menos si eres mujer). Pero quizá si eres mayor de 40 se tendrá la visión de que eres libertina, que el sexo es algo que ocurre y tienes derecho de vivir y disfrutar sólo si te casas, que es peligroso, que es algo que si se sabe hace que los hombres te falten al respeto (y a veces otras mujeres te lo faltan más). Hay una extraña idea de que una mujer que siente placer y lo dice es “sucia”. Sí, pensarán que es muy fuerte, pero en algunos espacios la cosa sigue siendo así.

 

Cuando me separé de una pareja, mi abuela me dijo que “qué bien” que “qué alivio poder hacerlo”. Que era mucho mejor ahora poder ser más libres de probar antes de “casarse”. ¡Abuela! ¿eres tú?

El otro día me dijo que qué bueno que a mis treinta no tuviera hijos. Que qué bueno que tuviera tiempo para mi. Se preguntó cómo habría sido su vida si no hubiera tenido que dedicarse a su familia desde sus veinte años. “Quería estudiar, me gustaba mucho la historia“. -Abuela, yo pude vivir diez años más, sin ser madre, gracias a los métodos anticonceptivos. Ella lo sabe. Mi madre lo sabe. No les es fácil escucharlo. Pero me miran con una sonrisa cómplice si hablamos de ello. Mi madre me ha dicho que es un alivio ver cómo yo crecí sin vergüenzas sobre mi cuerpo. Disfrutando la vida sin sentir pena o miedo.

He escuchado de ambas (y de más familiares) discursos opuestos. (Creo que también caigo en ellos) Tradicionalistas y muy revolucionarios (aunque no los llaman así re vo lu cio na rios). A veces reproducimos esquemas de vida que nos han enseñado los ancestros, sobre cómo hay que vivir, sobre lo que es bueno, es malo. Sobre lo que trae problemas. Transferencia de la cultura, de las tradiciones, preservación de identidad grupal, cohesión de tribu.

Porque reproducimos las ideas que nos antecedieron. Pero otras veces es otra la parte de nosotras la que habla. El cansancio por tener que esconder la regla, por tener que pensar en el “qué dirán” por tener que tener un marido, por tener que parir, por tener que explicarlo todo, si nos casaremos, si no, si haremos esto o lo otro. Por no poder sentir ciertas cosas, no poder tocar.

En esta última generación hemos ocurrido muchas personas distintas. Familias monoparentales, homosexualidad, separaciones y divorcios, parejas no casadas, y una diversidad de historias que sí, están rompiendo patrones, y están empezando a decirse. (Por que antes ocurrían igual pero no se contaban). Y nosotros tenemos un diálogo secreto con la generación pasada. Lo estamos haciendo distinto, y sí, todavía nos queremos. Todavía hay lazos que nos unen, a pesar de ser tan diferentes.

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Cuando viajo, cuando tomo decisiones “locas”, mi abuela a veces me dice “bien!”, lo aplaude, aunque le cueste entender todos mis porqués. Y ella no lo sabe, pero yo sé que se ve a sí misma en mi, y en las mujeres que en la familia, hemos hecho las cosas de manera distinta. Yo sé que muchas mujeres de mi sistema, en el pasado, quisieron romper reglas, lo hicieron.

Aunque es difícil para mi abuela comprender todo lo que soy, y lo que hago, sé que me quiere. Ha ocurrido lo mismo, de manera más intensa con mi madre. También le ha costado entender todo, pero poco a poco va escuchando y esforzándose para entender (o dejarme ser), y al final termina por solidarizarse, no es fácil.

Porque quizá todas buscamos de cierta forma, lo mismo. Ser felices. Amar. Realizarnos. Todas sentimos y tenemos en el cuerpo algunas opresiones y secretos, y cansancios, y lo peor es que están justificados por una cultura que entonces nos ubica como mártires, como si soportar tanto por ser mujeres fuera bueno y nos colocara en un nivel privilegiado moralmente por haber tenido que “soportar”, y por haber rechazado “disfrutar”.

La queja por vivir oprimidas en ciertas áreas está prevista por la sociedad patriarcal, porque si nos quejamos, somos malas mujeres, malas esposas, malas hijas, malas católicas. Dejamos de servir sin chistar. Dejamos de obedecer. De tener miedo. De ponernos en segundo término.

Ser la oveja negra de la familia es divertido. (Ser madre de una oveja negra debe ser menos divertido) Tener treinta años y poder escuchar a mi familia pensarse a sí misma es maravilloso. Ser testigo de sus cambios. Cuestionar. Probar. No digo que dedicarse a una familia, procrear o casarse sea malo, ni haya que dejarlo y tacharlo de antiguo. Lo que quiero decir es que he visto en lo micro, en estos pequeños cambios, revoluciones al interior de una arquitectura familiar, una transformación muy profunda. Que está entretejida no solamente con la religión, ni con los cánones sociales, ni con las tradiciones, está tejida, también con el amor.

Hoy podemos contarnos historias sobre otras cosas, de otras maneras. Quienes se atrevieron, hace cincuenta años a quemar su brassiere, nos abrieron muchas posibilidades a las mujeres y hombres de hoy. Llámenlo feminismo, feminismos o no, esto está ocurriendo. Aunque no queramos estamos habitando revoluciones. Aunque nos de miedo una revuelta, un nombre, una bandera. A veces actuamos de formas profundamente radicales, aunque sigamos imaginando que vivimos aún dentro de la tradición.

Me pregunto qué puertas se estarán abriendo ahora, para las mujeres más jóvenes de mi familia. ¿Qué hacemos con esta maravillosa libertad? No es solamente hablar del placer, y hacer el amor, o poder disfrutar del cuerpo, de las decisiones. Creo que ser libres es asumir que podemos crearnos otra vida, sin tanto miedo, con más solidaridad. Con más empatía, sin tanto juicio hacia el otro. Hallar y hacer más narrativas de lo placentero.

Yo espero que con nuestras palabras y acciones, las mujeres del futuro sean cada vez más felices. (Y con ellas el mundo, que van criando)

Mi abuela me enseñó a tejer. Y a mi madre. Y yo tejo historias. Somos un mismo hilo.

 

Vida lenta. Placer y decrecimiento

Hay cosas que no reportamos más. -Pienso por las mañanas.
Mezclo mis días entre palabras, dichas y escritas, grabadas, el metro y la bicicleta entre tiempos. En este blog me he quejado mucho de la rapidez de las ciudades. Pero he podido reconciliarme poco a poco con la velocidad de la ciudad de México. Supongo que tiene que ver conmigo y cómo me siento ahora. Ahora me parece que la ciudad es una cosa viva, que tiene conciencia propia, quizá algo esquizoide, pero viva. Hace ruidos de construcción, hace música a través de los músicos. Hace el claxon de los automóviles y dice miles de millones de cosas, en silencio, a través del bullicio.

***

11261418_10153685321538058_7162272887500183570_nHe documentado en las últimas dos semanas al menos diez eventos micro en mi trayecto en metro. Manos que acarician. Manos cansadas que sostienen herramientas de trabajo. Miro la piel de los hombres, sus manchas, sus tersuras. Los detalles de cuidado de las mujeres, sobre sus propios cuerpos. Los niños y las cosas que miran. Los ciegos que van guiando a otros ciegos. Miro la delicadeza de cada ser. Somos tantos.
Uso mis ratos en el transporte para muchas cosas. La vida lenta necesita espacios para suceder y no siempre tenemos tiempo. O espacios. Así que me he dado a la tarea de hacerme y re-significar tiempos. Y espacios.  Uno de ellos es el transporte público. Ahí puedo, claro: Leer.

Pero un día pensé que la lectura no solamente ocurre con los símbolos y los significantes comunes. En realidad todo el tiempo estamos leyendo el mundo y lo que hacemos con lo que obtenemos de la lectura siempre es obra nuestra. Me gusta pensar que es una obra de arte aquello que resulta de cuando completamos la realidad al observarla.

En el transporte público aprovecho para leer el mundo. Meditar. Cerrar los ojos cuando está muy lleno y sentir a la gente.  Sentirme parte de la “masa” de cuerpos. Sentirme pequeña e insignificante. Una cabeza más con cuerpo que puede observar este espacio, estos seres. Cuando hay que movernos todos en los pasillos, con o sin prisa, aprovecho para mezclar la música con el ritmo con el que avanzamos. Y me pregunto: ¿A dónde vamos? Un día subiendo unas escaleras descubrí a la vida con forma de muchedumbre, una mujer cargaba un cachorro en sus brazos, y él volteó a verme fijamente, y me di cuenta de que la vida con su multiformidad me miraba también. Tantos ojos. Parece que hay tantas cosas qué hacer, por las mañanas cuando la vida se despierta y repite el sueño de sus rutinas. ¿quién la sostiene? La vida se sucede sola, ella sola. Es ella. Ahora mismo no hago nada por mantenerme viva: mi cuerpo respira él solo. Mi sangre corre empujada por un músculo que no decido expandir y contraer. ¿O sí decido hacerlo? Navegamos en un barco de vida que flota, que no sabemos en qué flota. Pero nos lleva.

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También miro más el cielo, en estos días. Leo todo el tiempo, lo que sea, quizá demasiado- mi cabeza alberga muchas voces: me esfuerzo por vaciarla. cuando uso el transporte público me vuelvo una célula de un líquido que corre en las venas del asfalto. Y cuando soy esa célula soy silencio, vacíos, calma. Emerjo de los túneles subterráneos y juego a que al sentir la luz de sol experimento por primera vez la superficie. ¿Y si esta fuera la primera vez que viera la luz del sol? La miro por entre las hojas de los árboles, ocurriendo. La luz ocurre. ¿Quién dará testimonio de ella, cuando ya no estemos? Eso soy. Un micro segundo en la galaxia que puede ver la mezcla de estas dimensiones. Y por un segundo puede mirarse.

En una vida lenta respiro. Observo. Vuelvo a respirar.                                                                                                                   Cuando se derrumbe este sistema, y haya que decrecer podremos respirar todavía más.

El mundo del otro / Fotos y Cerámica ALC

Siempre he querido hacer fotos de mis amigos, de sus mundos. Lo hago un poco con pena de fotografiar, como reportera de lo minúsculo, un poco con miedo por importunar, por parecer exhibicionista haciendo fotos de tantas cosas.

Me gusta hacer fotos de las cosas que componen el universo de las personas. Creo que normalmente fotografiamos caras, compañías y eventos que sin duda forman parte de nuestra vida, son importantes, y por algo les hacemos una foto, por costumbre, por tradición, por moda. Pero hay pequeños rasgos en nuestra cotidianidad que no logran entrar al reparto de lo fotografiable. Por ejemplo, los objetos por los que tenemos algún afecto, la ropa que usamos, la joya que nunca me quito del cuello. Lo que pegamos en nuestra pared, los libros en cuyas páginas ponemos nuestra identidad, y casi todo lo que nos rodee que contiene un significado.

Este es el taller de arte de mi amiga Ana Laura:

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¿Por qué es tan difícil crear formas que se escapen de los esquemas que tenemos en la cabeza?

Intento hacer algo con el barro que NO tenga una forma que he visto antes en el mundo. Pero no puedo. Seguir leyendo “El mundo del otro / Fotos y Cerámica ALC”

Retratos de mis amigas

Una mañana en el Valeidoscopio from Madame Ovni on Vimeo.

 

Desde hace mucho tiempo tengo ganas de escribir sobre las personas que conozco. Pero como no me sale la escritura en los últimos meses, he decidido usar otros lenguajes. Ahora he hecho un video de mi amiga Valeria. No sé nada de creación audiovisual y más que crear alguna pieza o algo mío tengo ganas de simplemente mostrar lo que mis ojos ven.

Valeria Nieves es una filósofa-ilustradora-nómade. Este es su blog: Valeidoscopio